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Mi padre me cuida la verija ( CON fotos)

Arandi Relato enviado por : Arandi el 18/07/2016. Lecturas: 7081

etiquetas relato Mi padre me cuida la verija ( CON fotos)   Jovenes .
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Resumen
Una jovenzuela sabe cómo ganarse la vida pero su celoso padre tiene listo el machete para cortar de tajo cualquier intromisión a la intimidad de su noble hija.


Relato
Cristina Rodríguez, mejor conocida como La China, por su largo y abundante cabello rizado, era la hembra con la sangre más caliente de San Nicolás de los Palos, un poblado del norte de Veracruz. La mayoría de los hombres del rumbo se la habían cogido, por lo menos una vez, de tal manera que no era de extrañar que su popularidad llegara más allá de aquel pueblo.

De poblados aledaños también acudían a verla para desahogarse. Aquellas frecuentes visitas la convirtieron en una mujer libre de angustias financieras, pues, nada tonta, supo sacar provecho económico de su deseable cuerpo curvilíneo, a la vez que desahogaba su sangre caliente. Aunque no era su único sustento, también vendía tamales y atole (muy sabroso, por cierto) por las mañanas y las noches en la esquina de su casa. Eso le permitía conocer y hacer nuevos clientes. Es obvio que nunca le faltaban consumidores, por lo que su puesto siempre estaba rodeado de clientela masculina.

A sus veinte años esta mujercita ya creía tener la vida resuelta.

—A ver, enséñamela —le dijo al joven que tenía enfrente.

El chico, un tanto nervioso, se le acercó y comenzó a bajarse el zíper que quedaba a la altura del rostro de Cristina, pues ella estaba sentada a la orilla de la cama. Al separarse los dientes de la cremallera del pantalón, dejaron escapar al invitado de honor. La cabezona punta se asomó al exterior.

El chico era un pipiolo al que habían llevado sus amigos con Cristina para que la susodicha le quitara lo púber.

La boquita de la experta muchacha se le presentó al “amigo” con un beso en la puntita.

—Uy, se siente húmedo y tibio —dijo con picardía La China.

Por el orificio de la longaniza que tenía enfrente salía babita propia de la autolubricación. Ella sacó la lengua y tocó con la punta el miembro masculino. Al retirar la falange se llevó consigo un hilillo del líquido viscoso y ambos rieron.

La China sabía cómo romper el hielo, sobre todo de los más jóvenes e inexpertos para que tomaran confianza.

Tras ensalivárselo, se tragó toda la tranca. La jovenzuela, tragaba tanta verga como la mejor suripanta. Lo que los clientes ignoraban es que, aún si no hubiera pago de por medio, lo haría por el puritito gusto.

El jovencillo que aquella tarde se estaba convirtiendo en hombre, veía estrellitas mientras se hundía (o por lo menos parte de él) en aquel húmedo pozo calentito. La boca de La China parecía un túnel de placer infinito. La tan experta sabía cómo tratar a cada cuál: a un tipo curtido se daba el lujo de devorarlo; ensalivarlo; sorberlo y atragantarse de él por varios minutos e incluso horas. Por otro lado, con un inexperto, como aquel joven, sabía ir de poco a poco, a ritmo variable para ponerlo a punto, pero luego lento para que éste no se le viniera sin haber disfrutado de su húmeda panocha.

Ya desnuda, La China se abrió de patas sobre su cama, en tal posición que invitaba a ser penetrada.

—Órale, vente.

El núbil se le acercó con el miembro bien tieso, al que colocó manual y aún torpemente a la entrada de la jugosa gruta que se le ofrecía.

Apretadita, húmeda y calientita, así sintió la bienvenida al mundo de los hombres que La China gustosa le daba.

—Así papacito, párchame sabroso, eeehhhmmm... —decía La China.

—¡Qué rete rico es esto, ufff! No lo puedo creer, aaah... —gritó el afortunado.
Los movimientos de la cópula, influenciados por el instinto del joven, comenzaron a acelerarse en búsqueda de la colmada satisfacción.

—Calma, calma... esto es mejor poco a poco... eso, así —le dijo la experta, mientras contraía y relajaba los músculos pélvicos, con tal maestría que le ayudaba al chico a relajarse cuando era necesario.

Fue así que el novicio se dio el gusto de penetrarla de patitas al hombro; culearla de a perrito; servirle de montura a tan experta jinete y ofrecerle sus muslos de humilde trono a tan popular infanta, quien daba ricos y chasqueantes sentones.

