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Trío con tres

Relato enviado por : vicioso el 21/06/2004. Lecturas: 18515

etiquetas relato Trío con tres .
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Resumen
Esto es lo que puede suceder a alguien que es novato en eso de conseguir un trio. Puede conseguir tres, o más de tres.


Relato
TRÍO DE TRES

Llegué a la mesa de "El Péndulo", una librería que eventualmente ofrece conciertos de distintos artistas en un pequeño bar que tienen en un mezanine, subí al bar y al entrar el suelo de madera crujía como un puente levadizo tendido sobre un río turbulento; puede que la madera rechinara especialmente debido a que llevaba puestas unas botas vaqueras, pero estoy seguro que el ruido de los tacones poco o nada tenía que ver con aquella sensación de puente que me excitaba de distintas maneras, pues sabía lo que había en aquel extremo del puente del que venía, pero ignoraba todo acerca del extremo al que iba. Atrás, un atardecer de algún tipo, al frente un amanecer de algún tipo, y a lado de mi destino, una fogata de troncos ardiendo, dándome la bienvenida.


En el extremo del que venía estaba yo, un hombre de treinta y tres años, encallado en la plenitud de mi deseo sexual, con costumbres atléticas aunque mi cuerpo no fuera el de ningún Adonis, gimnasia y yoga me habían dado un cuerpo esbelto pero duro de pelar; con una esposa cariñosa, una gran mujer sin duda, alineada con cada uno de mis procesos, ya fuera espiritual, económico, artístico, pero cada vez más renuente al sexo, aspecto que cada día le parecía más mundano y poco prioritario; estaba yo, con familia, profesionista y buen padre, solvente pero no soluble, con algo de fama en mi localidad, estimado por mis amigos y en general aceptado.


Sin embargo, ahí estaba yo, encallado en la plenitud de mi deseo sexual, que creo fue lo primero que dije de mí en la descripción que ya he dado. ¿A qué me refiero cuando digo encallado? Simple, con un deseo mucho mayor que el que soy capaz de utilizar. Prisionero de mi excedente de calor. Con mi mujer tenía sexo cada veinte días, treinta y cinco si le viene la regla. No digo que esté mal cuando lo hacemos, pues ella tiene la sabiduría de una puta milenaria, y yo me pongo a su altura, el Kamasutra es un libro que hemos repasado ya varias veces. Podría decirse que no está nada mal que nuestros revolcones duren siempre entre una hora y media o dos horas, pero vuelvo al punto, ello ocurre cada veinte días, treinta y cinco si le viene la regla. De la masturbación no me quejo. Si bien Laura y yo tenemos sexo aisladamente, debo confesar que en los últimos seis años, por decir una estimación, habrá, cuando mucho unos cien días en que no haya eyaculado. No mezclo una cosa con otra, mujer y mano son rubros distintos, cada uno con su encanto. Aunque de cierto, cuando me masturbo no pienso en manos, sino en mujeres.


Mi amor propio, y esa conciencia de que mi forma de amar daba para mucho, jugaba tristemente en mi favor. Hubiese preferido ser un eyaculador precoz que por la pena de quedar mal prefiere tener sexo allá cada mes, así esa frecuencia propuesta por Laura sería normal, pero no, sé que mi miembro da mucho tirón, sé del poder que puedo imprimirle a mi forma de amar, mis piernas son fuertes, mi abdomen también, encima soy muy caliente, lo que me da la actitud correcta para darle batería a una mujer.


Una encrucijada, si fuese el eyaculador precoz estaría a la altura de la agenda de Laura, pero ella me echaría de su cama al instante al ver la impotencia para producirle ese rosario de orgasmos que dice sentir cuando la empalo; luego entonces, para satisfacer sus caderas necesito ser un cabrón bien hecho, una máquina sexual que sepa meter bien los diecisiete centímetros de verga que Dios me dio, pero, el ser así me deja descontento a mi, pues entonces la agenda se torna insoportable. Hemos hablado alguna vez de amasiato y parece ser una idea con la que no va a casar nunca, y aunque alguna vez ya tomé una mujer frente a ella, e incluso ella la acarició de buena gana, las referencias que ella hace a ese inverosímil pasaje de orgía siempre van matizadas de comentarios que dejan en claro que para ella fue una locura y que no la volvería a repetir.


El amor tiene mucho que ver con lo espontáneo. Uno puede hacer mil locuras, pero sólo las locuras espontáneas parecen tener gracia. Si no fuese así, sería muy sencillo para mi contratar de vez en cuando a una puta y satisfacer mis deseos, o conseguirme una amante de planta, aunque la verdad no me llama la atención tener muchas relaciones afectivas. En pocas palabras, me encontraba varado, como si fuese una ballena suicida encallada en la arena, anclado con mi verga del suelo, infeliz en general, sintiendo que mi sexualidad tenía derecho a muchas más experiencias que las que el mundo pensaba destinarme, atado por las algas de la culpa de fallarle a Laura, pero sintiéndome desdichado por mi suerte. Dada mi personalidad fuerte y los distintos roles que juego en mi casa, trabajo y comunidad, este oscuro secreto de mi deseo sexual reprimido era una especie de lujo, una debilidad escondida que pareciera estaba condenado a custodiar en secreto, o lo que es lo mismo, al pensar en esa inquietud no contaba con ningún aliado ni confidente, pues mis confidentes eran precisamente quienes más resentirían conocer de esa frustración, gente que me considera su modelo de felicidad y congruencia planetaria, gente que cree, sin saber, que Laura y yo cojemos mucho más de lo que en realidad lo hacemos; dicho de otro modo, esa fisura quebraba toda mi persona y respecto de ella estaba completamente solo en el mundo.


Fue entonces que fui a un Cyber Café a mandar mi declaración de impuestos, es de esos sitios que tienen cubículos y que, la verdad, son frecuentados por gente que quiere ver pornografía. La pornografía me gusta, pero esa vez no iba yo a eso, pues siempre me ha gustado más el video que las fotos y para eso mejor me quedo en mi casa a ver alguna cinta que me excite, con la libertad de masturbarme; pero esa vez me quedé viendo la página que el usuario anterior había dejado, una de MILF, que es algo así como un concepto de género gonzo en que unos cabrones van por la calle filmando cómo se ligan a esposas de desconocidos, les ofrecen dinero y estas se dejan coger salvajemente. Vi muchos samplers y disfruté de una excitación muy poderosa. En mi mente se anclaba una idea que me hacía más daño que provecho: Si a una mujer lo que le gusta es una verga bien parada, capaz de barrenarla de muchas maneras, fuerte y vigorosamente pero con delicadeza y romanticismo, entonces a esa mujer le gusto yo. Esta idea, repito, me inundó. La página de MILF me decía algo que además era obvio para mi: Todos desean una buena cojida, no importa si estás bello o feo, si eres rico o pobre, si eres joven o viejo, una buena cojida te vendría bien. Pero, entre mi verga y las mujeres que la gozarían no hay relación alguna, y se tornaba todo tan estúpido como dos cabrones perdidos en una isla desierta, uno con una lata de salchichas y otro con un abrelatas, ambos muriendo de hambre. Descubrí eso, que el sexo para mí era sinónimo de hambre, una hambre ridícula ya que el mundo es un banquete esquivo.


En esa misma máquina estaba abierta una página de contactos, y aquí es donde mi historia verdaderamente comienza. Me metí y vi que en ella se anunciaban personas abiertas, personas reales, dispuestas a gozar del sexo. Tomé nota de cómo inscribirme, que había que pagar una cuota, lógico, para no sólo anunciarme, sino para anunciarme y poder enviar mensajes y recibirlos. Había varios rubros, mujeres, hombres, gays, swingers, etc.


