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Mi único amigo me transformó en su mujer

Relato enviado por : Anonymous el 14/11/2009. Lecturas: 12023

etiquetas relato Mi único amigo me transformó en su mujer   Transexual .
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Resumen
Primera parte de mi historia, en la que cuento cómo me transformé en la mujer de mi único amigo.


Relato
Todo comenzó cuando me enviaron al internado. Mi padre había fundado al poco de nacer yo una empresa que creció hasta sacar a la familia de la clase media para hacerla ingresar en un sector algo más acomodado de la sociedad.

Al ser yo el primogénito, creo que mi padre siempre soñó con dejarme la dirección de la empresa cuando se jubilara. Pero yo siempre fui un niño tímido y débil y al ir creciendo fui despertando la insatisfacción de mi padre.

Por fin, al cumplir los 16, mi padre decidió enviarme al internado. Yo había pasado de ser un niño tímido a un adolescente tímido de aspecto aniñado, reposado, todavía lampiño y sin apenas vello en el cuerpo.

Escogió un internado para niños bien situado en ... digamos en los alrededores de Málaga. Tampoco quiero revelar todos los detalles. Era el típico colegio donde además de proporcionarte una educación refinada te inculcan el culto al cuerpo, el deporte y todo eso. No en vano se dedican a formar a la élite sociopolítica del país. Era un colegio muy caro, creo que demasiado para nuestra posición social, que era buena pero no para tanto.

Lo pasé muy mal hasta que conocí a Antonio. Aunque iba a mi clase, era dos años mayor y me sacaba dos cabezas de altura, creo que era el chico más grande del colegio. Ah! Y además se llamaba algo así como Raschid, lo que pasa que casi todos le llamaban "el morito", menos los que nos llevábamos bien con él, que le llamábamos Antonio o Tony.

Antonio pertenecía a una de las familias más poderosas de su país y se educaba para pasar a ocupar en el futuro algún puesto importante en el gobierno. Tras haber acabado los estudios en el colegio y la universidad, supongo. De momento, casi todos los compañeros se reían de él por ser musulmán y de piel más morena que el resto, pero sobre todo porque al hablar todavía muy poco español (era su primer año aquí) casi siempre parecía un poco tonto. Por suerte para él, su fortaleza física evitaba que nadie se atreviera a atacarle frontalmente.

No ocurría lo mismo conmigo. De menor tamaño que la mayoría, tímido, lampiño, vergonzoso en el trato con las chicas,... Casi el primer día los chicos más populares ya me habían puesto la etiqueta de mariquita. A los dos meses, todos me llamaban Sandra y me tocaban el culo en cuanto podían.


El curso escolar proseguía y todo iba cada vez peor. Un día, Älvaro (un chico dos cursos por encima del mío que gustaba de martirizar a cualquiera más débil que él) me esperó escondido en el pasillo de los dormitorios. Cuando abrí la puerta del mío, salió de repente de su escondite, se abalanzó sobre mí y me dio un fuerte empujón en el pecho que me hizo entrar al dormitorio y caer sobre la cama. Después cogió la llave que estaba todavía en la cerradura, entró, cerró por dentro con llave y se la guardó en el bolsillo. Yo todavía estaba aturdido sobre la cama tratando de respirar, cuando él me dio un bofetón en la cara, sacó unas esposas y agarrándome las muñecas las ató a mi espalda. Luego sacó de la mochila un rollo de cinta adhesiva de ésas anchas, cortó un trozo y me amordazó.

Cuando acabó, se sentó en la cama a mi lado, encendió un cigarrillo, colocó mi cabeza apoyada en su entrepierna (podía sentir su erección bajo mi oreja) y comenzó a hablar mientras me acariciaba el culito por encima del pantalón del uniforme.

