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Calentándome con los albañiles.

Relato enviado por : thevintage el 14/02/2011. Lecturas: 12745

etiquetas relato Calentándome con los albañiles.   eroticos .
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Resumen
Hola soy Silvana, tengo 22 años y esta es una historia real.
Todo empezó el día en que mis padres decidieron hacer algunas reparaciones en la casa.
Para esto se contrató a un maestro albañil de unos 50 años y cuatro ayudantes, uno de ellos carpintero, hijo del maestro albañil, de 17 años.
Esto de los arreglos de la casa me ayudo pues mis padres decidieron irse de viaje con mi hermana y mi hermano por lo que yo aproveché para decirles que me quedaría en Buenos Aires por razones de estudio, y así los mantendría al tanto de los trabajos en casa.



Relato
Calentándome con los albañiles.
Hola soy Silvana, tengo 22 años y esta es una historia real.
Todo empezó el día en que mis padres decidieron hacer algunas reparaciones en la casa.
Para esto se contrató a un maestro albañil de unos 50 años y cuatro ayudantes, uno de ellos carpintero, hijo del maestro albañil, de 17 años.
Esto de los arreglos de la casa me ayudo pues mis padres decidieron irse de viaje con mi hermana y mi hermano por lo que yo aproveché para decirles que me quedaría en Buenos Aires por razones de estudio, y así los mantendría al tanto de los trabajos en casa.
El lunes yo comenzaría mis cursos de dos semanas. Comenzó la semana y yo me levantaba a diario como a las 10:00 de la mañana y hacia un poco de ejercicio y bajaba a tomar algo.
El primer día bajé en short y una remera, mientras desayunaba me percate que los albañiles me miraban constantemente.
Se me ocurrió bajar la mirada y note que mi short como era flojo (de atletismo) dejaban ver totalmente mis piernas y como estaba sentada con las piernas medio abiertas y no tenía bombachita, ellos podían ver los abundantes pelos de mi concha ya que estaban en el suelo trabajando con las baldosas; yo no hice nada por evitarlo. Saber que se calentaban mirando mi concha peluda me excito, termine el desayuno y subí a mi cuarto, solo que la excitación no cesaba y decidí hacerme una linda paja.
Cuando estuve en mi cuarto me desnudé por completo frente al espejo de cuerpo entero y comencé a tocarme por todos lados. Mis pezones fueron los primeros en recibir atención; los pellizcaba, humedecía mis dedos con mi propia saliva y los frotaba por las areolas, con ambas manos apretaba mis tetas una contra la otra y gracias al tamaño de las mismas pude llevar los pezones hasta mi boca, primero uno y luego el otro, hasta que los chupaba a ambos al mismo tiempo.
Cambié mi atención hacia mi peluda concha que pedía un poco de caricias. Pasaba los dedos por los pelos, acomodando uno de ellos entre los labios húmedos para concentrarme en el clítoris. Los movimientos de mi mano se iba acrecentando paulatinamente hasta que se acomodaban a los de mis caderas.
Con la mano libre exploraba mi culo, acariciando las nalgas, separándolas, deslizando un dedo por toda la extensión de la raya, pasando por el ojete y llegando hasta la concha donde aprovechaba para humedecerlo. Volvía con el dedo cargado de flujos hacia el hambriento ojete, jugaba con su orificio haciendo círculos sobre él, para finalmente introducirlo lentamente provocándome oleadas de placer.
Vi mi imagen, de perfil, en el espejo. La espalda arqueada, las enormes tetas colgando y bamboleándose al compás de los movimientos que mi mano le imprimía al resto del cuerpo, mi culo parado y la mano con su dedo mayor en un frenético meta y saca por el orto. Estaba gozando como una perra de una de mis mejores pajas.
Abrí el cajón de la mesa de luz y saqué el estuche metálico de un cigarro cubano que había fumado mi padre, en el baño lo llené de agua tibia lo tapé bien y me dirigí a la cama. Allí comencé a pasármelo por la concha hasta lubricarlo totalmente, luego lo introduje en mi culo, metiéndolo y sacándolo lentamente al principio, para hacerse más rápido después. Mientras hacía esto miraba mi imagen en el espejo, cosa que me calentaba muchísimo. Veía mi culo parado y el consolador clavado en él; una imagen realmente arrebatadora. Me levanté de la cama, siempre con el estuche en el orto y me puse a caminar por todo el cuarto.