Todo puede ser un gran timo. El que pongas tu anuncio no garantiza que alguien vaya a interesarse. Si pones anuncio pero no pones foto, es como estar perdido antes de empezar. Puse algunos mensajes que según yo llamarían la atención de alguien, me ofrecí a que si les interesaba les enseñaba algo de Kamasutra, me ofrecí a besarles los pies, presumí que garantizaba una hora de desenfreno, ofrecí un masaje de digitopuntura gratis para después de la cogida, etc. Nada, nada llegaba, nadie atendía. Supuse que se debía a que no anexaba foto. Soy una persona medianamente pública, imposible colocar una foto con rostro, de por sí, enviar una foto de mi verga ya sería singular para Laura. No tendría reparo en mandar mi linda cara a la red, siempre que la gente que entra en ella fuese madura, pero en su mayoría no lo es. Además, así como encontré yo la máquina con el sitio de internet abierto, así podría encontrarlo otro, mis hijos adolescentes, por ejemplo. Me quedaba clarísimo, sin foto no hay contacto.


Me di a la tarea de obtener unas fotos. Supongo que a más de un listo se le ocurre tomar prestada una foto de la red y presumirla como suya, pero no es mi estilo. Tenía que tomarme esas fotos. El día que decidí tomarlas tenía un poco de fiebre, lo cual ya inhibía que mi miembro estuviese en toda su plenitud. Vaya, he cojido con mucha fiebre, y ha sido rico tenerla algo flexible pero aguantadora, pero vamos, para una foto de un anuncio, la verga tiene que lucir lo más descomunal posible, pues es lo que dicta el mercado. Conseguí una cámara y me fui a tomar las fotos. Fue difícil maniobrar porque obviamente no tenía quien me diera la mano con ese favorcillo. Las fotos salieron horribles, pero al menos iban a transmitir que la intención de llegar a algo la había. Al menos quienes vieran mi anuncio sabrían que soy real y que no la tengo ni muy pequeña ni muy delgada.


En el sexo soy un hombre que sorprende. Mi físico, como he dicho, no es ese que han publicitado las revistas, mi nariz no es recta y casi no tengo pestañas, gordo no estoy, pero tampoco mi espalda luce muy ancha, encima visto conservadoramente, por lo que en general no voy por la calle excitando damas; logro más con la mirada, y si comenzamos a tratarnos puedo poner muy caliente a una mujer, pero he ahí mi problema, para que ese trato se dé, generalmente necesitan que primero les atraiga el físico. No será raro que se liguen guapos que las dejarán a medias con su calentura, cosa que conmigo no ha pasado nunca. Dado mi trabajo, debo irradiar una imagen respetable, pero las damas me respetan tan bien que nada estridente sucede. Digo que soy un hombre que sorprende porque ya que una mujer y yo tenemos sexo se sorprenden de la perriza que les meto, siempre por la línea de "tan calladito que se ve, mire que su verga está muy rica". Es triste pero así es, la televisión ha educado al mundo diciéndole que yo no soy exactamente guapo, y mi parte linda es mi verga y no me permiten andar por la calle exhibiéndola. Eso es trampa.


Mandé la foto. Me senté a esperar. Nada. Mi orgullo personal rodó por los suelos nuevamente. ¿Qué habrá fallado? Me pregunté una y mil veces. Cierto que mentí en mis datos de la ficha técnica, pero no es tan grave, siento que nadie en el mundo es tan ingenuo para dar, de buenas a primera, su nombre real, sin embargo, yo mentí en cuanto a mi lugar de residencia, no puse mi ciudad, sino la Ciudad de México. ¿La razón? Que en mi ciudad no había un sólo contacto, y además, viajo muy seguido a la Ciudad de México y es en sus hoteles donde yo de verdad me sentiría a mis anchas con mi aventura, pues cuando voy pernocto sólo y por varias noches. Y ahí si hay mucha gente liberal.


Un fin de semana fui al Distrito Federal. Contestaron dos chicas. Una tal Rosy y una tal Sonia. No sin miedo, les di mi teléfono móvil, con todo y las reservas de que un buen día me llamaran y contestara Laura y le explicaran lo que ando haciendo en la Ciudad de México y a sus espaldas. Ojalá eso hubiera pasado, pues eso ya sería algo, pero no, nada pasó. Ese fin de semana estuve en la Ciudad de México otra vez solo. En el hotel en que me quedé, como es medio de paso y tiene un par de canales porno, me consolé a mano limpia. No me la pasé mal, acaso pensé en que el mundo no es ya un sitio seguro, pues mientras me la meneaba alegremente pensé que tal vez me filmaban y que en breve saldría en un video casero de esos que distribuyen en Tepito, de esos que dan testimonio de las proezas de quienes van a joder a los hoteluchos de la Calzada de Tlalpan.


Pasaron los días, lo suficiente para pensar que en realidad no me interesaba vivir experiencias que me fueran comunes. Dejé de interesarme por la tal Rosy o la tal Sonia, a quienes les envié un par de mensajes que luego de releerlos descubrí que eran mensajes desesperados, es decir, yo desesperado por que me contesten, y eso no es lo que espero de mi mismo. Me sentiría algo triste de contactar con una chica y descubrir que sea menos audaz que Laura. Recordando los MILF y sondeando mis verdaderas inquietudes, llegué a varias conclusiones, la primera, que en realidad no andaba detrás de modelos de belleza, sino detrás de una actitud desvergonzada y lasciva, detrás de una mujer insaciable que pidiera más y más, y más y más era lo que le daría, y no quería yo traumas ni penas, sino la plena noción del furor sexual. Andaba tras un hambre ajena, no una hambre desesperada, pues si lo veo bien, yo mismo no estaba en la desolación, sino muerto de tedio, y deseaba el choque de dos hambres, y para ello el tipo de mujer que buscaba era uno muy específico, aquel tipo de mujer con la suficiente virilidad como para convencer a su marido de que otro cabrón se la joda en sus narices. Palabras como puta no definen para nada este tipo de mujer. Recordé una película porno de Marylin Chambers en que la follan unos diez hombres y ella mira a la cámara gimiendo que quiere más y que esa solicitud no es ni por asomo un gesto de debilidad, sino de deseo y derecho, ese derecho de querer más placer del debido, de merecerlo, de hacerlo real.


Comencé pues a enviar yo los mensajes, torpes de todo a todo porque no hay nadie que lo prepare a uno en la materia de cómo ofrecerse uno mismo como mercancía sexual. Salvo aquellos que la tienen de más de veinte centímetros, supongo que el resto debe dar traspiés más o menos lamentables de convencer a otro de que eres el adecuado. Caramba, sería más fácil hacer la calle, ver un transeúnte y decirle "te la mamo", así de honesto, pero en internet es distinto, impera la desconfianza. A mis treinta y tres años era yo un principiante en esto, de ahí que no pudiera medir los siguientes pormenores:


Por principio, por simple ley de probabilidades no todos los mensajes que mandes serán contestados. Así que me di a la tarea de enviar mensajes a varias parejas que estaban en el rubro de "Parejas buscan hombres".


Obvio, yo les mandé mensajes porque los suyos llamaron mi atención o se acercaron a lo que yo sentí que era lo que buscaba, pero no presté atención en qué era lo que ellos decían para llamar mi atención, y tampoco tomé nota de sus nombres, seguro de que eran falsos. Esto trajo un primer problema. Mandé mensajes y si contestaban no sabría yo adivinar si se trataba de la pareja madura que explicaba que a ella le encantaba tener dos vergas o más a la vez, si era la pareja de profesionistas jóvenes que deseaban una relación sumamente discreta limpia y sin malos rollos, o si se trataba de la pareja de treinta y cinco que deseaba poner un poco de pimienta a su matrimonio. En resumen, mandé mensajes y no supe ni a quién.


Así como fui de descuidado con lo que ellos decían, lo fui con lo que yo les dije. Una pareja si contestó y, según su respuesta, les había llamado la atención que les explicara que una de mis amantes había dicho que yo hacía el amor como Rocco Siffredi, el semental italiano, pero sin tanto centimetraje, ellos se decían amantes de este actor porno italiano y expresaban que si en verdad cojía tan bestialmente como él, seguro nos la pasaríamos estupendo... "sobre todo ella, que ya se está saboreando" decía el mensaje.


