Relato enviado por:
c prado el 13/2/2015.
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Mi esposa cachonda Con su jefe y compañeros # Así llega mi esposa de las fiestas
La puerta de casa se abrió pasadas las tres de la madrugada. Yo estaba recostado en el sofá, medio dormido frente al televisor, cuando escuché el inconfundible sonido de sus tacones tropezando en el recibidor. Me incorporé de inmediato, con el corazón acelerado y una mezcla de emociones que ya me resultaban familiares: ansiedad, excitación y ese morbo enfermizo que llevaba meses apoderándose de mí.
—¿Cariño? —llamé con voz temblorosa.
—Mmm... sí, soy yo —respondió ella arrastrando las palabras, claramente borracha.
Cuando apareció en el umbral del salón, me quedé sin aliento. Laura, mi esposa de treinta y dos años, estaba hecha un desastre absoluto, pero un desastre increíblemente excitante. Su vestido negro, ese que yo le había ayudado a elegir para la fiesta de empresa, estaba completamente arrugado y subido de forma obscena, mostrando sus muslos pálidos y torneados. Las medias de red que llevaba presentaban varias carreras, y uno de los tirantes del liguero colgaba suelto sobre su pierna derecha.
Su melena castaña, normalmente tan cuidada y brillante, era una maraña salvaje. El maquillaje corrido le daba un aspecto de mujer recién follada que me hizo tragar saliva. El rímel había dejado manchas oscuras bajo sus ojos verdes, y el pintalabios rojo estaba completamente borrado de sus labios carnosos, aunque podía ver restos del mismo en su barbilla y cuello.
—Dios mío, Laura... —susurré mientras ella se tambaleaba hacia mí.
—Ha sido una fiesta increíble —dijo con una sonrisa pícara, dejándose caer en el sofá junto a mí. El olor a sexo y alcohol emanaba de su cuerpo. Podía oler distintos perfumes masculinos mezclados con su propia fragancia.
Me acerqué a ella con manos temblorosas. Su vestido estaba tan arrugado que parecía haber sido estrujado con fuerza. Cuando mis dedos rozaron la tela, noté que estaba húmeda en algunas zonas.
—¿Qué... qué pasó? —pregunté, aunque una parte de mí ya lo sabía.
Laura se rio, una risa ebria y desinhibida que nunca le había escuchado antes de estos últimos meses.
—Tu sabes qué pasó, cariño. Lo que siempre pasa en estas fiestas.
Se recostó en el sofá, abriendo las piernas sin pudor alguno. Pude ver entonces que no llevaba bragas. Las había perdido en algún momento de la noche. Sus muslos internos brillaban con una mezcla de fluidos, y había marcas rojizas, como de dedos apretando con fuerza, en la piel lechosa de sus piernas.
—Cuéntamelo todo —le rogué, sintiendo cómo mi entrepierna reaccionaba a pesar de la humillación.
Laura cerró los ojos, recreándose en los recuerdos recientes.
—Empezó en el mismo restaurante. Ya sabes cómo es Roberto, mi jefe... no puede mantener las manos quietas. Durante la cena, metió su mano bajo la mesa y empezó a acariciarme las piernas. Yo intenté apartarlo al principio, de verdad que sí...
—¿Pero? —la animé a continuar.
—Pero sus dedos se sentían tan bien. Y había bebido bastante vino. Cuando llegó a mi entrepierna, ya estaba mojada. Se dio cuenta y sonrió. Me susurró al oído que era una zorrita cachonda.
Mi respiración se aceleró mientras escuchaba. Laura abrió los ojos y me miró con una mezcla de desafío y lujuria.
—Después de la cena, Roberto propuso continuar la fiesta en su habitación de hotel. Varios compañeros vinieron con nosotros: Carlos de contabilidad, Miguel el nuevo de marketing, y Jorge, el que tiene esa camioneta que tanto te gusta.
—¿Todos ellos...? —no pude terminar la pregunta.
—Todos —confirmó ella, mordiéndose el labio inferior—. Roberto fue el primero. Apenas cerramos la puerta, me empujó contra la pared y me besó con fuerza. Los otros nos miraban, bebiendo y animándolo. Podía ver sus bultos creciendo en los pantalones.
Se incorporó un poco, bajándose más el vestido para mostrarme sus pechos. El sujetador de encaje negro estaba corrido, dejando ver sus pezones erectos y rojizos, claramente maltratados por bocas ansiosas.
—Roberto me quitó las bragas delante de todos. Las guardó en su bolsillo como trofeo. Luego me levantó el vestido y me penetró ahí mismo, de pie contra la pared. Los demás se acercaron, tocándome, besándome, diciéndome cosas sucias...
—¿Qué te decían? —pregunté con la boca seca.
—Que era una puta casada perfecta. Que mi marido era un cornudo afortunado. Que llevaban meses queriendo follarme en la oficina... —Laura respiraba agitadamente al recordarlo—. Roberto terminó dentro de mí rápido, estaba muy caliente. Pero los demás apenas empezaban.
Se levantó tambaleándose y se quitó el vestido por completo, quedando solo con el sujetador mal puesto, el liguero y las medias rotas. Su cuerpo exhibía las evidencias de la noche: marcas de dedos, chupetones en el cuello, los pechos y los muslos internos, arañazos leves en la espalda.
—Carlos me tumbó en la cama. Es el que tiene la polla más grande, ¿sabes? Me costó acomodarla, pero cuando lo hizo... Dios, me hizo gemir como nunca. Miguel me metió su verga en la boca mientras Carlos me follaba. Nunca había tenido dos pollas a la vez...
Laura se tocó entre las piernas, gimiendo suavemente.
—Jorge esperó su turno pacientemente. Cuando le tocó, me puso en cuatro y me dio por detrás. Dolió al principio, pero luego... me encantó. Roberto grabó todo con su móvil.
—¿Qué? —sentí una punzada de pánico mezclada con excitación.
—Tranquilo, es solo para ellos. Para recordar cómo me cogieron entre todos. Para poder volver a excitarse pensando en la esposa caliente de su compañero...
Se acercó a mí, montándose sobre mi regazo. Podía sentir lo húmeda y abierta que estaba, usada por múltiples hombres.
—Después lo hicimos de nuevo. En diferentes posiciones, combinaciones... Perdí la cuenta de cuántas veces terminaron dentro o sobre mí. Mira...
Tomó mi mano y la guió a su sexo empapado. Estaba hinchado, sensible, completamente lleno del semen de otros hombres. El contacto me hizo gemir.
—Todos querían asegurarse de marcarme bien. De que llegara a casa oliendo a ellos, llena de ellos. Roberto dijo que eres un marido afortunado por tener una esposa tan complaciente.
—Laura... —gemí su nombre mientras ella empezaba a desabrocharme el pantalón.
—¿Te