Los abundantes pelos de mi concha estaban completamente empapados de flujos al igual que la parte interna de los muslos. Pasé una mano por ese lugar, deteniéndome un rato en el clítoris, provocándome intensas contracciones de mis músculos vaginales. Acaricié mis pezones con las manos cargadas de flujos, todo esto frente al espejo. Me di la vuelta para ver mi culo por donde salía el improvisado consolador clavado en el orto. Al caminar el consolador se movía un poco, cosa que me provocaba un intenso placer, a tal punto que tuve que tirarme boca abajo en la cama y con la mano derecha metía y sacaba el consolador de mi culo muy velozmente, con la mano izquierda me apretaba la concha a la vez que mis caderas seguían un ritmo vertiginoso.
Imaginando que el consolador era la pija de uno de los albañiles alcancé un orgasmo interminable, todo matizado con gritos de placer.
Lentamente me saqué el consolador del orto, me incorporé de la cama y me dirigí al baño donde aparte de darme una ducha lavé cuidadosamente a mi amigo metálico. Luego lo guardé, me vestí y me fui a mi curso.
Las pajas que me había hecho por la mañana me tuvieron caliente durante todo el tiempo. No dejaba de pensar en aquellos hombres que me habían visto la concha y como se habrían excitado al verme. Estaba segura que se habrían hecho sus buenas pajas pensando en mí.
Decidí jugar con ellos y calentarlos todo lo posible mientras mi familia permaneciera afuera y de paso incrementaría mis fantasías para tener más material para mis pajas.
Al otro día bajé a desayunar unos minutos antes que lo acostumbrado, solo que esta vez solo llevaba una camiseta larga hasta la mitad de los muslos y debajo absolutamente nada. Deseaba mostrarles mi peluda concha en todo su esplendor pues los hombres seguían trabajando en el piso de la cocina.
Preparé café y me senté a desayunar y a leer el diario al que previamente le había hecho un pequeño orificio para mirar a los albañiles y que estos no lo noten.
En ese momento había uno solo trabajando en aquél lugar y al rato que yo me senté, luego de saludarlo con una amplia sonrisa, se colocó bien enfrente de mi y comenzó a mirar disimuladamente. Después de beber un par de sorbos de café levanté el diario y me puse a hacer como que lo leía, solo que lo que hacía era mirar al albañil por el pequeño orificio. Yo tenía las piernas cruzadas pero a los pocos segundos cambié de posición dejando mis muslos levemente separados. El hombre dejó de trabajar, se colocó en cuatro patas y se concentró en mi entrepierna. Vi como comenzaba a sobarse la pija por sobre su mameluco azul a la vez que se acercaba unos centímetros más y encendía una luz portátil que había sobre el suelo.
Aproveché y separé un poco más mis piernas; este movimiento hizo que la remera se me subiera hasta bien arriba de los muslos pues yo, al bajar la vista, pude verme la concha con la espesa mata de pelos negros totalmente iluminada. Tuve ganas de toquetearme mi sabrosa concha pero no quise hacerlo pues temía espantar a mi tímido voyeur.
Lo de tímido es un decir pues cuando lleve mi ojo hacia el agujero pude ver que el hombre ya tenía toda su verga afuera y se pajeaba como un poseído sin quitar sus ojos de mi concha. Para excitarlo aún más levanté mi pierna derecha y coloqué el pie sobre la banqueta donde estaba sentada a la vez que colocaba el culo un poco más adelante.
De esta forma le estaba brindando un espectáculo maravilloso no solo de mi peluda concha y de sus labios rosados semi abiertos, sino que también de mi ojete marrón que a esta altura de mi calentura ya comenzaba a empaparse de los flujos de mi concha.
Me hubiera gustado ser yo quien le hiciera la paja al obrero, mientras él me la hacia a mí. Pero eso era imposible por el momento.
Ahora el albañil estaba mucho mas cerca de mi concha, hacia unos ruidos con las herramientas como para disimular, pero su mano derecha estaba muy ocupada dándole placer a su gruesa pija.
No resistí mas y bajé lentamente mi mano hasta mis muslos. Primero hice como que me rascaba la parte interna de los mismos, luego los acaricié suavemente hasta detenerme en los abundantes pendejos negros los cuales separé un poco para llegar hasta los húmedos labios de la concha. Enseguida encontré el hinchado clítoris que sobé apenas con la punta de un dedo.
En ese momento la pija del albañil comenzó a escupir gran cantidad de leche a la vez que yo me sentaba normalmente cruzando muy fuertemente las piernas lo que me permitió acabar a los pocos segundos. Esperé unos minutos y subí a mi cuarto a ducharme para luego salir rumbo al instituto.
Con el apuro y la calentura salí hacia el instituto olvidando ponerme la bombachita y lo que era aun peor llevaba una pollera muy corta y muy transparente.
