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Mi mujer su puta 4

Relato enviado por : anonymo1993 el 21/02/2015. Lecturas: 5300

etiquetas relato Mi mujer su puta 4   Infidelidades .
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Resumen
Después de pasarme un mes internado, durante la primera semana de julio, por fín, soy dado de alta. Mi mente, ahora más lúcida, recuerda, paso a paso, los entrecijos que mi sub consciente se había empeñado en olvidar. - BY SILVERLAND


Relato

3.1 Delirios de un cornudo: de junio a Julio del 2010.

Después de pasarme una semana en cuidados intensivos, 2 en observación y otras 2 en recuperación, me dan de alta durante la primera quincena de julio. El médico que llevó mi convalecencia me dijo que una vez me hubiese ido siguiese sus instrucciones al pie de letra, qué tomase mis medicinas a horas puntuales y qué hiciese algo de ejercicio, aunque sin exagerar: "quince minutos al día en bicicleta, para empezar, le vendrán más que bien", nada de trotar y de los 40 kilómetros a la semana que antes me hacía "Ni hablar", me dijo. Y qué volviese a Madrid, qué todavía no estaba recuperado del todo y que lo mejor, en estos casos, según su experiencia, era volver a llevar la vida que antes de mi accidente había llevado.

En el mes largo que había pasado internado mi rutina diaria se había limitado a, levantarme pronto por las mañanas, tomar desayuno, ir a rehabilitación de 11 a 13 horas, volver a la habitación y hacer tiempo leyendo el periódico o mirando algo en la tele hasta que sirviesen la comida. A las 4 de la tarde, después del telediario, hacía la siesta. A las 5 me levantaba e iba a la sala de esperas, no porque tuviera ninguna visita sino porque era a donde más lejos me dejaban llegar sin compañía del personal sanitario y en donde podría ver otra gente que no fuese pacientes en rehabilitación o médicos y enfermeras. A las 7 volvía a mi habitación, veía algún partido del mundial, el que echasen en abierto y cuando terminaba, en el pequeño ordenador de 11 pulgadas que Jimena me había dejado, leía en internet los comentarios de los partidos y oía los resúmenes y las tertulias del día.

Al parecer, la plantilla médica estaba al tanto de lo que me había sucedido, pero, para suerte mía, no lograban dilucidar los entresijos de la historia que llevaba a cuestas.

Sabían que, después de una fiesta en una de los muchos garitos que bordean el litoral ibicenco, borracho como una cuba y en plena madrugada, había cogido un coche que no era mío, un BMW metalizado y me había estrellado en uno de los muros de hormigón y cemento que separaba una zona residencial en las afueras de la ciudad. Suponían que estaría de regreso hacia algún sitio y que el sueño, los reflejos adormecidos por el exceso de alcohol o la combinación de ambos, me hubiesen jugado una mala pasada. Interpretaban que, a pesar de la ligereza de mis actos, había tenido bastante suerte, posiblemente más de la que me mereciese; el dueño del coche no había presentado denuncia alguna en mi contra ni denunciado ningún robo. Se había presentado como amigo mío y preguntado al médico por mi estado y evolución y le había pedido, encarecidamente, que lo mantuviese al tanto de mis mejoras. El muro, contra el cual me estrellé no era tan resistente como en un principio cabría esperar y además, estaba en proceso judicial a la espera de derribo puesto que era, en sí mismo, uno de los puntos de accidentes más frecuentes de la zona y pasto de continuas quejas por parte de los vecinos. Al parecer, los del seguro del coche tampoco dijeron mucho; ni preguntaron por mí ni por los motivos de mi accidente. En cuanto a las fuerzas del orden público, La Guardia Civil informó de mi accidente y en cuanto tuvo en su poder los resultados de los exámenes de alcohol en sangre, alzó un proceso en mi contra por "alteración del orden vial con resultados en contra del mobiliario urbano poniendo en peligro mi vida y la de los demás, conduciendo, además, con unas tasas de alcohol que triplicaban las del máximo permitido y a una velocidad muy superior a los 60km por hora que limitaban el paso por las zonas habitadas, aunque, eran conscientes de que el muro contra el que me estrellé, se alzaba de improviso sobre un curva muy pronunciada en un pequeño declive natural y casi no daba tiempo a maniobra alguna. Sobre todo, para los conductores que cómo yo, estando de visita no tenían porque conocer al detalle el peligro que presentaba dicha imperfección mezcla del terreno y la dejadez municipal", no con estas palabras exactamente pero sí, en un resumen más o menos bien detallado y fiel de lo que se me acusó.

Con todo, y tal como decía mi médico, tendría que sentirme afortunado por seguir vivo. El BMW había sido declarado siniestro total y yo me recuperaría en un par de meses, tres como mucho. Además "su amigo se ha hecho cargo de todos los gastos derivados de su internamiento y hospitalización y no tendrá que abonar un solo euro", me dijo y prosiguió "Es bueno tener amigos así, que en los malos momentos siempre están ahí para lo que se les necesite". No supe que responder, así que preferí callar. Le estreché la mano y me fui.

La mañana del lunes que dejé la clínica hacía un bochorno impresionante, tanto, que casi podía distinguir el calor de los que encontraba a mi paso y que iba desapareciendo a medida que nos entrecruzábamos. La gente celebraba con algarabía el primer campeonato mundial de fútbol ganado por la selección española y mis yos, físico y espiritual, resistían a duras penas la celebración general: mientras más gente agolpada, unos con los otros, en cualquier terraza o rincón participando de la alegría nacional, más triste y dejado del mundo me sentía.

Tomé el primer vuelo a Madrid disponible y salí de esa isla de los horrores a la que había llegado presa del destino o de la calentura de mi mujer cinco semanas atrás.

Durante el trayecto, una vez más, recapitulé los hechos y puse en orden mis recuerdos: ¿Qué había pasado? ¿Cómo había llegado al estrepitoso estado en que ahora me encontraba? ¿En qué momento se torció mi vida? ¿Qué podía hacer al respecto? Los interrogantes que rondaban por mi cabeza mientras esperaba a que el avión alzase vuelo se alargaban, lúgubres, como las sombras de los aviones que esperaban su turno, inmóviles, sobre el infierno del mediodía de la pista de embarque.

Mi mujer, la madre de mis hijas, mi fiel esposa y compañera durante 6 años de feliz matrimonio, se había dejado chulear y follar por un chulo asqueroso delante de todo el mundo y en mi presencia. Se había dejado tratar, sin pena ni vergüenza, cómo la peor de las rameras y no había puesto objeción alguna a ser lucida como la puta de otro y de paso, me había convertido con total seguridad en el cornudo más humillado en el mundo de los cuernos; a 2 metros de distancia y viendo sin hacer nada como ese otro macho ensartaba a mi mujercita con esa estaca que tanto placer le daba. Recogiendo su tanga humedecida de la leche de su semental cuando hubo terminado el coito. Mirando absorto como su culo se alejaba sobre los hombros de su hombre y se perdía en la lejanía. Asistiendo impávido a las centellantes miradas que se clavaban tras mis carnes lacerantes como chuzos en la nieve. Saliendo sin rumbo. Vagando sin ton ni son. Aspirando, como la primera vez, de la tanga de mi mujer empapada hasta los hilos de las costuras del lechazo que Frank le había depositado en las entrañas y que luego había limpiado, en frente de todos, con la misma diminuta prenda color fucsia que por la mañana le había regalado y sutilmente, obligado a vestir.

