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Mi adorada Rebeca, mi deseo prohibido: una noche inolvidable con mi hija.

Relato enviado por: Escritor99~ el 25/5/2026. Lecturas: 1501
Etiquetas:   Amor filial
Relato completo
En este relato narro mi lucha interna entre el amor paternal y la lujuria que siento por mi hermosa hija Rebeca, mi mayor tesorito, que a sus 16 años, con su cuerpecito bien madurito para su edad, se convirtió en una mujercita más que deseable, hasta para mí, que por barias situaciones que cuento en esta historia llegué a concretar uno de mis más anhelados deseos.Me llamo Juan, tengo 45 años, vivo en el norte de México y trabajo como gerente en una empresa de tecnología. He estado y sigo casado con mi actual mujer, Beatriz durante más de veinte años, y nunca he tenido una relación fuera de nuestro matrimonio. Nuestra vida juntos ha sido una bendición, especialmente porque nos trajo a Rebeca, nuestra hermosa hija.
Rebeca siempre ha sido mi princesa. Desde que era una niña, pasábamos horas jugando juntos, y esos momentos han sido algunos de los más felices de mi vida. Nunca imaginé que mi relación con ella cambiaría de la forma en que lo ha hecho.
Todo comenzó cuando Rebeca cumplió 12 años. Empecé a notar cambios en su cuerpo que me sorprendieron. Al principio, me sentía orgulloso de ver cómo mi niña se desarrollaba, pero pronto esos sentimientos se mezclaron con una especie de duda y confusión. Aunque bastante joven, su cuerpo estaba cambiando de una manera que no podía ignorar.
Su piel, siempre tan clara, combinaba mucho más con su pelo castaño, siempre tan brillante y rizado, el cual ahora caía en ondas suaves sobre sus hombros. Sus ojos cafés, que antes solo mostraban inocencia, ahora tenían un brillo que me hacía sentir cosas que nunca había sentido por mi propia hija.
Su cintura se estrechó de una manera que resaltaba aún más sus caderas, que se ensancharon de la forma más sensual para una niña como ella. Su culito, que antes era pequeño y redondo, ahora se había agrandado y respingado, sus piernas antes delgadas y sin forma, ahora se habían alargado y definido, con músculos tonificados que se movían con gracia.
Fue en ese momento cuando Rebeca dejó de usar corpiños y comenzó a usar brasieres. No solo su culito había crecido, sino que sus tetas también habían desarrollado una forma y tamaño que no podía dejar de admirar. Cada vez que la veía, sentía una atracción que me hacía sentir culpable, pero que no podía controlar.
Las ropas que usaba también cambiaron. Dejó los pantalones holgados y comenzó a usar mini shorts que resaltaban cada curva de su cuerpo. Las camisas fueron reemplazadas por blusitas que dejaban poco a la imaginación. Los pantalones jeans y de licra, aunque cubrían más, dejaban ver sus piernas de una manera que me hacía perder el aliento. Parecía que su culito se paraba más, resaltando aún más su figura.
Cabe recalcar que si bien se desarrolló de una forma bien rica, no fue lo mismo para su estatura, pero lejos de ser algo negativo, eso solo hacía que sus curvas se destacaran mucho más.
Cada vez que la veía, sentía una mezcla de deseo y culpabilidad. Sabía que lo que sentía no estaba bien, pero no podía evitarlo. Rebeca se había convertido en una joven hermosa, y cada día que pasaba, me resultaba más difícil resistir la tentación de acercarme a ella de una manera que nunca antes había considerado.
A sus 16 años, su cuerpo ya estaba bastante madurito para su edad. Decir que estaba buena era quedarse corto, Rebeca se había convertido en una verdadera preciosura, un bombón, toda una mamacita. En su fiesta de 16, mi hija usó un hermoso vestido negro que resaltaba cada curva de su cuerpo. El vestido se ajustaba a su cintura, dejando ver claramente la estrechez de su figura. Sus tetas, bastante desarrolladas, pareciendo casi a las de una de 20, por poco se salían del vestido, solo contenidas por los finos tirantes que dejaban ver la división perfecta entre sus senos. Acompañando el vestido, llevaba un par de tacones del mismo color, que resaltaban sus pantorrillas, ya que el vestido solo cubría desde las rodillas para arriba.