Como era una hora pico tuve que viajar de pie en el micro. Pude ubicarme contra un asiento ocupado por un hombre de unos 55 años que miraba insistentemente hacia mi concha. Como había mucha luz solar mi pollera se transparentaba demasiado y aquel hombre se estaba haciendo un verdadero festival viendo los negros pelos de mi concha desnuda. Yo me acomodé para ofrecerle la mejor visión posible y el hombre se acomodó para meter una mano en el bolsillo de su pantalón y hacerse una buena paja.
Yo miraba para afuera para no intimidar al señor pajero cuando sentí que alguien me tocaba el culo. De reojo miré al audaz calentón y comprobé que estaba muy bueno, de unos 40 años. Yo me hice la distraída y lo dejé hacer.
Sus manos recorrían mis nalgas por arriba de la pollera, pasando de una a otra, deteniéndose frecuentemente en la raya del culo mientras yo comenzaba a mojarme la entrepierna.
El audaz, al no notar resistencia de mi parte, fue mas allá y metió la mano derecha debajo de la pollera y creo que se sorprendió al no encontrar bombachita.
El micro seguía llenándose de pasajeros razón por la cual estábamos mas apretados que antes, cosa que el audaz aprovechaba para toquetearme a gusto. Yo agradecida.
Sentía su mano en el medio de mi culo, escarbando el ojete, mojándose los dedos con mis flujos vaginales, entreteniéndose con los largos pelos de mi concha. Por unos segundos dejé de sentir las caricias que tanto me calentaban para luego percatarme que había cambiado la mano por su pija.
El muy degenerado había sacado su verga afuera y ahora me la estaba restregando por el culo.
Mis pezones estaban que explotaban de placer mientras aquel extraño se quitaba la calentura contra mis carnes calientes.
La cabeza de su pija estaba entre mis muslos, yo aproveché inclinándome como para mirar por donde íbamos, apreté mis muslos atrapando la verga, el se retiró un poco hacia atrás, volvió a arremeter lentamente y la gruesa verga fue tragada por mi concha gracias a la cantidad de flujo que tenía.
Yo mantenía los labios apretados para no gritar de gozo. El se movía poco para no llamar la atención, pero al cabo de unos 30 segundos sentí la espectacular descarga de leche dentro de mi conchita. Luego de sacar la verga la pasó varias veces por mis nalgas, creo que para quitarles los restos de leche, la guardó dentro de sus pantalones y apresuradamente descendió del micro.
Llegué a destino caliente como una perra en celo pues en el micro no había acabado, solo le había prestado la concha a aquel desconocido, que nunca más volví a ver. Pero la experiencia había sido placentera. De tan caliente que estaba tuve que hacerme una paja rápida en el baño para quedarme tranquila hasta llegar a casa.
Cuando llegué a casa los trabajadores ya no estaban cosa que aproveché para desnudarme completamente y andar en pelotas por toda la casa. Llené la bañera de agua tibia y me metí dentro enjabonándome todo el cuerpo. A la vez que pasaba el jabón me toqueteaba las tetas, el ojete y la peluda concha, hasta que no aguanté mas y poniéndome de pie, tomé el cepillo para la espalda, enjaboné su mango y me lo metí bien adentro del orto, mientras que con la mano libre me hacía la paja estimulando directamente mi clítoris. Así pude acabar y quedar tranquila hasta el próximo día.
Me desperté, como es costumbre, muy caliente y como los albañiles no habían llegado aproveché para desayunar totalmente desnuda. Solo llevaba una bata en la mano por si llegaban los trabajadores para abrirles la puerta. Al rato llegó uno solo, el que se había hecho la paja mirándome, y diciendo que era sábado y debía de terminar de colocar unas pocas baldosas al pie de la escalera.
Mientras el preparaba su trabajo yo subí al dormitorio a terminar mi desayuno y decidí darle un lindo espectáculo. Para ello me puse una pollera muy corta, una remera que apenas cubría mis tetas, medias negras y portaligas también negro. Por supuesto que no llevaba bombachita. Completaba mi atuendo unos zapatos de tacos altos.
Mientras bajaba la escalera con la bandeja del desayuno a simulé un traspié y dejé caer la bandeja, rompiéndose la copa y desparramando su contenido en varios escalones. El albañil se sobresaltó y de inmediato me preguntó si estaba bien y si precisaba ayuda. Yo le conteste que estaba bien y que me arreglaría sola, que el podía continuar con su trabajo.
Mientras iba a buscar un trapo para secar los escalones vi como el me miraba al pasar y sentía que me cogía con la mirada. Volví a la escalera trapo en mano y me puse a limpiar los escalones muy lentamente, colocándome en “cuatro patas”.