Se me ocurrió que el cabronazo de Frank habría llevado a mi mujercita, después de lucirla como su puta y de humillarme como al mayor de los maridos cornudos consentidores, a la misma casa en que se la había follado momento antes, así que hacia ahí me dirigí.

La puerta seguía entreabierta tal como la había dejado cuando salí detrás del chulo y su puta, –al parecer, Mari tampoco la había cerrado- el camino despejado, el silencio, apenas trastocado por los relinches de la música que llegaba del garito- piscina- pub- folladero de Roy, eran partícipes de los susurros y besuqueos con que los amantes envolvían la casa.

No voy a detenerme a contar el hecho repetitivo que es y que todos presuponen, que en cuanto subí a las estancias superiores me encontré con el mismo espectáculo de antes, salvo que esta vez, mi mujercita colgaba boca abajo a la altura de la polla de su chulo, presta a la batalla, y se esforzaba en la mamada como si en ella se le fuese la vida. Mientras, el chulazo de Frank la asía sujeta de las caderas con la cuca de mi mujer a la altura de su boca y le succionaba de los labios mayores con vehemencia, dándole sonoros lametones que me parecían retumbaban tras las paredes de la habitación.

La verdad, esta escena me trajo tres constataciones: Uno, a mi mujer le importaba lo más mínimo lo que pudiera pasar entre nosotros a partir de entonces: hace escasos minutos había sido expuesta ante todos como si de una perra en celo se tratase y ahora volvía, mimosa, a complacer los caprichos de ese hombre que ahora, indiscutiblemente, ocupaba su corazón. Por lo tanto, la había perdido definitivamente. Dos, el chulazo de Frank es un toro bravo en todo la extensión de la palabra, que sólo media hora después de darle a mi mujercita la gran follada de su vida, permanece, insaciable y con las fuerzas necesarias para seguir dándole placer durante otro buen rato. Cuando pienso en ello, me doy cuenta de lo insignificante y poco hombre que soy al compararme con ese otro macho, y, lo tengo tan claro, que hasta entiendo porque mi nena ha caído tan bajo como ha caído. Y tres, pese a sufrir la mayor afrenta a la que un hombre puede ser expuesto, me descubro, nuevamente, empalmado como un mandril y deseando que ese chulazo haga con mi mujercita lo que le dé la gana: que la colme a polvos, que la vuelva hacer berrear, que la reviente de todas las maneras posibles y que la vuelva a llenar el coño con la leche que ahora, entre mis manos, se reseca, curtiendo de manjar blanco la tanga de mi mujer.

Como a la media hora, el chulazo vuelve a llenarle la cuca de abundante semen. Mi nena, con carita de niña chiquita, le vuelve a limpiar la polla a lengüetazos. El mástil de ese macho sigue duro como la roca y enorme como un bate de beisbol; se la acaba de follar 2 veces en apenas 2 horas y tras ello, su masculinidad no ha perdido ni un ápice de rotundidad ni un centímetro de su primera erección. Más adelante sabré por qué. Casi estoy contento por ella. Luego se acurruca a su lado con la pierna derecha doblada sobre su vientre. Le besa el cuello, el pecho, el lóbulo de una oreja y se queda dormitando mientras su hombre le pasa la mano sobándole el culote.

Cuando se quedan dormidos, bajo a la primera planta, con la tanga de mi mujer todavía empapada en el semen de la primera de las dos folladas que su macho le había dado esa tarde noche, en mis manos y cuando lo hago y por casualidad, me doy cuenta de que Frank, se ha dejado las llaves de su BMW metalizado sobre la mesa del recibidor.

No tengo ningún sitio a donde ir ni tampoco dinero para volver en taxi a casa de Frank y sacar mis cosas y largarme y, ahora que lo pienso, tampoco tengo las llaves para entrar en ella ni recuerdo el camino exacto por el cual volver. Descarto por completo volver al garito y buscar entre la multitud a Mari porque puede que no tenga tanta suerte y no la encuentre o que la encuentre con sus dos socios y las mujeres de estos y aunque mi dignidad, a estas alturas de la película esté tan pisoteada como un claro en medio de la jungla después de una estampida de elefantes, me niego a seguir arrastrando mi triste sombra para mofa de todo el que me pueda ver.

¿Qué se supone que debería hacer en estas circunstancias? ¿Esperarle a que despierte y pedirle por favor que me lleve de vuelta y me deje sacar mis cosas? ¿eh? Y si me dice "cornudo de mierda, no ves que todavía no he acabado con la puta de tu mujer".

No, eso sería demasiado para mi auto estima. Incluso para la de un tipo que la ha perdido casi por completo en las últimas 40 horas que llevo en la isla. Así que decido salir a dar un par de vueltas en el cochazo del chulo. Cojo una botella de Jack Daniels que encontré en el mueble bar – ¡Mierda, como me jode como vive esta gente!- , y salgo sin rumbo definido. Por el camino se me ocurre que, de devolvérmela, el chulo me devolverá no a mi mujer, sino, que me cederá, por hastío, cansancio o por pena, a su puta.

A todas luces esta perspectiva es totalmente injusta pero no se me ocurre de qué forma poder igualar el mal, si fuese posible, que ese hombre ha causado en mi vida.

Después de una hora dando vueltas por aquí y por allá, me detengo al borde de un acantilado que permanece solitario y oculto a las miradas de los curiosos. Me bebo la mitad de la botella del whisky mientras voy recordando, recapitulando, asumiendo, sufriendo los cuernos que me han tocado vivir. A veces, me siento triste y confuso, siento como si la cabeza me fuese a estallar de un momento a otro. Pero son los menos. La mayoría de las veces en que recuerdo como Frank ha lucido a mi mujer como su puta delante de todo el mundo y ha hecho con ella lo que le ha dado la gana, me empalmo como un colegial de tercero de secundaria. Sé que es absurdo, mezquino, enfermo y todos los adjetivos denigrantes que uno se pueda imaginar, pero por más que lo intente no puedo evitarlo: las imágenes de Frank sometiendo a mi mujer a su antojo y capricho vuelven a mi mente una y otra vez y no puede evitar el deseo de volver a pajearme, fantaseando que Frank soy yo, y que me estoy follando a esa puta culona mientras el marido cornudo –otro, no necesariamente Frank- se presta atónito sin saber qué carajo hacer ni dónde coño esconder la cabeza. Cuando lo hago, y sé que estoy a punto del orgasmo, vuelvo a oler de la tanga de mi mujer el lechazo de su macho y me corro abundantemente alucinando que mientras me la follo le doy azotes bestiales sobre el culazo hasta hacerla llorar y dejárselo enrojecido al tiempo que le grito que se lo tiene merecido por puta y por no respetar a su marido. Luego el marido sale en su defensa, pero como es un mierdecilla, le pego una hostia que le volteo la cara y le espeto "cornudo de mierda, mira y aprende como se trata a una puta cómo tu mujer" y acto seguido, meo encima de la puta obligándola a que se beba parte de mis meados mientras el marido, asiste atónito a esta clase de sometimiento que muy amable le estoy prestando.