La fiesta tomó lugar en una quinta con alberca, como era de esperar. Las amigas de Rebeca, siempre juguetonas, la tiraron a la piscina de repente, sin esperar a que se pusiera el traje de baño. Rebeca, lejos de enojarse, salió riendo junto a sus amigas y el resto de los invitados. A Beatriz, mi esposa, no le pareció gracioso, pero a mí me resultaba difícil contener la risa. Rebeca y sus amigas entraron a la casa que alquilamos. Por mera curiosidad y aún riendo, me adentré. Al entrar en la cocina, me sorprendí al ver a las dos amigas de mi hija secándola. Rebeca estaba con su vestido, totalmente mojado y pegado a su cuerpo. La tela húmeda se transparentaba, permitiendo ver sus blanquísimos muslos definidos a través de la tela negra. La piel de Rebeca, tan clara, y la buena iluminación de la cocina, hacían que sus curvas se resaltaran aún más. Su culito, más que un culito, era una cosa preciosa, rebeca tenía un grandioso par de nalgotas para su edad, bien paradas, enormes y bien redondas; adornadas en ese momento con unos encantadores calzones rojos.
Cuando Rebeca y sus amigas me preguntaron si se me ofrecía algo, aún entre risas, me reincorporé y les dije que no pasaba nada. Le ofrecí a Rebeca traerle un cambio de ropa de casa, pero ella continuó divirtiéndose como si nada hubiera pasado. Yo, por mi parte, traté de no mirarla tanto, pero era difícil, más cuando en dado momento se puso su traje de baño. Cuando la fiesta terminó, ya a media noche, y fuimos a casa, no pude evitar seguir recordando lo que había visto. Tanto fue así que, mientras mi mujer y mis hijas dormían, me levanté y fui al baño para pasarme agua por la cara. El contacto con el agua, lejos de calmar mis pensamientos, los avivó más. Recordé claramente cómo se le marcaba cada parte del cuerpo de Rebeca por la humedad, lo gloriosa que se veía con su traje de baño, como sus calzones rojos complementaban aquel hermoso culo.
Fue tanto mi pensar que ya no me importaba la erección que se me formaba. De hecho, miré por fuera del baño, y al ver y no oír a nadie, me encerré en él, comenzando una de las mejores pajas de mi vida.
Tras mitad de año, me la pasaba cuestionando durante semanas qué era lo que podía hacer, ya que no podía ser posible que me sintiera atraído por mi hija. Al menos una vez al mes me hacía una paja dedicada a ella, o cada que tenía sexo con mi mujer, terminaba imaginándome teniendo sexo con mi hija Rebeca. Pero todo cambió una noche. Miré una película con mi esposa y con mi hija. Había una escena en donde intentaban drogar a una mujer para secuestrarla, y eso fue el detonante para una más que morbosa idea para mí, claro que acompañada de esa idea vino la duda y remordimiento de lo que pensaba. Tanto así que ya para ese momento, ya no le presté mucha atención a la película, ni siquiera recuerdo de qué se trataba. Mi mente maquinaba y aún debatía lo que estaba pensando, mirando de reojo a mi hija Rebeca sentada a mi lado en el sofá, llevando un short corto y una camisa que, aunque era holgada, dejaba un buen escote. Eso me hizo decidirme.
Cuando terminó la película, me despedí de mi hija con un beso en la frente, ya maquinando todo. Al acostarme con mi esposa en la cama, ella se percató de que estaba erecto. Sonrió, pensando que estaba con ganas de coger con ella. Le dije que sí, aún sonriente, pero en realidad pensando en lo que tenía planeado. Tuvimos sexo esa noche, claramente pensando en mi hija mientras lo hacía.
Al día siguiente, cuando me fui al trabajo, aproveché para investigar sobre unas pastillas para dormir, cuáles eran las más fuertes, cuánto tomaba para que hicieran efecto, y cuáles tenían el menor efecto dependiente. Me tomó una semana conseguir la droga, puesto que sin receta médica era más complicado. Por suerte, el hijo de uno de mis compañeros del trabajo andaba en malos pasos. Siempre lo había visto como un caso perdido, pero en esos momentos me pareció mi salvador. Bastó con una visita a la casa de mi compañero para tomar unas cervezas y hablar de otras cosas fuera del trabajo, aprovechando un momento para hablar a solas con su hijo. Solo le di mi número, y más tarde acordamos lo que necesitaba, que eran los somníferos, anticonceptivos y afrodisiacos en gotas; pagándole una buena cantidad para asegurar que mantuviera la boca cerrada.
