Relato enviado por:
Peque el 29/3/2006.
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A sus 18 años, Maria era una chica apasionada y disfrutaba de todas las situaciones que le provocaban morbo. Tenía novio. Juan, de 24 años. Los dos ya habían hecho el amor varias veces enA sus 18 años, Maria era una chica apasionada y disfrutaba de todas las situaciones que le provocaban morbo. Tenía novio. Juan, de 24 años. Los dos ya habían hecho el amor varias veces en casa de los padres de Maria, aunque nunca estando los padres en el piso. Sentía bastante corte sobretodo por su padre, un tipo católico y de derechas que todavía creía que su hija era virgen.
Maria todavía tenía que ir con ellos a misa los domingos, no le interesaba "rebelarse" y negarse a ir a la iglesia porque quería que le dieran sus padres la paga de los domingos. Así que todo fuera por el bendito dinero. Juan también guardaba las apariencias ante los padres de Maria y se mostraba como un chico formal. La realidad era bien distinta. Era un juerguista total y estaba muy enamorado de su chica. Maria también disfrutaba mucho de lo divertido que era el muchacho.
Ese sábado los padres de Maria invitaron a comer a su novio en casa. Después de comer los dos chicos se fueron al salón y se tumbaron en el sofá. Eso sí, se quitaron los zapatos para no estropearlo y para no oír a la madre de la chica regañarles por poner los zapatos encima del sofá. Se echaron encima una manta por que hacía fresco y se dispusieron a reposar la comida mientras veían la tele.
El sofá era lo suficientemente grande como para que los dos se pudieran tumbar a lo largo, uno al lado del otro. Maria quedaba recostada sobre Juan y él, la abrazaba para darse calor mutuamente. Al rato llegó el padre de Maria y se sentó en uno de los sofás individuales que había en el salón. Menos mal que no le molestaba ver a su hija echada de esa forma junto a su novio.
La película que emitían por televisión era poco interesante y menos dejó de interesar a Maria cuando en un momento dado notó como una mano de Juan tocaba uno de sus pechos. Un escalofrío de placer recorrió el cuerpo de la chica. La cara de sorpresa de Maria era una mezcla de miedo y placer. Estaba deseando que su chico la tocara, aparte de que la situación de ser acariciada estando su padre cerca le daba mucho morbo.
Maria llevaba puesta una camiseta y debajo un sujetador muy fino que hacía que Juan notara perfectamente su pezón, el cual se puso erecto a la primera presión de los dedos de Juan. De un pecho pasó al otro. La manta era cómplice de aquellos tocamientos sensuales, tapando sus cuerpos y dejando al chico libertad total para sobar a la chica. Los pezones de Maria querían atravesar el sujetador y la camiseta para mostrarse en toda su excitación. Maria comenzó a mojar sus bragas, su entrepierna se calentaba más de lo debido. Ella permanecía con las manos quietas, cuantas menos manos se movieran debajo de la manta, menos notaría su padre lo que allí estaba pasando.
Los pantalones que llevaba puestos la chica eran unos de gimnasia que se abrían por los lados por lo que Juan sólo tenía que abrir uno de los lados y meter la mano por allí. Pero antes de ponerse manos a la obra, pasó su mano por la tripa de la chica. Sólo podía tocarla con una mano, ya que la otra quedaba inmóvil debajo del cuerpo de Maria. Pero era suficiente para que ella experimentara muchas sensaciones excitantes y placenteras. Prefirió cerrar los ojos y abandonarse a los tocamientos de su amado, contener sus gemidos y que sólo se escuchara en el salón el sonido de la televisión.
Juan consiguió desabrochar un lateral del pantalón de gimnasia e introdujo su mano. Lo primero que tocó fue el muslo de Maria y sabiamente fue a la parte interna del mismo. El corazón de la chica latía deprisa. Su coño ya había empapado las bragas. Juan lo pudo notar enseguida, cuando sus dedos chocaron con la tela de las mismas. Pero ahí paró. Retiró su mano de aquella zona llena de peligros y la sacó fuera de la manta para llevarse los dedos a su nariz y embriagarse del olor a coño que tenían.
Juan miró de reojo y viendo que el padre de Maria sólo miraba la televisión, acercó sus dedos a la nariz de la chica, la cual olió su propio perfume vaginal. Un calor la quemaba por dentro de su cuerpo. La mano del chico volvió a perderse por el interior de la manta que los tapaba y entró de nuevo en el pantalón de Maria. Sus dedos siguieron frotando los labios del chichi por encima de las bragas. Apretaba sus dedos contra el sexo de ella. El clítoris de Maria ya estaba hinchado y palpitante. Creyó morir de gusto cuando sintió que los dedos de su amado se metían por debajo de su braga y exploraban su coño. Se mordió el labio para evitar gemir o gritar del gusto que estaba sintiendo. El orgasmo era ya imparable y se acercaba a velocidades de vértigo.
Juan no necesitó frotar por mucho tiempo más el sexo de Maria. Un encuentro más de sus dedos con el clítoris y el orgasmo vino como una cascada en el interior de ella. Sus manos se agarraron fuertemente a la pierna de él y ella, con los ojos cerrados, recibió aquella corrida sin derramar un gemido. Al menos al exterior, porque internamente sus gemidos sí sonaron. Juan sintió como su novia se estremecía y notaba como su sexo palpitaba por el orgasmo. También notaba como su polla estaba ya empalmada, la cual no había dejado de rozar a través del pantalón con el culo de Maria.
Y así quedaron los dos. Juntos y dándose calor mutuamente. Maria totalmente relajada después de aquel maravilloso orgasmo que le había provocado Juan y éste, intentando calmarse para que le bajara la erección que tenía encima.
Mientras, el padre de Maria seguía viendo la tele......