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Mi esposa, la sirvienta y yo

Relato enviado por : Anonymous el 18/08/2010. Lecturas: 8988

etiquetas relato Mi esposa, la sirvienta y yo   No consentido .
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Resumen
Cómo la presencia de una chica nueva en casa, cambió la vida sexual tanto de mi mujer como la mía. Pero como la chica se ha ido, la extrañamos mucho.


Relato
Mi esposa tiene 45 años. Yo 53. Somos nacidos en el Distrito pero llegamos a vivir a Oaxaca hace apenas seis meses. Vivir en una ciudad tan bonita ha sido muy agradable. Nuestros dos hijos, gemelos y de 23 años, se quedaron a vivir en la ciudad de México. Nos vistan una o dos veces al mes.

Mi esposa y yo hemos llevado una matrimonio tranquilo y tradicional. Le he sido siempre fiel y yo estoy seguro de que ella a mi también.

Al principio, como rentamos una casa mas o menos grande cerca del centro, el trabajo del hogar era mucho por lo que tuvimos que contratar a una muchaha que nos ayudara. La sirvienta de unos vecinos nos dijo que podía conseguirnos a una prima de la costa, creo que del itsmo.

Llegó la muchacha y mi mujer la contrató de inmediato. Se llama Nancy y es delgada, morena, de pechos grandes. Tiene cara medio índigena aunque sus ojos son grandes. Tendrá alredor de 20 años y usa faldas cortitas de mezclilla.

Nancy cambió la vida de la casa, no sólo por ser muy trabajadora sino porque es muy alegre. No es nada fea, sin ser una mujer que pudiera decirse bonita.

La verdad, conforme avanzaban los días, yo cada vez me iba fijando más en ella. Más aún, la espiaba. Y yo creo que ella se daba cuenta de mis miradas pero no decía nada.

Tanto mi esposa como yo la tratábamos exageradamente bien. Tanto que se sentaba a comer a la mesa con nosotros. Su compañía resultaba agradable.

Pero es el caso que yo me fui obsesionando con ella. El colmo fue cuando una tarde mi esposa me descubrió en el cuarto de Nancy que había salido a comprar pan. ¿Qué que estaba yo haciendo? Pues oliendo los calzoncitos de la muchacha. Ya se imaginan la pena que me dio. Mi esposa sólo me dijo: "Lo noté desde el principio, Felipe, la muchacha te gusta mucho. Lo entiendo, es atractiva. Pero no vuelvas a entrar aquí como un maniático sexual". Se dio la media vuelta y se salió del cuarto. Yo guardé apresurado en el cajón los calzoncitos blancos de la sirvienta y seguí en silencio a mi mujer hasta nuestra recamara. Tenía una terrible verguenza.

Ya de noche, acostados, le pedí perdón. Pero Estela, contra todo lo que yo hubiera imaginado, no parecía muy disgustada. Me repitió: "Lo entiendo, Nancy tiene algo". Y procedió a hacer lo nunca antes había hecho. Se deabrochó el camizón y tomó mi mano. La llevó primero sobre su pechos, aunque algo caidos todavía están ricos, y luego la bajó por su abdomen hasta llegar al filo de sus calzones. Los hizo a un lado y siguió dirigiendo mi mano. Mi sorpesa fue mayuscula. No es que estuviera mojada, sino empapada. Minutos después nos estábamos besando y masturbando el uno al otro. Cuando Estela se subió para que yo se lo metiera me decía: ¿Te gusta oler los calzones de Nancy, ¿verdad?, seguro te gustaría tenerla aquí en vez de mí". Mientras decía eso se movía como desquicidad. La verdad es no tardamos más allá de unos dos o tres minutos en terminar como no la habíamos hecho en muchos años.

Los días volvieron a transcurrir sin mayores sorpresas y sobresaltos. Salvo que yo noté que Estela, al igual que yo, miraba a Nancy a hurtadillas.

