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DOÑA EMILIA

Relato enviado por : wolfy1974 el 01/06/2012. Lecturas: 5600

etiquetas relato DOÑA EMILIA   Amor filial .
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Resumen
—Nos meneamos suavemente durante casi media hora, fué tal mi excitación y el placer que esta sextagenaria me produjo que me desarrolle y llené su vagina de semen en un orgasmo interminable.—

Relato
Me llamo Jorge, esta historia sucedió cuando tenía 15 años. En unas vacaciones de colegio me enviaron a casa de unos tíos a pasar unos días y hacer tareas ya que ellos contaban con una pequeña biblioteca. Mis tíos trabajaban durante el día y en casa permanecía una señora que habían contratado de interna, recomendada por algunos parientes del campo, para ver de mis dos primos y hacer la comida.

Mis primos eran pequeños, Ramiro el mayor tenía 5 años y el menor Jaime de un año. La señora Emilia me recibió cuando llegué en la tarde y me puse a jugar con mi primo y a ver televisión. En la noche mis tíos me alojaron con Doña Emilia, ya que en su cuarto habían dos camas, Mis primos dormían en el cuarto contíguo. Jaime era cuidado por doña Emilia en su cuarto luego de dar la comida, y luego de dejarlo dormido lo llevaba a su camacuna. Transcurrieron los días y le colaboraba a doña Emilia en lo que podía. En la noche al acostarme doña Emilia estaba ya bajo las cobijas, para no incomodarnos y ya que en el cuarto había TV nos poníamos a ver la novela. Un día haciendo mis tareas, en la biblioteca encontré un libro de sexo donde presentaban parejas haciéndo el amor, para mí no era extraño, ya que en el colegio nos enseñaban educación sexual y con mis amigos a veces veíamos películas porno, pero a esa edad las hormonas están al máximo y cada vez que me calentaba me masturbaba.

Como era algo tímido, no salía de la casa a menos que a comprar algo a la tienda. En una ocasión, en la mañana, estaba en el estudio en mis labores escolares y se me había olvidado un cuestionario en el cuarto, Doña Emilia estaba duchandose, como ella salía siempre vestida del baño, decidí ir al cuarto sin preocupaciones. La puerta estaba entrecerrada, ojee por la hendija y ví a la señora sacando unos calzones de su mueble, morboseando decidí ver, ella se subió el vestido (Ella utilizaba vestidos de una sola pieza) mostrando sus gruesas y arrugadas piernas, blancas y surcadas por venas váricosas, tomó una pequeña toalla y montrasdo su vulva, gordita y con poco vello que permitía observar la raja de su coño, se la paso secando alguna humedad el baño, terminé por excitarme con la visión y continué observando. Ella continúo poniéndose los calzones, posiblemente se le habían olvidado al salir del baño. Doña Emilia contaba con unos 60 años, rolliza y tetona, de piel blanca, cabello corto, castaño claro y cano, alegre y atenta, como le dolían sus piernas permanecía sentada o acostada, en sus ratos libres. Nada parecida a las modelos de las películas o del libro, pero me había hecho excitar. Me devolví al estudio y me puse a ver las imagenes del libro de sexo. Doña Emilia entró con leche y galletas al estudio sobresaltándome.

—Tome Jorgito, debe alimentarse ya que estudia tanto.
—Gracias Doña Emilia, me asustó.
—Estaba muy concentrado. ¿Qué lee?
—Sobre anatomía doña Emilia.
—Interesante. Mijo le recomiendo a Jaime, ya que voy a dejar a Ramiro al jardín y luego al mercado, me demoro una media hora. Si alguien llama toma el mensaje.
—Descuide doña Emilia.

