Relato enviado por:
Narrador el 19/11/2011.
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Relato completo
Hasta me da vergüenza poner mi nombre, después de lo que me atrevía hacer.
Hace un año aproximadamente, yo deseaba intensamente que mi esposo Larry (ese no es su verdadero nombre) y yo comprásemos una casa. Pero todas las casas que vimos eran muy caras, por lo que en lugar de buscar una casa en la ciudad, decidimos buscarla fuera, en algún campo cercano, con la esperanza de que pudiéramos encontrar algo de acuerdo a nuestras posibilidades.
Vimos infinidad de casas, algunas con muy buenas posibilidades, hasta que en una carretera rural, por la que estábamos transitando, vi un letrero que decía se vende casa y terreno baratos. Copie el número de teléfono, y al llamar en ese momento, escuché la voz de un viejecito, que de manera muy cordial me indicó como llegar a su casa. Por lo que mi esposo y yo que ya pensábamos regresar a la ciudad decidimos ir a ver esa casa.
Apenas llegamos vimos una hermosa casita, bien cuidada y con bastante terreno como para hacer lo que nos diera la gana. Apenas apagamos el auto, salió un pequeño viejito de la casa, y de manera muy cortes y con muchas atenciones hacía mi persona, nos mostró casi toda la propiedad, ya que la casa estaba ubicada en una finca con unas veinte hectáreas, totalmente sembradas. Mi esposo al escuchar que el viejo quería vender todo, pensó que iba a ser demasiado cara para nuestro bolsillo.
Fue mi marido el que me dijo, que mientras él iba un momento al pueblo cercano a ponerle gasolina al auto, porque luego cerraban la estación, yo le dijera al viejo que nos hiciera una rebaja. Yo así lo pensaba hacer, pero antes de pedirle que nos la vendiera un poco más barata la finca con todo y casa, me di cuenta de que el condenado viejito no apartaba su mirada de mis nalgas. Así que caminando con él por entre una de las siembras, me comentó que recién y había enviudado, que se sentí muy solo, y que le hacía falta el estar con una mujer.
Yo no sé en que estaba pensando yo, pero al escucharlo expresarse de manera tan triste, me dio lastima el pequeño viejito, y lo abracé, diciéndole. No se preocupe Don, que yo sé cómo usted se siente. Quizás por casualidad, coincidencia, o quien sabe que, su rostro quedó entre mis tetas, separado de mi piel por la tela de mi blusa. Pero aun y así pude sentir el caliente resuello de su respiración, contra mi piel. Casi de inmediato sentí un bulto rozando la parte media de mis muslos, lo que me sorprendió bastante. Ya que no esperaba que el pequeño viejito reaccionase así. Aunque él tan solo se limitó a mantenerse abrazado a mí persona, sentí sus manos casi encima de mis nalgas. Quizás como es un poco más bajito que yo, no las pudo colocar más arriba. Pero lo que haya sido, de momento se me ocurrió a mí, hacer algo en lo que jamás había pensado. Me separé lentamente del viejo, y mientras procuraba verlo seductoramente y él no me quitaba la vista de encima, yo me tiré al suelo, me recogí la falda, y me quité las pantaletas. Dejando mis piernas bien abiertas frente a él, mostrándole por completo todo mi peludo coño.
El bulto que se había formado entre sus piernas bajo el pantalón era algo más que evidente, y sin decirme nada, él mismo viejo se soltó la correa y dejó caer sus pantalones hasta sus tobillos, fue cuando algo sorprendida le vi su desproporcionado y erecto miembro, digo tomando en cuenta su estatura. Agarrándolo entre su mano derecha, el viejo se me fue acercando, y en cosa de un abrir y cerrar de ojos, ya había comenzado a penetrarme divinamente. No es que en mi vida nunca le había sido infiel a mi esposo, pero jamás lo había hecho con una persona que apenas conocía, y mucho menos en las condiciones en que nos encontrábamos. El enorme vástago del viejito entró y entró más y más dentro de mi caliente vulva, mientras que yo daba fuerte gemidos y gritos de placer, completamente despreocupada, porque mi esposo nos encontrase. De inmediato comencé a moverme disfrutando como una loca lo que el viejito y yo hacíamos.
Por un largo rato, más que lo que acostumbramos mi esposo y yo a mantener relaciones, el viejito no dejaba de meter y sacar una y otras vez su enorme verga de mi coño, en medio de nuestro desespero, abrió mi blusa y como pudo mientras me mantenía su verga divinamente dentro de mí, se dedicó a mamar mis tetas y mordisquear mis pezones. Hasta que tanto él como yo disfrutamos de un tremendo clímax.
Al terminar, y levantarnos, me señaló una cercana quebrada donde me pude lavar por completo mi coño. De regreso, seguimos charlando y el viejo me dijo, yo les puedo vender la finca más barata, con la única condición de que esto se repita muchas veces. Yo sumamente satisfecha, por el buen rato que había tenido entre los brazos del viejo, sin pensarlo demasiado le dije que sí. Apenas regresamos a la casa del viejo, al poco rato apareció mi marido, diciéndonos que se había demorado, porque una de las llantas le había entrado un clavo. Cuando el viejo nos dio el precio, a mi esposo por poco se le cae la baba, finalmente hicimos la compra venta, hoy en día mientras mi esposo se encuentra en su trabajo en la ciudad, el viejito me ayuda a trabajar la finca y ocasionalmente, me da unas revolcadas de madre. Es verdad que en ciertas ocasiones cuando me ponía a pensar mucho en lo que he hecho, me sentía como si fuera una puta, por lo que decidí no darle más cabeza a eso, y disfrutar de mi tremenda casa, y de la ocasional compañía de mi viejito. Claro sin que mi marido se enteré.