Una nochecita, después de merendar, dado que hacía mucho calor, decidimos sentarnos en una salita de mimbre que tenemos en el patio central bajo un corredor. Esperaríamos el fresco. Nos servimos un par de anises secos. Ahí estábamos disfrutando la tranquilidad cuando Nancy se sentó y nos anunció que el próximo mes se casaría con un muchacho del Itsmo y nos pedía permiso para ausentarse dos semanas nada más. Volvería con nosotros pues el que sería su esposo se iría de mojado luego de la luna de miel. Y cuando ya se estableciera bien allá, al otro lado, entonces sí Nancy se iría a alcanzarlo.

Yo, lo confieso, sentí unos celos horribles. Desde luego no dije nada. Estela, en cambio, se paró y le dio un abrazo a Nancy. Fue por copas y abrió una botella de vino. Brindamos los tres por la felicidad de Nancy que parecía muy contenta con el trato de sus patrones.

Seguimos bebiendo y Estela no paraba de llenar la copa de Nancy. La faldita de la sirvienta era cortita y yo me extasiaba con esas piernas delgaditas pero bien formadas.

Las dos mujeres se enfrascaron en una conversación de la que yo parecía excluido. Casi se podría decir que se olvidaron de que yo estaba ahí. Aunque, de vez en cuando, Estela volteaba averme y me cerraba un ojo como si estuvieramos siendo complices de algo. La verdad es que mi esposa estaba comportándose de forma muy extraña para mí. Le hacía preguntas difíciles a Nancy. La muchacha contestaba apenada entre risa y risa nervisa y entre sorbo y sorbo de vino. Tuvimos que abrir una segunda botella.

"No, señora, sí ya lo hemos hecho muchas veces, mi novio no tiene quietas las manos nunca, ji ji, ji". "Ay, señora, cómo quiere que le diga eso... bueno pero sí fue una vez en una playita, ji, ji, fue la primera vez que sentí eso que usted dice, se siente como un escalofrio, ¿verdad?, ji ji". Nancy se reía respondiendo las preguntas indiscretas de mi mujer. "Sí, señora, me gusta mucho. A quién no le va gustar, ji, ji, ji, pero yo creo que a mí más que todas, ji, ji, ji. Con decirle que una vez lo hizimos seis veces casi seguiditas, ji, ji".

Nancy estaba un poco más que achispada ya cerca de la media noche, se le arrastraban las palabras. Pero no parecía estar borracha inconsciente. Caló el fresco y Estela propuso que ya nos fueramos a dormir, pero que tendríamos que llevar a Nancy hasta su cuarto para que no se fuera a caer.

Así lo hizimos. Yo la tomé de un brazo y mi mujer del otro. Sentir el calor de esa muchacha, rozar el nacimiento de uno de sus senos me provocó una erección que me preocupó porque mi esposa podía notarlo.

Acostamos bocarriba a Nancy en su cama. Ella nos miraba y volvía a sonreir. De pronto, cerró los ojos y entró en lo que parecía un sueño placentero. Pensé que ya nos reterariamos pero mi señora me dijo que no podíamos dejarla dormir con la ropa de calle. Tragué saliva. En uno de los cajones de la comoda de donde yo había sacado los calzones, mi mujer encontró una bata de tela corriente de color rosa. La sacó y me la dio para que se la detuviera, pero también extrajó una de las tangas de Nancy y la acercó a mi cara y luego me la dio. Desde luego, yo la tomé y busqué el lugar exacto para olerla. Estela sonrió y me cerró un ojo otra vez.

Yo pensé que cómo podía ser que después de tantos años uno pudiera descubrir que su esposa puede ser bastante picara y muy cachonda pues tenía esa expresión cuando empezó a desabrochar la blusa de la muchacha. Me miraba midiendo mis reacciones. Desabotonaba lentamente. Nancy tenía la falda un poco subida y se le veían los muslos. Yo olía sus calzones y la miraba a ella y a mi mujer.

"Desde hace un buen rato lo tienes bien parado", me dijo Estela y yo de nuevo volví apenarme y puse cara de que era contra mi voluntad. Al fin, mi mujer acabó de desabotonar la blusa. Los pechos de Nancy eran muy grandes y estaban cubiertos por un sujetador rosa también corriente. Mi esposa, con habilidad de cirujano para no despertarla, le quitó la blusa y le sacó en brasiere sin tener que incorporarla demasiado.