Ya un mes después de conseguir la droga, Esperé, tocaba meditar el momento en que pudiera estar a solas con mi hija. Como si Dios me diera un empujón, mi mujer solía salir ocasionalmente con sus amistades, y para mi suerte, una de sus más viejas y cercanas amigas también cumplía años, tomando lugar el festejo al otro lado de la ciudad, por lo cual iría y regresaría ella sola al día siguiente a la mañana o al mediodía por el trabajo. Ante ello fingí naturalidad, aparentando que me daba algo de tristeza que mi esposa no pasara la noche conmigo por mi trabajo y que Rebeca tuviera escuela, pero al final terminamos hablando de cosas normales.
Cuando mi esposa partió, a Rebeca no le tomó ni cinco minutos en pedirme para salir, puesto que yo era más permisivo que mi mujer. Le di el visto bueno, le dije que regresara antes de la cena, que en esa ocasión cenaríamos pizza, alegrando a Rebeca, la cual, ya más emocionada, se marchó. Ante ello, aproveché, llamé a la rosticería para encargar 3 pizzas. Mientras esperaba que llegara el repartidor, me puse manos a la obra. Tomé las pastillas, pensé en cómo podría mezclarlas para que mi hija las tomara. Al revisar el refrigerador, encontré bananas y leche, por lo que preparé 2 licuados, cada uno en un vaso distinto, uno sin nada, el otro con la droga.
Ya pasadas dos horas, cuando Rebeca regresó, la esperé con las pizzas, para alegría de Rebeca, más cuando le dije que 2 cajas serían para ella y 1 para mí, y que le daba permiso de comer en su cuarto para que mirara sus series en su computadora. Cosa que, en serio, la puso tan contenta que me dio un beso en la mejilla para irse a toda marcha a su cuarto, sin saber que 2 gotas de afrodisiaco yacían en una de las porciones.
Mientras cenaba en la mesa de la cocina, pensaba en todo lo que podría hacer. Tenía todo a mano, el primer paso estaba, faltaba el segundo. Ya pasada media hora, llevé el vaso con el batido al cuarto de mi hija, toqué a la puerta y le dije que tenía postre, el cual Rebeca aceptó con gusto, a lo que me retiré a mi cuarto a esperar. Ya pasada la cantidad de tiempo que, según el medicamento, haría efecto, me dirigí al cuarto de mi hija, toqué a su puerta, al no recibir respuesta por más que la llamara por su nombre, ingresé. Vi a mi hija dormida en su escritorio, con la computadora prendida, con una caja vacía, la otra a medio comer.
Me acerqué a Rebeca, apagué la computadora, volví a llamar en voz alta a mi hija, escuché su respiración, la sacudí y, para asegurarme, le tomé el pulso. Estaba bien, solo profundamente dormida. La cargué en mis brazos, la llevé a su cama, la deposité para admirarla. Llevaba una ropa casual pero sexy: un short corto de mezclilla que resaltaba sus piernas tonificadas y un top ajustado que dejaba ver su cintura estrecha y sus grandes y firmes senos. Ella nunca fue alta, de hecho, era bastante bajita, eso lejos de ser un problema para mí, me gustaba, dado que con sus apenas1,50m hacía que su curvilíneo cuerpo destacara más. Sus piernas, largas y definidas, terminaban en unos pies delicados. Su cintura se estrechaba de manera tentadora, dando paso a caderas suaves, redondeadas y anchas para su cuerpo. Sus enormes tetas se destacaban bajo la tela del top y combinaban con su rostro, con esa piel clara y esos ojos cerrados, estaba relajada y serena. Me acosté junto a ella, acariciando sus hombros, su cuello y su cara, dándole besos cada vez más morbosos y cargados de pasión. Ya al parecerme suficiente, y ya con una gran erección presionada contra su cadera, me retiré de la cama para contemplarla otra vez con más brevedad. Le quité la ropa una por una. Primero, el top, revelando su brassiere negro que adornaba de manera sublime aquel par de tetas. No tardé en quitárselo, rebelando sus senos desnudos. Luego, el short, descubriendo su ropa interior de encaje rojo que contrastaba con su piel blanca. Finalmente, le quité la ropa interior, dejando al descubierto su cuerpo completamente desnudo.
