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Clases muy particulares 3

Recaredo Rey Relato enviado por: Recaredo Rey el 4/11/2011. Lecturas: 4496
Etiquetas:   General
Relato completo
Volví a casa de mis ex-alumnas y en un descuido del marido me follé a Laura con la complicidad de sus hijas.Dejé de dar clases particulares a Silvia y Diana, pero guardaba un buen recuerdo de ellas y de su madre por su simpatía, su belleza... y sus tentadores cuerpos. Envié un mensaje al móvil de Laura avisando que me pasaría el viernes por la tarde, y así hice. Llamé al timbre y me abrió la propia Laura, que pareció muy sorprendida. Además, iba vestida, aunque con ropa muy excitante...

- ¡Agustín, qué sorpresa! No te esperaba.

- Te mandé un mensaje el otro día.

- Ah, es que cambié de número. Pero pasa, no te quedes en la puerta. Ven, que te voy a presentar a mi marido, que ya regresó del viaje.

Por eso estaba tan recatada. Su esposo apareció enseguida: un tío alto y fuerte, que seguro le daba a su mujer todos los días su ración de verga con leche caliente. Hechas las presentaciones nos sentamos en el sofá los tres, con ella en medio.

- ¿Y las niñas, que no las veo?

- Vienen ahora -respondió Laura-. Han ido abajo a la tienda. ¿Y qué, has encontrado nuevas alumnas para las clases particulares? Hay que ver, que te fuiste sin dar explicaciones, ni que te hubiéramos hecho algo... Con lo amables que fuimos, que nos ofrecimos para todo lo que fuese necesario...

- Sí -contesté-, fuisteis muy buenas conmigo, os abrísteis a mí como si me conociérais de mucho tiempo, pero tus hijas no aprendían conmigo, necesitaban a otra persona...

- Ahora tienen a una profesora, Bianca, se llevan muy bien, han congeniado mucho, pero te echan de menos, a ti y a todo lo que llevas dentro...

Y con disimulo, y aprovechando que el marido miraba para otro lado, me puso la mano en el paquete y lo acarició con destreza. Iba con una falda muy corta que mostraba sus preciosas y suaves piernas y una camiseta ajustada que marcaba perfectamente sus pechos e incluso sus pezones, pues no llevaba sostén. Como estábamos apretados en el sofá, ella se me pegaba de tal manera que con mi brazo tocaba su seno izquierdo, y teníamos pierna contra pierna. Entonces Laura me propuso:

- Si vieras cómo han mejorado la ortografía y la redacción. ¿Te gustaría ver sus libretas? Las tienen en su cuarto, ven que te las enseño.

Se levantó y me cogió de la mano para llevarme con ella.

- Luis -le dijo al marido-, tú mientras tanto prepara un café, y llégate a la pastelería y trae unos dulces.

- De acuerdo, cariño, ahora mismo vuelvo.

Después de cerciorarse que el marido salió, entramos al cuarto de las niñas.

- Rápido, Agustín, tenemos diez minutos. Échame un polvo, anda.

Nos quitamos la ropa. Hacía tres semanas de la última vez que la vi desnuda, pero no había olvidado ni una pizca de su piel, de sus aterciopeladas piernas, de su sensual cintura, de sus maravillosas tetas y de su extraordinario coño. Me empalmé enseguida y se la metí sin pensarlo dos veces. Se movía ricamente, haciendo que mi verga notara sus paredes vaginales y sus sabrosos fluidos. Cuando ya estábamos los dos a punto de corrernos se abrió la puerta de la habitación. El susto fue mayúsculo. Creíamos que era Luis que había subido ya, pero eran sus hijas que habían vuelto de comprar.

- ¿Qué escándalo es éste? ¡Agustín follándose a nuestra madre... y en nuestra habitación! -exclamó Silvia sorprendida-. ¿Y dónde está ese señor que se llama Luis y es tu marido?

- Por favor, chicas, ayudadnos a que terminemos de follar. Vigilad fuera y entretened a vuestro padre cuando vuelva, que ha bajado a comprar.

- Vale -aceptó Diana-, pero Agustín nos debe un polvo a dada una.

- Trato hecho -contesté.

Las niñas salieron y pronto mi estaca recuperó su fuerza y su dureza, perdida con el susto. ¡Qué buena estaba Laura... y cachonda! Sin darnos cuenta, conforme aumentaba nuestra excitación también lo hacían nuestros gemidos... y gritos. Quería seguir disfrutando más tiempo de aquel éxtasis, de aquella lujuria desenfrenada, pero no podíamos arriesgarnos, y descargué la leche al mismo tiempo que ella se corría entre contorsiones de gusto. En ese momento asomó Silvia su cabeza:

- ¡Han llegado los dulces! Os esperamos en la cocina.

Sin tiempo ni para limpiarnos, le saqué la polla del chumino y nos vestimos deprisa. Fuimos hacia la cocina, donde Luis estaba preparando el café.

- ¿Qué tal, qué te ha parecido?

- ¿El qué? -pregunté sorprendido.

- ¿El qué va a ser? El trabajo de mis hijas, Las libretas que te ha enseñado mi mujer...

- Ah, claro, pues muy bien, las niñas han mejorado mucho estas semanas.

- Y de premio, Agustín nos ha prometido que nos va a llevar a una casa rural el próximo fin de semana para gozar y disfrutar... de la naturaleza -dijo Silvia astutamente-. ¿Verdad?

- Pues sí, si vuestro padre lo autoriza, claro.

- Por supuesto, Agustín -contestó Luis-. Se te ve un hombre serio y responsable. Así aprovechamos Laura y yo y nos vamos a un hotel nudista del que nos han hablado, y disfrutamos un poco, que la tengo un poco descuidada, que con lo buena que está vaya a ser que venga uno bien armado y me salgan cuernos, ja, ja, ja...

Y así, quedé en recoger a las niñas el viernes siguiente con la sana intención de pasar un fin de semana respirando aire puro de la montaña. ¿Lo conseguiría?