Ella se despidió, ya se había puesto sus medias medicadas que le hacían ver bonitas sus piernas. Al sentir la puerta cerrarse, salí al cuarto y pajearme acostado en su cama, la idea se me había presentado de repente. Al entrar al cuarto, a los pies de su cama había un bulto de ropa envuelta en un saco rosado de lana. Me imaginé que era la ropa sucia de la doña y me abalancé sobre ella. Primero salí a poner seguro en la puerta principal por si ella volvía antes. De nuevo en su cuarto desenvolví cuidadosamente la maleta, primero abrí el saco, luego estaba su vestido verde con flores del día anterior, tembloroso por la emoción, abrí lo que era su pijama y encontré lo que era para mí en ese momento un tesoro, su bresiere, medias pantalón y sus calzones. Mi corazón latía a mil, mi cuerpo entró en tensión y me desnudé rápidamente, tomé sus calzones y los olí cerrando los ojos e imaginandome su gruesa vulva, los extendí y noté que en la parte donde va la vulva había una mancha amarillo ocre, acerque mi nariz, la olí y embrigado por el aroma de concha madura comencé a lamer esta parte, imaginando que le hacía una miné a doña Emilia. Tomé luego su sostén y sin pensar decidí ponerme la ropa de la doña, me puse todo y hasta puse mis medias en las copas de su sostén, me acosté en su cama y comencé a bajarme las medias veladas que se sentían suaves y calientitas, luego sus calzones que me llevé a mi pene haciéndo coincidir la parte donde va la vulva y lo envolví con ellos, tomé las medias y la parte blanca de la entrepierna me la llevé a la naríz, también guardaba el olor de la concha de la señora, me imaginaba haciéndo el amor con ella mientras me masturbaba, al poco rato eyaculé en los calzones, pasado el éxtasis volví en sí y noté lo estúpido que me veía vestido así, me asusté al ver lo mojados que estaban los calzones de doña Emilia que pensé que ella lo notaría. Salí por papel y traté de secarlos lo mejor que pude, luego envolví todo cuidadosamente como lo había encontrado, me vestí y salí a correr el cerrojo de la puerta, al rato llegó ella.

— ¿Alguien a llamado mijito?
—No doña Emilia, no se demoró.
—No me digas...... Mejor toma esta fruta que te traje. — Tomé un durazno que me ofreció.
—Espere ¿quiere que le ayude en algo?
—Bueno mijo ven, mientras pongo a lavar la ropa.

La acompañé a la cocina, ella entró al cuarto, y sacó su ropa sucia, noté que abrió la lavadora y rápidamente introdujo la ropa pieza por pieza sin notar nada, quizá debido a que staba cerca de ella.

El día pasó sin incidentes, sólo que en la tarde noté que ya no llebaba sus medias pantalón, lo que me excitaba de sobremanera cuando estaba sentada, ya que por lo gordita, cuando se relajaba alcanzaba a abrir un poco sus piernas dejándome ver un poco más arriba de la rodilla. Sobra decir que me había vuelto fetichista ese día, pero las hormonas me dominaron en ese momento. Al tercer día repetí la hazaña, pero esa vez vestí las almohadas cuidadosamente con las ropas de doña Emilia e imaginé haciendole el amor mientras me masturbaba contra las almohadas vestidas, tomé la precaución de ponerme un condón que encontré escondido en el escritorio el estudio.

En las noches me imaginaba pasandome a su cama y pedirle que accediera a mis deseos, pero me reprimía el causar un escándalo. Un día, a la semana siguiente mis tíos llamaron que se demorarían en llegar, me puse a leerle un cuento a Ramiro y se quedó dormido, me levanté y salí a mi cama, y pensaba acompañar a doña Emilia a ver la telenovela. Doña Emilia estaba en su cama con Jaime que aún no se había dormido. Ella estaba acostada de medio lado en la orilla, aún con su vestido puesto, viendo la novela con la luz apagada. Jaime estaba en medio de la cama, cerca de ella. Yo decidí jugar con él un rato, me ubique en la parte baja de la cama, durante la jugarreta toqué su rodilla, me estremecí y de nuevo comencé a calentarme, el instinto comenzó a guiarme. Le puse mi mano derecha en una rodilla y aguardé a esperar su reacción, ella seguia inmutable, luego proseguí a introducir lentamente mi mano por el tunel que formaba su vestido y sus piernas juntas, el niño ya se había dormido y ella aunque se dió cuenta siguió en su postura y al contrario comenzamos a hablar de la novela. Sus piernas se me hicieron suaves, ya había metido mi mano un palmo e introduje mi mano en medio de sus piernas, su piel se torno algo pegajosa en medio de sus piernas.

