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Perfidia e Incesto.

Relato enviado por : Anonymous el 24/04/2006. Lecturas: 66560

etiquetas relato Perfidia e Incesto. .
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Resumen
En una playa paradisíaca dos hermanos se hacen pasar por swingers.


Relato
En tiempos de verano mis hermanos, hermanas, primos y primas, solemos ir a surfear en una playa maravillosa que dista unas dos horas de camino por tierra. Aunque no siempre podemos ir todos juntos, tratamos de que así sea.

Cierta vez mi hermanita de 23 años y yo de 29, nos pusimos de acuerdo para ir, y aunque invitamos a nuestros primos, como de costumbre, tuvimos que hacer el viaje solos pues nadie más estaba libre. Empacamos pues todas las cosas y emprendimos viaje, dispuestos a pasar cuatro días por allá.

Al llegar, levantamos nuestra tienda de campaña, dispusimos el orden y nos fuimos a surfear. No había demasiada gente en la playa, algunos otros surfers locales, conocidos nuestros, y unos pocos turistas. También destacaban en la bahía dos flamantes veleros. Estamos acostumbrados a ver de esos ocasionalmente en esa playa, pues los turistas llegan hasta allí a surfear.

El día siguiente de nuestra llegada, la playa parecía una mesa de billar, ni una sola ola asomaba al horizonte, para acabar era un día estúpidamente cálido, mi hermana a punto de desfallecer de aburrimiento me dice que va a asolearse un rato, y me pregunta que si la acompaño, y como no había nada mejor que hacer pues fui.

Al escoger un buen lugar, cerca del agua pero no demasiado, mi hermanita, que esta de buena, no muy alta, delgada, senos pequeños pero con buen corozo, blanquita, de pelo castaño largo y ojos cafés oscuros, labios finos, todo un bombón; la neta es que siempre le he tenido queso, y ciertas situaciones me llevan a pensar que ella a mí también, pero nunca nada de nada. Ella es muy dada al body art, está decorada con un tatuaje hermoso en la parte baja de la espalda, uno en uno de sus pies, tiene además un piercing en el ombligo y otro en la lengua. Yo por mi parte soy alto, delgado, de complexión atlética más bien, blanco, cabello café oscuro en retirada, y ojos cafés claros, en cuanto a body art, sólo un diseño de un buitre en el hombro izquierdo. El caso es que ella se quita el pareo, y lo coloca en la arena, lucía un bikini rojo con negro, espectacular. Se recuesta boca abajo y me pide que le unte el bloqueador, en estas latitudes no se usa bronceador porque sería un suicidio. Yo dejo caer una cuantiosa cantidad de bloqueador sobre su espalda, y cariñosamente unto el protector por todo su magnífico cuerpo, la sensación me resulta indescriptible, el contacto con su piel simplemente me arrebata, y más en estos casos en que con excusa de ponerle bloqueador me permite deslizar mis manos por sus muslos, nalgas, piernas, cintura, abdomen, torso, pecho, en fin por cada centímetro de piel.

Estando allí y mientras los últimos rayos del sol iniciaban su lento éxodo hacia el lejano oriente, una pareja de alemanes, los de uno de los veleros se acerca a nosotros y sin ningún asomo de pena nos preguntan si somos SWINGERS; perplejos, intercambiamos miradas, y volvemos a mirar a los foráneos. La chica, de unos 27 años de edad, un monumento de mujer, blanca como la leche, pelirroja rizada, ojos azules, senos grandes como toronjas, abundante de carnes, cintura estrecha, labios rojos, carnosos y aparentemente jugosos. El tipo, muy alto, un poco más que yo creo, blanco también, rubio, ojos azules, atlético también, mi hermanita estaba que se lo devoraba con la mirada, nos volvimos a mirar y con harta picardía en los ojos les dijimos que sí.

Siendo así pues nos invitaron a una reunión que se celebraría esa noche en el otro velero, el cual enarbolaba una vistosa bandera holandesa.

