Luz María y yo ya llevamos varios años de casados, tenemos un par de hijas, que las dejamos en casa de sus abuelos por lo que siempre había pensado que a mi mujer la conocía muy bien y a fondo. Pero durante nuestras cortas vacaciones, en un hostal o parador, me he llevado la sorpresa de mi vida. Al ver a Luz María, no tan solo besándose con una joven camarera, sino que de la manera más cruda y salvaje, terminaron por mantener entre ambas una fogosa relación lésbica.
No es que yo sea un santurrón, pero hasta esos momentos la conducta sexual de mi mujer, nunca me había sorprendido de tal manera. Si en ocasiones prefería que únicamente le mamase su coño, hasta que ella alcanzaba un tremendo orgasmo. Y aunque me de vergüenza decirlo, en ocasiones si me encuentro acostado boca abajo, a Luz María le gusta acostarse sobre mí, y comienza a estar moviendo sus caderas como si hubiera estado dándome por el culo, cosa que jamás ha llegado a pasar. Cuando no es que insiste en la mayor parte de las veces en colocarse sobre mí. Pero aparte de esos pequeños detalles, nada me hizo sospechar que a ella le gustase tener sexo con otra mujer.
Apenas habíamos pasado un rato en nuestra habitación, que Luz María, me preguntó si me gustaría conocer los alrededores, para que luego la llevase a ella, cosa que acostumbramos hacer desde hace tiempo. Así que me agarré parte de la mañana para ir poco a poco conociendo, las cuadras del hostal y los alrededores por donde ir a montar a caballo.
Pero al regresar a nuestra habitación, note algo raro, ya que al entrar, de inmediato escuché unos murmullos y cortas risas. Ya estaba a punto de llamar a Luz María, cuando esos murmullos se hicieron mucho más intensos, por lo que quedándome callado, comencé a avanzar lentamente, pensando lo peor.
Dentro de nuestra habitación se encontraba un carro de limpieza, de esos que usan las camareras para llevar las sabanas y fundas de cambio, además de otras cosas. Al asomarme vi casi recostadas sobre la cama a la camarera y a Luz María, besándose apasionadamente. Mi mujer únicamente tenía puesta una de esas batas de baño, pero abierta completamente, mientras que la camarera, una mujer negra, de muy buen ver, de aproximadamente unos veintitantos años, dueña de un tremendo par de tetas y gran culo, aun se mantenía con el uniforme puesto. Pero eso no impedía que Luz María acariciara los muslos de la camarera, al tiempo que la otra mientras se besaban como un par de salvajes, prácticamente mantuviera enterrada una de sus manos dentro del coño de mi mujer.
Yo me quedé sorprendido, sin realmente saber qué hacer, que no fuera otra cosa que seguir viéndolas sin que se dieran cuenta de mi presencia.
Mientras tanto, Luz María como la camarera que después me enteré que se llama Belinda, continuaban besándose y acariciándose intensamente por todos lados. Hasta que de momento, Luz María se detuvo y se terminó de quitar la bata de baño, para quedar del todo desnuda, y acostada con sus piernas bien abiertas, sobre la cama. Su amante Belinda, no lo dudó ni por un instante, y agarrando las rodillas de mi mujer, colocó sus manos y las fue deslizando hasta los blancos muslos de Luz María. Al tiempo que fue acercando su rostro al abierto coño de Luz María.
Yo por un instante me puse a pensar, en el sin número de veces que le había mamado el coño a Luz María, y ver que esa negra se lo estuviera haciendo en mi lugar, aparte de que me sentí traicionado por mi mujer, el morbo de verlas hizo que de inmediato mi verga se pusiera tiesa. Mi excitación fue mucho mayor que mi indignación, por lo que permanecí viendo, que más hacían entre las dos. La negra chupaba con ganas, lamía y quizás hasta mordisqueaba toda la vulva de Luz María, mientras que mi mujer se retorcía de placer, al sentir los gruesos labios de su amiga, o amante, siendo restregados contra su coño.
Si ver lo que ellas dos estaban haciendo me impresionó, más me impresionaron las cosas que se fueron diciendo la una a la otra. Ya en cierto momento Belinda no tan solo lamía y enterraba profundamente su rostro dentro del coño de Luz María, sino que en ciertos momentos su atención se fijaba en el culo de mi mujer, ya que sus largas y profundas lambetadas lo alcanzaban y hacían que todo el cuerpo de Luz María temblase de placer, Al tiempo que movía sus caderas restregando con más fuerza su coño contra el rostro de la negra.