— ¡Hum, tine las manos frías! — Me dijo.
—Sí señora.— Le conteste tímido y tembloroso, sacando la mano.

Ella se acomodó mejor y continuamos con una charla banal, de nuevo traté de meterle la mano suavemente, ella como al principio no dijo nada, esta vez continué subiéndo la mano, creo que duró casi unos 20 minutos para llegar hasta su vulva, al llegar a mi meta, mi corazón volaba, al tocar sus calzones y sentir el calor de su entrepierna me excité al máximo, sentía mis pantaloncillos húmedos. Me detuve allí un rato y comencé a buscar el borde del calzón para poder llegar a su vulva, en eso ella se negó con un gesto y se levantó.

—Bueno, voy al baño y me acostaré, el niño ya se durmió. — Y tomando su pijama salió al baño, al rato entró ya vestida y recogiendo a mi primo lo llevó a su cuarto, entre tanto me vestí para dormir y me acosté, ella se acostó y me dió las buenas noches como si nada. Esa noche no podía dormir del deseo de subírmele a la señora, pero me controlé ya que era mejor no retar a la suerte, aunque sabía que a ella no le había disgustado lo sucedido.

A la noche siguiente, después de quedarse dormido Ramiro, de nuevo fuí ansioso a repetir lo del día anterior. Para cuando llegué al cuarto, ella estaba recargada en la cama con las piernas estiradas, Jaime ya se había dormido y la luz estaba apagada, me acerqué a ella y con más confianza me puse a hablar con ella de cosas, sentado en un banquito junto a la cama, toqué de nuevo sus piernas.

—Si molesta ¿no Jorge?
—Es que tiene unas piernas bonitas.
—No friegue mijo, y mejor vea la novela.

Sin retirar mi mano continué subiendo la mano, pero esta vez le subía el vestido, seguido acerqué mi cara a sus rodillas y comencé a besarlas, ella abrió un poco sus piernas sin decir nada, esta vez detuve mi mano y recorrí con mi boca el trayecto, de nuevo estaba a mil y mis calzoncillos mojados por la excitación. Besaba su entrepierna de forma apasionada, al llegar a los nudos de sus várices, los lamía suavemente acusandole cierto placer a la doña. Al llegar sus calzones sentí el olor sálobre de su vulva, pero decidí babearle los muslos un rato antes de comerme el plato principal. Estabamos en extasis cuando llegaron mis tíos.

—Ah, llegaron los señores y yo aquí en estas. — Se cubrió sus piernas y se levantó de la cama, saliendo del cuarto.

Yo me acosté nervioso, como a la media hora ella se acostó y me dio las buenas noches como todos los días. Estaba inquieto, ya que habíamos llegado lejos esa noche. Noté que ella estaba despierta ya que se movía en su cama. Me levanté y me dirigí hacia ella. Arrodillado al lado de la cama, introduje una mano bajo las cobijas, al sentir su cuerpo cálido cubierto por su pijama, busqué sus piernas y de nuevo inicié mi exploración, esta vez llegué hasta sus calzones y de nuevo intenté buscar la entrada a la piel de su vulva, mi pulso estaba alterado por intentarlo de nuevo, ella giró su cuerpo hacia mí, asustandome de nuevo.