Rato después de cenar, mi hermanita y yo, guardamos algo de ropa festiva en unjas bolsas de plástico con cierre hermético, las pusimos en una backpack, y booguies en mano y con las aletas listas nos lanzamos al mar rumbo hacia el velero holandés. A esa hora las olas comenzaban a crecer, pero como ya es costumbre nuestra entrar a surfear de noche, no pasamos demasiado trabajo, y al poco rato éramos recibidos en el barco de la fiesta. El capitán y dueño, un holandés por supuesto, nos recibió de buen agrado, el tipo, estúpidamente grande, negro, muy ancho, todo un marino pero yeye, con drecks en la abundante cabellera, y varios tatuajes en tinta blanca le daban un toque de misterio y un cierto atractivo a la vista del que mi hermana no perdió detalle. Pasamos al interior del bote, considerablemente grande debo agregar, en él se encontraban ya todos los invitados, quienes eran desde luego los alemanes que nos invitaron a nosotros, el marino, su esposa, una mujer devastadoramente bella, blanca, de pelo negro, ojos verdes, adornada con innumerables tatuajes y piercings por todo el cuerpo, caderas pronunciadas, cintura breve, muy alta para una mujer, piernas y brazos largos, con unas nalgas de locura y unos senos inmensos, como para perderse en ellos; los otros dos, una pareja africana, él, marroquí, un poco mas bajo que yo, barba escasa pero abundante bigotes, fornido, de tez un tanto bronceada diría yo y cabellos oscuros; su novia, esposa aun no, egipcia, alta delgada, senos normales, complexión atlética, piel negra, casi azul, ojos verdes de mirada profunda, el pelo todo teñido de amarillo oro, incluso las cejas.

El marroquí y el holandés vestían ropa de regata, bermudas, camisas polo, y sandalias, el alemán, una correola, franela y sandalias, la alemana una correola mini, TOP de licra, la holandesa, bikini y pareo, la egipcia, panty solamente, y una camisa vaquera, seguramente del novio, extremadamente sexy. Siendo así, mi hermana y yo no estábamos tan fuera de lugar, aunque en todo caso el hecho de haber nadado casi tres kilómetros para llegar allí era razón más que suficiente para que mi hermana llevara puesto un correola y un lycra de manga corta, y yo un correola también y un lycra pero de manga larga.

Hechas las presentaciones de rigor, y habiéndonos hecho pasar mi hermana y yo por esposos, para agregar algo de erotismo y morbo a la mente de nuestras futuras victimas, la fiesta dio inicio, con algo de música roots, calypso, reguee, licores de varios países, incluso había tequila, mezcal, y seco herrerano. Todos ávidos fumadores, y siendo dos de ellos holandeses no podía faltar el kenke, afrodisíaco por excelencia. Después de algunas horas de "sano esparcimiento", durante las cuales las miradas lascivas se cruzaron constantemente entre todos los presentes, a diestra y siniestra, y al silencio de los deseos expuestos, se fueron integrando las parejas poco a poco. Desde el principio yo le tenía el ojo puesto a la pelirroja, pues las pelirrojas simplemente me fascinan, y nunca he tenido una pues acá en mi tierra no es que hay muchas. Sin embargo ella tenía otros planes en mente, y sus ojos estaban clavados en el marroquí, quien capto la vaina y tomo su lugar en el sofá junto a la que esa noche sería su mujer, mientras tanto su mujer, ya se había apoderado de las piernas del holandés y se aprestaba a apoderarse de todo lo demás, siendo así, la suerte estaba echada, mi hermana se encargaría del alemán y yo de la holandesa, que está al revés de buena.

El ambiente ya caldeado, humo de cigarros y kenke era toda la atmósfera interna del lujoso yate, la sangre caliente de los presentes recorriendo nuestros cuerpos a mil nudos, impulsada por el alcohol, los labios se fueron juntando, las lenguas empezaron a jugar, mis manos empezaron a tocar, despacio, sin prisa, la piel ardiente de Tania, la holandesa, evaporaba el sudor que el calor de mi fuego creaba en mis manos; su lengua recorriendo mi boca, entre los labios y los dientes, mi lengua atacaba la suya para expulsar la lengua invasora y tomar posesión de sus labios, ganando territorio hasta internarse en la ardiente caverna en que en ese momento se había convertido su boca, un volcán ardiendo de deseo, con sed de saliva, con sed de semen, de sudor; y mientras besaba esos labios carnosos, jugosos, me permitía abrir mis ojos, y me encontré con los suyos, abiertos también, verdes como el mar en que flotábamos, verdes como la selva que nos rodeaba, y me miró, con esa mirada profunda, capaz de derretir a cualquier hombre. Sus manos recorrían mi espalda, mi pecho, pasaban por mis piernas y me tocaban ligeramente la verga a la que poco le faltaba para reventar. Por mi parte, yo aprovechaba la ventaja del pareo para deslizar mis lujuriosas manos por debajo del mismo, jugando con su bikini color verde, a juego con esos ojazos, sus muslos más que gruesos y sus piernas esbeltas me llenaban de inspiración, para hacer y rehacer. Y saciados y casi extasiados del juego copular, se erigió ante mi en toda su grandeza, en todo su esplendor; ávido de sexo arrebaté su pareo, y aquel monumento de hembra quedó ante mi, mostrándome la blancura de su piel, la beldad de sus formas, la abundancia de sus carnes, que serían todas mías en sólo cuestión de minutos, si más dilación, tomé su bikini, y comencé a bajarlo, despacio, lentamente, y su coño depilado con láser, y enmarcado por tatuajes de gárgolas y vampiros se apresuró hacia mi boca, y colocando mis manos en sus tremendas nalgas, para así permitir la mejor penetración de mi lengua dentro de su sexo, procedí a succionar el calor de su ser, los líquidos lubricantes que emanaban a raudales. Ella se contorsionaba, se estremecía, vibraba de placer, sus mano me tomaban por el cuello, por la cabeza, forzándome en su interior, fundiéndome en su esencia, ahogándome con sus fluidos, fluidos exquisitos, fluidos de mujer...

