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En pocos días, pase de ser una encumbrada dama de sociedad, a cocinera, y puta d

Relato enviado por: narrador el 15/4/2014. Lecturas: 7214
Etiquetas:   Confesiones
Relato completo

Si tal y como lo escribí, yo soy la esposa de un afamado banquero, que por cosas del destino, y por un mal cálculo por parte de él, terminó preso. Como yo no tenía ningún conocimiento de lo que mi esposo supuestamente hizo, poco les puedo decir al respecto. Lo que si les diré, es que nuestros abogados me recomendaron ocultarme, ya que ni tan siquiera teníamos dinero para pagar la fianza de él, mucho menos la mía. Que todo se trataba de un mal entendido, pero mientras todo se resolvía lo mejor era que yo desapareciera del paisaje. 

Tras explorar, y rechazar varias opciones, Don José uno de nuestros abogados, me propuso que me fuera a una de sus haciendas, pero para no llamar la atención, me colocaría como cocinera. Cosa con la que al principio, no me gustó para nada. Pero debido a la circunstancias, era mucho mejor que estar detenida mientras se clarificaba todo. Además tengo un Máster en administración y confección de alimentos, aunque realmente nunca me hizo falta trabajar, hasta ese momento.  

Bueno desde que llegué a la hacienda de Don José, me hice cargo de la cocina, debía preparar el desayuno, almuerzo, y cena, como para una treintena de peones, que trabajaban con las reses. Al principio, todo iba bien, pero poco a poco, me fui cansando y como a los dos o tres meses, comencé a dejar de arreglarme. Estaba deprimida, todo me molestaba, incluso hasta los más tontos cumplidos, que recibía por parte de la mayoría de los trabajadores, me indignaban. Lo peor de todo era que no tenía información alguna, con respecto al caso de mi esposo.

Ya a los cuatro meses no era ni la sombra de la que yo era cuando llegué a ese lugar, además de haber adelgazado, por el mucho trabajo que tenía, como no tenía ni tan siquiera donde comprar mi tinte favorito para el cabello, mi rojiza cabellera comenzó a poblarse de desagradables canas. Mis largas y delicadas uñas de seda, se me fueron cayendo una a una, y como no tenía donde comprar otras, me quedé con las mías propias, pero sin esmalte, o tan siquiera una buena lima de uñas para darles forma.   

En cuanto a mi ropa, para no dañar la poca que pude llevar, me acostumbre a usar una bata casera, que de tanto usarla, y aunque la lavaba casi a diario, las manchas de aceite, café, y quien sabe que más, le daban una sucia apariencia. En fin, yo estaba hecha, un desastre.

Además para colmo de males, tenía varios meses sin saber de mi esposo, y mucho menos de estar en la cama con él. Ya cerca del quinto mes fue que me sucedió algo que me sacó por el techo, como quien dice. Uno de los jóvenes peones, entró al comedor con sus botas enfangadas, justo en el momento en que yo me encontraba de lo más atareada. Ya sus compañeros habían cenado, y yo me encontraba mapeando el piso del comedor, y al ver como él había ensuciado todo lo que yo había limpiado, estalle.    

Le caí encima con el trapeador, amenazándolo, con matarlo, insultándolo, y diciéndole del mal del que iba a morir. Me volví como loca, yo jamás ni nunca había actuado de esa manera. Pero como dicen esa fue la gota que colmó la copa. Yo estaba histérica, llorando, gritando, insultándolo, en fin completamente fuera de control.

Cuando de momento, él, al yo continuar cayéndole a palo, me tomó entre sus fuertes brazos, y mientras me abrazaba con fuerza, con uno de sus brazos, con el otro dirigió su mano derecha directo sobre mi coño. Agarrándomelo con fuerza, por encima de la tela de mi sucia y manchada bata. No sé que me sucedió, pero apenas sentí su mano prácticamente dentro de mi coño, me quedé por unos segundos, como paralizada al principio, luego lo vi a los ojos, y sin decir ni tqn siquiera, esta boca es mía, dejé que comenzara a besarme. El mapo se me cayó de las manos, al tiempo que su lengua jugueteaba con la mía dentro de mi boca. Yo misma en medio de aquel inmenso comedor, dejé sin ofrecer resistencia alguna, que mi bata se deslizase hasta el piso, mientras que él continuó besando y acariciándome por todas partes. Lo peor de todo fue que debido a mis gritos, y maldiciones, el comedor rápidamente se llenó de peones, que no dejaban de ver asombrados, lo que aquel joven y yo hacíamos en medio del comedor.      