— ¿Qué es lo que busca Jorge?— Me dijo en voz baja.
—Nada, doña Emilia, sólo que no puedo dormir.
—Y entonces ¿por eso me despierta?
—No señora, es que tengo ganas......
—De ¿Qué? si se puede saber.
—Bueno, usted, ¿ha hecho el amor?— Le pregunté temeroso.
— ¿Qué pregunta es esa? Claro mijo. ¿Y eso que tiene que ver?
—Mucha doña Emilia, es que me gustaría hacerle el amor.
— ¿Qué dices muchacho? Con una vieja como yo.
—Y ¿es que no se puede?
—Sí desde luego, pero ¿que pasara después? No se ha puesto a pensar si su familia se entera.
—Pero lo podemos hacer a escondidas. ¿O no le gustaría?
—Sí, de lo contrario le habria dicho a los señores que me estaba faltando al respeto.
—Entonces ¿Le gustó?
—Si usted sabe como embobarla a una, además hace tiempo no sentía nada igual.
—Y...... ¿con quien lo hacía?
—Pues con mi marido, hasta que falleció hace años.
—Ah, y...... ¿le gustaría volverlo ha hacer?
—Ya le dije que sí, pero ahora no, se pueden dar cuenta.
—Tranquila, usted decide cuando, además usted es la que lo pone.
— ¿Qué me esta diciendo mijo? No soy una cualquiera para ponerlo.
—Perdóneme, no se mucho de solicitarle estas cosas a una mujer. Pero...... ¿Entonces si lo vamos ha hacer?
—Sí Jorge, pero ahora no. Y ahora duerma antes que me arrepienta.
—Bueno doña Emilia, pero ¿le puedo dar un beso?
—Está bién.

Me incliné sobre ella y la besé suavemente, me retiré, e incitado, le dí otro, donde ella se dejó llevar y le acerqué mi verga tiesa a su cuerpo. Al terminar se volteó y me mando de nuevo a dormir.

Al día siguiente durante el desayuno tocamos de nuevo el tema.

— ¿Qué ha pensado doña Emilia?
—Esta impaciente Jorgito, calmese, aún está joven y debería buscarse una mujer joven, de su edad.
—Pero la deseo a usted. O es que ya no quiere.
—Si mijo si quiero, pero no es fácil, si se entera su familia, me meto en un lío.
—Bueno, pues no digamos nada y ya.
—Bueno, seamos cuidadosos.
—Entonces ¿Cuando lo hacemos?
—Cuando estemos solos y tranquilos.
—Hoy estamos solos, hagamoslo ahora.
—No mijo, después en la noche.
—Entonces ¿lo hacemos hoy?
—No mijo espere y le aviso.

El día pasó entre manoseos y besos, ella se dejaba llevar o mejor yo me dejaba llevar por ella y sus mañas, planeabamos lo que sería la velada donde ella me entregaría su cuerpo.

El siguiente fin de semana mis tíos anunciaron que saldrían de la ciudad un par de días, me invitaron pero me negué diciendo que me faltaba aún tarea y que acompañaría a doña Emilia, aceptada la escusa decidieron llevarse a Ramiro con ellos. Ellos salieron el sabado al medio día y volverían hasta el domingo en la noche, lo que nos daría la oportunidad que esperábamos.

—Doña Emilia ¿Esta lista?
—Si mijo, y como estamos solos lo hacemos en la noche.

Estuve impaciente en la tarde y repase las imágenes del libro de sexo. En la noche luego de la comida, habíamos planeado dejar a Jaime en mi cama.

Doña Emilia se acostó en su cama bajo las cobijas, yo lo hice luego de apagar la luz.

—Bueno mi amor, soy suya.
—Hum, que bueno se oye. ¿Cómo quiere hacerlo?
—Pues normal, como se hace siempre.
— ¿Cómo así doña Emilia?
—Pues mijo se sube y lo mete en la vagina, y ya.
—Bueno, ¿Por qué no se desviste?
—No hay necesidad mijo, así lo hacía antes.
—Esta bién doña Emilia.

Nos besamos un rato, le acaricie su cuerpo, sus senos, su abdomen y su vulva, ya calientes, ella me ayudó a quitarle los panties, luego me bajó el pantalón de la pijama sin llegar a quitármelo, me le subí y ella se recogió la bata de dormir y tomando mi pene erecto lo introdujo en su vagina, estuvo un poco estrecha al inicio, pero luego como estaba muy mojado, entró fácil y pude sentir la calidez de su vagina. Nos meneamos suavemente durante casi media hora, fué tal mi excitación y el placer que esta sextagenaria me produjo que me desarrolle y llené su vagina de semen en un orgasmo interminable.