Una cosa si es cierta, a los tres mensajes que mandé les dije que estaría en El Péndulo, a lado del Vips de la Zona Rosa, en la calle Londres, a las nueve de la noche, que iría vestido de mezclilla negra y camisa negra, con botas vaqueras negras y que llevaría una rosa roja en la solapa de mi saco de piel, también negro. Estaría esperándoles en el concierto de Alejandro Filio, y les garantizaba que si no se hacía el trío, por lo menos se iban a divertir y que yo invitaba las bebidas. Esta cita al aire, imprudente de cierto, se debió a que no iba a tener la facilidad de revisar de nuevo mi cuenta de contactos, y ellos probablemente no tendrían oportunidad de contestar. Así, por simpleza, bastaba con que fueran a dicho lugar, total, es del contacto directo de donde se sabrá si hay química o no. Cuando llegó el mensaje de esta pareja, que no supe cuál de las tres era, sino sólo lo que yo les había dicho (probablemente era la pareja de treinta y cinco, pues decían amar el cine, incluso el pornográfico) comencé a saborear una noche digna de recordar, y de esta simple expectativa me entristeció ver que había en mi vida tantas noches olvidadas. Por fin, descansé. Mis intenciones eran nobles y lo que quería era dar, ya me estaba hartando de que dar, de que hacer feliz, que ser el juguete u objeto de alguien, un amenizador de carne y hueso, me costara tanto trabajo.


Llegó el día. Como acto de fe compré una caja de nueve condones. Luego caminé por unas cuantas manzanas hasta que localicé quien me pudiera vender una rosa roja, pues aunque la pareja que esperaba había visto ya mis fotos más íntimas, las que muestran mi miembro enhiesto, no conocían mi rostro. La pista fue cursi, pero inconfundible. De negro, en piel y botas, con una rosa roja en la solapa del saco de piel.


Aquí es donde empecé mi historia, todo lo que he contado es lo que estaba en aquella orilla del puente que dejaba atrás. La madera rechinaba. Había en el lugar unas cuantas parejas. Caminé muy lento, como para que me identificaran. El detalle de decirles cómo iba yo vestido sin pedirles yo una foto era un toque de aventura que decidí darle al asunto, además era un gesto de caballerosidad, pues pensé, "están en su derecho de que si no les gusto sencillamente se marchen del lugar, sin conflicto alguno", después de todo mi plan B era escuchar el concierto. Miré las parejas, todos voltearon a ver el detalle anticuado de la flor en la solapa, pero la mirada de ninguna de las chicas me pareció tan atrevida, tan arrojada, como para suponer que alguna de ellas fuese quien contestó o estuviera analizando y suponiendo el tipo de amante que sería. Fui muy descortés en no anotar nombres, pues ni eso sabía de la pareja que llegaría, si es que llegaría.


Me senté en una mesa, ocupando sólo una de las cinco sillas que la rodeaban. No cobraban la entrada, sólo el consumo, así que pedí consumo de inmediato (no me fueran a echar), un vino tinto chileno Santa Lucía. Rico. Subían parejas y yo las miraba. Como la escalera es tipo caracol, es como si el público saliese de un sótano, primero ves la cabeza, luego el resto del cuerpo. La mayoría no reparaba en mi, yo alzaba el pecho floreado y sacaba las botas de debajo de la mesa, como señal. Me daba risa estar haciendo tantas payasadas. Además infructuosas.


De la escalera emergió la cabeza de un tipo de unos veinticinco años, blanco, algo robusto pero no demasiado, con su cabellera peinada con demasiado fijador. Volteó hacia mi dirección, vio la flor, vio las botas, y me dirigió una sonrisa que en verdad era franca. Miró hacia abajo, como llamando a alguien. "Ellos son" pensé. Mi cuerpo sintió una tibieza extrema. Quien subiera por la escalera sería la chica que esperaba. Nada estaba escrito, lo sabía bien, podría ella decidir que sí, o decidir que no, pero ya me encargaría yo de hacer lo posible por un si, por un más, por un no pares.


Surgió una cabeza blanca enmarcada con un cabello rizado y negro, también con mucho fijador. Sus ojos eran tiernos pero feroces, su nariz pequeña y su boca también algo pequeña, pero con los labios muy carnosos, probablemente fruto de alguna cirugía. Era una cabeza pequeña, imaginé un cuerpo menudo, pero no, la cabeza dio paso a un cuello largo y a unos hombros blancos que lucían muy desnudos, sus pechos estaban grandes y muy alzaditos, no mucha cintura, pero debajo estaba una cadera tan amplia que volvía cintura cualquier abdomen. Llevaba una falda muy fresca y unos zapatos de lianas de cuero que amarraban sus blancos y largos pies. "Me encanta" pensé. No les aparté ni la vista ni la sonrisa mientras se acercaban a mi mesa. Me puse de pie y a ella pareció gustarle que mi metro setenta y cinco amenazara su metro sesenta. Les estreché la mano a ambos justo como lo hago en la vida cotidiana, con fuerza, con familiaridad. A ella además le besé la mano y la mejilla. Pareció sentirse a gusto. Les invité a que pidieran algo. Ella pidió tinto, él una cerveza.


Parecían estar de acuerdo con que yo tuviese treinta y tres años y ellos como veinticinco cada uno. "Esta chica no quiere novatos" pensé, y ello me llenó de contento, pues eso era lo que menos soy. Conforme platicamos me sentí absolutamente excitado de pensar que aquella lindura, de apariencia noble y jovial, era presa de un deseo de estar empalada por dos hombres, tenía una erección sólo de la simple posibilidad de que dentro de un par de horas íbamos a tener a esta hermosura desnuda y dispuesta a saciar todos sus instintos, y los nuestros. Pareciera que los temas que tratábamos nos resultaban divertidos, ellos hablaban de cine y yo sé mucho de cine, y encima cuento el cine de manera divertida, los tenía riendo con algunas anécdotas, que tengo muchas. De los temas en general, hablábamos todos, de lo que iba a pasar después hablaba sólo él, como si ella fuese de su propiedad, pero más que su propiedad, como si fuese su tesoro más preciado, el objeto de todo su cuidado, su principio y su fin. Notando esto, me atreví a decirle:


-Me parece encantador cómo tratas este tema, y me encanta porque cada "negociación" que haces apunta a la seguridad de ella, cada palabra es una caricia para ella, me gusta de verdad. Me siento muy a gusto sabiendo que la quieres mucho. Deja te digo que este encuentro tiene mucho sentido para mi, que no soy grosero, quiero que se diviertan y desde luego divertirme, y por qué no, hasta podemos aprender unos de otros. Relájense, daño no les voy a hacer, es más, ya siento que los quiero, como si los conociera de hace mucho.


Ambos sonrieron. Pareció definirse ahí un par de cosas, que ellos se sentían en confianza conmigo y que sí, efectivamente, después de esta velada aquella chica iba a estar en manos de los dos. Ella, luego de aquella intervención mía, se relajó más, y empezó a coquetear, haciendo alusiones muy sutiles de lo que le gustaba, y yo tomaba nota en mi cabeza, mientras él se hacía el desentendido para que ella y yo pudiéramos conocernos. Le leí la mano a ella y eso nos permitió un adelanto de lo que sería después. Le dije


-Tu mano me dice que te gusta mucho la experiencia en la cama y las maneras de los hombres que saben lo que quieren.

-¡Lo que llega a revelar la mano de una! ¿Qué habré tocado?.

-Curioso, dice que tendrás eso hoy mismo.


Sucedió entonces un imprevisto. Por la escalinata se asomó la cabeza de un hombre de unos treinta y cinco años, aunque vestido de más joven. Vio mi bota, vio mi flor. Sus cejas alzadas. Vio a la pareja que me acompañaba, Diana y Fabián, y sus cejas se encajaron un poco. Con él subió una chica llenita, con pantalones ajustados que la hacían verse buena, alta, de mi estatura, quizá un poco más con tacones y un poco menos sin ellos, con un sostén ceñido que daba muy buen aspecto a sus pechos, bastante grandes, su cara era redonda, bonita, de ojos muy grandes, nariz redonda, boca amplia, con una ligera papada que no venía al caso que se esforzara tanto en ocultar, pues era parte de ella y daba una extraña sensación de salud, era agradable en su conjunto. Él era moreno y esbelto, más o menos de un metro setenta de estatura. Ella, a diferencia de él, se sintió contenta de ver a la pareja. Se acercaron a la mesa.