La tensión se hacía sentir, la hembra no podía más y con un grito de excitación acabó corriéndose en mi cara, permitiéndome saborear todo su sabor europeo, toda su esencia femenina, toda la dulzura de su ser.

Agradecida la fémina se dejo caer, su senos ya al descubierto acariciaron mi rostro en su pausado descenso, su lengua repaso mi rostro, siguió por mi cuello, pasó por mi pecho escasamente velludo, limpió el sudor de mi abdomen, plano como mesa de billar, y retirando con sus expertas manos mi correola, extrajo el delicioso premio ganado por permitirme disfrutar de su feminidad. Lo acarició, lo contemplo, moviendo la piel que es su envoltura, distribuyó uniformemente el líquido preseminal, y, sin más reparo procedió a besar mi miembro, a lamerlo, a saborearlo, todo suyo, para ella sola, y lo disfrutó enormemente en cada sorbo, en cada engullida, y el calor de su boca que antes había experimentado con mi lengua, ahora se apoderaba de mi falo, me concedía su consuelo, me concedía la dicha y honor de las caricias de una lengua europea, lengua experta en las lides del placer y me hizo padecer el más extenso de los orgasmos, el más intenso, el más devastador, mi pene palpitaba augurando un futuro blanco como la piel de mi benefactora, y el futuro llegó, y ella, esperándolo con desesperación lo recibió con agrado y divino beneplácito, y lo absorbió en sí, mas no siendo egoísta, decidió compartirlo. Hasta ese momento, en la sala estábamos solos ella y yo, y nadie más. Pero al retirarse ella de mi, me pude percatar regresando a la realidad de que mi hermana y el alemán seguían con nosotros, los demás se habían esfumado a quien sabe que otros lugares, pues el yate era lo suficientemente amplio como para perderse varios días. Mi hermana recostada en el sillón disfrutaba la suculenta mamada de coño que le proporcionaba Hainrich, Tania, acercándose a mi hermana y colocándose sobre ella, ya totalmente desnuda, la beso en los labios, transmitiéndole así, parte del semen que yo le había dado. Mi hermana no puso reparo, y acepto de buen grado, el portentoso regalo, tal vez, abstraída por el deseo no se percató si quiera quien le había besado, tal vez por el calor de la situación, no le importó. Pero el beso fue largo y descansado, y yo tremendamente excitado de ver a mi hermanita a mi lado, con el coño alborotado, me fui presto e interesado, de cuclillas a la alfombra y de perro en posición, tomé a Tania de las caderas e inicie la penetración. Mi verga se deslizó a sus anchas en el coño de la holandesa, ampliamente lubricado por la previa labor que mi lengua había realizado. La sensación de mi pene en su vagjna fue simplemente divina, celestial. Quien hubiera dicho que una hembra de semejantes proporciones podría albergar entre sus muslos un coño tan estrecho, tan acogedor y cogedor. En cada bombeada mi cadera golpeaba contra sus nalgas, grandes y duras, con mi mano jugaba en su monte de Venus, totalmente deforestado por la tecnología láser, con la otra estrujaba sus tetas, inmensas como montañas duras como rocas, con pezones rosados, duros y llenos de leche y silicona. Mientras deleitaba a mi hermana con su beso, y mi hermana con su beso de respuesta, tomaba mi semen, y le gustaba, con una mano halaba el pelo de Hainrich, con la otra introducía sus dedos en el coño de Tania, lo que la ponía directamente en contacto con mi falo, aumentando mi excitación a niveles termonucleares. Y así en esa situación mi hermana tuvo un orgasmo desgarrador, pude ver como sus jugos inundaban la cara del alemán que hambriento no desperdiciaba ni una sola gota. Y yo allí tan cerca de ella y sin poder hacer realidad el sueño de toda mi vida, poseer a mi hermana hasta el cansancio.