Luego, me despojé de mi ropa, quedándome tan desnudo como mi hija. Con cuidado, separé sus piernas, observando cómo, a pesar de la ligera cantidad de vello, se notaba que no había pasado mucho tiempo desde que se había recortado su mata de vellos, la cual, aunque escasa, enmarcaba una vista exquisita de su preciosa vagina. Su rajita era pequeña, derechita, y sus labios vaginales presentaban un tono rosadito, similar al de sus pezones, que se erguían con el mismo tono tentador. Sin perder un solo instante, comencé a palpar con suavidad su intimidad, deleitándome con la sensación de lo blanda y suave que era, casi como si estuviera sin estrenar. Mis dedos exploraron con delicadeza, sin penetrar, analizando cada reacción de su cuerpo. El afrodisiaco, según mis conocimientos, debía estar haciendo efecto. No tardé en notar los leves estremecimientos de mi hija, y cómo de su coño comenzaba a emanar un fluido cálido y viscoso, confirmando la eficacia del afrodisiaco.
Con esa certeza, me posicioné a su costado, arrodillándome junto a ella. Mis ojos se clavaron en las tetas de mi hija, que, para su edad, eran bastante grandes, firmes y redondas; dado que desde que tenía 13, al menos para mí, ya era bastante tetona y nalgona. Su piel era suave y perfecta, pareciendo invitar ser tocada. Sus pezones, rosados y de apoco cada vez más erectos, parecían pedirme, clamarme, suplicarme por ser tocados, acariciados, pellizcados. Tragué saliva, y mientras posaba una mano en una de sus tetas, introduje un dedo de mi otra mano en su vagina, sintiendo el calor y la estrechez que envolvían mi dedo índice. La sensación de tener su teta en mi mano, firme y suave, mientras mi dedo exploraba su interior, era indescriptible. Era una mezcla de placer y morbosidad que me hacía desear más. Cada caricia, cada toque, intensificaba el deseo y la excitación, creando un momento de éxtasis compartido que me hacía perderme en la lujuria del instante.
Seguí manoseando su teta, deleitándome con la suavidad de su piel bajo mis dedos. Era como si estuviera tocando algo etéreo, tan suave y esponjoso que me hacía desear hundirme aún más en ella. Su pezón, ya más duro y erecto, presionaba contra mi palma, enviando oleadas de placer a través de mi cuerpo. Cada movimiento de mis dedos era una exploración, una caricia que me hacía sentir vivo de una manera que nunca había experimentado antes. La textura de su piel, cálida y sin imperfecciones, era como terciopelo, y cada vez que apretaba su teta, sentía una mezcla de firmeza y suavidad que me volvía loco.
Continué así por un rato, perdido en la sensación de su cuerpo, hasta que noté que su respiración se volvía más pesada. Su pezón bajo mi mano ya parecía una roca, y podía sentir cómo su cuerpo respondía a mis toques. La excitación de Rebeca era palpable, y me sorprendió lo fuerte que resultó el afrodisiaco. No llevaba ni cinco minutos acariciando el cuerpo de mi hija, y ya estaba húmeda y lista, su vagina emanando fluidos que hacían mis dedos resbalar con facilidad. Al ver que su otro pecho estaba descubierto, no pude resistir la tentación. Acerqué mi rostro, abrí la boca y, al tiempo que envolvía mis labios en su rosado pezón, adentré un segundo dedo en su vagina. La sensación de tener dos dedos dentro de ella era indescriptible, una mezcla de calor, estrechés y humedad que me hacía perder la cabeza. Pasé de solo meter y sacar mis dedos a moverlos en círculos simultáneamente, sintiendo cada pliegue y cada rincón de su intimidad. Cada movimiento circular era una muestra de mi amor, y que me abrazaran sus pliegues me daba a entender que el sentimiento era correspondido, aún si ella no estuviera al tanto de lo que estaba pasando. La sensación de tener su teta en mi boca, firme y suave, era indescriptible. Mientras mi boca succionaba su teta, como si quisiera que sacara leche, alternaba entre chupadas suaves y algo más fuertes, rozando y acariciando con mis dientes y lengua. La sensación de tener su pezón en mi boca, duro y erecto, mientras mis dedos exploraban su interior, era casi demasiado para soportar. Cada movimiento, cada caricia, me acercaba más al borde del abismo, y me daba cuenta de que no había vuelta atrás.