Me paré y les saludé de mano. A la recién llegada no le besé la mano por una extraña y bizarra fidelidad que le guardé a Diana (tal vez porque esta última había llegado primero). Le besé solo la mejilla, olía muy bien.


Dentro de mis ideas se había dibujado una noche placentera en que coincidíamos yo y una pareja. Con Diana y Fabián me sentía ya bastante a gusto y todo ya estaba bastante encarrilado, con la llegada de esta nueva pareja, Flor y Jay, todo volvía a cero. Ni modo de pararme y decirles que su asiento ya estaba ocupado, sobre todo con lo linda que se veía Flor, con una cadenita muy fina en el cuello que combinaba con una similar que llevaba al tobillo, lo cual me permitió ver sus fabulosos chamorros. Era una muy mala puntada de mi parte el no haber previsto este accidente, me apené de verdad. Sólo me restó intentar que las cosas fluyeran, total, tal vez y esto se derivaría en una orgía, que tampoco sonaba mal. Los presenté. Flor y Diana se extrañaron de que yo las presentara. Luego me di cuenta por qué.


-Bueno- dije- mejor será que nos vayamos presentando. Tomen asiento. Yo invito. Yo soy José Luis. Él es Fabián. Ella es Diana. Y les comento que nos hemos caído de maravilla... –dije guiñando un ojo a los cuatro.

-Yo soy Jay y ella es Flor.

-Mucho gusto.

-Mucho gusto!- dijo Diana.

-¿Me he perdido de algo?- Dije yo al ver cierta complicidad entre ambas chicas.

-Si- dijo algo sonrojada Diana- Flor y yo éramos compañeras en la secundaria. Amigas, pues. No nos vemos desde hace algún tiempo.

-Cierto. No nos vemos desde antes que te llamaras Diana.

-Esta noche soy Diana.

-Comprendo – dijo Flor.

-No se preocupen, es la primera vez que Flor participa en algo como esto, por poco y sus padres no la dejan venir... dicen que la mal aconsejo. ¿Pero vas a entregarte a la experiencia, verdad mi vida?

-Te lo juré, pero no me provoques.


Pidieron unos tragos y entraron más en confianza. Me parecía que a Flor no le quedaba muy en claro de qué iba la cosa, pero parecía estar bastante de acuerdo con hacer todo lo que Jay le pedía. Jay era muy atractivo, posiblemente tenía sangre negra en sus venas. Sus manos y dedos largos ya me iban anticipando que el más vergudo de la noche no iba a ser yo. Flor se sabía todas las canciones que cantaba el artista, cosa que me pareció demasiada coincidencia. Todo marchó bien por un tiempo. Pero ocurrió un inconveniente adicional.


Por la escalinata se asomó una cabeza con cabello entrecano y corto, un señor de piel muy blanca pero a la vez roja, no sé si de sol o de alcohol. Me vio y sonrió con una camaradería que no supe interpretar. Detrás de él venía una chica algo menudita, acaso de un metro y medio de estatura, bien formadita pero pequeñita, de cabello negro y largo que le llegaba a la cintura, con un color negro irreal que hacía suponer que se lo había teñido en la mañana, su boca y en general su cara estaba maquillada un poco de más, y a su andar se formaba un arco entre sus piernas que hizo guardar silencio a todos los hombres presentes, ella tenía mal gusto al vestir, o visto como yo lo vi, tenía tanto estilo que era difícil asimilarlo; una estola de plumas negras remataba el atuendo total de aquella chica.


Me ofrecí a acercar un par de sillas más, y esta vez ya quedamos apretados. Algunos presentes comenzaron a molestarse por el lío de las sillas y las presentaciones, pues el cantautor ya había empezado su espectáculo y nosotros lo estábamos interrumpiendo. Me sentí momentáneamente perdido, pues la llegada de una pareja imprevista era algo con lo que creía poder, pero ya con dos parejas imprevistas todo se complicaba. Estábamos formando un trío de tres, pero de tres parejas.


La recién llegada dijo llamarse Débora, y su esposo se llamaba Martín. Desde el principio hubo como cierto rechazo a la nueva pareja, y eso me hacía sentir mal a mi. Ella era agradable, y ya de cerca me di cuenta que no era tan muchacha como cuando la vi de lejos, pues de cerca se palpaba bien claramente que ya rondaba los cuarenta años, mientras que Martín era todavía más grandecito. Ambos eran como que más expertos en estos juegos sexuales y ello se hacía notar en una extraña falta de vergüenza y pudor que se percibía en cada cosa que decían, sin embargo, mientras la falta de pudor era en Débora (juraría que no es su nombre) una exquisitez, en Martín se acercaba a la vulgaridad. Todos parecíamos soportar esta nueva pareja, aunque Flor parecía sentir verdadero rechazo por Martín. Me parecía absurdo que aparentemente hubiera tanto inconveniente con que la nueva pareja fuese ya madurita, aunque luego pensé que no se trataba de eso, sino que a Martín lo hubiesen odiado así tuviese dieciocho, mientras que Débora me inspiraba tanta simpatía que seguro estoy de que podría hacerle el amor tranquilamente así tuviese sesenta años, pues el interior del ojo y el temperamento no envejecen. Me sentí atrapado y debía actuar rápido si quería que esto marchara ya no digamos por buen camino, sino por un camino cualquiera. El puente en el que estaba parado, pareciera a punto de caer, meciéndose de un lado a otro.


-Creo que es momento que hagamos la fiesta en otro lado, ¿Les parece?

Fabián se acercó y al oído me comentó –Mira. Diana te trae muchas ganas, pero tienes que prometerme que tendrás los güevos suficientes para mandar a la chingada a Martín si éste llegara a ponerse muy loco.

-Por supuesto – le prometí.

Jay le preguntó a Flor -¿Entonces qué, mi amorcito, me acompañarás a donde yo vaya y harás lo que yo haga?

Flor contestó – Te lo juro.

A Débora y a Martín no había ni qué preguntarles, ellos ya estaban en la fiesta desde hace mucho.


Pagué la cuenta, que resultó ser mucho más alta de lo que creía, en parte gracias a Martín, quien nada más llegó me aclaró "Me parece recordar que tu invitabas" luego se acercó a mi oído y me dijo "No importa, verás cómo desquitas cada trago que me invites. Tu invitas los tragos, yo la puta". Cuando dijo puta yo miraba precisamente a su mujer. No cabía duda, estaban casados, llevaban la sortija, pero viendo lo patán que era este Martín no podía sino sentir aun más simpatía por Débora, por su valor de aguantarlo. La nariz de ella era larga y puntiaguda, pintada adecuadamente parecería un icono brujístico, sus labios eran medianamente carnosos, su cadera muy estrecha, muy estrecha su cintura, y toda ella, sus ojos eran azules, radiantemente azules, que pintados en esa estridente forma egipcia transmitían mucho misterio, mucha humanidad. De Martín no me gustaba el concepto que tenía de su mujer, aunque en el fondo pienso que cada quien se organiza como mejor puede y vive justo a lado de quien se merece.


Llegamos a un hotel distinto a aquel en el que me hospedaba, pues no cabríamos en mi habitación. Pedimos una habitación con mesita al centro, y sala amplia, camas y una recámara para los niños, una suite pues. Yo compré una botella de vino tinto, alguien compró cigarros. Nos sentamos alrededor de la mesa y encendimos una radio que estaba sobre una mesa. La música que sonaba era una cumbia que sólo Martín y Débora parecían comprender. ¿Cómo empezar? Era algo que yo desconocía. Martín y Débora comenzaron a bailar, los demás, que a leguas se veía no disfrutaban de este tipo de música, se pusieron a bailar más por ambiente que por gusto.


La magia se extinguió pronto, nadie en realidad quería bailar. Me maldije de verdad ya que en el fondo quien verdaderamente me atraía era Diana y por momentos deseaba que las cosas hubieran sido distintas, mucho más íntimas, ella, su esposo, y yo, y nadie más. Me acerqué a ella y extendiendo mi mano le tomé, y dirigiéndome a Fabián, le pregunté:


-¿Me permites una pieza?

-Si ella quiere.

Volteo y le miro a los ojos, y le digo –¿Quieres?

-Estoy aquí- fue su si.