—Ya corazón, ´ora sí, échame tu leche, ¡auh! —dijo la vigorosa China, una vez llegado el momento.
Tan buen discípulo fue aquel chico que explotó cuando le indicó su instructora.

—¡Hum... qué rico! —grito ella al sentir la húmeda simiente en su interior. Aquello siempre era como un trofeo personal. Se lo había ganado.

La China se volteó para lamerle los residuos que quedaron en su verga.

—Hmmm... Esto sí es pura leche condensada —dijo al saborear la lefa del satisfecho y feliz chico.

La China ya había beneficiado a otros tres hombres cuando sacó su puesto de tamales al llegar la noche. Rodeada como siempre de una variedad de clientes masculinos, La China disfrutaba de plática amena, mientras servía el atole y repartía los tamales de diferentes sabores.

—Oye, ¿te avientas un cuarteto con nosotros? —le inquirió despreocupadamente un comensal señalando a dos de sus amigos.

—Sí, claro, ¿pa´ cuando? —dijo sin retraimiento la muchacha.

—Pu´s ´orita de una vez.

—No, hoy si no. Estoy rendida. Me eché a siete en todo el día. Pero si quieren mañana hay chance —les contrapropuso.

—Órale va —contestaron los tres casi al unísono.

La vida le era muy alegre a la desinhibida chamaca, y no exigía más.
A la mañana siguiente, Cristina barría su banqueta para empezar el día. Lejos estaba de pensar que ese día se vería trastocado.

Un hombre de unos cincuenta años caminaba por la calle solitaria y se dirigía hacia ella. Vestía con ropa vieja y algo sucia. Hasta que estuvo a un metro de distancia lo notó, aunque tardó un segundo en reconocerlo, era su padre.

«¿Por qué está aquí? Le echaron diez años», pensó La China.

—¿Qué haces aquí? No me digas que te fugastes —fue lo primero que su hija le dijo.

—No, tranquila. Me dejaron salir por indebido proceso —dijo él.

Sabino la había dejado de ver desde hacía cinco años, cuando lo metieron preso. Le había ordenado a su esposa que nunca llevara a su hija en las visitas, no quería que la estuvieran malviendo otros internos o incluso los custodios. Ni siquiera cuando ella ya fuera grande.

La esposa había fallecido hacía un par de años y ahora Sabino era la única familia de Cristina.
El hombretón abrazó a su hija. Sus lágrimas brotaron.

—¡Pero mira nada más, que grandota ya estás! ¡Qué re chula m´ija! —le dijo con pleno orgullo Sabino.

Ya tomando café, en la cocina de su casa, continuaron hablando.

—Y cuéntame, ¿qué has hecho estos años? ¿Cómo van tus estudios? —le inquirió Sabino.

—Pues... la verdad dejé la escuela —respondió Cristina.

—Pero ¿cómo?

—Sí, es que era yo re-burra y...

—No digas eso, si me saliste tan inteligente como tu madre —le dijo.

—En fin, me la he llevado vendiendo tamales y atole, y la verdad no me va tan mal —dijo y una sonrisa adornó su cara al decir las últimas palabras.

—Pues desde ahora nada de eso, vas a volver a estudiar. Yo me voy a poner a chambear para que no te falte nada y puedas continuar con tu preparación —dijo con total seguridad Sabino.

Su hija sonrió, aunque en su interior temía que su estilo de vida llegaba a su fin.

Golpearon a la puerta. Sabino ya se había levantado a abrir cuando a la muchacha le cayó el veinte.
Eran los “amigos” con quienes había quedado.

—¡Yo abro! —gritó Cristina al mismo tiempo que se apuró a ganarle a su papá.

Apenas a tiempo, fue ella quien abrió la puerta. Los tres jóvenes con caras sonrientes ya se disponían a entrar cuando la chica los paró en seco.

—Me van a tener que disculpar pero hoy no se va a poder —les dijo.

Uno de los jóvenes alcanzó a ver a Sabino en el interior y creyó que aquél les había ganado el turno.

—¡Pero si ya habíamos quedado! —dijo el molesto muchacho.

—Sí pero mi papá acaba de llegar así que... ustedes habrán de entender que... —dijo la inquieta chica.

—Ah, es tu...

—Sí, así que otro día, ¿sí? —les dijo al mismo tiempo que les cerraba la puerta en las narices.