Sandra, muñeca, te he visto un poco perdida últimamente. Creo que necesitas un macho y he pensado convertirte en mi chica. Pero para que lo disfrutemos más, lo haremos poco a poco. De momento, te prohíbo cortarte el pelo. Soy tu amo, no se te ocurra desobedecerme porque te daré por el culo ahora mismo con el bate de béisbol (indicó con un gesto a la mochila, que efectivamente contenía un bate) ¿de acuerdo?

Hice un gesto afirmativo mirándole aterrado. Sentía que de un momento a otro me iba a cagar en los pantalones, pero de verdad.

Bien, además, para que te vayas haciendo a la idea, desde ahora dejarás de usar tu ropa interior y te pondrás esto debajo del uniforme.

Se levantó y rebuscó en la mochila para sacar una bolsa de la que extrajo 5 ó 6 conjuntos de sostén y braguitas. Los arrojó sobre la cama y después revolvió en mi armario hasta dar con todos mis calzoncillos, que guardó en su mochila.

Olvídalos, nena, dijo. Bueno, está claro que en cualquier momento, como tu amo que soy, podré comprobar que llevas bajo el uniforme tus braguitas y sostén como una putita, ¿cierto, perra?

Volví a afirmar aterrado.

No te asustes, Sandra, lo vamos a pasar muy bien. Delante de los maestros, todo parecerá igual que siempre, pero luego en el dormitorio te vestirás como mi mujercita, te haré el amor y dormiremos juntos. A propósito, a partir de ahora yo te guardaré la llave del dormitorio, cada vez que quieras entrar me la tendrás que pedir. Así verán todos los chicos que eres mi esclava. Y así ninguno te tocará.

Durante dos o tres meses, deja que te crezca el pelo, usa braguitas y delante de los chicos deberás simular la voz y el comportamiento más femenino que puedas. Yo mientras te iré comprando la ropa y complementos que necesitarás en tu nueva vida. Si me complaces durante ese tiempo, te convertiré en mi chica. Si no, el bate para empezar, y luego ya veremos.

Sacó del bolsillo la llave de las esposas y la arrojó al suelo.

¿Podrás soltarte sóla, verdad perrita? Si estás de acuerdo con lo que te he dicho, cuando te sueltes te quitas los calzoncillos, te pones uno de los conjuntos de braga y sostén debajo del uniforme y me bajas los calzoncillos y la llave del dormitorio al salón de la TV. Si al acabar el fútbol no has bajado, entenderé que no quieres ser mi chica y subiré yo. Tú misma. Un beso, nena.

Y se fue.

Yo conseguí llegar antes del final del partido ... y comenzó la época más humillante de mi vida.

Älvaro no dejaba pasar una oportunidad de demostrar que yo era su esclava, cuando quería me bajaba los pantalones delante de los demás para que me vieran las braguitas. Cuando me obligaban a practicar cualquiera de los deportes que tanto odiaba, incitaba a algún otro chico para que me tirara de la camiseta y se me viera el sostén que llevaba debajo. Cuando quería irme al dormitorio debía pedirle la llave sumisamente delante de todos los chicos y él se despedía de mí con un beso con lengua que provocaba un mar de aclamaciones. O me daba una palmadita en el culo mientras yo huía con el rostro rojo como un tomate perseguido por comentarios burlones.

Antonio era el único que no se reía de mí, sino que trataba de animarme a plantar cara a Álvaro.

Felipe (él era el único aparte de los maestros que aún me llamaba así), Felipe, no seas cobarde tú. Dí no. Cuanto más tú te humillas, él ríe más.

Tenía un extraño acento todavía, pero no era tonto en absoluto. Poco a poco aprendía el idioma y los demás ya no le tenían por un pobre bobo, pero no se mezclaban con él porque como los ridículos esnobs que eran, despreciaban a todo el que no fuera de su raza y clase social. Así que Antonio sólo hablaba conmigo y otros marginados como yo.

Pero no le hice caso, aunque tenía razón. Álvaro disfrutaba más cuanto más me humillaba en público y finalmente un día todo se desencadenó.