—Humm, mi amor, eres muy bueno en la cama, hace mucho tiempo no sentia nada igual.
—Y usted tambien doña Emilia.
—Mijo, paseme un poco de papel de encima de la mesita para secarme, me dejo empapada.
—Con gusto Doña Emilia. — Ella se secó y me abrazó.
— ¿Quedó bién doña Emilia?
—Aún tengo deseos. ¿Y usted?— Tomando mi pene erecto, mantuvo la mano un rato hasta hacerlo endurecer al máximo. —Ven mételo de nuevo, me debes un orgásmo.

De nuevo me subí sobre ella, retiró el papel de su vagina y de nuevo lo introduje dentro de ella. Estaba suave, muy suave lo que me excitaba aún más, luego de un rato de besos y caricias, ella me pide que le bese un pezón, le mamo las tetas por turnos haciéndo que se excitara intensamente, aumenta el meneo de su cadera, pujaba y sostenía la respiración, sentí un leve calor en su vagina y un aumento en la lubricación, con un fuerte apretón por parte de ella noté que algo había sucedido en su interior, luego me enteré que era la forma en que ella se desarrollaba, no como las modelos bulliciosas de la TV.

— ¡Humm, mi amor que delicia! Me desocupaste, llevaba mucho tiempo sin hacerlo. Pero continúa lléname de nuevo de tí.

Continue bombeando su vagina intensamente, ella me ayudó meneando su cadera y apretando las paredes de su vagina, que me impulsó a desarrollarme por segunda vez en su interior.

—Fabuloso, mi niño, me has hecho feliz de nuevo, me estaba perdiendo una nueva oportunidad de sentirme mujer.
—Y ahora ¿Lo volveremos ha hacer?
—Desde luego mijo, pero no hoy. Debemos descanzar y además tengo sueño.

Nos despedimos con un beso, nos volvimos a vestir y dormimos hasta el día siguiente.

La mañana fue larga, el recuerdo de la noche anterior me mantuvo inquieto todo el día. Doña Emilia me sonreía y me hablaba pero esquivaba la mirada, tal vez apenada de haber tenido sexo con un adolescente la noche anterior. Quedamos en que ella haría los deberes temprano, así podríamos iniciar nuestro encuentro más temprano, así ella disfrutaría más. Le colaboré y a media tarde ya teníamos todo hecho. Doña Emilia sirvió la cena temprano.

— ¡Qué delicioso estuvo! Es muy buena cocinera.
—No es nada, es que le supo más delicioso hoy — Me decía con una sonrisa pícara en su boca.
—Dejeme ayudarle, yo lavo la loza mientras usted descansa.
—Gracias, aprovechare para darme un baño…
— ¿luego no lo hizo en la mañana?
— ¡Sí! Pero no estaría de más antes de estar juntos…
— ¡Quédese así, tal como está debe tener buena sustancia!
—Lo que dice mijo. Mejor lo acompaño a la cocina.

Me dispuse a arreglar la cocina, lo cual hice ansioso, ya que la hora se acercaba y la protagonista estaba a mi lado.

— ¿Hoy si se desnudará Doña Emilia?
— ¡Nó, mijo! Ya le dije que me da pena y no estoy acostumbrada a mostarle el cuerpo a nadie.
—Pero ¿No le excita la idea?
—Para nada…
— ¿No le gustaría sentir su piel junto a la mía?
— ¡Mmmm! No sé… Anoche cuando sentía su piel me recorrió un escalofrío por la espalda.
—Ve que sí, animo intentemoslo, si no le gusta vuelve a vestirse.
—Bueno, mientras voy a dormir a Jaime.
—Vale…