Cuando mi alucinación ha finalizado y he soltado la poca leche que mis huevos todavía llegan a fabricar me pregunto qué haré con mi vida en cuanto regrese a Madrid. Es evidente que mi mujer ha decidido quedarse con su chulo. Qué se quedará con él hasta que este se canse de follarla o hasta cuando le rompa el culo y, aunque no fuese así, supongamos que me dijese "lo siento, cariño, no sabía lo que hacía, volvamos a intentarlo, por nosotros, por nuestras niñas" qué se supone qué tendría que hacer ¿Y si al volver con ella el chulo se la vuelve a follar? Bien es cierto que me empalmo como un enfermo con sólo pensarlo, pero de ahí, a permitir que mi mujer se vea con otro con mi consentimiento hay un trecho insalvable que no estoy dispuesto a andar. Una vez cruzado ese puente me temo mucho que no hay vuelta atrás; ese chulo querrá follarla en mi casa mientras las niñas duermen en las habitaciones contiguas, o en la cocina durante una reunión entre familiares y conocidos. E incluso podría sugerir quedarse a vivir con nosotros y que me encargase de asearla y vestirla para cuando se la quisiera follar. Por supuesto, viviendo todos bajo el mismo techo, el chulo dormiría con su puta y yo en el sofá de la sala, o en el jardín o vayan ustedes a saber. Qué más da. Lo realmente importante es saber que no estoy dispuesto a rebajarme hasta ese punto y qué aunque así fuese, no tengo constancia alguna de que mi mujer quiera volver conmigo. Puede que me dijese "Yo te quiero y eres mi marido y el padre de mis hijas pero a él lo amo y no pienso volver contigo salvo que me pueda seguir viendo con mi macho las veces que a él le dé la gana". Y de eso a "Cariño ¿Te gusta esta tanga de hilo dental que me estoy probando? Es que esta noche mi chulo me va a follar y quiero estar bella para él, ya sabes que me muero por su polla" cómo el lector entenderá, hay un solo paso.

Y en esas estoy cuando llego a la conclusión de que de devolverme a mi mujer, me la devolverá después de haber sido su puta, es decir, convertida en una golfa, no estaría mal que yo le devolviese el BMW de la misma manera: esto es, hecho una mierda o, directamente, echado a perder.

Lo he decidido poco después de alucinar que meaba sobra el rostro de mi mujer; a punto estoy de precipitar el coche desde un barranco, pero luego me doy cuenta de que estoy en un lugar muy apartado y que me resultará bastante difícil volver a la ciudad. Así qué me parece que mejor será que lo estrelle contra cualquier lugar y de ser posible, en una zona residencial no muy alejada de la ciudad. Luego ya vería lo que haría, de momento, mi objetivo más inmediato es empotrar el BMW contra cualquier cosa que lo pueda convertir en algo tan inservible como el corazón de la puta de mi mujer, pero y aquí viene mi error, mi gran error, el segundo error, y que cambiaría el destino de mi vida de forma irremediable. De no ser así, de no haber cometido ese segundo error, ese pequeño despiste de principiante, estos párrafos, seguramente hoy no existirían. No tendrían sentido de ser.

Que fácil hubiese sido llevar el puto BMW metalizado y prenderle fuego en algún descampado, o dejarlo abandonado con las puertas abiertas y las llaves puestas cerca del puerto. Incluso reconsiderar mi primera opción de arrojarlo desde lo alto de un acantilado, pero no, por alguna incomprensible razón, me había encaprichado de querer estrellar el coche contra cualquier bloque de considerable fortaleza. Y mirado bien, el plan, aunque inocente, no tenía desperdicio, sino hubiese sido porque en el momento de decidir el impacto llevaba puesto el cinturón de seguridad y no me dio tiempo ni a quitármelo para saltar fuera del coche ni a frenar antes de quedar empotrado tras chocar a 150 km. por hora. Desperté seis días después en la sala de cuidados intensivos de una clínica de la capital ibicenca, pero eso ya lo he contado.

3.2 El cornudo y su puta: entre julio y septiembre del 2010

Me costó mucho hacerme la idea de que la vida que me tocaría llevar de vuelta en Madrid no iba a ser en nada, parecida a la que había llevado hasta entonces. Para empezar, mi mujer ya no era mi mujer sino la puta de un chulo miserable que se la había follado en una tumbona al lado de la piscina en un garito atestado de gente. Además, había decidido quedarse con su macho y abandonado a su suerte no sólo a su marido sino también a esas niñas que había parido y por las que un tiempo atrás hubiera entregado la vida. Luego, al ocuparse mis padres del cuidado de mis hijas, el hogar al que ahora regresaba se me presentaba como un laberinto insalvable de habitaciones vacías y horas interminables; estaba de baja médica y lo seguiría estando por lo menos durante los próximos 2 meses y sin nada que hacer, ni ganas de pensar en otra cosa que no sea el recuerdo del culo de mi mujer alejándose sobre el hombro de Frank, poco a poco, lo poco que quedaba de íntegro en mí, fue extinguiéndose como la luz de una vela tras agotar la cera que la forma.

Cada vez que recordaba el potorro de mi mujer taladrado sin descanso por las envestidas salvajes de ese macho al que ahora pertenecía, me entraban unas ganas insoportables de pajearme de forma desesperada. Cuando esto ocurría, corría como un enfermo escaleras arriba y desenterraba de entre sus ropas las tangas y los hilos dentales que a diario había vestido, los extendía sobre nuestra cama y, mientras me masturbaba, trataba de recordar las muchas veces que la había catado sobre esa misma cama que ahora permanecía sin su olor y añorando el calor de su cuerpo. Pero a medida que se acercaba mi orgasmo, las imágenes de mi mujer, a cuatro patas, con el culazo en pompa, siendo ensartada por la enorme tranca de Frank mientras berreaba como una perra frente a todo el mundo, se abrían paso a través de las paredes de mi mente y se apoderaban de mi éxtasis en el momento justo en que los chorretones de semen se esparcían entre mis manos. Luego, cuando recobraba la compostura, un enorme sentimiento de inferioridad se apoderaba de mi hombría: en ese mismo instante a 800 km de distancia el chulazo de Frank podría estar llenando de abundante leche el coño de mi mujer y mientras tanto, yo, consolándome con sus tangas. Qué pena que al estar lavadas no guardasen su olor, ni el de su macho ¡Lo que daría por haber conservado la tanga fucsiaa con la que Frank le había limpiado el coño!