El equipo del colegio ganó la final del torneo interescolar de fútbol, y Álvaro (por supuesto) además de ser el capitán era el héroe del equipo. Hubo una fiesta, en el transcurso de la cuál, Alvaro informó a su grupo de amigos que en un plazo de dos semanas desvirgaría a su chica (o sea, yo). Les contó con todo lujo de detalles toda la ropita que me había comprado, en especial los camisones y baby dolls que utilizaría cuando durmiéramos juntos, ya que a partir de entonces debería ir a vivir con él a su dormitorio.

Prometió a todos que grabaría en video el polvo que me iba a echar vestida de mujer para que lo vieran todos y ahí quedó la cosa. Dos semanas.

Yo estaba aterrada. No es que Álvaro fuera un tío feo, pero es que a mí nunca me habían gustado los hombres. Realmente, creo que a mis 16 años ni siquiera me había planteado el asunto del sexo. Ya fuera por el atraso que llevaba en mi desarrollo (mi cuerpo parecía más el de un niño que el de un muchacho y mis genitales eran y son muy pequeños) o a causa de mi timidez, pero no me imaginaba haciendo el amor con una chica y mucho menos haciendo de mujer para otro hombre.

Pensé en suicidarme, pero no atreví. Y no sé realmente que hubiera hecho, pero los acontecimientos tomaron un giro inesperado.

Todos los tíos prepotentes tienen sus enemigos y sus rivales, y Álvaro los tenía. Fue Raúl quien se dirigió a mí una tarde en el recreo, junto con Chema y Rabo (sin comentarios).

Sandra, bonita, yo y estos otros no estamos de acuerdo con lo que te quiere hacer Alvarito. Hemos quedado con Juancar y Mario en mi dormitorio para ver cómo hacer para frustrar sus planes.

Y me fui con ellos. Crédula que es una.

A partir de entonces, no recuerdo las cosas con mucha claridad, tal vez debido a las drogas o a que los hechos se sucedieron a gran velocidad. Raúl abrió la puerta de su dormitorio y se hizo a un lado, ya que es el típico tío galante que deja pasar antes a las señoritas. Juancar y Mario ya estaban dentro, me saludaron y uno de ellos dijo algo que no recuerdo, pero que me sorprendió captando mi atención. Entonces, Chema y Rabo me cogieron cada uno por un brazo, me tendieron boca arriba en la cama de Raúl y se sentaron cada uno encima de un brazo, dejándome inmovilizada y causándome gran dolor.

Raúl cerró la puerta y corrió el pestillo. Luego se sentó a horcajadas sobre mi estómago y con dos dedos me cerró la nariz mientras con la otra mano me tapaba la boca.

Creía que me ahogaba, pero de pronto él retiró la mano. Yo abrí la boca todo lo que pude para coger aire y Raúl aprovechó para introducirme en la boca dos o tres pastillas que no pude evitar tragar. Creo que eran ekstasis, aunque nunca había probado antes las drogas, ni siquiera el alcohol o el tabaco.

Los chicos que me sujetaban los brazos se quitaron de encima, pero me sujetaron las muñecas a la cabecera de la cama con dos pares de esposas. Raúl no se quitó de encima mía. Lío un canuto mientras sus colegas empezaban a sacar botellas del armario de la ropa (el alcohol está prohibido en el internado, ni que decir de las drogas...) Güiski y vodka, creo. No estoy muy segura.

Me obligaron a beber y a fumar del canuto, y Raúl me explicó que para evitar que Álvaro me desvirgara, lo iban a hacer ellos. Seguro que a Alvarito no le gusta el material usado, es un niño muy pijo. Yo sentía el cuerpo cada vez más flojo y él había comenzado a soltar los botones de mi camisa mientras con firmeza introducía su lengua en mi boca.