A Sabino le había cambiado el humor tras ver a aquellos mozalbetes.

—¿Quiénes eran? —preguntó Sabino con recelo.

—Ah... pues... unos amigos —respondió ella un tanto nerviosa.

—No me vayas a decir que ya andas de novia. Sabes muy bien que no quiero verte comprometida hasta que hayas terminado una carrera. Los tiempos de ahora ya no son como los de antes. Si te quieres dar a respetar tienes que estudiar —dijo categóricamente Sabino.

Días más tarde, La China, o Cristina, como la conocía su papá, estaba muy triste al dejar ese pueblo donde era tan afamada; su trabajo le había costado. Además allí se sentía reconocida, apreciada e incluso necesitada. Sin embargo, ahora acompañaba a su papá a otro lugar a donde se mudarían por causa del nuevo empleo de su padre. Gracias a un viejo amigo, había conseguido trabajo en un rancho. Rancho Alegre se llamaba, e incluso allí tendrían donde vivir, pues les ofrecieron un cuarto. Sabino estaría a cargo de cuidar animales y ayudar en las labores de la huerta.

Por otra parte, Sabino había inscrito a su hija en una escuela abierta para que terminara su preparatoria y así pudiera ingresar a una licenciatura.

—Quiero que saliendo de la escuela te me vengas directito a casa, ¿entendido? —le imperó a Cristina.

—Sí, ya lo sé —respondió La China de mala gana, pues no le gustaba que la cohibieran.

Como era habitual en La China, no tardó en ligar. Apenas en la primera semana de clases, ya tenía a siete chicos que la seguían como perros en celo tras perra en brama. No obstante, Sabino, que ya se había olido que su hija andaba en “malos pasos”, pues diario llegaba más tarde de lo esperado, la fue a buscar una tarde. Al no encontrarla en la escuela, recorrió calles en su busca.

Nada ingenuo, Sabino preguntó por los moteles más cercanos y hacia allá se había dirigido. No estaba errado, apenas a tiempo, atajó a su hija y a aquellos otros chicos quienes muy felices ya se dirigían hacia las puertas de un motel. Nomás verla rodeada de machos, y dispuesta a entrar junto con ellos a aquel lugar, lo encendió. La apartó de ellos tomándola rudamente de un brazo y se la llevó.

—¡Lo sabía! Sabía que me ibas a salir igualita de güila que tu madre. Desgraciada, nomás por sus correrías me refundieron en la cárcel —le increpó Sabino.

—¡No hable así de mi madre! ¡Ella no tuvo la culpa de que sus mugrosos celos lo llevaran a...! —le gritó la insurrecta, pero fue interrumpida por una bofetada de Sabino.

El encabritado padre la dejó callada. Cristina no recordaba que su padre le hubiese puesto una mano encima antes, pero tras el golpe recordó. Su padre era un hombre violento, lo había demostrado con su madre y ella había sido mudo testigo.

Desde tal ocasión, Sabino ya no permitió que su hija saliera sola. Ni siquiera dejó que siguiera con sus estudios como antes había prometido. El machista y controlador progenitor prefería ver a su hija privada de educación que convertida en la viva imagen de su difunta esposa, una hembra tan ponedora como gallina culeca (según decían).

Por tanto, Cristina se dedicó a ayudarle a su padre en las labores del rancho. Cristina se la pasaba encerrada en Rancho Alegre (aunque no tenía nada de alegre para ella).

Al mes de no tener verga, la sangre le bullía como agua en hervor. Por las noches, Cristina se destapaba y, quedando en ropa interior, se metía el dedo bajo sus pantaletas. Éstas se humedecían muy fácilmente.

—¡Carajo, y para acabarla de amolar dormimos en el mismo cuarto! —se decía la pobre muchacha, sabiendo que al tener sólo una habitación se veía despojada de la privacidad necesaria para darse una buena dedeada.

Aún así no dejaba de tocarse la verija, aunque ahogaba los alaridos lujuriosos que ella misma se provocaba.

Con una de las yemas de sus dedos comenzó a frotar su clítoris imaginando que se trataba de la punta de un pene. Luego, utilizando dos dedos, lo masturbaba estimulándose al máximo.

«¡Uy, ya no aguanto!», pensó para sí. «Mañana mismo le entrego las nalgas al primero que pueda». Con tal pensamiento tranquilizó su mente y por fin pudo dormir.