Ahi estaba Nancy ya como yo había deseado mirarla en cientos de veces, con los pechos desnudos, con sus pezones cafecitos y de aureola muy grande. Mi mujer los veía y luego me miraba a mí. Nuestras miradas, despues de un rato de estar contemplando los pechos de la muchacha, se decían que debíamos seguir.

Por tanto, mi mujer,ahora comenzó la faena de quitarle la faldita. Cosa que hizo con mucha lentitud. Yo seguía parado a los pies de la cama. Los movimientos de Estela eran medidos. Así, le quitó la falda y apareció la tanguita de Nancy también de color rosita. La prenda estaba ya un poco vieja y tenía una rasgadura a la altura del pubis por donde se veía unos pelos negros y sedosos. Dejé la bata y los calzones sobre la comoda. Sobre el pantalón me comencé a acariciar el pene. Mi mujer veía a la muchacha con una mirada rara, una que yo jamás le había visto. Y también me miraba a mí como estudiando mis reacciones.

De pronto, Estela se puso de pie, se acercó a mí, me dio un ligero beso en la comisura de los labios y procedió a desabrocarme el cinturón y luego a quitarme los pantalones y hasta los calzones.

Ahí estaba yo con el pene parado, con sólo mi camisa puesta y mirando el cuadro de Nancy en la cama. Mi mujer me besaba el cuello y me dijo al oído en voz muy baja: "Está despierta y tan caliente como nosotros". Me dio algunos apretones y sobadas allá abajo y luego volvió a decirme al oido en un murmullo: "Déjamela a mí, tú sigueme y veras". Entonces se separó de mí y ya en voz normal aseguró: "Me voy a desvestir porque hace mucho calor y me acostaré aquí junto a Nancy, no sea que se vaya a sentir mal. Si quires acompañarme a cuidarla, apaga la luz y sientate en alguna silla".

Ni tardo ni perezeso, obedecí trayendo una silla del corredor que coloqué a los pies de la cama. Ahí me senté y vi en la penumbra cómo Estela se quitaba el vestido y se quedaba en su conjunto de brasiere y calzones blancos con vivos morados. La verdad se veía preciosa.

Ya no sabía qué más podía esperar de mi esposa. La ví mover con cuidado a Nancy para acostarse junto a ella. La sirvienta permanecía boca arriba y mi señora de lado con la boca a la altura del oido de la muchacha. Pasó un rato así en silencio hasta que Estela dijo con voz melosa: "Pobrecita de ti Nancy, debes de estar muy dormida porque se te pasaron un poco las copas, pero mañana vas a estar bien. Ya te desvestí para que estes comoda y espero que no te moleste que mi marido me acompañe y que haya visto tus pechos, le han de gustar tanto como le gustan a tu novio... Sabes una cosa, Nancy, aunque se que no me oyes, te voy a decir que tus pechos son muy bonitos y aunque sea mujer hasta mi se me antojan". En ese instante vi cómo mi esposa llevó su mano a uno de los senos de la sirvienta. Casi se me corta la respiración. Lo único que se ocurrió fue comenzar a acariciar mi pene.

Durante un rato, con las respiración entrecortada, mi mujercita estuvo acariciando ese pecho grande y seguramente duro y firme. Lo hacía con extremada delicadeza. Luego comenzó a pellizcar con una gran suavidad el pezón que creció muchísimo. Yo estba fuera de mí mirando atónito ese espectáculo. El cuerpo blanco de mi mujer conntrastaba con la piel morena de la muchacha. A mi esposo le brillaban los ojos acariciando esos pechos suculentos.

"Sabes una cosa, Felipe, el pezón de Nancy se pone muy duro, a la mejor está soñando que lo acaricia su novio. Si no estuviera dormida, a la mejor te dejaría que tú también lo acariciaras como lo estoy haciendo yo que nunca antes había tocado a una mujer. No sabes que ricos están, Felipe. Con tu permiso lo voy a chupar sólo para ella siga teniendo un sueño agradable", dijo mi mujer y paseó su lengua por sus labios para luego proceder a prendarse del pezón izquierdo al que comenzó a a succionar primero, luego a lenguentar mientras su mano seguía exitando al otro seno.

