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Mi esposo se la pasa coleando, y yo culeando…

Relato enviado por: narrador el 3/1/2014. Lecturas: 9654
Etiquetas:   Infidelidades
Relato completo

Fermín es coleador de ciudad, o sea que no hay fin de semana, o día de fiesta que no salga con sus caballos, en dirección a una manga de coleo. Cosa que al principio a mi me encantaba, y no se los voy a negar, pero después de más de ocho años, haciendo siempre lo mismo, y lo mismo, una y otra vez. Bueno una se cansa…

Por lo que después de un tiempo, cuando él se encontraba en la manga de coleo, corriendo en uno de sus caballos, para arriba, y para abajo con el resto del pelotón. Yo comencé a ver a uno que otro hombre, de manera seductora, y cuando veía que la cosa se iba poniendo algo caliente, simplemente me alejaba, y no pasaba más nada. Pero después de unas cuantas semanas, con ese tonto juego de mi parte, comencé aceptar que me invitasen una que otra cerveza.

 

Pero de igual manera, también me cansé de eso. Así que mientras Fermín trataba de colear a un toro, me di cuenta que más de un tipo, quería por lo menos, culearme a mí. Cosa que apenas regresamos a casa, le comenté a mi esposo, con lujo de detalles, pero él en esos momentos, en lo único que parecía estar interesado, era ver en qué parte de nuestro apartamento, finalmente iba a colocar las nuevas cintas que se había ganado coleando toros.

 

No sé si fue eso, que ni atención me prestó Fermín, cuando le estaba diciendo que más de un tipo, se me acercó con intenciones de llevarme a una cama. O que algunos de esos hombres, definitivamente, estaban más interesados en mi persona, que en los toros coleados. Y aunque para esos momentos nunca le había sido infiel a mi esposo, indignada por su falta de interés en lo que me sucedía, me juré a mi misma que la próxima ocasión que un tipo me propusiera, que pasáramos un buen rato, si me gustaba seguramente iba hacer algo más que pensarlo.

 

En efecto al siguiente fin de semana, llegamos a una manga de coleo en el Estado Guárico, como de costumbre, Fermín, se dedicó a inscribirse, bajar sus caballos, y hablar pendejadas con sus amigos, aparte de beber cerveza. Mientras que yo, en lugar de irme a las gradas en la talanquera, regresé a la camioneta, y me cambié el vestido con que salí de casa, abajo cargaba unos hot pant, o sea unos pantaloncitos calientes, de esos que a una le queda media nalga al aire, además desde luego que también estaba usando una camisilla sin mangas ni sostén, además de mi sombrero llanero, y mis botas.

 

Sabiendo que Fermín no saldría de la manga de coleo por lo menos hasta que comenzara a caer la noche, me dirigí directo al lugar donde vendían bebidas. Y no bien apenas llegué, que un tipo rubio, que después supe que le decían el catire Ramón, me invitó a beber y bailar. En mi vida había conocido un tipo con tanta labia, como él. Pienso que de no haber estado ya predispuesta, tomando en cuenta el montón de cosas que me dijo, mientras bailábamos, creo que el resultado hubiera sido el mismo.

 

A medida que fuimos bailando, él fue diciéndome, no tan solo lo hermosa que yo era, sino que también lo mucho que yo le gustaba. Que seguramente era la mujer de sus sueños, en fin no hubo que no me dijera, a medida que seguíamos bailando, al tiempo que con sus grandes manos, fue acariciando todo mi cuerpo en especial mis paradas nalgas, frente a todos los presentes que estaban en el bar.

 

Yo pensé en principio, decirle que iba al baño y escaparme, dejándolo en  el aire. Pero a medida que seguimos bailando, bebiendo, besándonos, y hasta dejando que me agarrase por todas partes. Cambié de opinión, por lo que cuando el tal Ramón, me invitó a su remolque, y que a ver las muchas cintas que se había ganado coleando toros. Yo acepté gustosa, sabiendo de sobra, que haríamos de todo, menos ponernos a ver las condenadas cintas.

 

Así que apenas atravesé la puerta de su remolque, y sentí sus manos sobre mi cuerpo, me entregué entre sus fuertes brazos. En cosa de segundos, ya yo misma había dejado caer mis pequeños pantalones, quedando del todo desnuda, de la cintura para abajo, ya que no estaba usando  pantis, en esos momentos. Aun besándonos como un par de salvajes, yo misma me quité la camisilla que cargaba puesta, dejando mis grandes tetas al aire, ya que tampoco me dio por usar sostén ese día. En cierto momento vi el reflejo de mi cuerpo en uno de los espejos dentro del remolque, y me causó algo de gracia al ver mi figura desnuda, pero con el sombrero y las botas puestas.

 

Ramón me cargó en sus brazos, y colocándome sobre su cama, sacó su tremendo miembro, que de inmediato y de manera mental comparé con el de mi esposo, saliendo Fermín perdiendo en la comparación. Yo separé mis piernas, a medida que él se fue colocando sobre mi desnudo cuerpo, sentí su grueso y largo instrumento,  como se fue abriendo paso dentro de los pliegues de los labios de mi vulva.

 

Hacía tanto tiempo que no disfrutaba tanto, de mantener una candente relación, quizás por el hecho de serle infiel a Fermín, con quien estaba bien molesta, por la poca atención que últimamente me prestaba. Pero a medida que continuamos manteniendo ese salvaje encuentro entre el tal Ramón y yo, fuimos cambiando de posiciones, dejando que hiciera conmigo lo que le diera su gusto y gana. Cuando salí del remolque después de haberme dejado dar hasta por el culo, y mamarle su grandiosa verga a Ramón, regresé a nuestra camioneta, y tras volver a ponerme el vestido, me dirigí a la manga de coleo.

 

Rápidamente me di cuenta de que a Fermín le había ido de lo mejor, un sinfín de cintas lo engalanaban a él y a su montura, llevándose el trofeo de mejor coleador. Ya de camino a casa, me comentó riendo, que un tipo había dicho, que uno de los competidores le había pagado a una puta, para que se acostase con el Catire Ramón, uno de los mejores coleadores, con el fin de que no se presentase a la manga. Yo desde luego que no le dije que la puta fui yo, pero que les quede bien claro, que no lo hice por dinero, ni mucho menos, sino por el placer de hacerlo.