La escotilla de la terraza se abrió, y la figura esbelta de Fiona hizo acto de presencia, la hermosa pelirroja, totalmente desnuda puso rumbo hacia mí, asióme por el cuello, levantándome, me abrazó y me besó con pasión y locura, sin oponer resistencia respondí, y tomándola con mis brazos la levanté y la senté en una silla alta junto al bar, su cuerpo generoso en carnes, fue mío finalmente, y extasiado después de varias horas y varios orgasmos por parte de ambos, la deje rendida sobre la barra.

Ya despuntaban los primeros rayos del sol, Tania y mi hermana, reposaban exhaustas en el sofá, tiernamente abrazadas, Hainrich, boca abajo en el suelo. Salí a cubierta, y allí estaba ella, en la terraza de proa, sentada en el sofá, con las piernas abiertas, masturbándose, la contemple, ella me miro y sonrío mirando mi pene erecto, me preguntó si todavía me quedaba algo, contesté que para ella, lo que quisiera. Me aproximé, y de rodillas hice mía a la tercera mujer de esa jornada, seis hora habían transcurrido desde el principio del rito orgiástico y allí estaba yo, comiéndome a Ada, probando las delicias que el continente africano tiene para ofrecer, su lengua serpenteaba en mi boca y en mi cuerpo como mandada por una emperatriz, sus uñas, largas y afiladas marcaban surcos sanguinolentos en mi espalda, con heroica maestría succionaba mi verga con su coño, cuyos vellos también teñidos del color de oro, rascaban mi pubis, elevándome casi hasta el nirvana, o acaso, más allá…

Mis manos no perdían detalle en esos muslos de ébano que junto a sus piernas, se extendían sobre de mi cuerpo, como el Nilo sobre del continente africano, su abdomen plano y marcado, muy trabajado, hacía contacto con el mío, la hembra sudaba copiosamente y los ríos de sudor surcaban sus canales abdominales, inundaban su profundo ombligo para luego correr raudos e implacables al encuentro de sus jugos vaginales envolviendo magníficamente toda la extensión de mi verga.
Extasiado, y francamente cansado, y no era para menos, me aparte y me deje caer a su lado en el sofá, pero ella, caliente aun, tomo posición de combate sobre mí, y se dispuso a cabalgarme furiosamente, ante tal barbaridad, haciendo un esfuerzo sobre humano, puse erecto mi pene nuevamente, y abandonándome al placer de dejar hacer comencé a masajear sus senos que aunque no inmensos nada tenían que envidiarle a la pirámide de Miscerinos. Y así, esta Diosa egipcia, cabalgó sobre mi falo como llevando su auriga, hasta alcanzar para ambos un suculento orgasmo simultaneo, largo e intenso, tras el cual se dejó caer sobre mí.

Poco a poco fueron llegando los demás a la terraza, y acomodándose cada cual con sus originales parejas, ataviados sólo con los trajes de baño disfrutamos todos de un excelente desayuno mientras comentábamos las gratas experiencias swingers de la noche anterior.

Después nos lanzamos todos al mar para refrescarnos un poco y regresamos al velero a tomar unas copas en la terraza de popa, nuevamente cada cual se acomodó junto a su pareja original, por lo que mi hermana y yo, tomados tiernamente de la mano compartíamos nuestras experiencias sin el más mínimo asomo de celos, muy normal en una pareja swinger, jejejeje.

Sin embargo el morbo no acabo allí, y poco a poco la conversación fue volcándose nuevamente hacia lo sexual, la temperatura empezó a crecer y para colmo Tania tuvo la idea de hacer un juego de concurso. Cada uno con su novia, competiría para entre todos decidir cual era la pareja más ardiente, todo un espectáculo en el que cada pareja se entregaría a las lides del sexo y la pasión mientras las otras tres parejas observaban y al final ponían una calificación. Mi hermana y yo nos miramos perplejos, ya estábamos allí, la suerte estaba echada y no sería fácil evadir la situación, aunque la verdad es que yo no quería evadir nada, y por su mirada presentí que ella tampoco.