Al siguiente día, la joven recolectaba manzanas de uno de los árboles del huerto. Vestía únicamente con un ajustado vestido rojo que delineaba su curvilínea silueta. Así pensaba atraer a un macho dispuesto. Y no estaba equivocada. Esos bien formados muslos se le antojarían a cualquiera, pero esas voluptuosas nalgas, pese a estar cubiertas por aquel vestido carmesí, llamaban de inmediato la atención. Eran dos frondosos gajos de carne que invitaban a sopesarlos; a amasarlos; morderlos y atascarse con ellos.

«¡Ah jijo! Qué buenas ancas tiene esa potranca», pensó para sí Don Justo, hombre de 65 años y dueño de Rancho Alegre, quien caminaba entre los manzanos. Había salido como todas las mañanas a recorrer sus tierras para supervisar a sus trabajadores.

El hombre miró de abajo a arriba las bien formadas piernas de la atractiva chica que, parada sobre una escalera de madera terminaba de recoger el último fruto y ya se disponía a bajar cuando se le aproximó Don Justo y la tomó de la cintura “con el fin de ayudarla”.

—A ver m´ija. Con cuidado, no se vaya a caer —le dijo el hombre.

—¡Ay! —gritó la sorprendida jovencilla—. Ah, es usted patrón —terminó diciendo al voltear y ver que se trataba de Don Justo.

Nunca habían sido presentados y aunque Cristina lo conocía de vista, aquél no tenía ni idea que semejante beldad trabajara para él.

Las miradas con que Don Justo repasaba a Cristina no dejaron de ser manifiestas de lo que la obvia belleza de la “señorita” ejercía en él. No obstante, todo hubiera terminado en un coqueteo, pues Don Justo no tenía maña de meterse con sus empleadas. Si bien era de ojo alegre, era un hombre felizmente casado y en realidad nunca le había sido infiel a su señora esposa en los treinta y tantos años de casados que llevaban. Pero, fiel a su carácter, y aunque el maduro hombre no era el objetivo pensado por la joven chamaca, a Cristina le apareció el malicioso brillo en la mirada que convertía a aquella jovencilla en La China.

Fue así que, dirigiéndose al hombre quien por su edad podría ser su padre, le dijo:

—Oiga patrón, ¿me haría usted un favor? —le preguntó con coquetería la disoluta.

—Pues dime, ¿de qué se trata?

La sonrisa lo dijo todo.

Detrás de unos arbustos, La China, se meneaba oscilatoria y trepidante, montada en el falo de Don Justo, quien, pese a la edad, le daba aguante a tan fogosa chamaca. Los dos, completamente desnudos, le daban justo gusto al cuerpo. Se veía que ambos ya lo necesitaban.

Mientras el hombre veía a los ojos a la jovencilla que en ese instante lo montaba, tomó consciencia que nunca había visto a una mujer tan fogosa, tan encendida como ella. Era más que una hembra en celo. Estaba llena de vida y a él lo contagiaba. Era evidente que esa era su naturaleza y aquello lo cautivó.

Despatarrada frente a él, la chica le ofreció la fuente de miel que poseía entre las piernas y Don Justo no la despreció. Húmeda por los jugos propios de la lubricación producida entre ambos, la raja de la muchacha lo recibió anhelante.

El hombre, casado desde hace tantos años y padre de un único hijo de casi la edad de la hembra quien se lo estaba comiendo (vaginalmente), hundió su cabeza entre aquellos carnosos muslos femeninos.

—Tienes un cántaro de miel entre las piernas —le dijo entre sorbos Don Justo a La China.
Con libidinosidad y enjundia continuó lamiendo Don Justo por varios minutos aquella abertura.

«¡Qué rica tiene la concha!», pensaba para sí, sabiendo que nunca antes había lamido una tan deliciosa y tan gratamente olorosa.

El maduro pero resistente hombre no paró hasta que hizo explotar ese pozo de jugo lechoso y afrodisiaco.

Don Justo la clavaba de a perrito, haciendo chocar su pelvis contra las voluptuosas nalgas de ella, cuando, sin pensarlo, le dijo:

—¿Te casarías conmigo?

—¿Eh? —emitió Cristina totalmente sacada de onda, pues no se lo esperaba.