"Ayyy, Felipe, que ricas las tiene Nancy, ayyy, que delicia mamarselas así mientras ella duerme", aseguró con una voz de puta que más me excitó. "Ummmm si Nancy supiera lo caliente que me tiene, ayyy, que ricas tetas".

Un pequeño gemido pareció traicionar a la muchacha. Pero luego todo volvió al silencio. Yo dejé de masturbarme por miedo a terminar y ahora solo apretaba mi pene desde la la base.

Mi mujer volvió a hablarle al oido a la sirvienta: "Duerme Nancy, duerme chiquita que mi marido y yo te cuidamos. A que no sabes que a él le gustas mucho, que le encanta oler tus calzoncitos y que se le para de solo verte. Yo sé que lo sabes y que te gusta provocarlo. Esa es la verdad Nancy, pero tú sigue dormida que sólo te haré algunas cositas para que sigas soñando rico y para que te mojes mucho y para que, si se porta bien, el señor pueda meterte lo que tiene en la mano. Porque se está masturbando mirándote, Nancy."

La mano de Estela acariciaba ya el vientre de la muchacha. Yo me puse de pie para ver mejor. Mi mujer, con movimientos felinos, hizo dos cosas: se desvistió por completo quitándose el sujetador y la tanga por otra lado le quitó la tanga a la muchacha. Las dos estaban acostadas, encueradas, deliciosas. Ver a mi esposa desnuda y abrazando a Nancy también en cueros era un espectáculo increible. Volví a masturbarme mientras mi mujercita ahora mordisqueaba y besaba el cuello y los hombros de la chiquita.

Pasados unos minutos, Estela volvió a poner su mano en el vientre de Nancy mientras le lamía el lobulo de la oreja. La mano bajó más con atrevimiento. Los dedos ya tocaban los bellos negros de aquella vagina peluda pero sedosa. Después las llemas empezaron a rozar el sexo de la muchacha. No se metían de lleno, nada más estimulaban los labios mayores.

"Ayyyy, Nancy, tengo que decirte que nos tienes bien calientes a los dos. Y dormidita como estás te voy a acariciar allá abajo, te la voy a acariciar todita. Y como imagino que estás tan mojada como yo, lo vamos a disfrutar juntas".

Mi esposa siguió acaricando sólo con las llemas de los dedos pero, al mismo tiempo, logró colocar la mano de la muchacha entre sus piernas. Mi mujer comenzó a mover ligeramente la cadera para que su sexo rozara la mano quieta de la sirvienta. "Ummmm, Nancy, que rico todo, ummmmm, chiquita, ayyyy, que ganas tengo", decía Estela con esa voz sensual que yo nunca le había oido.

Mi mujer ahora sí metió los dedos entre los labios de aquel sexo para luego comenzar a dar una masaje delicioso al clitoris. La muchacha, a su pesar, inició un leve jadeo, en especial cuando dos dedos de mi mujer se introdujeron poco a poco. "Ayyyy, que mojada... ¿Te gusta que te coja con mis dedos, Nancy?"

"Ummmm, estás empapada, qué sueñas mi niña, quizás sueñas que tu novio te la está metiendo, o tal que es mi marido el que te la mete así, así como yo te meto los dedos, asiiii, niñita".

Nancy ya nopodía disimular sus gemidos y jadeos y yo no podía contener las ganas de acariciarla. Así que me acerqué por un lado a la cama y llevé mi mano a esa vagina que mi esposa tanto disfrutaba. Mientras ella le metía y sacaba los dedos, yo empecé a frotar suavemente el clitoris de la sirvienta.

La muchacha jadeaba cada vez más. "Sí, Nancy, sí , así, asi mueve tu tambinen tus dedos en mi cosita, así, dormidita masturbame como nosotros lo hacemos contigo, asi, Nancy".

De pronto, mi mujer me quitó la mano de la vagina de Nancy y retiró también la suya como temiendo que ella tuviera un orgasmo y todo terminara. Así que ahora empezó a besarla en la boca y con una seña me indicó que yo me ocupara de su pecho. Era una delicia tener en la boca aquel pezón tan grande. Estiré la mano y comenze tambien a acariciar el pecho de mi señora. Nancy no paraba de jadear. Así seguimos un rato disfrutando el mayor de los placeres que hayamos tenido nunca.

