Fui a casa de mi vecino para pedirle una zanahoria para el guisado y me metió por mis agujeros la zanahoria y su propia verga.
Me llamo Alicia, tengo 28 años y vivo con mi marido en un piso de las afueras de la ciudad. Tenemos unos vecinos con los que nos llevamos muy bien, un matrimonio de nuestra misma edad con los que tenemos mucha confianza. Tanto es así que si nos hace falta algo no dudamos en ir a pedírselo.
El otro día iba a preparar un guisado y me di cuenta de que no tenía zanahoria. Estaba sola y por no bajar a la tienda fui a pedírsela a nuestros amigos. Solo estaba él en casa porque su mujer trabajaba ese día.
- Hola, Jose, ¿tienes una zanahoria para darme?
Como he dicho, tenemos mucha confianza y nos gusta bromear. Él me contestó:
- ¿La quieres de la nevera o una grandota que tengo en la entrepierna?
- ¿Cuál está más buena? -le seguí la broma.
- Si quieres te doy a probar las dos y luego eliges.
- Vale, enséñamelas y ya decido.
Fuimos a la cocina, abrió la nevera y sacó una zanahoria grande y gruesa. La lavó y me la dio:
- Toma, pruébala, está fresca y durita.
Yo me la llevé a la boca y me puse a chuparla lascivamente.
- ¡Qué rica está! ¿Y la otra, me vas a dejar que la pruebe?
No pensé que fuera a continuar con la broma, pero se quitó el pantalón y el bóxer dejando ante mis ojos un enorme falo, más grande que el de mi esposo, y eso que no estaba del todo erecto.
- Chúpalo y compara -me pidió.
Yo no pude resistir probar esa otra zanahoria, se veía hermosa y rica. Me arrodillé ante ella, la tomé entre mis manos, la froté un poco y me la llevé a la boca. La succioné y la lamí cariñosamente con mi lengua. Se la había chupado muchas veces a mi marido, pero esta estaba verdaderamente apetitosa, limpia y suave. No sé cómo pude empezar la felación, pero ya no podía parar, me había excitado y quería probar no solo su zanahoria sino también su leche. Estaba tan caliente que eyaculé en mis braguitas, me notaba muy mojada, tanto es así que mi flujo las traspasó y mojé también un pantalón de lycra que llevaba. Eso me daba más vergüenza que estar desnuda, por lo que no dudé ni un instante en quitarme todo lo que llevaba. Jose comentó la belleza de mi cuerpo, que tanto cuido para estar guapa y atractiva.
- Alicia, estás buenísima, tienes unas tetas increíbles, y ese coño tan mojado y tan bonito me ha puesto muy cachondo. Ahora te voy a seguir dando a probar las zanahorias pero va a ser a tu conejito.
Y con suavidad y mucho erotismo me fue introduciendo la zanahoria que había sacado de la nevera en mi vagina, y tan mojada estaba que podía meterla y sacarla sin ninguna dificultad. Tanto gusto me dio que acabé por correrme de nuevo, y sin darme tiempo para recuperarme, me dio a probar la otra zanahoria, la suya. Me la metió profundamente, como a mí me gusta, aprovechando la magnitud de la verga erecta. Hacía tiempo que no entraba en mi coño una polla que no fuera la de mi marido, y si follar es algo sumamente placentero, probar una verga nueva y además tan grande y apetitosa me provocó una excitación fuera de lo normal. Notaba perfectamente cada movimiento del falo en mi humedecido chocho, frotando mis paredes vaginales y mi clítoris, y golpeando con sus testículos mis labios. Yo estaba completamente fuera de mí, no pensaba en nada, sólo en correrme una y otra vez, hasta que al cabo de no sé cuánto tiempo, empecé a gritar del gusto que tenía y tuve un orgasmo tremendo al mismo tiempo que mi amante vecino, que me inundó el coño de semen. Sin sacar su zanahoria de mi chumino me dijo:
- Ahora te voy a meter la zanahoria por tu agujero de atrás.
Y me la metió cuidadosamente por mi orificio anal, mientras nos chupábamos las lenguas con frenesí. De esta forma tenía todos mis agujeros ocupados. No podía imaginar que fuese posible tanto placer. Yo seguía gritando sin preocuparme de que alguien pudiera escucharme. Cuando creía que no podía más, me sacó la zanahoria del culo y sacó la suya de mi coño para metérmela detrás. Después de un rato de frenético meteysaca, nuevamente eyaculó mi semental vecino y noté cómo la leche me llegaba bien adentro de mi cuerpo. Cuando nos recuperamos, sacó su verga, se la chupé hasta dejarla reluciente, me vestí y me despedí de él. Volví en mí poco a poco y entonces me di cuenta de lo que había hecho. Era la segunda vez que le ponía los cuernos a mi esposo (la primera fue a los tres meses de casarme, con un desconocido en la playa), y no me importaba, me sentía muy bien y con ganas de repetir. Así se lo hice saber a Jose:
- Hasta el próximo polvo, Jose, que espero que sea pronto.
- Cuando tú quieras, Alicia. Mi polla está a tu servicio. Por cierto, se te olvida la zanahoria para el guisado.
Agarré la zanahoria, me fui para mi casa y decidí no lavarme el coño para notar la leche de Jose chorrear por mi vagina y deslizarse por mis muslos, tal era la cantidad que tenía dentro de mis agujeros. Tampoco lavé la zanahoria. Cuando estábamos tomándonos el guisado mi marido exclamó:
- ¡Qué rico te ha salido! Tiene un sabor extraño pero sabroso, incluso excitante.
Yo me reía por dentro, y pensando en los polvos que me había echado el vecino llegué a tener un pequeño orgasmo...