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como me gusta el olor a chucha

Relato enviado por: Anonymous el 2/7/2009. Lecturas: 4806
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como surgio el gusto por los jugos de los calzones usados. este relato que lo envie hace un mes no ha sido publicado, quisiera saber el motivo, su amigo socta69 el del relato de la pose del candado chino.# Como me gusta el olor a chucha Todo comenzó una tarde de verano cuando tenía veintitrés años. Vivía solo en un pequeño apartamento cerca de la universidad, compartiendo el edificio con varios estudiantes y trabajadores jóvenes. Entre ellos estaba Carolina, una morena de piernas torneadas y caderas anchas que vivía en el piso de arriba. Tenía el cabello negro hasta los hombros, ojos cafés profundos y una sonrisa traviesa que me ponía nervioso cada vez que nos cruzábamos en el pasillo. Ese día de julio hacía un calor infernal. El aire acondicionado del edificio se había averiado y todos andábamos en ropa ligera, sudorosos y buscando cualquier forma de refrescarnos. Yo había bajado al sótano donde estaban las lavadoras comunes, cargando mi cesto de ropa sucia, cuando noté que alguien había dejado una carga olvidada en una de las secadoras. Me acerqué a revisar, pensando en avisar al dueño o la dueña. Al abrir la puerta, una ráfaga de aire tibio me golpeó la cara junto con un aroma... diferente. Intenso. Embriagador. Sin pensarlo mucho, empecé a sacar la ropa para ponerla en una cesta y buscar alguna identificación. Camisetas, shorts, toallas... y entonces mis dedos tocaron algo de encaje. Era un conjunto de ropa interior femenina. Sostenes de encaje negro y morado, y varios calzones del mismo estilo. El aroma que emanaba de aquellas prendas era inconfundible: el olor almizclado, ligeramente ácido pero dulce a la vez, de una mujer. Mi corazón comenzó a latir más rápido. Miré hacia la puerta del sótano para asegurarme de estar solo. Tomé uno de los calzones entre mis manos. Era de encaje negro con un pequeño moño rosa al frente. Estaba tibio aún por la secadora. Sin entender muy bien qué me impulsaba, lo acerqué a mi nariz y aspiré profundamente. Fue como si algo dentro de mí se encendiera. El olor era intenso, cargado de feromonas y de esa esencia única que solo la entrepierna de una mujer puede tener. Sentí cómo mi verga comenzaba a endurecerse dentro de mis pantalones deportivos. Había algo primitivo, animal, en aquella fragancia que despertó un deseo que no sabía que tenía. Volví a inhalar, esta vez más lentamente, saboreando cada nota de aquel perfume natural. Podía distinguir el aroma a sudor mezclado con los flujos femeninos, con ese toque ligeramente salado que me hacía salivar. Mi polla ya estaba completamente dura, marcándose obscenamente contra la tela gris de mi pantalón. —¿Qué haces? La voz me hizo brincar como si me hubieran disparado. Solté el calzón inmediatamente y me di la vuelta, intentando tapar mi evidente erección con el cesto de ropa. Era Carolina, parada en las escaleras del sótano, mirándome con una mezcla de diversión y curiosidad. —Yo... esto... alguien dejó su ropa y yo solo... —balbucee, sintiendo cómo mi cara se ponía del color de un tomate. Ella bajó lentamente los escalones, sus chancletas haciendo un sonido rítmico contra el concreto. Llevaba unos shorts de jean muy cortos que apenas cubrían sus nalgas redondas y una camiseta blanca sin sostén que dejaba ver el contorno de sus pezones. —Esa es mi ropa —dijo con una sonrisa pícara—. Me llamaron del trabajo y tuve que irme rápido. Vine a recogerla. Quise que me tragara la tierra. De todas las personas en el edificio, tenía que ser ella. Intenté decir algo, cualquier excusa, pero las palabras no salían de mi boca. Carolina se acercó más, tanto que pude oler su perfume mezclado con el sudor del día. Se inclinó para recoger el calzón que había dejado caer, dándome una vista generosa de su escote. Cuando se incorporó, sostuvo la prenda entre nosotros. —¿Te gusta el olor? —preguntó directamente, sin rodeos. Mi cara debió haberlo dicho todo porque ella soltó una risita suave. —No te avergüences. Es más común de lo que crees —dijo, acercándose aún más—. ¿Sabes? Siempre me has parecido atractivo. Un poco tímido, pero atractivo. Mi verga palpitaba dolorosamente dentro de mis pantalones. Carolina notó mi incomodidad y bajó la mirada directamente a mi entrepierna. —Parece que realmente te gustó —murmuró con voz ronca—. ¿Quieres oler más? No podía creer lo que estaba escuchando. Asentí lentamente, incapaz de formar palabras. Ella sonrió y se dio la vuelta, caminando hacia la secadora. Comenzó a meter su ropa en una bolsa, pero separó varios calzones. —Estos son los que usé esta semana —dijo, volteándose hacia mí—. No los lavé con el resto porque... bueno, me gusta guardarlos un tiempo. Conservan mejor el olor. Me extendió uno de color morado oscuro. Lo tomé con manos temblorosas. Era más pesado que el anterior, y cuando lo abrí pude ver manchas claras en la tela de la entrepierna. El olor era mucho más fuerte, más concentrado. Aspiré profundamente y un gemido involuntario escapó de mi garganta. —Así me gusta —susurró Carolina—. Ese lo usé ayer todo el día. Hacía mucho calor y caminé bastante. Imagínate cómo sudaba mi concha dentro de ese calzoncito. Sus palabras crudas me excitaron aún más. Volví a oler la prenda, esta vez presionándola contra mi cara, frotando mi nariz contra la parte más húmeda. El aroma era embriagador: almizclado, intenso, con ese toque agrio del sudor mezclado con los fluidos naturales de su sexo. Carolina se acercó y presionó su mano contra mi erección. Gemí contra el calzón. —Estás durísimo —dijo, masajeando mi verga por encima del pantalón—. ¿Te gustaría oler el original? Asentí desesperadamente. Ella se rió y me tomó de la mano, llevándome hacia un rincón del sótano donde había unas cajas apiladas que nos ocultaban de la vista directa de las escaleras. —Arrodíllate —ordenó con voz firme. Obedecí inmediatamente, cayendo de rodillas frente a ella. Carolina desabrochó lentamente el botón de sus shorts y bajó el zipper. Los deslizó por sus piernas poco a poco, revelando un calzón de encaje blanco que contrastaba hermosamente con su piel morena. Podía ver una pequeña mancha húmeda en la entrepierna. —Huéleme —dijo, dando un paso adelante. Me incliné hacia delante, presionando mi nariz contra su monte de venus. El calor que emanaba de su sexo era increíble. Aspiré profundamente y el olor fue aún más intenso que en los calzones usados. Era fresco,
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Comentarios (1)

katebrown 18 de October de 2022 a las 21:15
SEX? GOODGIRLS.CF
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