A principios de Agosto decidí que no podía continuar matándome a pajas imaginando el culo de mi mujer siendo follado duramente por su chulo. Me estaba consumiendo interiormente mientras los días pasaban y seguía sin saber nada acerca del destino de mi mujercita. La había llamado insistentemente, desde la clínica y luego cuando llegué a Madrid, y aunque su teléfono móvil timbraba y seguía activo, nunca atendió a mis llamadas ni contestó a mis mensajes.

Por entonces, empecé a perderme casi a diario entre los locales de carretera que bajo las pomposas luces rojas, verdes y amarillas y las fachadas de simples hoteles, resguardaban el placer que mi atenazado ser a gritos requería.

Mi preferido era uno que está en el km 20 de la carretera a La Coruña y cuyo nombre, por motivos fácilmente entendibles, omitiré.

Solía llegar temprano, aunque nunca antes de las 8 pm. En la entrada, pagaba los 15 euros que dan derecho a una consumición, me pedía un Jack Daniels con Coca Cola y me quedaba cerca de la barra observando el ganado. Al instante se me acercaban, de una en una, tiernas señoritas de prietas carnes y rotundas formas a prestarme conversación y sus servicios por el módico precio de 70 euros la media hora o de una hora por 100 euros. Siempre elegí la segunda opción; no tenía prisa ni otro sitio a donde me apeteciera ir y, además, quería disfrutar sin limitaciones cada uno de los 60 minutos en los que imaginaba que las carnes que cataba eran las mismas carnes de la mujer que seis años antes me había jurado amor eterno.

Para esto, siempre me valía de las señoritas que más se le parecían en físico y porte: más bien bajitas, de espaldas anchas, muslos bien desarrollados y por supuesto, de culos grandes y rotundos; a menudo rayando en el esperpento. Alrededor, se me ofrecían las más diversas categorías del espécimen femenino que el hombre pueda desear y el apetito sexual, imaginar, pero yo siempre elegían a las mismas; a María la culona, una dominicana de piel canela y enormes caderas de unos veinte y pocos años, a Melissa la del culote respingón, una brasileña de larga melena color azabache que, según me dijo, poseía unas medidas de 110 cm ahí donde la espalda pierde su noble nombre y de lo cual nunca dudé. Y a Milena, una chica colombiana con vivos rasgos andaluces cuyo cuerpo era una caprichosa mezcla entre el culazo de mi mujer y los tetones de su amiga Mari.

Está de más decir que estos tres especímenes no eran ni de lejos ni las más solicitadas ni las más bonitas de las chicas del local (la mayoría de parroquianos preferían a las rubias altas de pieles claras y piernas interminables, de rasgos finos y delicados, de cuerpos andróginos y cinturas estrechas, medidas lineales y pechos siliconados que yo, en la ausencia de tibios recuerdos, despreciaba) pero sí, las que encendían la llama de mi ardiente inspiración sin siquiera proponérmelo.

Con ellas, no hizo nunca falta cerrar trato alguno. Me hacían compañía mientras me tomaba mi cubata. Me contaban cosas de su vida y nunca preguntaron nada de la mía. Una vez llegado el momento, subíamos a la habitación, me aseaban la polla, se limpiaban el chocho, se volvían a vestir de sujetador y tanga y me invitaban a penetrarlas desde atrás, a cuatro patas, arqueando las caderas y haciendo la pompa más exagerada que les fuese posible. Yo me lo tomaba con calma; les desabrochaba el sujetador y les estrujaba las tetas, les jalaba de los pezones, les lamía alrededor de sus morenas aureolas. Luego, les comía la boca de forma desesperada mientras les sobaba las cachas con mis manos entretenidas en las profundidades de sus más recónditos recovecos.

Con Milena, estas experiencias fueron verdaderamente memorables y con ella, hice cosas que con las demás no hubiese podido: la volvía a poner a cuatro patas, le corría la tanga a un lado. Mientras ella contoneaba el culote, me pajeaba con una mano y con la otra tasaba la inmensidad de sus nalgas. Restregaba mi polla por el hondo canal que las separaba. Ella se movía muy rico, haciendo con sus pompas la fricción necesaria para llevarme al paraíso sin necesidad de arrojarme con el orgasmo de vuelta al infierno de los mortales. Cuando creía que estaba a punto de caer en ese precipicio, retrocedía sigilosamente. Milena nunca me empujó a ese vacío. Todo lo contrario; se empeñaba en mi placer como si fuese propio.

Me excitaba sobremanera verla desde atrás, así que me ponía en cuclillas y le comía el culote enterrando mi cabeza en lo más profundo de su retaguardia: succionaba sus labios mayores, absorbía sus flujos, olía del dulce aroma de su ano. Mi lengua bajaba y subía a lo largo de su potorro. Ella movía rítmicamente las caderas al ritmo de mi cunnilingus abriéndose las pompas con las dos manos y, de vez en cuando, sobándose el clítoris de forma acompasada. Nunca le pregunté si mis juegos la excitaban, pero ella, hábilmente, fingía los orgasmos que recordaba a mi mujer en las cogidas con su macho. Luego, cuando la humedad de su intimidad era plena, se daba la vuelta y se prendía de los 16 cm de mi polla. Me la limpiaba a lengüetazos y me masajeaba los huevos. Se la metía hasta la garganta y luego se la volvía a sacar. Durante nuestros primeros encuentros, la indicaba como me gustaba que lo hiciese, qué era, dicho sea de paso, de la misma manera en que recordaba mi mujer se la había chupado a su macho: pasando la lengua a lo largo de la polla, mirándome a los ojos mientras lo hacía, pajeando mi tranca mientras succionaba mis huevos, empezando despacio para terminar con ferocidad. Y ella lo representaba con pulcra fidelidad. Luego la volvía a poner a cuatro patas, le daba un par de azotes en el culazo, la levantaba de las caderas para que hiciese una buena pompa, me calzaba, presuroso, el condón que antes había liberado de su estuche plástico y la taladraba sin contemplación, fuertemente, tratando de hacerla el mayor daño posibl, e imaginando que era a la puta de mi mujer a quien se lo causaba. Me corría pronto, nunca tardaba mucho más de 5 minutos y como todavía me quedaba media hora larga de la hora que había pagado, hacíamos tiempo retozando, mi brazo derecho alrededor de su cuello, su pierna doblada sobre mi abdomen, mi mano sobre su culo, tal como Frank había hecho la noche en que estrellé su BMW metalizado contra un muro de cemento y hormigón mal señalizado. Y entonces y por mucho que me resistiese a pensar en ello, los recuerdos del culazo de mi mujer entregado a los caprichos de la polla de su chulo, volvían a mi mente.