Yo estaba con mi verga a mil, el sólo charlar con ella me excito tanto que casi acabo en al pantalón. Fui a asearme y luego a la habitación. Mi primito estaba dormido en su cama y Doña Emilia estaba acostada viendo la novela. Cerré la puerta y me acosté junto a ella. Nos comenzamos a besar y acaricié sus piernas sobre las medias pantalón, llegué hasta la cintura y comencé a bajárselas, ella colaboró levantando un poco la cadera. Le quité primero la de la pierna derecha y luego la de la izquierda, comencé a besar lentamente sus piernas desde los tobillos, su pierna derecha me pareció más interesante al tener las várices más desarrolladas que las de la izquierda.

Posiblemente sea una aberración, pero me excité más al pasar la punta de mi lengua recorriendo suavemente la longitud de su vena gruesa, comenzaba de abajo a arriba. —Cuidado mijo… —Me dijo con voz queda y relajada. Yo continué con la labor delicadamente ya que he sabido que estas venas son muy delicadas. Cada vez que llegaba a sus calzones, el olor sálobre de las mujeres maduras me ponía en éxtasis, así que busqué el caucho de sus calzones y comencé a bajarlos, ella como siempre colaboró al igual que con las medias. Ya libre de su cadera para debajo de prenda alguna, subí su bata y observé por vez primera su vulva, con pocos vellos, se apreciaba en su totalidad la raya que forman los labios mayores, la olí recorriendo el triangulo de su entrepierna, hasta comenzar a lamer esa raya tan apetecible en otro tiempo. Introduje mi lengua en su raja y recorrí de arriba abajo, ella abrió suspiernas para disfrutar mejor y yo me acomode acostado entre ellas. Localicé su vagina, su meato urinario y su clítoris entre los pliegues de los labios menores. Doña Emilia gemia entre dientes, apretaba los labios y meneaba su cadera cada vez que estimulaba su clítoris.

En eso mi primo Jaime se despierta y se sienta a jugar con unos muñecos que le dejamos en la cama.

—Doña Emilia, Jaime nos está mirando.
—Si mijo, pero el no entiende, así que podemos continuar. Está muy delicioso para dejarlo.
—Bien doña Emilia, ¿le gusta?
—Si mijo nunca lo había hecho. — Continué mi labor.
—Doña Emilia acuestese bién y pongase la almohada bajo la cadera.
— ¿Así mijo?— Ella me obedece.
—Bien, ahora suba las piernas.

Me incliné sobre su vulva y abriendo sus piernas y subiéndolas sobre su torso, reinicio la miné.
— ¡Oh, oh! Mijo, que delicia. ¡Oh! sigue mi amoor.

Lamo sus labios, luego mordiéndolos, para introducir mi lengua en su vagina, jugosa y deliciosa, lamo toda su vulva desde la vagina a su clítoris. Al llegar a su organo sensible, ella se menea y tomándola de las manos fuertemente, sigo trabajando en su vulva hasta hacerla llegar en mi boca, un líquido blancuzco salía de su vagina, suave al saborearlo.

—Mijo que rico se siente su lengüita en mi cuquita.
—Lo rico fueron sus jugos doña Emilia. Venga, desnudese, mire que es más delicioso…
—Ya le dije que nó…
—Usted me lo prometió, si no le gusta vuelve y se pone la bata de dormir.
—Está bién.

Rapidamente me desvestí y ella siguió mi ejemplo, la habitación estaba cálida así que no sentimos frío, ya desnuda la observé detenidamente, sus tetas blancas eran medianas y escurridas, su abdomen abultado terminaban de conformar lo que desconocía del cuerpo de la anciana.

