Relato enviado por:
Masta el 11/9/2008.
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-¡QUIERO QUE ME COJAS CON TU VERGOTA PAPI!-, gritas a todo pulmón logrando que el sonido traspase las paredes del cuarto, y satisfaciéndome.
Relato borrado a peticion del autor
# Mañana pasaré por ti
La luz del atardecer se filtraba por las persianas entornadas de tu habitación, creando franjas doradas sobre las sábanas revueltas. Llevábamos horas encerrados, perdidos en un juego de provocaciones que había comenzado con mensajes inocentes por la mañana y que ahora, con la ropa esparcida por el suelo y la piel perlada de sudor, alcanzaba su punto más intenso.
Te observo desde arriba, admirando cómo tu cabello castaño se desparrama sobre la almohada como un abanico oscuro. Tus ojos verdes me miran con esa mezcla de desafío y deseo que me vuelve loco desde el primer día. Tu cuerpo, curvilíneo y suave, se arquea bajo el mío, buscando más contacto, más fricción, más de todo.
—Por favor— susurras primero, mordiéndote el labio inferior de esa manera que sabes que me desarma.
Sonrío con suficiencia, deslizando mis manos por tus costados, sintiendo cómo tu piel se eriza bajo mis dedos. Mis labios trazan un camino lento desde tu cuello hasta el valle entre tus pechos, sin darle lo que realmente quieres. Escucho tu respiración entrecortada, siento cómo tus manos se aferran a mis hombros, clavando ligeramente las uñas.
—¿Por favor qué?— pregunto contra tu piel, sabiendo perfectamente lo que deseas pero disfrutando de hacerte esperar.
Tu frustración es palpable. Intentas mover las caderas, buscando el ángulo correcto, pero mantengo el control, alejándome justo lo suficiente para mantenerte al borde. Hemos jugado este juego antes, esta danza de poder donde ambos sabemos quién terminará suplicando primero.
—Sabes qué— murmuras, tu voz ronca de deseo.
—Dímelo— insisto, mordisqueando suavemente tu mandíbula—. Quiero escucharte decirlo.
Puedo sentir cómo tu cuerpo tiembla de anticipación. Tus piernas rodean mi cintura, intentando acercarme más, pero me mantengo firme en mi tortura dulce. Mis manos exploran cada centímetro de tu piel, memorizando cada curva, cada suspiro que provocan mis caricias.
—Eres un maldito— jadeas, pero hay una sonrisa en tus labios.
—Y tú lo adoras— respondo, capturando tu boca en un beso profundo que te deja sin aliento.
Mis dedos finalmente encuentran ese lugar que te hace gemir, y comienzo a moverlos con precisión calculada, observando cómo tu rostro se transforma con el placer. Tus ojos se cierran, tu boca se abre en un suspiro silencioso, y sé que estás cerca de perder el control completamente.
—Mírame— ordeno suavemente, y tus párpados se abren con esfuerzo, revelando esos ojos verdes nublados por el deseo—. Quiero verte cuando lo digas.
La tensión en la habitación es casi tangible. El aire se siente denso, cargado de electricidad y promesas no cumplidas. Puedo escuchar el sonido de nuestra respiración agitada, el roce de las sábanas, el latido acelerado de nuestros corazones.
—Te necesito— admites finalmente, tu orgullo desvaneciéndose ante la necesidad apremiante que sientes.
—¿Qué necesitas exactamente?— pregunto, aumentando la intensidad de mis caricias, llevándote más cerca del precipicio pero sin dejarte caer.
Tus manos bajan por mi espalda, dejando rastros de fuego a su paso. Me clavas las uñas, marcándome, reclamándome como tuyo mientras yo hago lo mismo contigo. La habitación parece encogerse a nuestro alrededor hasta que solo existimos nosotros dos, perdidos en este momento de necesidad cruda y honesta.
—¡QUIERO QUE ME COJAS CON TU VERGOTA PAPI!— gritas a todo pulmón, logrando que el sonido traspase las paredes del cuarto, y satisfaciéndome.
Tu desinhibición total, esa entrega sin reservas, es exactamente lo que estaba esperando. No hay más juegos, no más provocaciones. La urgencia nos consume a ambos mientras finalmente te doy lo que tanto has estado pidiendo.
El primer embate arranca un grito de tus labios que se mezcla con mi propio gruñido de placer. Tus piernas se cierran con fuerza alrededor de mi cintura, tus manos se aferran a mi espalda como si temieras que fuera a alejarme. Pero no hay ninguna posibilidad de eso. Estoy tan perdido en ti como tú en mí.
—Así, papi, así— gimes sin pudor, abandonando cualquier pretensión de control.
Establezco un ritmo firme, profundo, exactamente como sé que te gusta. La cama protesta bajo nosotros, golpeando contra la pared en un ritmo constante que seguramente alertará a todo el edificio de lo que estamos haciendo. Pero ninguno de los dos se detiene a pensarlo. En este momento, nada más importa.
Tus pechos rebotan con cada embestida, y no puedo resistirme a tomarlos, a acariciarlos, a saborearlos. Tu espalda se arquea, ofreciéndote más a mí, y acepto la invitación con gusto. Cada gemido que escapa de tus labios es música para mis oídos, cada grito de placer una sinfonía que me impulsa a seguir, a darte más.
—Más fuerte— suplicas, y obedezco encantado.
El sonido de piel contra piel llena la habitación, mezclándose con nuestros jadeos y gemidos. Puedo sentir cómo tu cuerpo comienza a tensarse, reconozco las señales. Estás cerca, muy cerca.
—No pares, por favor no pares— rugas, tu voz quebrada por el placer.
Deslizo una mano entre nuestros cuerpos, encontrando ese punto sensible y acariciándolo en sincronía con mis movimientos. Tu reacción es inmediata. Tu cuerpo entero se sacude, tus uñas rasgan mi espalda, y sueltas un grito que definitivamente despertará a los vecinos.
—¡Sí, papi, me vengo!— exclamas, y siento cómo tu cuerpo se contrae alrededor del mío.
Ver tu éxtasis, sentirte pulsando, escuchar tus gritos de placer, es suficiente para llevarme al límite. Con unas últimas embestidas profundas, me dejo ir, gruñendo tu nombre contra tu cuello mientras te lleno por completo.
Nos quedamos así por un momento, todavía unidos, respirando pesadamente, nuestros corazones latiendo al unísono. Tu mano acaricia suavemente mi cabello, y levanto la cabeza para mirarte. Tus mejillas están sonrojadas, tu cabello pegado a tu frente por el sudor, y hay una sonrisa satisfecha en tus labios.
—Eres increíble— murmuro, besándote suavemente.
—Lo sé— respondes con esa confianza que tanto me atrae, guiñándome un ojo.
Me dejo caer a tu lado, atrayéndote hacia mí. Tu cabeza descansa en