Ella sólo se había abierto de nalgas para recibir el tan ansiado y requerido placer, cosa que mientras chocaban las carnes de hombre maduro contra hembra joven lo estaba consiguiendo. Pero jamás se habría propuesto conquistar a su propio patrón. Sin embargo, no pudo haber más diálogo entre ellos, ni reflexión alguna en la cabeza de Don Justo, pues un rotundo golpe dio directo en tal cráneo. Había sido un golpazo hecho con una pala.

Sabino aún sostenía tal herramienta mientras veía furibundo a su hija que todavía estaba en cuatro.
Parecía que le brotara espuma de la boca revelando la rabia interna.

—¡Güila desgraciada! —gritó Sabino casi al mismo tiempo que levantaba la pala nuevamente pero dirigiéndose ahora a su propia hija.

El hombre estaba fuera de sí. La China apenas pudo levantarse a tiempo y huir, impulsada más por instinto que por raciocinio. Sin embargo, no tardó mucho en poner su mente a trabajar y así se le ocurrió una idea.

Apenas se topó con otros trabajadores del rancho comenzó a gritar:

— ¡Por piedad, ayúdenme! —gritó Cristina con desesperación.

Los hombres que recolectaban frutos voltearon a verla quedando sorprendidos por su desnudez.

—¡Me quiere violar, por diosito santo, ayúdenme!

Como Sabino llegaba con la pala entre sus manos tratándola de atacar, los otros hombres no dudaron y lo retuvieron.

—No le hagan caso, está enferma... está enferma de lujuria —gritó aquél en su defensa.

La China dio la actuación de su vida.

—Mi padre me intentó violar —dijo, y rompió a llorar al mismo tiempo que con sus brazos trataba de cubrir su desnudo cuerpo y se hacía un ovillo.

Los trabajadores, a quienes se les sumaron otros hombres y mujeres cuando notaron el alboroto, inmediatamente se pusieron del lado de la hija a la cual cubrieron como pudieron.

Comenzaron a amedrentar al hombre. Sabino fue víctima del apedreo que muchos de los presentes efectuaron.

Días más tarde, el patrón del rancho ya se había recuperado lo suficiente como para dar testimonio. Convencido de su decisión, apoyó la versión de Cristina, acusando a Sabino de haberlo golpeado cuando quiso auxiliar a la pobre chica de su abusador padre.

Según Don Justo, mientras recorría su huerta, pudo oír a Cristina pidiendo auxilio y, al acudir a ver de qué se trataba, vio a Sabino tratando de abusar de su propia hija. Él, de inmediato, trató de evitarlo pero aquél lo golpeó.

Pese a ciertas incongruencias, tales como haber sido hallado desnudo, las autoridades detuvieron a Sabino. Don Justo tenía los suficientes recursos e influencias en la localidad como para hacer prevalecer su versión, así que Sabino volvió a la cárcel.

Tiempo después...

La notable inteligente mujer, conocida antiguamente con el mote de La China (mote por el que no volvería a ser llamada), hacía ondear sus largos rizos al vuelo, mientras montaba a un hombre como a potro.

A diferencia de como, hacía meses, había cabalgado sobre el fibroso cuerpo de Don Justo, esta vez no lo hacía en plena hierba, ni a campo abierto. Ahora la chica montaba en la comodidad de una cama matrimonial.

La inteligencia de Cristina la había librado de su celoso padre, y la había convertido en esposa de Don Justo, con quien se casó poco después de que aquél se divorciara de su anterior y afligida esposa.
Pese a la pena que le provocó a su, antes, querida mujer, aquél hombre no podía dejar pasar tal oportunidad. Era evidente que la joven era una mujer única, capaz de hacerle sentir joven nuevamente.

La hizo su señora esposa a pesar del pesar, no sólo de su antigua cónyuge, sino también de su único hijo. Pero aquello era cosa que Don Justo podía hacer a un lado con tal de saciar su necesidad de hombre.

Fue así como, Cristina Rodríguez, se convirtió en toda una dama, una Señora. La dueña de aquel rancho que la hacía sentir como una reina. Sólo que en vez de trono tenía una cama, pero no por eso menos simbólica y lujosamente decorada.

Ahora, mientras Don Justo monta sobre su caballo azabache conocido por “el Prieto”, dando órdenes a sus trabajadores, Doña Cristina (como ahora es llamada) hace lo propio sobre ese joven macho. Ella monta a Daniel, hijo único de aquél, dirigiéndolo para que se la coja mejor que su padre. Ella guía la cópula tan bien como su esposo dirige su rancho, pues es una hembra de sangre caliente.

FIN


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