Cada caricia que le daba, cada toque, intensificaba tanto su deseo y excitación como la mía, aumentando el momento de éxtasis compartido que teníamos. Mi otra mano, la que no estaba ocupada en su vagina, no dejaba de explorar su teta, hundiendo mis dedos en su carne suave, pellizcando su pezón y estrujando ocasionalmente. La combinación de sensaciones, la suavidad de su piel, el calor de su vagina, y el sabor de su pezón en mi boca, me tenían al borde de la locura. Cada segundo que pasaba, me sentía más conectado a ella, más perdido en el placer que su cuerpo me proporcionaba. Rebeca, ajena a todo, seguía dormida, su cuerpo respondiendo instintivamente a mis toques. La visión de su vello cuerpo desnudo, expuesto ante mí, era más de lo que podía soportar. Cada curva, cada línea, cada detalle de su figura era perfecto, y me sentía como un hombre bendecido por poder explorar algo tan hermoso y prohibido. Sentí cómo mi hija pasaba de respirar profundamente a suspirar, a gemir, y cómo de a poco arqueaba la espalda. Mis dedos eran abrazados por sus pliegues, sintiéndose más apretados y calientes de lo que ya estaban. Tanto era mi morbo y felicidad que me la imaginé arqueando más su espalda, abriendo más sus piernas, agarrando con sus manos mi cabeza mientras hundía sus dedos en mi cabello clamando pidiendo más.
Al ya parecerme suficiente, retiré mi mano de su seno y mi boca de su pezón, manteniendo aún mis dedos dentro suyo. Su pezón, que había estado en mi boca, estaba rojo, hinchado y brillante, casi como si de verdad estuviera resplandeciendo. Los labios de mi hija, suaves y carnosos, estaban entreabiertos, invitándome a profundizar aún más. Sus ojos, aunque cerrados, parecían estar viendo más allá, como si estuviera en un sueño del que no quería despertar. La sensación y vista de tenerla así, expuesta, vulnerable, su respiración entrecortada, sus gemidos suaves y la visión de su cuerpo perfecto me enamoraban más. Sabía que estaba cruzando una línea, pero en ese momento, nada importaba. Por último, retiré mi mano de la vagina de Rebeca, volteando la mirada para ver cómo mis dedos aún eran unidos por varios hilos de fluido que conectaban la punta de mis dedos con aquella entrada. Si bien había parado de hacer eso, no era porque ya quisiera dejarla, sino que mi pene ya no podía soportarlo. Estaba tan duro como una roca, tan duro y ansioso de placer que no pude prolongarlo más. Me arrodillé en medio de las piernas de mi hija, las separé lo más que pude, y recostándome sobre el cuerpo de Rebeca acerqué la punta de mi duro pene con la cascada que era aquella entrada, procurando no apoyar tanto mi peso sobre ella, apoyándome con un brazo a su costado mientras que con el otro alineé mi miembro. Una vez que sentí sus labios preparados para recibirme, sintiendo su húmedo calorcito, me apoyé con mis codos, y con calma, sin prisa, pero con muchas ansias, la penetré.
No lo podía creer, estaba penetrando a mi amada hija de 16 años. La sensación de su vagina virgen, era indescriptible. Cada centímetro que avanzaba, sentía cómo su interior se ajustaba a mí, cálido y resbaladizo. Era como si estuviera entrando en un paraíso, un lugar donde cada nervio de mi cuerpo se encendía con un placer intenso y abrumador, Su vagina parecía ser consciente de lo que me provocaba, me abrazaba con una presión perfecta, haciendo cada centímetro adentrado fuera una delicia, como si me dijera “aquí perteneces”. La humedad de su interior facilitaba mi entrada, pero la estrechez me hacía sentir todo, absolutamente todo lo que mi hija, sin saberlo, me estuvo guardando; y, como si su cuerpo me siguiera hablando, incitándome a seguir más, más y más. Finalmente, cuando lo adentré todo, casi convulsioné al sentir el primer contacto entre la pelvis de mi hija con la mía, mi glande presionado contra su cuello uterino y cómo mis bolas reposaban en contacto con las suaves nalgotas de Rebeca. La sensación de estar completamente dentro de ella, de sentir su calor envolviéndome ahora si por completo, era casi demasiado para soportar.