Pese a que en el radio sonaba una canción de Los Ángeles Azules, nosotros parecía que nos aislamos en una burbuja en la cual sólo había música lenta. La tomé con delicadeza de la cintura, pero cuidando que cada centímetro de mi mano la tocara. La abracé y la pegué a mi cuerpo. Sus piernas, dando pasos muy lentos, me daban muestra de su fuerza y su energía. Al oído le pregunté:


-¿Crees que podemos seguir adelante con tanto extraño?

-Si.

-¿No te molesta? ¿No te corta?

-Deja de hacer tantas preguntas y bésame, si me corto o no dependerá de cómo te manejes, por ahora sólo sé que te traigo muchas ganas. Lo que pase después es algo que me importa bien poco. A Fabián le gusta que me ponga como loca, y créeme, esta noche tengo ganas de darle ese gusto contigo.


Sin darme cuenta ya tenía mi verga bien tiesa y mis manos muy bien ubicadas, una en su nalga y otra en su mandíbula, conduciéndole el ritmo de sus besos, dejándole comer de mi boca. Ella cerraba los labios divinamente, y su saliva me era tan excitante que ya podía imaginar la humedad de su sexo. La mano que tenía en su hombro pasó a tomar su mano derecha, como si bailásemos vals, y teniéndola ahí, seguí leyendo su mano, le comenté todo lo que su mano me contaba de su sexo, sus manos eran largas y delgadas, firmes también, lo que le daba una sugerente virilidad, un principio violento y activo. Mordí sus dedos con la ternura de un león desdentado. Ella me miraba con una mirada perdida.


Me había olvidado de todos, de Fabián, de Jay, de Flor, de Débora y de Martín. Un calor nuevo y embriagador me invadió completamente. Con sus piernas fuertes, Diana me abrió los pies y me recargó en un muro. Sus manos fueron hasta mi cinto y con algo de rudeza comenzó a abrir mis pantalones. Cuando llegó a mi sexo yo ya estaba más que listo, pues mi miembro ya estaba expuesto en su mejor momento, mis testículos, otrora juguetones y pesados, se habían contraído ya hacia dentro y hacia arriba, como si se incorporaran a mi verga, dándole un medio centímetro más de dimensión que se agradece. Se arrodilló tan lentamente que sentí que iba a enloquecer a cada segundo que tardaba. Tomó mi verga con ambas manos y primero se puso a jugar con su lengua en mi glande, y no sé si era el alcohol del vino tinto o una nueva magia la que embriagaba a Diana de una manera inusual, sus ojos se volvían un poco hacia atrás, mostrando lo blanco.


Y así, de una bocanada, se echó a la boca toda mi carne, manando una cantidad de saliva impresionante. Tragaba una vez y otra más mi verga, la deslizaba a través de la pared interior de su mejilla para que Fabián pudiese ver las dimensiones de lo que ella estaba tragando. Fue entonces que volví en mí y me preocupé por lo que hacían los demás. En un pequeño buró, muy cerca de nosotros y sin perder detalle, estaba Fabián, mirando, o mejor dicho, admirando la voracidad de su mujer. Sus ojos eran de un infinito amor, un gusto profundo de verla tan absorta en aquella tarea tan física, tan impulsiva, tan inmoral. Detrás estaban Débora y Martín, ella sentada arriba de él, él con una mano dentro de las bragas de ella, manipulándole el sexo. Ella parecía más inquieta por observar a la joven hambrienta que a la metida de mano que le estaban dando, o quizá estaba atenta de las dos cosas, porque se veía muy gozosa. Al otro extremo, abrazándola por atrás, pero con un abrazo conservador, estaba Jay, deteniendo a Flor, como si la quisiera, como si la detuviese para que no huyera, como si la obligara a ver. Flor respiraba muy rápidamente, y una abertura de su boca anunciaba que lo estaba disfrutando, pero con algo de culpa.


Diana continuó mamándome la verga por un rato. Luego, con un guiño hizo entender a Jay que se acercara para recibir su merecido. Jay volteó la cara de Flor, para pedirle permiso, Flor titubeó, pero Jay le dio un beso tan apasionado que le hizo entender que lo haría de todas formas, con o sin su permiso. Jay se acercó y desenfundó una enorme verga que despertó un Ah! general. Unos veinte centímetros si medía. Sin sacarse de la boca mi verga, Diana abrió los ojos como quien se encuentra un lingote de oro. Engulló mi verga hasta los testículos y luego, deslizándose muy lentamente, fue retirándose de ella, y al separarse, un hilo de saliva fue el único contacto con sus labios que ya se habían hinchado aun más. Su cara se había teñido de un rubor natural que llegaba hasta su cuello y hombros. Estaba súper caliente. Se empezó a meter la enorme verga de Jay en la boca, pero sin dejar de manipular la mía. Fabián se había acercado ya, completamente desnudo, sólo para ver a su esposa tragando aquel par de piezas. Fabián tendría el miembro del mismo largo que yo, aunque más delgado, y eso sí, con un par de testículos colgantes y pesados que podrían gustarle a alguien. Me estaba poniendo muy cachondo ver que aquello era lo que yo esperaba, mi deseo no conocido hoy realizándose, ella, toda ella era el hambre cumplida, la saciedad en curso, la fuerza del servicio pero el egoísmo del placer, todo en aquella boca que, sin vergüenza alguna, me comía a mi y a Jay de manera alternada.


Fabián babeaba viendo a su mujer, la cual todavía estaba vestida, pero metida ya en lo que los puritanos llamarían un buen lío. Me aparté para darle a Fabían un lugarcito. Éste, en vez de depositar su verga en la garganta de Diana, se ocupó primero en hincarse detrás de ella y bajarle la blusa y quitarle el sostén, luego desabrochó la falda, hasta que la dejó desnuda. Conforme más desnuda quedaba más violentamente comía al pobre de Jay que se estaba volviendo tonto de placer.


Yo, sin desnudarme pero con la verga de fuera, fui a colocarme a lado de Flor, quien tenía una postura inflexible, con su par de puños cerrados, como si se resistiera a todo lo que veía. Yo, pese a que ella quiso que me alejara de inicio, no estuve a gusto hasta que logré que sus manos se extendieran.


-Estás muy tensa- le dije –puedo ayudarte con eso. ¿Has practicado Yoga?.

Ella negó con la cabeza.

-Puedo ayudarte – insistí.


Ella no dijo que no, así que hice que abriera las piernas. Ella obedecía, aunque no sabía qué era lo que yo pretendía, igual hacía caso sin apartar la vista de la enorme verga de Jay y la boca que la trabajaba arduamente. Le abrí las piernas y le hice alzar ambos brazos. La sangre corriendo la sumiría en un estado de comodidad que le era bastante necesario. Dado el orden de las cosas, me atreví a distintos contactos que desde luego no tendría con las que fueran mis alumnas si estuviese impartiendo clases de yoga. Ella con las piernas abiertas y en posición de potro, yo con mis manos recorriendo la cara interior de sus muslos e indicándole como respirar, mis manos jugando a rozar suavemente su sexo. Le dije que desvestida lo haríamos mejor. Ella obedeció. Se quitó todo, menos una faja que le hacía una especie de cintura. Por más que la faja tenía bordado se veía que su fin no era otro que apretar. Su deseo se cumplió, pese a todo, le dejé la faja. La coloqué en la misma posición y comencé a recorrerla con mis manos, lenta pero placenteramente. Recorrí toda la cara interior de los muslos, y cuando llegué a las nalgas mis manos pasaron de ser palomas a convertirse en aves de rapiña, pues tomé las nalgas en toda la amplitud de su volumen y las apreté cuidando de no lastimarla pero lo suficiente para dejarle en claro la vulgaridad con que estaba dispuesto a tratar ese par de nalgas. Llegué a su sexo y me maravillé.