Cuando nuestros encuentros se hicieron casi diarios y nuestra "relación" ganó en confianza, le conté los pormenores que habían deparado mi vida durante los últimos meses. Fui totalmente sincero y no escatimé en detalles: le dije que había descubierto a mi mujer follando con uno de sus nuevos socios en el almacén de una disco a la que habíamos ido a celebrar la ampliación de capital de su empresa. Que durante un viaje a Ibiza y muy a mi pesar, mi mujercita había vuelto a caer en los brazos de ese chulo y yo, había asistido impávido a la nueva puesta de cuernos con que mi nena me obsequiaba. Que no contento con esto, al día siguiente, su macho la había lucido como su puta y me había humillado públicamente follándosela delante de todo el mundo sobre una de las tumbonas de la piscina del local. Le conté acerca de la humillación al salir, de las miradas clavadas como flechas mortecinas tras mis espaldas, de la excitación que me embargaba, cada vez, al recordar el espeso lechazo de Frank saliendo del coño de mi mujer y resbalando por entre sus muslos. De la tanga fucsia con que el chulazo se había limpiado primero la polla y luego el chocho a mi mujer y que me había arrojado poco antes de salir con la madre de mis hijas, a cuestas sobre su hombro. De mi venganza estrellando su BMW, de las casi cinco semanas que pasé en la clínica, de que el chulo se había quedado con mi mujer y no había puesto denuncia alguna por lo del coche, que había pagado el importe total de mi hospitalización, que mi mujer era posiblemente la más puta de todas las putas sobre la faz de la tierra, que no respondía a mis llamadas, que no sabía nada de ella, que había dejado a sus niñas sin pensárselo dos veces, que en ese mismo momento en que yo me sinceraba, ella estaría, seguramente, siendo ensartada por la enorme estaca de su macho mientras gritaba como una perra. Que luego le limpiaría el pollón a lengüetazos y de que, pese a esto, la seguía amando con locura y que cada día la necesitaba más. Que algunas noches me masturbaba mirando sus tangas y que luego lloraba como un niño en la placidez de la serenidad que acompaña al orgasmo.
•Pobre –me dijo- ¿Me parezco a ella?
•Mucho, –le respondí- por eso es que siempre vengo a verte.
•Veras, yo no soy tu mujer, pero si quieres, puedo comportarme como ella lo hacía o como a ti te gustaría que lo hiciese. Puedo decir lo que quieras que diga o hacerte el amor como te lo hacía o como viste que se lo hacía su chulo. Lo que tú quieras papi, pide por esa boquita, que ya nos hemos pasado un mes entero follando y te he tomado cariño. ¡Si hasta las chicas creen que eres mi novio!
•¿Te pondrías sus ropas? Es más o menos de tu talla.
•Sí – no lo dudó-.
•¿Y sus tangas, te pondrías sus tangas?
•Siempre y cuando estén limpias, aunque no me hace mucha gracia.
•Me gustaría lucirte como mi mujer, que paseásemos agarrados de la mano durante toda la tarde, que luego fuésemos a cenar y al final de la noche, follarte muy duramente en la misma cama que durante 6 años compartí con ella. Que luego pasases la noche conmigo y amanezcamos, juntos, uno al lado del otro.
•Caray, casi no pide nada el niño –me dijo sonriendo- ¿Y no quieres también que me case contigo? ¿Hum? Ja ja. En serio, lo veo difícil…
•Pagaré lo que sea –repuse agónico-.
•No se trata de dinero, ya sabes que tengo que estar aquí mínimo 25 días al mes y sólo libro los días en que me baja la regla. Son las normas. De todas formas –pensó distraídamente- y si tanta ilusión te hace hacerme pasar por tu esposa, ya veré lo que me invento. Déjalo en mis manos papi, que si te hace ilusión entonces a mí también – sentenció con su armonioso acento como cantado-.

Concretamos el día y el coste de la cita: 300 euros por pasar conmigo todo el viernes y hasta el mediodía del sábado. Los pagué sin rechistar, hubiese pagado el doble si hubiese sido necesario.

Llegó a mi casa como a eso del mediodía. Vestía unos tejanos claros, unos zapatos blancos de tacón de aguja y una camisa de tirantes finos color salmón. Sobre su hombro derecho, colgaba un bolso de piel, blanco, imitación Gucci.

La invité a pasar, la bese en la boca por un buen rato como si de mi mujer se tratase. Al hacerlo, por un instante, imaginé que era mi mujer la que había vuelto. Habría dejado a su chulo y con lágrimas en los ojos se desgañitaba pidiéndome perdón. Pero sólo fue un segundo: el mismo dejo que tanto me había excitado durante nuestras sesiones amatorias había caído como un rayo anteponiendo, de vuelta, la realidad "Qué rico besas papi" me dijo y entró, cerrando la puerta tras de sí.

No quería perder el tiempo en preámbulos innecesarios y ni bien llegó la vestí como la puta de mi mujer se solía vestir cuando era sólo mi mujer y no, también, la puta de otro. Había elegido para ella una micro tanga blanca, un top de tirantes finos color rosa palo que no llegaba a cubrirla el ombligo y unos pantalones de lycra, de esos que se pegan al cuerpo como una segunda piel, de un color blanco algo transparente. Milena estaba algo escandalizada "Pues si que si vestía como una puta" me dijo. No tuve más que darle la razón. Asentí ruborizado. Su asombro fue a más en cuanto le dije que no se pusiese el sujetador, que mi mujer nunca lo llevaba –mentí-. Y es que no había de otra; debía de lucir a Milena exactamente como a mi mujer la había lucido su chulo, sino, la fantasía que me había montado se desmoronaría como un castillo de arena ante el empuje de la crecida del mar.

Decidimos ir a un centro comercial en Leganés sur. Caminamos por la galería mirando con detenimiento cada uno de los escaparates de ropa y joyería. Entramos al Corte Inglés. Se compró un par de pendientes de plata con forma de gato. Le regalé un colgante a juego y un cordón de silicona en color rosa, a juego con el color de su top. A la salida, me percate de que 3 chicos de entre 15 o 16 años nos seguían a pocos pasos por detrás. Milena empinaba el culo cada vez que sentía que una mirada la perseguía y yo le aplaudía el buen gusto. Algunas mujeres cuchicheaban a nuestras espaldas mientras sus maridos no dejaban de mirar el culo de mi acompañante.