Una a una vimos como cada pareja se entregaba a la locura desenfrenada del sexo, mientras las demás parejas anotábamos en unas hojas de papel las calificaciones a cada una de las categorías a evaluar: beso, felatio, cunilingus, caricias, penetración vaginal, penetración anal, otros.

Finalmente llegó el momento crucial, mi hermanita y yo nos miramos largamente a los ojos, miramos nuestros labios, y otra vez los ojos; antes ya habíamos estado en situaciones insinuantes…
…En una clase de yoga en parejas, en que nuestros cuerpos se vieron juntos frente a frente, ella pudo sentir mi inevitable erección…
…En un juego de gotcha, ante una lluvia de pintura, refugiados en un pequeño cubículo, abrazados fuertemente nuestros corazones latían al unísono...
…En la cima de un volcán, en un maltrecho refugio, agobiados por el frío, cubiertos por una frazada y calentados por el vino, abrazados y medio dormidos nos robamos mutuamente un tímido pero largo y delicioso beso…
…y ahora estando allí, frente a frente, mirándonos indecisos, sin estar seguros si incurrir o no en el pecado y delito del incesto, nuestros rostros se acercaron, nuestros alientos se entrelazaron, nuestros labios ya húmedos, entreabiertos se tocaron, y finalmente nuestras lenguas se enredaron en un beso suave, lento, apasionado beso, el más delicioso beso que recuerdo. Recuerdo el latir de nuestros corazones, al unísono, y nuestras manos, cada uno acariciando tiernamente al otro, invadidos por el amor que solo dos hermanos pueden sentir entre si; por que no se puede comparar el amor que se puede sentir por cualquier persona, con el amor que se puede sentir por una hermana o un hermano; extremadamente nervioso, extasiado, más que eso, el sentimiento es casi indescriptible.

Mi hermanita se recostó, llevándome con ella, sobre ella, pasé a besar su cuello, su pecho, sus senos diminutos, su abdomen, metiendo mi lengua en su ombligo y jugando dentro de él, bajando lentamente hacia su mota para finalmente introducir mi lengua entre sus labios vaginales, rozando y jugando con su clítoris, llenándola de un placer tan sublime que la hacía estremecerse delicadamente. Luego ella, tomando la posición dominante, en un giro magistral que no interrumpió mi cunilingus, giró nuevamente esta vez tomando como eje mi lengua en su clítoris, se acomodó sobre mi verga, y comenzó con la felatio, brindando a nuestros espectadores un magnífico 69. Con deliciosa maestría su lengua recorría de arriba hacia abajo la extensión de mi miembro, que de ahora en adelante sería sólo suyo. Succionaba la cabeza, lo recorría por un lado hasta llegar a los testículos, los introducía en su boca y succionaba suavemente; mis manos en sus nalgas la inducían a seguir, mi lengua en su mota alimentaba su pasión, el calor hizo lo suyo y ambos nos corrimos simultáneamente, nunca antes había salido tanta leche de mi miembro, el orgasmo más intenso de toda mi vida duró como diez segundos el de ella mucho más y la abundancia de jugos vaginales que produjo inundó mi rostro, tanto fue que fue imposible sorberlo todo; y con mi leche en su boca, recordó el beso de Tania y supo entonces de quien era aquel fluido maravilloso que Tania le hubiera convidado.
Siempre en el poder, cambió de posición, y colocó su mi verga bajo su concha, atravesándose a voluntad, el camino hacia el cielo fue surcado por mi virilidad en un lento avanzar, para no perder detalle de tanta divinidad. Sujetando su cadera, me elevé hacia ella, ella, conociendo mis deseos, por ser también los suyos sujetome por el cuello y la espalda, nos dimos un beso largo y violento, tan intenso que nos llevó nuevamente a ambos a la eyaculación. Poco más de dos horas habían transcurrido desde el tímido beso inicial.

Al final, los holandeses se llevaron la victoria, seguidos por nosotros los panameños, en tercer lugar los africanos y de último los alemanes.

Y después de tanta cachondez había llegado el momento de hacer lo que en un principio nos había llevado a todos los presentes a Playa Venao, era el momento de ir a surfear, aprovechando el set de olas que finalmente se perfilaba en el horizonte, el resto de la semana fue en extremo excitante, tanto por las oleadas del mar, como por las del sexo en el velero holandés, que no distinguían entre el día y la noche.

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