Tras reincorporarme, me quedé un rato quieto, sintiendo cada centímetro de su cuerpo cálido y suave debajo de mí. Mi hija aún yacía dormida profundamente, sin sospechar lo que estaba a punto de suceder. Mi pene, de tamaño promedio, estaba alojado en su vagina virgen, y cada fibra de mi ser se estremecía con la sensación. Su interior era un paraíso húmedo y apretado, una combinación perfecta de suavidad y presión que me hacía querer quedarme allí para siempre. Podía sentir cada pliegue, cada curva, como si su cuerpo me estuviera dando la bienvenida.
Después de un rato, comencé a moverme lentamente, con cuidado de no lastimarla. Cada movimiento era una explosión de sensaciones, una danza íntima y prohibida. La fricción era intensa, y podía sentir cómo su cuerpo respondía al mío, ajustándose a cada empuje. El placer era indescriptible, una mezcla de tabú y éxtasis. Mi ritmo se intensificó, y con cada embestida, mis bolas chocaban contra sus nalgas, creando un sonido rítmico y cada vez más excitante. El rebote de mis bolas con cada empuje añadía una capa extra de placer, como si su cuerpo estuviera diseñado para complacerme. Los suspiros y gemidos de mi hija eran música para mis oídos, una sinfonía de deseo y sumisión. Bajé la vista y vi cómo sus pechos rebotaban con cada movimiento. La teta que había manoseado y la que había chupado hace rato, con el pezón aún hinchado y rojo por mis atenciones, se movían al compás de mis embestidas. La visión de su cuerpo, vulnerable y mío para tomar, me encendía aún más. Seguí disfrutando cada segundo, cada sensación. La penetré más profundamente, penetrando cada curva, cada pliegue, como si estuviera grabando cada detalle en mi memoria. El placer era abrumador, una ola que amenazaba con llevarme. Finalmente, después de un rato más que glorioso, sentí la familiar sensación de éxtasis creciendo en mi interior, por lo cual, para prolongar más el momento, decidí calmarme un poco. Mis movimientos se volvieron más lentos, así saboreando más cada segundo de la unión. Podía sentir cómo su cuerpo se ajustaba a mí, acogiendo cada empuje con un calor que me consumía. Mis manos se movieron hacia sus caderas, agarrándolas con fuerza mientras me empujaba más profundamente dentro de ella. Cada embestida era una afirmación de mi dominio como su padre, una declaración de mi deseo, pación y amor hacia ella.
Al ya no poder contenerlo más, con un último y poderoso empuje, me corrí profundamente dentro de ella, liberando mi semilla en lo más profundo de su ser. Podía sentir cada pulsación, cada gota de mí llenándola, recubriéndola, marcándola como lo que era, totalmente mía. Era una sensación de posesión y placer que nunca había experimentado antes, ni siquiera con mi mujer, y me dejó jadeando y saciado, colapsando sobre su cuerpo cálido y satisfecho, mi pecho presionado con el suyo. Me quedé allí, colapsando sobre su cuerpo, sintiendo cómo su respiración se sincronizaba con la mía, unidos más que nunca. Mientras me recuperaba, mis manos exploraron su cuerpo, disfrutando de la sensación de su piel suave y cálida. Mis dedos trazaron patrones en su espalda, nalgas y cintura; repasando cada curva y cada músculo. Mis labios encontraron su cuello, depositando suaves besos, saboreando su esencia. Cada parte de su ser ya estaba grabada en mí.
