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La Mano Izquierda de Kathy

Relato enviado por: frankie2007 el 7/1/2009. Lecturas: 8211
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Relatos borrado a peticion de su autor

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# La Mano Izquierda de Kathy Kathy siempre había sido zurda, pero nunca imaginó que esa peculiaridad se convertiría en el elemento más codiciado de su anatomía. Todo comenzó aquella tarde de viernes en la oficina, cuando el estrés acumulado de la semana pesaba sobre los hombros de todos como una losa invisible. Tenía veintiséis años, cabello castaño que le caía en ondas suaves hasta media espalda, ojos color miel que contrastaban con su piel pálida, y una figura que ella misma consideraba "normal" pero que despertaba miradas furtivas en los pasillos. Ese día vestía una blusa blanca de seda que se ajustaba sutilmente a sus curvas, y una falda de tubo gris que llegaba justo por encima de las rodillas. La oficina era un espacio moderno de planta abierta, con escritorios separados por divisores transparentes que daban la ilusión de privacidad sin proporcionarla realmente. Las luces fluorescentes zumbaban suavemente sobre sus cabezas, y el aroma a café recién hecho flotaba desde la pequeña cocina del fondo. Marcos, su compañero de cubículo, llevaba todo el día lanzándole miradas que ella fingía no notar. Era alto, de complexión atlética, con ese tipo de atractivo descuidado que viene de pasar más tiempo en el gimnasio que frente al espejo. Su camisa azul estaba arrugada después de horas de trabajo, las mangas enrolladas hasta los codos dejaban ver antebrazos musculosos. —Kathy —susurró Marcos, inclinándose sobre el divisor que separaba sus escritorios—. ¿Puedes hacerme un favor? Ella alzó la vista de su computadora, arqueando una ceja con curiosidad. La oficina estaba casi vacía; la mayoría se había marchado temprano para comenzar el fin de semana. —¿Qué tipo de favor? —preguntó con cautela, guardando el documento en el que trabajaba. Marcos tragó saliva, su nuez de Adán subiendo y bajando notoriamente. Había nerviosismo en sus ojos oscuros, pero también algo más... ¿deseo? —Verás... he tenido una semana terrible. Tensión por todos lados. Y he notado que eres zurda —hizo una pausa, como si estuviera reuniendo coraje—. Dicen que cuando alguien más lo hace con la mano contraria, la sensación es... diferente. Más intensa. Kathy tardó unos segundos en procesar lo que estaba escuchando. Cuando finalmente entendió, sintió cómo el calor subía por su cuello hasta colorear sus mejillas. —¿Me estás pidiendo que...? —no terminó la frase, mirando alrededor para asegurarse de que nadie más pudiera escucharlos. —Solo sería un momento —insistió Marcos, levantándose y acercándose a su escritorio con pasos cautelosos—. Nadie tiene que saberlo. Por favor, Kathy. Necesito liberarme de esta tensión. Había algo en su voz, una vulnerabilidad mezclada con urgencia, que despertó algo en ella. Quizás fue la monotonía de su propia vida sexual, o tal vez la emoción prohibida de hacer algo tan atrevido en la oficina. Antes de que pudiera pensarlo demasiado, asintió. —Está bien —susurró—. Pero rápido. Marcos sonrió con una mezcla de alivio y anticipación. Se acercó más, posicionándose junto a su silla giratoria. Con manos temblorosas, desabrochó su cinturón y bajó la cremallera de su pantalón. Kathy observaba con el corazón acelerado, sintiendo cómo su propia respiración se volvía más pesada. Cuando Marcos liberó su miembro, ya estaba completamente erecto. Kathy extendió su mano izquierda, dudando solo un instante antes de envolverlo con sus dedos. La piel era suave y cálida, y sintió cómo palpitaba contra su palma. Comenzó con movimientos lentos, exploratorios, sintiendo cada vena, cada centímetro. Marcos cerró los ojos y dejó escapar un gemido bajo que resonó en el espacio silencioso de la oficina vacía. —Dios, Kathy... se siente increíble —murmuró, apoyando una mano en el escritorio para mantener el equilibrio. Ella aumentó el ritmo, descubriendo que había algo extrañamente estimulante en tener ese control sobre él. Ver cómo su expresión se transformaba con cada movimiento, cómo su respiración se volvía irregular, cómo sus músculos se tensaban bajo la tela de su camisa. Su mano izquierda trabajaba con precisión, subiendo y bajando con un ritmo constante que pronto tuvo a Marcos temblando. El escritorio crujía ligeramente con sus movimientos, y Kathy rezaba en silencio para que nadie decidiera regresar por algo olvidado. No tomó mucho tiempo. Marcos soltó un gemido ahogado, su cuerpo entero tensándose mientras alcanzaba el clímax sobre los pañuelos de papel que Kathy había colocado estratégicamente. Ella sintió cómo su miembro palpitaba en su mano, liberando toda la tensión acumulada. Después de que todo terminara y Marcos se recompusiera, la miró con una mezcla de gratitud y asombro. —Gracias, Kathy. En serio. Eso fue... diferente —se pasó una mano por el cabello, aún tratando de recuperar el aliento. Lo que ninguno de ellos sabía era que Daniel, del departamento de contabilidad, había permanecido en su oficina privada al fondo del pasillo. Había salido justo a tiempo para presenciar los últimos momentos del encuentro a través del vidrio transparente. El lunes por la mañana, cuando Kathy llegó a la oficina con su café matutino y su habitual sonrisa cortés, encontró a Daniel esperándola junto a su escritorio. Era mayor que Marcos, probablemente rozando los cuarenta, con entradas pronunciadas que compensaba con una barba perfectamente recortada y trajes impecables. —Kathy, ¿podemos hablar un momento? —preguntó con una sonrisa que ella no supo interpretar. La llevó a una de las salas de reuniones vacías, cerrando la puerta tras ellos. El corazón de Kathy comenzó a acelerarse, temiendo lo peor. —Mira, vi lo que pasó el viernes —dijo Daniel sin rodeos, pero su tono no era acusatorio—. Y antes de que te preocupes, no voy a reportarlo a recursos humanos. Kathy sintió que las piernas le flaqueaban. Se apoyó contra la mesa de conferencias, esperando el inevitable "pero". —De hecho —continuó Daniel, aflojándose la corbata—, me preguntaba si estarías dispuesta a... compartir tu talento. Ella parpadeó, sorprendida. ¿Acaso había escuchado bien? —He estado bajo mucho estrés últimamente —explicó Daniel, acercándose—. Problemas con el divorcio, la presión del trabajo. Y honestamente, lo que vi me hizo pensar que quizás tú podrías ayudarme también. Había algo casi cómico en la situación. Aquí estaba ella, una simple administrativa, siendo solicitada por sus habilidades manuales como si fuera algún tipo de especialista.
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Promedio: 2/5 ★★☆☆☆  (2 votos)

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Comentarios (1)

katebrown 18 de October de 2022 a las 19:56
SEX? GOODGIRLS.CF
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