En cosa de pocos segundos, sentí su rica y poderosa verga penetrando mi peludo coño, ya que yo misma en medio de mi desespero, me arranqué mis pantaletas. Prácticamente le rogaba que continuase dándome verga, restregando todo mi desnudo cuerpo contra el de él, hasta que ambos disfrutamos de un extraordinario clímax. Quizás en otras circunstancias, me hubiera muerto de la vergüenza, al verme rodeada por tanto macho, en lugar de tratar de ocultar mi completa desnudez, quizás porque me sentía liberada, los invité a que se acostasen conmigo. Esa noche, varios los peones presentes, me hicieron suya. Incluso hasta me dieron por el culo en un sin número de veces, aparte de ponerme a mamar varias de sus vergas.

Cuando finalmente quedé satisfecha, y ellos ya se habían retirado, dando tumbos, me dirigí a la ducha para lavarme, preguntándome a mi misma que me había pasado. No me sentía ni avergonzada, ni violada, todo lo contrario, estaba orgullosamente más que satisfecha por todo lo que yo había hecho y dejado que me hicieran. Por primera vez en varios meses desde que había llegado a la hacienda de Don José, pude dormir tranquila sin ponerme a llorar, como la gran mayoría de las noches desde que llegué.

A la mañana siguiente, nada más me puse mi otra bata, sin más nada abajo. Cociné, y ninguno de ellos hizo el menor comentario, ni insinuación sobre lo que me había sucedido la noche anterior. Yo me sentía como unos veinte años mucho más joven, alegre, y completamente llena de energía. Y de manera descarada, contrario a lo que había hecho desde que llegué, comencé a coquetear abiertamente, con todos y cada uno de los hombres de la hacienda. No pasaron ni quince minutos que comencé a limpiar después del desayuno, que uno de los peones mientras yo lavaba los platos se me acercó abrazándome por dé tras. Al sentir su cuerpo contra el mío, de inmediato pensé en decirle que se había equivocado, que yo no estaba dispuesta hacer nada. Pero a medida que comencé a sentir su dura y caliente verga por encima de la tela de mi bata y de su pantalón, lo primero que se me ocurrió fue decirle. Espérame en la parte de atrás, que termine de lavar, y te alcanzo. Realmente lo que hice tan solo fue dejar en remojo los platos sucios, y de inmediato me dirigí a la puerta trasera de la cocina.

No había terminado de salir, cuando ya me encontraba entre sus brazos, yo misma me subí la bata al tiempo que le daba la espalda, apoyando mis manos contra el marco de la puerta trasera de la cocina. Casi de inmediato comencé a sentir su sabroso y duro miembro, penetrando mi coño desde atrás, al tiempo que sus manos me sujetaban con fuerza por mis caderas. La que yo movía como si estuviese poseída, restregando mi coño y mi cuerpo contra el suyo, al tiempo que él no dejaba de meter, y sacar toda su sabrosa verga de mi coño, una y otra vez.

Para mí era algo increíble, en mi vida nunca le había sido infiel a mi esposo, pero en esos momentos, poco me importaba lo que los mismos peones pensaran de mí. Lo que deseaba profundamente era continuar siendo, sabrosamente cogida por cualquiera de ellos. Ya desde ese instante, nada más bastaba que cualquiera de los trabajadores, se me acercase, me agarrase, el culo, las tetas o mi mismo coño, para que yo gustosamente les abriese las piernas, o me pusiera a mamar sus vergas.

Había momentos en que dos o tres de ellos se ponían de acuerdo, y esperaban pacientemente a que terminase de limpiar, y en algunas ocasiones hasta me ayudaban, para que al terminar, sin importar donde fuera, dejase que los tres a un mismo tiempo me hicieran feliz. Nunca gracias a Dios, hubo una pelea, o discusión por causa mía. Y pienso porque desde un principio les dije a todos, que yo era mujer de todos, y de ninguno, a la vez.

Como al año de estar escondida en la hacienda de Don José, de momento él se apareció. Y antes de que alguien le fuera con el chisme, yo misma le conté lo que pasaba. El viejo abogado de mi esposo lo único que me dijo, fue. Tu marido sale en un par de meses, y tu caso ya se resolvió, por lo que no tienes que seguirte escondiendo aquí. Pero cuando quieras regresar ya sabes esta es tú casa.

Haciendo los trámites para sacar a mi esposo de la cárcel, él me presentó a quien primero me dijo que era su amigo, luego me dijo que gracias a esa persona estaba vivo, que se había convertido en su guarda espalada, y por último se le escapo decirme, que además de ser su protector, también dentro de la prisión ese tipo era su marido.  Yo por mi parte no le conté nada de lo sucedido en la hacienda de Don José, pero una vez que regresamos a la normalidad, ocasionalmente uno que otro fin de semana, me doy mi escapadita, ya se pueden imaginar a donde.

 Mirada distraida