Así como la mujer siente ese arrebato de suerte cuando se encuentra con una buena verga, bien apuesta, firme y cumplidora, así me sentí yo cuando toqué los gajos del sexo de Flor, que estaban grandes, por no decir inmensos, hinchados, jugosos, carnosos. No pude sino tenderme en el suelo y pedirle que se sentara en mi boca. Lo hizo como pudo, casi asfixiándome al principio, pero una vez que comencé a batir mi lengua ella se colocó a la altura correcta, y comenzó a llenarme la boca con su miel, misma que incité. Ella movía a su antojo su cadera en mi boca, y esta independencia de exigir dónde quería la mamada me puso muy caliente, pues era el tipo de energía, el tipo de actitud que esperaba, el de una mujer que no se conforma con poco, que quiere placer y sabe exigir de qué forma lo quiere, dominante pero frágil, intensa. Cada segundo que mi boca vivió con aquellos labios de su sexo estaban llenos de la magia de esos besos que la gente se da cuando el sacerdote dice "Ahora puede besar a la novia". Ahogado en jugo, tendido boca arriba, sentí como una boca distinta se apoderaba de mi verga, era una manipulación experta y voraz, una boca que se deslizaba a lo largo de mi miembro, desde la punta a los testículos, para luego tragar toda mi pieza de un bocado. Como me di la oportunidad, descubrí que se trataba de Débora.


Flor se quitó de mi cara y como reclamando mi verga como suya, fue a competir a las mamadas con Débora, y lo que comenzó como un duelo en el que francamente Flor estaba en desventaja, se convirtió en una clase de cómo mamar que Débora le impartía gratuitamente a Flor, teniendo como único precio el que de vez en vez ambas me mamaban al mismo tiempo y sus labios y lenguas alcanzaban a tocarse. Yo estaba hechizado, recibiendo mucho más de lo que tenía previsto, y creo que todos estaban en la misma condición. Atrás, Jay estaba empalando por el coño a Diana, mientras ella le mamaba la verga a Fabián y a Martín. Era una perdida. Yo no era su esposo y sin embargo me sentía celoso, pero con unos celos tan morbosos que me provocaban más bien placer.


Estando yo tendido y con mi verga lista para ser montada, vi como Flor se alistaba para cabalgarme. Yo iba a objetar, pero Débora se me adelantó. Débora le impidió seguir a Flor, tal como si fuese por instantes una representante de la razón, y dijo:


-Mi chula, no seas imprudente, déjame le pongo el condón y luego lo montas.


En ese intervalo de razón, yo me senté y Flor se sentó a mi lado, era muy raro ese paréntesis de conciencia mientras Débora traía los condones para la orgía. Le pregunté a Flor con todo el riesgo de que se molestara, aunque muy amablemente:


-¿No acostumbras cuidarte?

-No sé.

-¿No sabes qué?

-No sé nada. Yo sólo iba al concierto de Alejandro Filio y ahora estamos aquí, haciendo esto. Es la primera vez que me dejan salir sola con un chico y sin joderme con una hora de llegar.

-¿Cómo? ¿No fueron por lo del anuncio en internet?

-¿Cuál anuncio?

-Increible, o sea que se sentaron en nuestra mesa...

-Porque no había más y cometí el error de decirle a Jay que conocía a Irma.

-¿Irma?

-Bueno, a Diana.

-Espera ¿Te sigue pareciendo un error?

-No sé, amo a Jay y él se está jodiendo a mi amiga de la secundaria, y yo estoy a punto de dejarme coger por un desconocido...

-¿Es malo?

-No. Quiero hacerlo. Al principio no sabía qué pensar, pero ahora quiero hacerlo, quiero que me tomes y que luego Jay acabe dentro de mi.

-Disculpa la pregunta, ¿Eres virgen?

-No precisamente.

-Llegaron los condones- dijo Débora al llegar.


Me colocó un condón distinto de los que yo traía, tenía unas venas falsas que probablemente reducirían un poco mi sensibilidad, pero que sin duda le encantarían a Flor. Ella se dejó caer sobre mi verga y yo sentí que el condón se iba a derretir ante tanto calor. Sus paredes eran tan estrechas que parecía que quería arrancarme el semen a cada sentón, luego se movía de un lado a otro, como una bailarina de hawaiano, y mi verga, dejada como es, se dejaba querer y aleatoriamente ofrecía un embiste que daba un toque de rudeza al asunto. Le tomé las nalgas y las alcé un poco para ganar movilidad, y ya que tuve ese espacio comencé a taladrarle el coño con tanta rapidez que ella comenzó a gritar, luego me moví lento pero recargando mi presión en las partes externas de su sexo, para luego arremeter con más taladradas, era como un pájaro carpintero que en el pico tuviese una verga de diecisiete centímetros. Me alcé. Tendí sobre su espalda a Flor y continué barrenándola. Mientras hacía esto, Débora me besaba en la boca con tanta lujuria que ya no sabía yo dónde había más sexo, si en mi verga o en mi lengua. Luego Débora se separaba de mis labios y se bajaba a besar la parte besable de los labios del coño de Flor, quien agradecía estas atenciones con unos gemidos extraordinarios. Flor tenía una cara divina al sentirse empalada y mamada al mismo tiempo. De repente todo su ser sufrió un estertor y un gemido callado inundó toda la habitación, se estaba viniendo.


Intenté persistir para hacerla venirse más veces, pero pareció no ser su estilo.


-No, ahorita no. Siento mucho todavía.


Le saqué la verga y ella se quedó dándose masaje en su sexo. Me quité el condón y lo deseche, luego me puse otro de esos condones venudos. Puse a Débora en cuatro patas sobre el sillón y comencé a barrenarla al más puro estilo de Rocco Siffredi, fuerte, intenso, en un ángulo alto que estimule las partes sensibles, golpeando las nalgas con la parte interna inferior de la nalga, barrenando y dilatando el culo con el dedo índice, colocando los pies a la altura del rostro de Débora, quien, siguiendo la lógica del momento, se echó a la boca mi dedo gordo del pie y la parte interior de mi empeine. Este placer es demasiado fuerte, así que tuve que quitarle de la boca mis pies si es que quería guardar un poco de verga para Diana. Aunque por ahora sólo me importaba el culo de Débora.


Penetrándola así, le alcé el torso, pues si algo me pone caliente es estarle dando a lo perro a una mujer y que ésta se voltee hacia atrás para besarme. La cabellera negra de Déborá le daba un toque animal, y me gustaba sentir su mata de pelo en mi pecho, mientras mi cadera la seguía penetrando como una máquina singer facilita. Con mi brazo derecho la rodee por el pecho, aprovechando lo chiquita que era, y con el izquierdo le tocaba el cuello mientras la besaba, sin dejar de tundirle con fuerza. Su culo ya estaba bien dilatado debido a los juegos que con él venía haciendo con mis dedos. Cuando ella dijo, con voz ronca e hipnótica, "Métemela por el culo", lo que sentí en el pecho no fue deseo bestial, ni placer, sino amor, un amor tan intenso que en ese momento pudiera haber dejado mi vida entera por ella, por la mujer de Martín, la amé, incluso unas cuantas lágrimas brotaron de mis ojos, unas lágrimas que nadie vio, unas lágrimas de ver muerta esa sensación se soledad e insatisfacción que se apodera de todos, supe que debería sentirme enamorado más a menudo, aunque sólo fuese amor de una noche.


En medio de esta sensación, imaginen ustedes con qué ternura, con cuanta delicadeza y con cuanta intensidad, franqueé las puertas de su culo, seguro de que por esa ruta tarde que temprano se llega al corazón, y comencé, me clavé con tanta pasión, con tanta entrega, y ella lo supo -desde la primera embestida lo supo- que no había nada trivial, nada banal, en esa culeada que le estaba yo dando. ¿Cuántas noches le dieron sólo placer? No lo sé ni me interesa. La cojida que le di por el culo fue algo artesanal, y con mis dedos tocaba el arpa que era su coño, y con mi otra mano sostenía su cuello mientras ella me besaba, y yo tomaba nota de su sangre que corría por sus venas en latidos cada vez más rápidos. Tuvo ella un orgasmo y al sentirlo lloró de alegría. No supe cuánto tiempo había yo permanecido enclavado en Débora, pero me pareció una eternidad. Su cuerpo era tan menudito, no hubiera yo apostado por ella, y sin embargo me tenía hechizado. Se quiso recostar. A nuestro lado estaba, atento desde hace no sé cuanto, Martín, con un trago en la mano. Con una sonrisa que no me daba pistas acerca de qué pensaba de lo que le había hecho a su mujer, y no me refiero a aquella parte de metérsela en el culo, sino esa de que ella lloraba y yo también.