De vez en cuando, me hacía el desentendido y de un momento a otro y sin previo aviso volteaba la vista hacia cualquier lado y al hacerlo, me encontraba, de lleno, con las miradas de los golosos clavadas en la raja del culo de Milena que se le marcaba de una forma exagerada tras la fina tela del Spandex que por la mañana le había elegido de entre las ropas de mi mujer. El culazo de Milena es enorme y respingón. Una vez que la visite, llevé conmigo una cinta de sastre y procedí a la comprobación métrica de las formas en su anatomía: 98 de pecho, 66 de cintura y 105 de culo. Todo esto embutido en poco más de 160 cm. de altura. De cara no era muy guapa qué digamos, pero mi mujer tampoco lo era. Tenía 28 años y por supuesto, me recordaba a la Teresa que había conocido 8 años atrás.

Después de haberla lucido como mi mujer y de haber calentado al personal de una manera más que abominable, nos metimos en el Flunch y pedimos paella y lubina para ella y espaguetis y ternera para mí. Ella tomó agua y yo una cerveza. Luego le apeteció una tarta de manzana y yo, presuroso, fui tras sus deseos como a las ordenes de un caudillo. Frente a mí, se había puesto un viejo que no dejaba de mirarle el culo descaradamente y yo, cuando me levante, al ir en busca de su tarta, pasé sigilosamente por detrás de Milena tratando de comprobar lo que el viejo miraba como un enfermo: el culazo de Milena descansaba sobre la silla de metal de fino respaldo, que dejaba a la vista de cualquiera la rotundidad de sus formas, agigantado en esa postura. La lycra del pantalón se le pegaba al culo y al hacerlo, la tanga se le transparentaba de una manera bastante excitante. ¡Y pensar que muchas veces mi mujer se había vestido así cuando salía con las amigas, de compras o a alguna reunión!

Cuando terminamos de comer, nos fuimos. Me apetecía seguir luciéndola de esta forma durante un rato más. Así que nos tomamos un café en una cafetería ubicada justo al lado del pasillo central. Las butacas estaban colocadas en el mismo pasillo, unas al lado de las otras a escasos dos metros del ir y venir del gentío que agolpaba el centro comercial a esas horas. Otra vez, el culo de Milena se agigantó de una forma casi caricaturesca y las miradas morbosas de los que por ahí pasaban no tardaron en llegar desde todas las direcciones. Alguna, incluso, rozó mis espaldas, pero pronto enderezó el rumbo hasta posarse en las pompas de la mujer que esa tarde lucía las ropas de mi mujercita. Ahora que lo pienso más detenidamente, me hierve la sangre al correr por las venas: luciendo a una mujer, de profesión puta, con las ropas de mi mujer. Mientras Frank, el macho dominante, lucía a mi mujer como su puta. Patético ¿Verdad? Menos mal que entonces no me di cuenta.

Tal como llegamos nos fuimos. Tomamos el metro en la estación del Carrascal y nos apeamos en la Puerta del Sur. Hicimos la conexión con la línea 10 y nos bajamos en la Plaza de España. Caminamos por la Gran Vía hasta la plaza Callao y bajamos por Preciados hasta Sol. En un mercadillo de la plaza Mayor le compré una pulsera de piel y un cinturón bastante hortera que a ella le gustó. Volvimos sobre nuestros pasos y esta vez, subimos a la Gran Vía por la Montera. Cuando lo hicimos, los curiosos la miraban con detenimiento como diciendo "Joder. Y ésta por donde se para". Luego fuimos hasta La Cibeles y pasadas las 8 pm cogimos un taxi y nos volvimos a casa.

No sé si será necesario decirlo o si el lector ya lo habrá advertido, pero la única razón por la qué ese día me movilice haciendo uso del transporte público, fue para lucir, ante todo quien quisiera verlo, el enorme culo que poco después me iba a comer. Al hacerlo, me sentía envidiado, observado. Sus miradas, de refilón, se entrecruzaban con la mía y aterrizaban forzosamente como en un campo imantado sobre el Spandex blanco semitransparente de mi mujer que ahora lucía el culazo de Milena.

Cuando llegamos a casa me preparé una copa de Whisky y a Milena le serví una de Rioja. Nos las tomamos mientras brindamos por el precioso día que habíamos pasado, por nosotros, por la suerte de habernos conocidos y por todas las miradas que habían quedado clavadas como púas en su culo.

Me dijo si tenía la piscina a resguardo. Le dije que no, que entre semana la había utilizado para hacer algunos ejercicios que me habían recomendado. Me pidió que alistase las tumbonas, qué tenía ganas de echarse un rato sobre una, que lo hiciese pronto y sin preguntar. Que me tenía preparada una sorpresa, me dio un pico casto y se fue moviendo el culazo escaleras arriba del mismo modo que hace unos cuantos meses lo había hecho mi Tere.

En Madrid, en septiembre, las tardes al anochecer siguen siendo largas y calurosas. Cuando Milena volvió, llevaba puesta únicamente una diminuta tanga G-String color rosa fucsia chillón bastante parecida a la tanga que Frank le había regalado a mi mujercita el día en que se la folló delante de todos, humillándome públicamente. Y andaba sobre unos zapatos de tacón de aguja de unos 12 cm de alto de color rosa pálido. No llevaba puesta la parte superior del bikini y, a medida que se acercaba, el balanceo de sus tetones, acompasaban el vaivén que marcaban sus caderas. Me la quedé viendo detenidamente. Quise decirle algo, pero, justo en el momento en que me dispuso a hacerlo, con el dedo índice sobre sus labios me advirtió de que no lo hiciera.
•Esta noche no vas a follarte a Milena. Ahora soy Teresa, tu mujer. Tócame. Estas son las tetonas de tu mujer. Este culazo es el de tu mujer. Me he puesto la tanga de tu mujer y quiero que me folles duro como se merece la puta de tu mujer. Y más te vale que lo hagas bien, porque sino llamaré a mi macho para que me lo haga delante tuyo y te enseñe como hacérmelo. Estas son las últimas palabras que te dirijo de este modo. A partir de ahora lo haré como si realmente fuese tu mujer. Como me has enseñado. Trátame como me merezco. Como la puta que soy. Dame duro y descarga toda esa ira que llevas dentro. Como lo harías si fuese la verdadera Teresa la que tuvieses en frente. ¿Has entendido?
•Sí –no supe otra cosa que decir-.

Asumí que Milena había sido lo suficientemente intuitiva para advertir que mi gran fantasía consistía precisamente en aquello: el gran filisteo que se apodera de mis más recónditas pasiones en cuanto la imagen del culo de mi mujer con su diminuta tanga fucsia chillón se cuela entre las telarañas de mis recuerdos, pide a gritos la oportunidad, fingida o no, de tratar a esa puta como lo que es y hacerla pagar por todo lo que ha hecho.