Así pasaron un buen rato, mientras que yo observaba sin querer perderme un solo detalle de las cosas que ellas dos hacían. Hasta que Belinda, de momento al mismo tiempo que continuaba mama que mama, se fue desabotonando y quitando su bata de limpieza, y casi arrancándosela, el resto de su ropa intima, hasta quedar igual de desnuda que mi esposa. Realmente era bien impresionante para mí, ver el contraste de los dos cuerpos. Seguramente Luz María ya había disfrutado de más de un orgasmo, lo digo por la manera en que en varias ocasiones gimió y grito de placer, mientras que Belinda sin detenerse continuaba en su labor. Hasta que ellas abrieron sus piernas y juntaron sus coños mutuamente, para después mientras agarradas de mano, se sujetaban, movían sus cuerpos, y chocaban sus mojados coños una y otra vez.
Era una furia que parecía incontenible, jamás en mi vida había visto a mi mujer disfrutar tanto. Tan caliente estaba la una como la otra, que de momento, aunque se separaron por un breve instante, Luz María introdujo una de sus manos dentro del coño de la negra, sacando y metiéndola, al tiempo que esta otra volvió a mamarle el coño a mi mujer, para en ciertos momentos separarse para prácticamente a gritos decirle a Luz María lo mucho que eso le gustaba.
El tiempo voló, yo deseaba masturbarme en más de una ocasión, pero me aguanté las ganas. Ya que aunque no reuní el valor para aparecerles de pronto y tratar de realizar un trío. Mi mayor deseo era que apenas saliera la negra de la habitación, sorprender a mi mujer y caerle encima.
Las dos continuaron por un largo rato, dándose profundos besos, e intensas caricias, hasta que de momento Belinda se detuvo y le dijo a mi esposa que se le hacía tarde, y sin más ni más se paró de la cama y comenzó a vestirse, momento que yo aproveché para deslizarme fuera de la habitación. Ya fuera rápidamente me encaminé a las escaleras y comencé a bajarlas, pero al escuchar que la puerta de mi habitación nuevamente se abría y cerraba rápidamente. Me detuve, di media vuelta e hice como si viniera subiendo la escalera, encontrándome con una muy despeinada y sudada camarera. Que de manera forzada me dio una sonrisa al tiempo que rápidamente mientras empujaba el carro, entraba a otra habitación, supongo que para arreglarla.
Lo cierto es que en mi mente bullían un sinfín de ideas, que cosas pensaba decirle a mi mujer, por unos instante pensé en reclamarle su traición, pero al mismo tiempo me decía a mi mismo que eso no era serme infiel. Pero apenas atravesé la puerta, ya haciendo todo el ruido posible, para que se diera cuenta de mi presencia. Me encontré a Luz María, tirada sobre la cama con sus piernas bien abiertas, sudada, introduciéndose sus propios dedos dentro de su coño. Lo único que se me ocurrió decirle fue, me estabas esperando querida y de inmediato clavé mi rostro contra su mojado coño. Sin detenerme a pensar en todo lo que había visto y escuchado, me dediqué a mamarle el coño a mi mujer como nunca antes lo había hecho, con mucha más fuerza, con más intensidad, con mucha más pasión.
El resultado no se hizo esperar, al poco rato mi rostro ya estaba completamente mojado por sus fluidos vaginales, los gemidos de Luz Marina, sin ser exagerado seguramente debían escucharse en la recepción del parador. Aprendiendo de lo visto, llevé mi lengua hasta el centro de sus nalgas, mientras que Luz maría me decía que le diera más y más duro. Lo único que se me ocurrió, fue dirigir mi erecta verga directamente a su oscuro hueco. La saliva sirvió como lubricante, y algo que ni ella ni yo habíamos hecho nunca, lo pusimos en práctica, así que a medida que le fui enterrando mi verga dentro de sus nalgas, con una de mis manos, con los dedos pulgar e indicé comencé a apretar intensamente su inflamado clítoris arranciándole a mi mujer profundos gemidos y gritos de placer, hasta que finalmente disfruté de el mejor clímax de nuestras vidas.
En la cena, Luz María me presentó a su amiga Belinda, ambas habían estudiado juntas en la universidad, la negrita resultó ser la esposa del dueño del parador, y además su contable, pero como la economía esta tan mala, se vieron en la obligación de recortar personal y encargarse ellos de realizar esas labores.
En cuanto a las relaciones de mi mujer con otras mujeres, aun no reúno el valor suficiente para hablarle del tema. Ahora si me doy cuenta que de seguro en el gimnasio femenino al que acude con bastante regularidad, debe tener alguna amiga intima con la que de seguro comparte, ya que cuando regresa viene prácticamente a dormir el resto del día.