Sentía la mirada del albañil clavada en mi culo mientras recogía los restos de vidrio de la copa; disimuladamente miré hacia atrás y pude ver como este se sobaba la verga por sobre el pantalón.
Seguí con mi trabajo de limpieza y exhibicionismo. Debido a lo corto de la remera que llevaba y a la posición, mis opulentas tetas habían quedado al aire y se movían alegremente al compás de mis movimientos. Miré nuevamente hacia atrás y mi observador ya tenía la pija afuera y se estaba pajeando de lo lindo. En un arrebato de calentura total levanté mi pollera, quedando mi culo blanco completamente expuesto, a la vez que me colocaba un poco de perfil para que mi espectador pudiera ver bien mis tetas pendulares.
Miré fijamente a los ojos del trabajador por unos segundos, luego bajé la mirada comprobando que ya tenía la pija fuera del pantalón y se estaba haciendo la paja frente a mí.
Tomé coraje y le pregunté: “te gusta pajearte, no es verdad?”.
“Si, me gusta mucho mirar y hacerme la paja”. respondió risueño el albañil.
No me había equivocado. El tipo era un mirón terrible y podría dominarlo a mi antojo.
“Pues bien pajeate todo lo que quieras que a mi me calienta mucho verte cuando te la haces”.
Inmediatamente pasé una de mis manos por entre mis piernas y comencé a tocarme la concha que ya estaba totalmente empapada de flujos.
“Por que no te sacás toda la ropa así puedo ver bien ese cuerpo maravilloso que tienes”. Dijo esto sin dejar de sobarse la pija ni un solo instante.
“Creo que es una buena idea”. Dije yo a la vez que me levantaba y me dirigía al centro de la sala. El se apoyó en la mesa sin soltar la verga.
Primero me saqué la remera. El, al ver mis opulentas tetas, incrementó el ritmo de su paja.
Pellizqué mis pezones para ponerlos mas duros, una vez logrado esto tomé ambas tetas desde abajo y alternativamente chupé ambos pezones, haciendo un círculo con mi lengua alrededor de las areolas, para finalmente morderlos hasta dejarlos a punto de estallar.
Cuando me saqué la pollera mi espectador tragó saliva al verme como con mis dedos deshacía los rulos de los pelos de mi concha. Alcancé a escuchar que decía: “que concha tan linda y peluda”.
Sin saber por qué le dije: “si tanto te gusta puedes tocarla un rato”.
El se puso frente a mí y con su mano izquierda comenzó a tocarme la concha. Lo hacía muy suavemente, pasando sus ásperos dedos por mis pelos y viendo su expresión estaba disfrutando cada segundo de aquello.
Siguió su tarea pero fue bajando lentamente su mano, ahora estaba entre mis muslos y un grueso dedo escarbaba entre mis labios vaginales hasta que encontró, entre la abundante pelambrera de mi concha, el palpitante clítoris.
Sentí que me moría de placer. Le agarré la pija con una mano y le dije: “vos pajeame a mi que yo te pajeo a vos”.
A lo que el contestó: “si querés te puedo pajear con la pija”. Yo lo miré sin entender.
“Si, mirá. Yo te pongo la pija entre las piernas, y vos te sentás sobre esta y sobas tu clítoris contra el tronco de mi verga”.
Sin esperar respuesta separó un poco mis piernas, colocó su pija contra la raya de mi concha y luego me pidió que las cierre apretando fuerte. Así lo hice y el comenzó con movimientos de adelante hacia atrás.
Tenía un verga gruesa y tan larga que cuando nuestros pubis estaban juntos la cabeza de la pija llegaba mas allá del agujero de mi culo. Yo estaba en la gloria con todas aquellas sensaciones que me producía la verga de ese extraño que se sobaba contra mi cuerpo, me toqueteaba las tetas y el culo.
Repentinamente me dijo que estaba por acabar y yo comencé a moverme mas rápidamente hasta que sentí la leche caliente en mi ojete y en mi concha. La sensación de su leche invadiendo mi culito y empapando los pelos de mi concha produjo en mi un orgasmo incomparable.
Quedamos los dos cansados de esa maratón sexual. Yo me fui a dar una ducha mientras el terminaba su trabajo.
Lo despedí con un beso en la boca y le pedí que vuelva el domingo que le prepararía una sorpresa.
Prometió volver mas caliente que nunca.

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Comentarios enviados para este relato
ganimedesss (30 de May de 2011 a las 03:14) dice: me encanto lo del transporte publico, me imagine esa situacion q exitante

ritalino (17 de February de 2011 a las 15:57) dice: Muy bien, un relato clásico que hace que uno se pajee como se debe.

djavan (17 de February de 2011 a las 00:19) dice: que hot que está tú relato bien!

a_na_ma (16 de February de 2011 a las 19:23) dice: MMMM MAMITA QUE BUEN RELATO SE VE QUE TE ENCANTA LA VERGA Y QUE ERES UNA AUTENTICA PUTA FELICIDADES ESCRIBE MAS


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