Se me acercó haciendo morritos, como una gatita. Pasó sus brazos alrededor de mi cuello, se hizo medio de lado y empinó el culo. Me beso en una mejilla, luego en la comisura de los labios. Sus labios jugaron con el lóbulo de mi oreja izquierda y susurró "Lo siento mucho papi. No sé lo que me paso. Ese macho me volvió loca. Me enamoré y perdí totalmente la razón. Pero ahora me he dado cuenta de que es contigo con quien quiero pasar el resto de mi vida. No te voy a negar que en cuanto me acuerdo de su pollón me pongo como una perra en celo pero me gustaría que lo volviésemos a intentar".

Yo, mientras, le apretaba el culazo con las dos manos, me entretenía restregándole las nalgas con fruición. Luego, con la mano derecha, le hice a un lado el fino hilo de la tanga que le cubría apenas nada la parte de atrás y hundí el dedo corazón en la profundidad de su ojete. Con la otra, me ocupé de tantear la calidez de una de sus tetorras. Empinó más el culo y prosiguió "por nosotros, por nuestras niñas. Déjame que vuelva a tu lado. Déjame que te demuestre que puedo vivir sin su polla y que te puedo ser fiel – Yo continuaba follándole el ojete. De vez en cuando, sacaba el dedo de su ano y le sobaba el chocho por encima de la tela que lo cubría. Milena, ahora convertida en la puta de mi mujer, se estaba empezando a humedecer y mojaba su tanga como en ninguna de nuestras anteriores citas lo había hecho.- No te voy a negar que todavía lo amo, pero a ti también te quiero. Además eres mi marido y el padre de mis hijas y eso nada ni nadie lo puede cambiar. Si me aceptas, te compensaré como desees, haré lo que mandes, me convertiré en tu puta particular y me esforzaré en hacer tus fantasías realidad".
•Si vuelves, quiero que sepas que te trataré como a la peor de todas las putas. –Le dije. Sin querer, me había metido por completo en la historia que Milena, ahora convertida en la puta de mi mujer, había preparado apareciendo vestida sólo por una diminuta tanga muy parecida a la que llevaba mi mujer el día en que se entregó a su macho delante de todo el mundo en una de las tumbonas al lado de la piscina. Y yo, no dudé un segundo en representar el papel que me correspondía: el del marido cornudo y enamorado que todavía se empalmaba al recordar a su mujer taladrada por su macho, por su otro macho, por su único macho- Tienes que saber que haré contigo lo que me dé la puta gana. A partir de ahora y para siempre, serás mi hembra, mi esclava, mi perra, mi puta. Quiero llenarte de leche todos los días y todas las noches hasta volver a preñarte. Quiero romperte el culo, reventártelo, rajarte el ano…"Pero papi, ya sabes que soy virgen por el culo y que me va a doler…" - Cállate puta, que tu marido te está hablando –le dije y proseguí- la próxima vez que me interrumpas te parto la cara ¿Vale? Si yo te digo que te quiero dar por el culo tú te dejas, que para eso eres mi puta.

A continuación, la cogí de los pelos y la llevé hasta una de las tumbonas que antes había acomodado. La obligué a ponerse a cuatro patas y que hiciese pompa y, cuando lo hizo, la sujeté con una mano y con la otra la empecé a dar de azotes bestiales en el culo. Los azotes, retumbaban en el silencio de la tarde noche como truenos en una tormenta de verano. Le di como veinte azotes; diez en cada nalga. Ella se quejaba, me pedía que parase, qué le estaba haciendo daño, qué la iba a dejar marcas. Pero yo estaba disfrutando como un poseso y ahora, poseído por la lujuria, imaginaba que el culo de Milena era realmente el culo de mi mujer: la misma rotundidad, la misma celulitis, las mismas estrías sobre las nalgas. El culazo de Milena era sin lugar a dudas el culazo de mi mujer. No podía ser de otra manera.
•Has pompa puta, has pompa – Le dije. Le corrí la tanga a un lado y le volví a follar, desde atrás, el ano con mi dedo medio- Que rico ojete tienes y que rico huele.
•Ahhh Ayyyy papi, papito, despacio que me haces daño. Ummm. Que rico, papi, que rico.
•Te gusta verdad puta –le dije, ella respondió afirmativamente entre ligeros gemidos bastante bien interpretados-.

Después de un par de minutos de entretenerme en su ano, me llevé a la boca el dedo con el que la había follado; el sabor era exquisito, muy parecido al saber del ano de mi mujer. Ella movía el culazo haciendo círculos como invitándome a seguir probándola.

Desde atrás, a cuatro patas, el culo de esa hembra se ve incluso algo más gigante que el de mi mujer. Le sobo el potorro –está mojadito- le vuelvo a colocar la tanga para que quede, sobre esta, la humedad de su coño sobre la tela que lo cubre. La sigo sobando a conciencia. Le vuelvo a hacer la tanga a un lado. Le doy un último azote sobre la nalga derecha. Me pongo en cuclillas y como desesperado le empiezo a lamer toda la retaguardia, cambiando sin previo aviso de su ano a su vagina. Aspirando del dulce aroma de su agujero negro. Saboreando el flujo incandescente de sus entrañas. Luego le follo la vagina con los dedos índice y medio de mi mano derecha mientras le sigo comiendo el culo, hundiendo mi lengua cuanto más profundo me es posible en ese pequeño agujero hasta ahora inexplorado. A medida que sus movimientos se hacen más candentes y su respiración se entrecorta, señal inequívoca de que lo estoy haciendo bien, mis dedos se mueven, salen y entran, con una brusquedad tal que poco antes me hubiese parecido excesiva. Mi puta gime, berrea, suspira. Mueve el culazo restregándolo sobre mi cara, haciendo círculos, de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo. Yo le sigo lamiendo el ano mientras la follo con mis dedos. Me pide que la vuelva a comer el coño, que le sobe el clítoris mientras lo hago, que se va a correr, que no aguanta más.
•Así papito así. Ummm. Que rico papi, así, así. Así papi así.
•Te gusta que te coman el potorro ¿Verdad puta?
•Sí, sí papito sí. Que rico me comes la cuca. Ummmm. Ayyyy Ayyyy papiiiií Asíiiiii Ohhhh Me corroooo. Ayyyyyy papi Ohhhh me voy a correr, me corro, me coooorrrooooo Ohhhhhhhh
•Eso, eso, córrete puta, córrete, córrete como una puta – Y no tardó en hacerlo ni yo en beberme hasta el último mililitro de su corrida.

Cuando acabó de correrse, la volví a jalar de los pelos, la di la vuelta, me bajé los pantalones hasta las rodillas, el slip y la puse a mamar. Ella lo hizo como yo le había dicho que debía de hacerlo, incrementando la profundidad de la chupada cuando era necesario, jugando con mis huevos con su lengua mientras me pajeaba, tragándosela entera hasta quedarse sin respiración, jugando, en el interior de su boca, con mi pre seminal hasta hacerlo desaparecer.