-Allá te requieren.- me dijo.


Me paré y alcancé a ver que se llevaba unas pastillas a la boca. Débora, dentro de su trance, intentó impedírselo, pero él se las echó a la boca y se rió socarronamente. Débora se enfadó.


-¿Qué pasa?- pregunté.

-Nada- dijo Débora- este cabrón que ya se zampó una droga que lo pone fuera de acción.

-¿Se duerme?- Pregunté.

-Bueno fuera. Se queda tieso, todo ve, todo oye, se convierte en un mirón, como si filmara todo alrededor. Pero al final lo tengo que estar llevando a la casa.

-Yo te ayudo si...

-Tu diviértete.


Me fui al otro extremo. Fabián estaba cojiéndose por el culo a Diana, quien tenía la boca llena de la verga de Jay, quien estaba de rodillas. Detrás de Jay, magreándolo, estaba Flor, ya repuesta de su orgasmo. Jay, al ver un posible relevo, se quitó de la boca de Diana y se sentó en un sofá, mientras que Flor se sentó en él, dejándose empalar, pero dando la espalda a Jay, así, Jay estaba en el sofá, Flor sentada en él pero con el rostro hacia mi dirección, yo besándola y dándome cuenta que al hacerlo era como si besara la verga de mis dos compañeros, pues si a algo sabían los labios de flor era a eso, a verga. Diana mamándome y Fabián cojiéndosela por detrás. Noté que el coño de Flor lo había dejado yo bien hinchado, y si antes era grande, ahora lo era aun más. La verga de Jay, aunque grande, entraba y salía del cuerpo de Flor sin causar demasiado roce, y por más que ella se movía de ángulo, parecía ser insuficiente una sola verga.


-¿Y si yo también te la meto?- le dije.

Todos callaron pero secretamente estaban a favor de ver qué pasaba, aunque la única opinión valedera era la de Flor. Ella volteó como pidiéndole permiso a Jay, quien algo cansado, dijo que sí.

-Intenta. Pero despacito.

Jay se iba a salir de la vagina para metérsela en el culo, pero Flor, para sorpresa de todos, aclaró.

-Por el culo no, por favor. Vamos tu –ni siquiera se había aprendido mi nombre-, métela ahí mismo.


Pese a que mi verga tocaría directamente la de Jay, ni éste ni yo nos quejamos. Diana nos prestó un poco de lubricante soluble en agua. Yo me puse otro condón, y aprovechando que mi verga estaba a medio parar, comencé a meterme. Sin embargo, el morbo de aquello, la energía viril de Jay y la energía eléctrica femenina de Flor, me pusieron la verga a mil. La comencé a meter muy despacio. La vagina de Flor era muy elástica, estábamos cabiendo muy bien. Una vez que me metí, cosa que tardó, comenzó el verdadero placer, un placer tan lento como intenso, denso, crudo, extremo. Todo el cuerpo de Flor se aflojó y se distendió en puro gozo, se convirtió en un nido deseado, y Jay y yo acompasábamos el movimiento en una danza de glándes. Jay comenzó a romper la regla y a moverse cada vez más rápido, su respiración comenzó a hacerse más pesada, y la razón de aquella alteración se hizo evidente cuando a todo lo largo de mi verga sentí las mangueras del pene de Jay llenándose, dejándose recorrer para terminar en los chorros que reventaban histéricamente en el condón y en las paredes de Flor. Ella emocionada con el gemido de gorila que estaba emitiendo su Jay, comenzó a venirse muy intensamente. Un suspiro anunció que Flor estaba teniendo el mejor orgasmo de su vida. Ella me abrazó, me abrazó muy fuerte. Abrazándome a mi balbuceó "Gracias Jay". Habían tenido ambos el mejor orgasmo, el más intenso, y yo había estado ahí con ellos, compartiéndolo. Me sentí muy feliz.


Me salí del cuerpo de Flor. Tiré el condón. Jay y ella se quedaron en el sillón, besándose como dos novios en un parque, hambrientos de nuevo, renovados, más unidos que nunca. Al llegar a El Péndulo, nadie daría tres centavos por la pareja que formaban, ni el mismo Jay estaba convencido de que Flor estuviera a la altura de su guapura, pero ahora, ahora se veían hermosos, e inocentes, ahora brillaban como almas gemelas.


Pero yo aun tenía una deuda pendiente, y su nombre era Diana. Cuando me acerqué, Flor dijo algo que para mi fue un halago. –Irma, tienes que probar la verga de nuestro amigo. Está rica rica.

Desde el sillón Débora abundó –Es cierto. Tienes qué sentirla dentro.

-Pues no se diga más. Ponte abajo.


Me puse abajo. Fabián le seguía dando por el culo y yo por la vagina. Con sus uñas amenazaba mi carne y por segundos me acordé de Laura, ¿Qué diría si me viera haciendo todo lo que estoy haciendo?. Con mucha fuerza estábamos penetrando a Diana. Ella tuvo un orgasmo, tan leve que yo dudé si era fingido. Al parecer ya había tenido varios orgasmos en la noche, tantos que ya no le quedaban para gastar conmigo. El que si se vació completamente fue Fabián. Su orgasmo lo sentí, pero muy lejano, nada qué ver con el orgasmo de titán que había tenido Jay.


Yo me salí de Diana, lo había disfrutado. Me quité el condón una vez más, me dirigí al baño del baby room de la suite. Oriné. Me alcé al lavabo y mi verga estaba casi morada de tanto uso. La lavé porque me choca el olor del látex. Cuando iba a salir, en la puerta me esperaba Débora.


-Alguien aquí no se ha venido, y exijo ser yo la que te de ese regalo.-


Esa voz, me hechizaba de nuevo. Cada quien estaba con su pareja. Jay con Flor, Fabián y Diana. Martín estaba solo. Débora se internó en el cuarto y, contra pronóstico, cerró la puerta, lo que me hizo saber que este momento era suyo y mío, que si bien probablemente no nos veríamos jamás, este instante, importante sin duda, si era nuestro. Ella me rodeó con la estola de plumas y con ella me acarició completamente. Al contacto de las plumas con mi miembro éste se puso muy duro, aunque ya dolía deliciosamente. Ella comenzó a mamarlo muy suavemente, como si supiera de aquel dolor.


-No he dejado de estar mojada sólo de verte. Eres muy valioso, ¿Sabes? Cuando salimos de casa pensé que se trataría de lo mismo, de una noche más en que me dejaría poseer por mera rebeldía, y para mi fortuna, y creo que para la tuya también, no ha sido así. No. No hables. Déjame irme de aquí con estas ideas dulces. Quiero que me tomes como tomarías a tu mujer, a una mujer que sea tuya... la has de tener, un hombre como tú no puede vivir solo.

-¿Por qué lo dices?

-Vanidoso, sabes bien por qué lo digo. Esas maneras que tienes de querer no son de un novato.

-Déjame te cuento que cuando hice el amor por primera vez tenía ya mucho talento, yo mismo me sorprendí.

-No digas tonterías, si esa primera mujer que tuviste te tuviera ahora, ella, y sólo ella, podría explicarte la diferencia.

-Ja.

-Me voy a acordar de ti muy vívidamente los próximos tres días. Estoy segura que cada latido que dé retumbará en mi colita. Pero lo disfrutaré.

Ella tocó mi cabello como si yo fuese un muchacho, quizá un hijo suyo, o los hombres jóvenes en general, con mucha ternura. Dijo –Qué lindo eres. Eres un poco feo, pero eres lindo. Ahorita que has pensado en tu primera mujer has puesto una mirada muy dulce. Me conformo con que cuando te acuerdes de mi lo hagas con esa misma dulzura. Creo que me lo merezco, o dime cómo le hago para ganarme esa mirada. Ves. La has puesto de nuevo.

-Ya lo has logrado. Durante esta segunda mirada pensaba en las lágrimas que me regalaste en el sofá, y en las mías propias.