Hasta que al fin, llegó lo que tanto deseaba. Estela separándose de la boca de la muchacha, dijo: "En este sueño que tienes, Nancy, mi esposo te la va a meter. Te va a coger muy rico". Me hizo otra seña para que fuera a los pies de la cama. "Pero no se va a venir para que no quedes embarazada". Yo trague saliva cuando mi mujer abrió las piernas de Nancy, las encogio para que su sexo estuviera más abierto y, ayyyy, con los dedos lo abrió como si fuera un regalo para mí.

"No te vayas a venir", me dijo. . Me subí por los pies de la cama y me hinqué. Con delicadeza, jugando a no despertarla, levanté a Nancy de las caderas y nos acomodamos muy bien de tal manera que yo entré poco a poco, disfrutando al maximo cada segundo, cada fracción. Ya teniendo mi pene hasta bien adentro, sintiendo esa tibieza tan lubricada, comencé a moverme en pequeños circulos para luego meterlo y sacarlo una vez, otra vez, de la base a la cabeza, otra vez ahora más rapido, muchas veces más siempre sitiendo como la chica se amoldaba a mis movimientos. Estela metió su mano entre nosotros y la llevó de nuevo al clitoris de Nancy pero ahora lo acariciaba con fruición, con una gran calentura.

"En los sueños también se puede hablar, Nancy,¿te gusta la verga de mi marido, te gusta lo que te hace el señor?".

Ella ya no pudo aguantar y habló: "Sí, señora, mucho, me gusta mucho la del señor y también su mano señora, muchoooo, asiiii, mucho".

No miento si digo que empezó a venirse en menos de cinco minutos. Sus gemidos eran deliciosos y además comenzó a decir cosas en zapoteca y en español mezclados. "ayyy, si señor, más fuerte, ayyyyy". "Sí, señora, siiiii, más, más.

Estuve a punto de venirme yo también pero logré aguantarme. Una vez que terminó ella, me salí de inmediato. Mi mujer retiró la mano del clitoris de la chica.

"Ahora me toca a mí, Nancy, quiero venirme yo también. Tú sigue dormida que yo me ocupó de que tu tengas una segunda orgasmo tan rico como el de ahorita. Y, si quieres, en este sueño, solo en este, se vale abrir los ojos. La muchacha los abrió y vio como mi mujer se levantó y se movió hasta donde yo estaba.

Me empezó a besar y decirme cositas: "¿Te gustó la chamaca, mi amor? Se vino bien rico, ¿verdad? Y ahorita nos venimos nosotros dos también. Pero hoy te lo voy a dar todo, como nunca me lo has hecho". Me metía la lengua en la boca, me abrazaba, seguía diciéndome cosas. "Hoy te voy a gustar más que nunca, Felipe".

En los pies de la cama, mi mujer se inclinó, jaló de las pantorrilas a la muchacha hasta la orilla y se agachó para empezar a lamarle ese sexo todavía jadeante. A mi me dijo: "Metemelo desde atrás". Antes de hacerlo contemplé la escena. Mi mujer chupando el sexo de la sirvienta y mostrandome sus nalgas con las piernas bien abiertas. Sin duda en ese momento no habría un hombre más feliz y caliente sobre la faz de la tierra.

En poco tiempo, Nancy volvió a jadear como antes. Yo metía y sacaba mi pene del interior empapado de mi mujer. Por un momento, ella alzó la cara del sexo de la muchacha y me dijo: "Por atrás, por el culo, Felipe, metemelo por ahí por primera vez, ponme saliva, mi amor".

Yo no acababa de salir de sorpresas. Mi esposa me estaba pidiendo sexo anal. Extasiado hice lo que dijo, llené de saliva varias veces mis dedos y así fui lubricando la puerta trasera. Metí suavemente uno y después dos dedos para ir dilatando aquello que nunca antes había tenido. Ella, mientras tanto, seguía volviendo loca a Nancy con la boca y la lengua.