Sus amigos me quitaban los pantalones del uniforme, me daban de beber, tal vez más pastillas... alguno restregaba la entrepierna por mi cara y reían, siempre reían... Recuerdo cómo sentí endurecerse el pene de Raúl contra mi vientre cuando al quitarme la camisa del uniforme con la ayuda de unas tijeras descubrió el sostén de encaje que Álvaro me obligaba a usar.

No sé... Rabo grababa todo en video, se reía y de vez en cuando se frotaba el paquete, cada vez abultaba más, era impresionante. Me pusieron medias y zapatos de tacón y me dieron más bebida. Yo estaba mareada y flotaba, sólo podía dejarme llevar, esclava de un grupo de machos que soltaron mis manos de la cabecera de la cama porque ya no era necesario tenerme atada. No podía ir a ninguna parte, ni siquiera sabía qué hacía allí, todo lo que me había pasado con Álvaro era como un sueño lejano y desdibujado. Me sobaban y me metían mano y yo era como una muñeca de trapo.

Me vistieron con un vestidito corto y ceñido de seda o algo así, se sentía suave, anillos... es todo tan borroso... me pintaron la cara, las uñas y estaba preciosa (lo recuerdo porque me vi en el espejo cuando me desperté) y todo se comenzó a acelerar.

Raúl estaba muy cachondo y sacó a relucir sus dotes de mando. Venga colegas, ya tenemos a nuestra perrita. Sandra, muñeca, lo vas a pasar como nunca, vas a saber lo que es ser una hembra de verdad. Y me metía mano debajo de la falda, y todos reían, y yo reía también, histérica perdida y muy drogada.

Me colocó a cuatro patas sobre la cama y me levantó la falda. Venga colegas, organización. Yo me la follo el primero, estoy que me salgo. No necesito ni que me la chupe. Para que te vayas entrenando, nena, mientras yo te echo el mejor polvo de tu vida, tu se la mamas a Juancar. Rabo el último, por razones obvias. No queremos que la zorrita se rompa antes de tiempo.

Ya tenía el pene de Juancar en la boca. No sabía mal. Raúl hizo a un lado mis braguitas, me introdujo un dedo bien lubricado, luego dos, tres y luego los sacó.

Entonces colocó la cabeza de su polla en mi culo e hizo presión.

Creo que fue al sentir ese gran dolor cuando algo dentro de mi mente drogada y asustada se dio cuenta de lo que me estaba pasando.

Grité y volví a gritar y el dolor cesó cuando empezaron los golpes, pues inmediatamente Raúl me la sacó y se giró hacia la puerta, que al tercer golpe se abrió.

Fue como en las películas, la cerradura colgaba destrozada y allí estaba Antonio, muy enfadado. Los chicos pusieron cara de indignación, pero enseguida todas las miradas quedaron como hipnotizadas por lo que llevaba en la mano, pues llevaba una pistola.

Vosotros, chicos listos, ¿okéy? Vosotros no dices nada, yo no digo nada, ¿okéy? Bien, buenos chicos listos, vosotros contento, yo contento.

Se acercó hasta mí y me tomó de la cintura, era muy fuerte. Apoyada en él, caminé hasta mi dormitorio con mi vestido y mis tacones, recuerdo que el ruido que hacía al caminar sonaba muy sexy.

Desperté en mi cama. Me dolía la cabeza. No sabía qué día era, y menos la hora. Allí, sentado junto a la cama estaba Antonio, mirándome. Yo estaba metido en la cama, pero aún llevaba puesto el vestido y las medias. Él sólo me había quitado los zapatos.

Enrojecí de vergüenza.

Yo no soy así, ¿sabes, Antonio? – dije - Todo el mundo me amenaza y me obliga, y me trata como a una chica, y se ríen de mí, pero yo soy un chico, quiero hacer lo que hacen todos y vivir una vida normal sin que todos abusen de mí.

Lo sé, amigo – dijo él -. Ahora todo bien. Yo no como ellos.

Se levantó para irse, pero antes me dio la llave de mi dormitorio, la que Álvaro me había quitado. Y toda mi ropa interior masculina

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