Cuando creí que era necesario parar, que me estaba acercando demasiado al bordillo del pozo del orgasmo sin todavía catar ese otro encharcado pozo que Milena, ahora reencarnada en la piel de mi mujer, me ofrecía, me senté sobre la tumbona y le dije que me comiese el culo, que lo oliese y que mientras me lo comía y me lo olía que me pajease fuertemente.

Lo hizo tal cual recordaba que mi mujer, la otra, no ésta, la puta, se lo había hecho a su macho. Al pensar en ello, a punto estuve de correrme y tuve que recurrir al recuerdo del BMW metalizado estrellado contra el muro para tratar de contenerme. Para quien no lo haya probado, el beso negro es la práctica que más cerca está de la perfección en lo que a las prácticas sexuales se refiere; el sentir una lengua recorrer los pliegues de tu ano mientras una mano presurosa se afana de tu polla, es lo más cercano del éxtasis paradisiaco que me ha tocado vivir.

Tuve que volverla a jalar de los pelos y desenterrarla de entre mis nalgas. Cuando lo hice, Milena, mi puta, la puta que llevaba puesta la tanga de la puta de mi mujer se me abalanzó y me pegó un beso con lengua hasta la garganta. Pude sentir la saliva de Milena con el sabor de mi ano resbalando por mi laringe camino del estómago.

La volví a colocar a cuatro patas. La coloqué de la misma forma en que recordaba Frank había puesto a mi mujer sobre la tumbona el último día que la había visto, hace ahora 3 meses. Hice a un lado su tanga; estaba empapado. Le volví a comer el coño; se lo lamía despacito, de arriba abajo, jalando con mi lengua sus abultados labios mayores. Del coño de Milena salía a raudales flujo de interminable líquido que yo me apresuraba a beber.

La apunté con mi estaca tan dura como no recuerdo. La insulté, le dije que era una puta y que la iba a dar lo que se merece. Se la clavé de un solo estoque. No dejé un sólo centímetro fuera. Me la follé con violencia, con furia, con rabia. Dándole azotes en el culazo, jalándola de los pelos, pellizcándoles los pezones. A veces, me tumbaba hacia a delante y mientras la bombeaba, le estruja las tetonas con las dos manos y la besaba con lengua.

Mi idea era follármela en todo momento a cuatro patas, con el culazo en pompa y sujetándola de las caderas. Pero era consciente de que si lo hacía me correría a los pocos minutos y yo quería disfrutar del momento lo más posible como me fuese necesario. Así que no me quedó de otra que tumbarme encima de ella, con cuidado para no aplastarla y bombearla al compás que marcaban sus caderas.

La puta que ahora viste la tanga fucsia de mi mujer, se volvió a correr mientras se sobaba el clítoris. A mí ya me quedaba poco. Lo sabía. Le dije que me la iba a follar por el culo, que me quería correr en su ano, que le quería llenar los intestinos con mi leche.

Milena intentó incorporarse, zafarse de entre mis garras, oponer resistencia. No creo que lo fingiese, pero no le di oportunidad y al primer intento, me introduje tan hondamente como la longitud de mi polla me lo permitió.

Al poco, pareció abandonarse a su suerte. A mi suerte. Yo la seguía bombeando sin cuidado, de la misma forma que cuando me la había follado por el coño.

Cuando me di cuenta de que el orgasmo era inevitable, la atraje hacia mí. La volví a poner a cuatro patas, le di un par de azotes bestiales sobre el culazo, una en cada nalga y me preparé para llenarle el ano con mi lechazo. Apuré mis envestidas. Disfrute cada centímetro de la penetración. Y me corrí abundantemente.
•Así, sí sí sí así papito así. Ohhhh mi cucu, Ohhhh …me rompes el cucu…Que rico papi. Que rico me das por el cucu Ohhhh…. Ayyyyyy… Ummmmm Ayyyyy sí sí dale, dale papito dale. Ohhhh.
•Te gusta por el culo ¿Verdad puta? Ohhhh Ohhhh Teresa, Teresa. Que rico que tu culazo puta.
•Sí. Asííí dame duro papi, dame duro. Ohhhh reviéntame con tu pollón. Dame duro con tu vergón. Ayyyyyy
•Sí, toma puta toma. Puta, puta, puta. Ohhh.. Ahhhh…Me corrrooo …Oh Ahhh Teresa Ohhhhhh… me cooorrro Teresa, puuutaaa…te amo, te amo puta, te amo. Ohhhh Ahhhh Teresa, Teresa Ohhhhh Teresa.

Esa noche, me la volví a follar otra vez en la intimidad de mi habitación. En la misma cama que antes había compartido con mi mujer.

La volví a vestir como una puta. Como se solía vestir mi mujer: micro tanga de hilo dental y sin sujetador. Mini falda blanca a medio muslo, pegada al cuerpo hasta más no poder. Top, también blanco, que apenas le cubrían las tetorras. Zapatos de plataforma. Le pedí que se maquillara como una guarra, que mi mujer así lo hacía. Milena me complació.

Cuando me volví a correr, le limpie el chocho con la tanga y le dije que me limpiase la polla a lengüetazos. Ello lo hizo, con mucho gusto, además.

A la mañana siguiente nos despertamos como a las 11. Hacía calor. Nos duchamos juntos y me la volví a follar mientras el agua de la regadera caía sobre nosotros.

Al mediodía se fue, nos despedimos y le prometí que la visitaría pronto.

Al poco rato tocaron a la puerta. Un agente de correos me entregó un paquete certificado, firmé y cerré la puerta cuando se fue.

Sobre un trozo de papel blanco pegado sobre el papel de embalaje con la que estaba cubierta la caja, escrito a mano con tinta azul, mi nombre, el número de mi teléfono y mi dirección aparecían en la parte superior. Abajo, el nombre sin dirección de mi mujer, me trajo de vuelta a la realidad de ese otro mundo al que Milena me había llevado la noche aneterior.

Abrí la caja como desesperado. Tiré del papel que lo envolvía. Cuando lo hube hecho, rasgué los pliegues del precinto que cubría las partes movibles del cartón. Deshice el envoltorio.

Dentro encontré el sobre de una carta, una cinta dvd y 2 tangas. Una, la de color blanco estaba cubierta de semen reseco hasta las hendiduras de las costuras. La otra, una minúscula tanga roja de hilo dental, se presentaba sin mancha alguna, aunque con la apariencia de haber sido usada no hace mucho. Me la llevé a la nariz, presuroso, como una droga que se inhala, y aspiré de ese fuerte olor a hembra puta que la parte de la tela que se encarga de cubrir el potorro, aún guardaba. No había ninguna duda, esa tanga era de mi mujer. Olía a su coño. Olía a su culo. Olía a ella. Me empalme como un burro y al no poder resistirlo, me masturbé oliendo su tanga manchada con la leche de su macho tal como lo hice la noche del día en que Frank se la folló por primera vez. Mi corrida fue bestial. Luego, abrí el envoltorio de la carta y empecé a leer.

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