A medida que seguía con mis caricias, cada vez más lentas por la fatiga propia del mejor sexo de mi vida, estuve a punto de casi quedarme dormido sobre rebeca. Por suerte reaccioné a tiempo, exaltado, con los ojos abiertos por casi arruinar todo, si bien me deleitaba en la posesión total de su cuerpo, eso no significaba que cuando ella despertara pudiera entender mi sentir. Me levanté, dejando que respirara al separar mi pecho del suyo, el mismo que ahora subía y bajaba más pesadamente. A medida que continuaba con mis caricias, cada vez más lentas debido a la fatiga propia del mejor sexo de mi vida, estuve a punto de quedarme dormido sobre Rebeca. Por suerte, reaccioné a tiempo, exaltado, con los ojos abiertos de par en par al darme cuenta de que casi arruinaba todo. Aunque me deleitaba en la posesión total de su cuerpo, eso no significaba que, cuando ella despertara, pudiera entender mis sentimientos. Me levanté con cuidado, dejando que respirara al separar mi pecho del suyo, el mismo que ahora subía y bajaba más pesadamente, evidenciando su cansancio.
Con mucho cuidado, retiré mi pene, muy despacio, mi vista fija en la separación, escuchando y viendo la mezcla de mi semen, sus jugos y algo que creía que podía ser sangre. La vista era íntima y cargada de una mezcla de emociones que apenas podía contener.
Sabiendo lo que tocaba, salí de su cuarto y volví con lo necesario para no dejar evidencia de lo sucedido. Llevé un tazón con hielos y dentro un trapo húmedo, agua tibia destilada, un jabón neutro para evitar irritaciones, una toalla suave, una solución salina Mezcla de agua tibia y sal (apenas una cucharadita de sal por taza de agua), un embace de Vaselina y unos guantes desechables. Puse el trapo húmedo en el seno que chupé para disipar la marca al menos un poco para seguido seguir con su vagina, previamente me lavé las manos con el jabón destilado y agua tibia para así ponerme los guantes. Le coloqué la toalla limpia bajo su enorme culo, apliqué el agua tibia y jabón neutro para lavarle la zona externa de la vulva. Enjuagué bien para eliminar cualquier residuo de jabón, fluidos, sangre y semen. Al parecerme suficiente fui por su interior, llené el recipiente con la solución salina tibia, le abrí bien las piernas, le inserté suavemente la punta de la ducha vaginal en su vagina, no sin antes haberla lubricado con vaselina, y lo que de verdad me encantó, al momento de encender la ducha y dejar que la solución salina fluyera suavemente, moví la ducha en círculos para asegurarme de hacer una limpieza completa, mirando de vez en cuando su rostro, notando sus leves muecas de placer.
Al parecerme suficiente decidí ya enjuagarla, usé el agua tibia para enjuagar su zona externa e interna. Me aseguré de eliminar todo rastro de jabón, salina, y nuestro sexo. Al dejarla completamente limpia le quité la toalla y sequé su zona externa con la misma. Procuré secarla suavemente, como si le estuviera diciendo “buena niña”.
Al dejarla ya seca, limpia y brillante me fue difícil no querer repetirlo, pero al saber que no era prudente mejor solo le quité el trapo de su seno, notando que el enrojecimiento disminuyó un poco. Antes de ponerle de nuevo la ropa le apliqué una pequeña dosis de crema en el pezón, según mis cálculos si bien el chupón no saldría de la noche a la mañana, tomaría de 3 a 5 días el ser casi imperceptible. Le puse la ropa, dándole una olfateada a sus calzones, y me fui a mi dormitorio, cansado, pero sintiéndome más vivo que nunca, razón por la cual al cerrar los ojos no me tomó ni 5 minutos en caer en un profundo sueño.
A la mañana siguiente, tras segundos de despertarme, agarré mi teléfono y vi que ya era bastante tarde para ir a trabajar. Di un suspiro, puesto que ya me lo esperaba, pero no molestándome tanto. Con cuidado, tratando de no hacer tanto ruido, salí de mi cuarto, me dirigí al baño, hice lo que tenía que hacer. Antes de salir, asomé la cabeza por el pasillo. Al parecer, fui el primero en despertar. Me acerqué a su habitación; la noche anterior había dejado su puerta entreabierta. Miré apenas unos segundos; seguía dormida, creo que en otra posición a la que la había dejado. Su respiración tranquila y profunda me indicaba que aún estaba en un sueño profundo, ajeno a todo lo que había ocurrido.