Me calló con un beso, en ese segundo estuvimos enamorados. Se tendió en la cama, era virgen de nuevo, no joven, no otra, sino virgen. Abrió sus piernas y al centro estaba su sexo, completamente mojado. Comencé a mamarla con mucho cariño, le mamé también el ano, que estaba ciertamente maltrecho. La abrí de piernas en la forma más tradicional, entendí que su regalo era que yo me viniera, no buscando placer, no pretendiendo que hiciera mis numeritos y mis exquisiteces, sino que me diera a la tarea de penetrarla de la forma más instintiva hasta que me regara completamente en ella, como si deseara preñarla. Me puse mi último condón, me enfilé en sus riveras, y adentré mi ariete. Fue medianamente rápido, fue intenso, como si cayera de un barranco. Con las piernas abiertas me puse encima, luego me coloqué en cuclillas y cerré sus piernas, metí sus pies en mi boca y comencé a penetrarla fuertemente mientras le besaba aquellos hermosos piecesitos que tenía, la cadera así dispuesta, lucía más ancha, era una cadera paridora que llamaba la semilla. Penetraba con fuerza, con sus pies en mi boca. Extendí mi mano y la metí en su boca, ella la mordió y la mamó, y el recuerdo de su boca comiéndome la verga, ahora representada por mi mano, las sensaciones estas, todas juntas, hicieron que desde el punto más secreto de mi cuerpo comenzara a venirme. Un alarido anticipó el momento, y comencé a regarme dentro de ella, con un estertor tan violento que me hizo volver la cabeza para arriba, y ella, al sentir mi orgasmo, ató mi verga con su vagina para luego abandonarse ella misma en un orgasmo igual de intenso que el mío. Me quedé metido en ella un rato todavía. Le saqué mi verga para desechar el condón. Nos quedamos recostados un rato, posiblemente hasta dormimos un sueño profundo que duró dos minutos. Nos alzamos.


Fuimos a la sala. Estaba Martín dormido. Flor y Jay se habían marchado, habían pedido a Diana y a Fabián que los despidieran conmigo. Diana y Fabián estaban ya bañados y vestidos, a punto de irse. Ambos me daban las gracias por la invitación y manifestaban habérsela pasado en grande. Al despedirse Diana me dio un beso en la mejilla y me dijo en secreto:


–A ver si un día nos dedicas todo tu tiempo a nosotros solos. Eso que le hicieron a Flor me dio envidia. Llama, no lo olvides, llama.


Se fueron. La fiesta había terminado formalmente.


Le ayudé a Débora a subir a Martín al coche. Insistí en acompañarla hasta su casa. Ella aceptó, sin embargo, durante el camino iba muy callada. La Ciudad de México, aunque la adoro, me es desconocida en su vialidad. Débora me llevó por calles que nunca en mi vida había visto, ni vería de nuevo. Llegamos a un conjunto de edificios de departamentos, como modernas colmenas. No dijimos nada durante el camino. Antes de entrar a la unidad habitacional había una estación de taxis.


-Será mejor que tomes un taxi de estos. El rumbo no es muy seguro y vivo aquí a unos minutos en coche.

-Supongo que tienes razón. ¿Puedo preguntarte donde vives?

-No puedes. En todo caso en estos edificios vive Jacqueline, no Débora. Guarda a Débora en tu corazón, que Jacqueline no existe para ti. ¿Sale? Así sin dramas.

-Sale.

-Otra cosa. ¿Cómo se llama tu mujer?

-Laura.

-Qué bonito pronuncias su nombre. Es afortunada, deberías invitarla a tus correrías de gato.

-No le gustaría...

-Eso, mi queridísimo bebé, es algo que no puedes saber, ni te va a decir hasta que lo haya probado.

-Lo pensaré... – Mentí.

-Ciao.


Nos besamos de despedida.


El sol comenzaba a amanecer. Jacqueline seguramente tiene hijos, un trabajo, una vida cotidiana, pero también un alma inquieta que lo da todo a cambio de gritar que está viva. En eso se parece a mi. Ambos somos la materia prima de los MILF. Todo este embrollo de los contactos estoy seguro que no es mi modo de vida, posiblemente lo experimente de nuevo, y seguro estoy de que no se me volverá hábito, pues cuando lo sea estaré igual que antes, sumido en el tedio.


Fue una gran noche, inusual y gratuita como las cosas que valen la pena.


La dicha puede obtenerse sin riesgo alguno, basta que uno haga el esfuerzo correcto, la tarea correcta, y los efectos vendrán en pago de nuestra búsqueda, de nuestro trabajo. Esta sensación de costo es la que mata. Sé que tengo el poder para materializar mis deseos, pero detesto materializar el placer. Uno puede tener el mundo en la palma de la mano, pero esos regalos gratuitos que da la vida, esos imprevistos, esos que uno no pide pero sin embargo recibe, esos son los que hacen que todo florezca.


Regresé a mi ciudad. No mentí cuando al llegar dije que tenía mucho sueño. Dormí todo el domingo. Al despertar, Laura estaba muy extraña. Me dio de cenar, pero ella no cenó. Supe que quería tener sexo. Lo hicimos como nunca, ella se calentó como una alma maldita. Uno no lo nota, supongo, pero cada cuerpo que uno ama enseña cosas, y esa noche yo tuve para ella una caja de regalos que me habían dado Flor, Jay, Fabián y Débora, caí en cuenta que nunca tuve contacto con Martín. Fue como si todos ellos le hicieran el amor. Me sentí nutrido y pleno. Ella tuvo un orgasmo y lloró. Ya cuando nos estábamos fumando un cigarro de después de, me dijo:


-Cuéntame, ¿Cómo te fue?

-Bien.- Respondí con la más absoluta austeridad.

-¿Quién es Rosy? Te llamó por la tarde desde México, contesté porque no quise despertarte. ¿Hice mal? Te dejó su teléfono.

-No me suena....

-Se ha de haber equivocado, preguntaba por un tal José Luis, le dije que aquí no vivía ningún José Luis.

-Lo raro es que marque un número equivocado de larga distancia. Luego investigo.

-También llamó una tal Sonia.

-¡Que raro!

-Esta es más rara todavía. Ya que supo que era número equivocado me preguntó por la clave lada, se sorprendió que le dijera de dónde corresponde. No le di datos personales, pero pareció muy feliz de hablar con alguien de aquí.

-¿Y qué más te dijo?

-Que le encantaría venir, pero que no conoce a nadie...

-Pues ese si es un problema.

-No tanto. Me inspiró confianza. Le di mi correo electrónico, por si quiere establecer correspondencia conmigo, si me cae bien, puede que hasta la invite.

-Mmmm.

-Tiene mi edad.

-Vaya.

-Te voy a contar algo más extraño aun. Le contesté tan de buena gana porque noté que su voz era idéntica a la de la tal Rosy. Además, revise el identificador de tu celular y ambas llamadas provenían de un mismo teléfono. Creí que era la misma persona aventándose un deja vú. La escucho medio obsesiva. Seguro que viene.

-¿Para qué vendría?

-¿A qué viene la gente aquí? A divertirse.

-Mmm.

-Te estás durmiendo. Ya descansa, papacito. Has de estar cansado de tanto coger. ¿Te doy un masajito?

-Ajá.


Sintiendo sus manos masajeándome las nalgas con crema, me fui durmiendo. El olor de su entrepierna me narcotiza. Ya en sueños, me sentí de nuevo en aquel puente colgante, reconocí que nunca terminé de cruzarlo, que me quedé jugando en medio, vuelvo la vista hacia atrás y me parece ver que detrás de mi, en el extremo de donde vengo está Laura, me tallo los ojos, y en el otro extremo está ella también, pero desnuda. El puente no pende de estaca alguna, en ambos lados es ella quien sostiene las lianas, ella quien juguetonamente las mece, el puente se mueve horrible, pero lo horrible me empieza a parecer divertido.

Creo que ya me conocen. Sigo viajando y deseo compartir por algunas pocas ocasiones más este tipo de experiencias. Viajo a Monterrey, a Querétaro y al Distrito Federal. Escríbanme si les apetece, mi correo es xhivalingam(arroba)yahoo.com.mx, puede que además de vivir algo intenso les agrade la idea que la escriba.

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