— ¿Contento de ver el cuerpo viejo de esta anciana?
—Desde luego doña Emilia, no se debe menospreciar cada uno tiene lo suyo, y eso lo tiene allí, entre sus piernas.
—Lo que dice… —Ella sentada en la cama, esperaba que tomara la iniciativa, me le acerqué y la besé, despacio la fui acostando sobre las cobijas, ella abrió sus piernas, tomé mi pene y lo fui poniendo en su rajita, luego sentí como entraba de nuevo en su vagina. — ¡Ummmmmf! ¡suave mijito! Ayer me dolió un poco.
—Pero estaba rico ¿nó?
—Desde luego, dele sin afan mientras se moja, luego le hacemos…

Durante los primeros minutos, su vagina permaneció seca, a medida que nos excitábamos tanto como su vagina como mi pene contribuían con la lubricación. Nuestros cuerpos desnudos nos excitaba aún más, Emilia pujaba cada vez que se lo metía hasta el fondo, me abrazaba fuertemente cada vez que sentía aproximarse su orgasmo y detenía su meneo de cadera para poder disfrutar más antes de llegar. Yo entretanto le acariciaba suavemente sus piernas, sus tetas flacidas y su cuello, en fin disfrutamos un buén tiempo.

—Venga mijo, pare un momento y nos acostamos debajo de las cobijas. ¿Le parece?
—Esta bién doña Emilia, pero se sube sobre mí…
— ¡Mmmmm! Bueno así puedo disfrutar mejor. Usted se queda quieto.
— ¡Listo! —Me metí bajo las cobijas, ella también y suavemente se me subió, yo acaricié su concha, tenía los labios abiertos y de su vagina manaba líquido sexual, le puse la punta en su huequito y ella se sentó suavemente, echó su cabeza hacia atrás mientras se sentaba sobre mi verga erecta.
— ¡Ahhh! ¡Mmmm! —Gemía la señora mientras se clabava en mí. Inició moviendose suavemente, metiendo y sacando mi verga de su concha, luego emocionada aumentó la velocidad de su cadera hasta caer desfallecida. — ¡Ayyy! ¡Mijito! Me voy a bajar…
—Está bién señora Emilia. —Cansada se bajo de mi verga, no tenía ganas de sacársela pero ni modo. Acostada de nuevo la acaricié de pies a cabeza pasando pr su húmedo coño, la masturbé por un rato tanto en su clítoris como en su vagina, la viejita menaba su culo con muchas ganas, lo estaba disfrutando.
—Mételo niño, mételo, me vengo…
— ¿Queres mi verga…? —Me ubiqué en medio de sis piernas y la penetré fácilmente.
— ¡Ahhh! ¡Eso…! ¡Mijito, dele que me vengo…! —Al escuchar sus palabras comencé a culearmela, mis embestidas hacian que la cama se moviera y sus tetas flácidas subian y bajaban al ritmo de mis metidas. — ¡Ahh! ¡Ahhh! ¡Ahhhh! ¡Ayyyyy! — Gemía la vieja, ella también se meneo hasta que blanqueando sus ojos, apretó su entrepierna y luego de hacer fuerza con su boca, se relajó, yo continué moviendome penetrando su vagina, ella inmóvil dejaba descansar su cabeza de medio lado, sus senos subian y bajaban de nuevo y la suave respiración de ella me indicó que estaba relajada. Me acosté sobre su pecho y continué bombeandole la vagina, ella me abrazó, me besó y en un beso apasionado le llené la vagina de mi semen. Ella al sentir mi eyaculación meneó su cadera y apretó su vagina tratando de escurrir hasta la última gota de leche.

Desfallecido por el polvazo se lo saqué y me acosté a su lado, nos cubrimos con las cobijas y al poco rato se encontraba dormida. Aunque estaba ansioso por dormir con ella y hacerle al amor toda la noche, después de acabar, no me dieron ganas de tocarla de nuevo, ella quedó profunda toda la noche. Mi primito ya se había dormido, así que apagué la luz y dormí placidamente en mi cuarto.

Volvimos a tener nuestras aventuras de vez en cuando, de forma fugaz y de día, a veces coincidía que no había nadie en su casa entre semana y lo hacíamos durante una hora, vestidos como a ella le gustaba, igualmente después conseguí una amiguita y dejé de verme con doña Emilia, si nos veíamos era en una visita formal, la pasión por la viejita había terminado.

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