Fui a la cocina, me preparé un café, y me senté en la mesa mientras miraba un rato mi teléfono en un bloque de noticias. Aunque no leía nada, puesto que mi mente estaba en lo vivido la noche anterior, solo pasaba mi dedo por la pantalla, mi rostro en blanco mientras tomaba mi café. Los recuerdos de cada caricia, cada gemido, cada momento de intimidad, se mezclaban en mi cabeza, creando una tormenta de sensaciones que no podía ignorar.
Cuando escuché el sonido de una puerta abriéndose en el segundo piso, respiré profundo para calmarme. Si es que no se había dado cuenta, lo mejor sería actuar con naturalidad, como si recién me hubiera levantado. Al escuchar ahora pasos en las escaleras, me preparé mentalmente, fuera lo que fuera a pasar, lo afrontaría. Los pasos se detuvieron en la entrada de la cocina, y yo, para evitar cualquier reacción sospechosa, mantuve la vista fija en mi teléfono. Tras unos segundos que me parecieron horas, escuché un bostezo en el mismo lugar, seguido de unos "buenos días", causando que mi alma regresara a mi cuerpo. Aún sin despegar mi vista de la pantalla, le respondí de la misma manera, dirigiendo mi vista hacia ella solo en el momento en que escuché el congelador abriéndose.
Miré a mi hija dándome la espalda. No pude evitar repasar su cuerpo nuevamente, su pequeño, pero a su vez hermoso cuerpo. Sus caderas, culo y su cinturita me llamaron la atención mucho más fuerte que antes, quizás a los vívidos recuerdos que aún pasaban por mi mente. Mi vista cambió al notarla alzando el brazo para sacar el otro vaso de licuado de banana que había preparado el día anterior. Tragué saliva discretamente, al momento en el que se sentó en la mesa frente a mí con el vaso en mano, esperé. Cada segundo en el que ella comenzó a beberlo me pareció eterno. Vi y escuché cada trago, mi corazón latiendo con fuerza. Al momento en el que separó la boca del vaso, parpadeé, un poco para verificar que lo que estaba viendo era real… mi hija estaba sonriendo, gustosa por lo que acababa de tomar. Al parecer, no se había dado cuenta del anticonceptivo que había puesto en el vaso antes de prepararme el café.
De eso ya pasaron 5 meses, puesto que lo que les conté sucedió en el mes de junio. Actualmente (a fecha que escribo esto) son mediados de noviembre, y hasta ahora ni Rebeca ni mi mujer se han dado cuenta; Rebeca ya casi cumple 16, y he estado considerando repetir lo sucedido. Pensé que con solo una, tan solo una noche en donde podría cumplir uno de mis más anhelados sueños, me calmaría. En serio, deseaba que fuera así. Por desgracia, al probar de esa manera el cuerpo de mi amada Rebeca, esa forma de dominarla, esa manera de expresarle lo que sentía; me hizo caer más en mi tormento. Díganme que puedo hacer, soy consciente de que lo que hice estuvo mal, pero lo único que me hace sentir culpable es el hecho de que no me arrepiento para nada.
Cada que lo pienso más, la culpa se disipa. Cuando la veo, por su forma de ser, de vestir, la forma de su cuerpo, lo que significa para mí; la veo tanto como mi hija, como ahora mi segunda mujer, hasta soy capaz de decir que cambiaría a Verónica por ella. Aún tengo los somníferos, afrodisiacos y ganas de repetirlo, ver qué más hay por explorar, descubrir y gozar. Tengo pensado comprar más cosas, artículos que mi mujer ha rechazado probar conmigo, pero que podría usar de alguna forma con Rebeca, ya sea en mis fantasías… o en la siguiente vez que me la coja.
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Díganme que les ha parecido mi experiencia, como se imaginan estar con mi hija, cual parte se imaginan mejor de ella, puesto que no me quiero hacer el santo, si he publicado aquí esto es para saber que les pareció, que hubieran hecho en mi caso, y claro, pedirles consejos o sugerencia, ¿sería posible alguna clave para que Rebeca acepte estar conmigo? ¿Hay algo que quieran que compre o trate de practicar cuando la vuelva a coger? Ustedes comenten, estoy abierto a todo tipo de sugerencias, pueden ser barias, mientras más mejor. No olviden comentar, puntuar, y claro, esperar el siguiente relato, trataré de poner en práctica algunas cosas que me digan.
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