Cuando Ernesto mi esposo, y yo regresamos de vacaciones por el Caribe, la peor sorpresa que me pude llevar al llegar a casa, fue encontrarla invadida por cucarachas, bueno la verdad es que apenas vi unas dos, en todo el día, y las maté. Pero si no le exagero las cosas a Ernesto, él como que no les da importancia, y como decía mi abuela, más vale precaver que lamentar. Por lo que, no sea que el día de mañana, me despierte, con una verdadera invasión de insectos en casa.
Razón por la cual le dije a mi esposo, que llamara a un fumigador, y me dejase el cheque firmado. Ya estaba pensando en salir de compras, cuando Ernesto me llamó por teléfono diciéndome, que el fumigador pasaría por casa, antes del medio día. Yo que ya me estaba haciendo a la idea de salir de compras, me sentí contrariada. Pero que se le va hacer, sino es así, corría el riesgo de que no fumigasen la casa.
Estaba recordando lo mucho que me divertí durante las vacaciones, ya que Ernesto por glotón se ha metido un exagerado atracón de comida, abusando del bufet del hotel. Por lo que estuvo cinco días hospitalizado, el mismo tiempo que proveché yo para divertirme a pierna suelta, por no decir a piernas abiertas, con un par de mochileros, que conocí, y como no tenían donde quedarse, les ofrecí que me acompañasen los días que mi marido estuvo hospitalizado, en la clínica.
Pero bueno no es de eso de lo que les voy a hablar. Resulta que finalmente llegó el fumigador, un tío de origen griego, de muy buen ver, alto, y de contextura atlética. Pero algo tímido, a decir verdad. Bueno después de darles las instrucciones, decidí ir a tomar un poco de sol al patio trasero de casa, mientras él fumigaba. Fue cuando se me ocurrió dejar que el sol le diera algo de color a la piel de mis senos, y de lo más tranquila me quité la blusa que cargaba puesta. Al poco rato me di cuenta de que el fumigador, oculto tras las persianas de casa, no dejaba de observarme. Eso provocó en mi, algo de malestar porque él me estuviese observando, sin llegar a terminar su labor, pero también me sentí, en parte satisfecha, al ver que aquel tipo, no podía dejar de mirarme.
Esperé un tiempo razonable, y tal como me encontraba me levanté de la tumbona donde estaba tomando sol, y con mis tetas al aire me dirigí a la casa, justo cuando calcule que él había terminado, pero al abrir la puerta, me llevé la tremenda sorpresa de verlo masturbándose tras la puerta, al tiempo que seguramente me estaba viendo por entre las persianas. La verdad es que sentí indignada, pero al mismo tiempo, también sentí un no sé que, que me recorrió todo el cuerpo.
Yo de inmediato le ordené que saliera al patio tal y como estaba, con su miembro por completo erecto y fuera del mono que cargaba puesto. Él algo asustado, me obedeció, tratando de disculparse, parte en castellano, y seguramente parte en griego, ya que no le entendía nada. Pero al ver que yo sin ocultar mis paradas tetas, me agaché frente a él, y que de manera firme, y bien decidida, agarré su verga, y me la llevé a la boca. Su manera de actuar cambió por completo.
Al poco rato ambos, mientras yo seguía mamando su miembro, tanto él como yo nos fuimos desnudando por completo, hasta que nos quedamos completamente desnudos en el patio trasero de casa, en cierto momento le hice saber que no me iba a conformar con únicamente quedarme mamando el resto de la tarde, por lo que separando mi boca de su verga, me tiré sobre el piso del patio ofreciéndole mi mojado y caliente coño.
Por un buen rato sentí su grandiosa verga griega, enterrándose dentro de mi cuerpo, la verdad es que después de lo de aquellos dos mochileros, no había disfrutado tanto del sexo, ya que no es por nada, pero el pobre de Ernesto, es de los que dispara bien rápido, y entre nosotros, les diré que en ocasiones se me escapa y le digo meñique. Imagínense porque será. Pero regresando al griego, el sentir como su sabrosa verga entraba y salía de mi coño, una y otra vez, con una energía que ya hubiera querido tener Hércules, yo disfruté de un sin número de salvajes orgasmos, como desde que regresamos del Caribe no disfrutaba.
En cierto momento aquel fumigador, sin más ni más y como si yo fuera una muñequita de papel, me ha cargado sobre si, y enterrado su parada verga por mi culo, cosa que aunque he realizado en un sinfín de ocasiones, en esa ocasión como que él hizo algo diferente a los otros hombres que me lo han hecho de esa manera, ya que desconozco la razón, pero el placer que me produjo fue tan intenso, que desde esa fecha, por lo menos una vez al mes necesito que él fumigador pase por casa, y entierre su pistero, por todas, y cada una de mis hendijas.