Me salí de la vagina y, no sin dificultad y buscando el acomodo necesario, luego de varios intentos, al fin logre meter la cabeza. Estela no chistó, siguió en lo suyo. Yo seguí avanzando poco a poco hasta que de un empujón metí más de la mitad, pero ahí si oí un gemido de dolor, aunque pronto regresó a chupar el sexo femenino del que parecía prendada.

"Ummmm, el señor me lo está metiendo por el culo Nancy, ummm, ayyy que rico se siente, niñita".

Comencé a bombear hasta dejarselo ir todo. Mi mujer gemia de dolor y placer al mismo tiempo. ¿Saben ustedes lo que es el paráiso? Pues yo sí, es estar cogiéndote a tu mujer por atrás mientras ella chupa una vagina hasta provocar un orgasmo en una joven tan caliente como ella. Seguimos así un buen rato.

"Ayyyyy, vente, vente, Nancy que siento que el señor ya se va a venir en mi culo. Vente tú en mi boca, niñita". En cuanto yo oí esa frase, ya no pude aguantarme y dejé escapar mi semen con espasmos deliciosos e interminables. Nancy también se vino por segunda vez agitandose como poseida.

Saqué mi miembro, mi mujer se paró y nos miró a ambos. "Faltó yo, todavía no me he venido". Se acostó junto a Nancy. La abrazó, se besaron. Pero ahora Estela ya no era comedida, acariciaba con fuerza las piernas, los senos, las caderas, las nalgas de la sirvienta. Parecía un hombre. Luego, fue ella la que se acostó bocaaariba y la sirvienta quedó de lado. "En el sueño, tú también me lo mamas a mi". Como Nancy pareció dudar, Estela le dio una pequeña nalgada: "Te toca, niñita". La sirvienta que no tenía trazas de dejar de estar caliente, obdeció, se puso de pie y fue a los pies de la cama. Yo me acerqué al sexo de mi mujer y ahora fui yo el que lo abrió. La muchacha ya estaba hincada a los pies de la cama. Se veía indecisa, sin atreverse. Pero yo estiré la mano y la jalé. Así Nancy fue metiendo su carita entre las piernas de mi mujer que movía muy lentamentamente sus caderas como invitando a la sirvienta, como dando a desear su sexo, como no queriendo espantarla. Al fin, la chica se decidió y saco su lengua y poco a poco se fue atreviendo. Sin duda le gustó de inmediato porque en cosa de unos minutos ya pasaba la lengua de arriba a abajo. Luego la metió dentro de mi mujer y ahí la movió un rato. Pero cuando subió para tocar el clitoris y para chuparlo, mi mujer empezó a venirse: "Así, Nancy, así, ayyyy, que rico me mamas mi botoncito, asi, asi, ayyyyyy."

Como pudimos, los tres reposamos acostados y hechos bolas en esa cama. Después de media hora, mi mujer tomó la iniciatiba de levantarse. Poco a poco, ella y yo nos fuimos vistiendo. Nancy ahora si se quedó dormida con una mano entre sus piernas. Estela y yo nos fuimos a nuestra recamara. Nos acostamos y dormimos hasta pasado el medio día.

Pero cuando buscamos a Nancy en su cuarto, vimos que había recogido sus cosas y se había ido. Eso pasó hace un mes y la muchacha no ha vuelto. A pesar de que ahora hacemos mucho el amor recordando lo sucedido esa noche, no saben qué tristes estamos por la ausencia de nancy.

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Comentarios enviados para este relato
docvaldes (9 de November de 2010 a las 08:10) dice: Excelente, caliente y coherente.

Ezrra (25 de April de 2011 a las 07:14) dice: EL MAYOR ORGASMO QUE HAYA TENIDO, DE SOLO IMAGINARME...EXCELENTE

dianis (2 de October de 2010 a las 22:49) dice: me encanto riquisimo

lobocalientee (1 de February de 2011 a las 02:35) dice: MUUY BUEN RELATO HAS MAS DE SIRVIENTAS MAS CHIQUITAS DE 16 O 17 AÑITOS O DE NIÑERAS ESO ME ENCANTA


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