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Te gusta mi Esposa? ( CON fotos)

c prado Relato enviado por: c prado el 26/2/2015. Lecturas: 15649
Etiquetas:   Voyeur
Relato completo
A mi mujer le agrada exhibir sus encantos. Me agrada mucho saber que llamo la atención.

# Te gusta mi Esposa? A mi mujer le agrada exhibir sus encantos. Me agrada mucho saber que llama la atención. Todo comenzó hace unos tres años, cuando María cumplió treinta y cinco. Lejos de sentirse insegura por el paso del tiempo, mi esposa había florecido con una confianza en sí misma que me resultaba irresistible. Sus curvas se habían vuelto más generosas, y ella las lucía con un orgullo que encendía algo primitivo en mi interior. María mide aproximadamente un metro sesenta y cinco, tiene el cabello castaño oscuro que le cae en ondas suaves hasta la mitad de la espalda, ojos color miel que brillan con picardía cuando está tramando algo, y una sonrisa que promete travesuras. Su cuerpo es una celebración de la feminidad: pechos abundantes que desafían la gravedad, una cintura que se estrecha antes de dar paso a unas caderas amplias y un trasero redondo y firme que hace girar cabezas dondequiera que vamos. La primera vez que noté su inclinación por el exhibicionismo fue durante unas vacaciones en la playa. Habíamos salido a cenar a un restaurante junto al mar, y María eligió un vestido blanco de algodón ligero, sin mangas, con un escote que insinuaba el valle entre sus senos. La brisa marina hacía que la tela se adhiriera a su cuerpo, marcando cada curva. —¿No crees que ese vestido es un poco atrevido? —le pregunté mientras nos dirigíamos al restaurante. Ella me miró con esos ojos brillantes y sonrió. —¿Te molesta? —No —admití, sintiendo cómo mi pulso se aceleraba—. Me excita. Su sonrisa se amplió. —Lo sé. Por eso me lo puse. Durante la cena, noté cómo los hombres en las mesas cercanas no podían evitar mirarla. Un grupo de tipos en la barra prácticamente se torcían el cuello para verla mejor. Y María lo sabía. Se inclinaba hacia adelante cuando hablaba conmigo, permitiendo que su escote revelara más. Cruzaba y descruzaba las piernas, haciendo que el vestido se deslizara más arriba por sus muslos bronceados. —Te están mirando —le susurré. —Lo sé —respondió, tomando un sorbo de vino—. ¿Te molesta? —Me está poniendo duro —confesé. Ella dejó escapar una risita y bajó la mano bajo la mesa, encontrando mi erección a través del pantalón. —Ya veo. Esa noche hicimos el amor con una intensidad renovada. Mientras la penetraba, le susurraba al oído sobre todos esos hombres que la habían deseado, y ella gemía más fuerte, arqueando su espalda y clavando sus uñas en mi espalda. Desde entonces, se convirtió en nuestro juego secreto. María comenzó a vestirse de manera cada vez más provocativa cuando salíamos. Faldas más cortas, blusas más ajustadas, vestidos que abrazaban cada curva. Pero siempre con clase, nunca vulgar. Había un arte en su manera de exhibirse: suficiente para despertar la imaginación, pero dejando siempre algo al misterio. Un sábado por la tarde, estábamos en el centro comercial. María llevaba unos jeans que parecían pintados en sus caderas y trasero, y una blusa de seda color crema que era casi transparente bajo ciertas luces. Podía verse la silueta de su sostén de encaje negro debajo. —Vamos a esa tienda —dijo, señalando una boutique de lencería. Entramos y ella comenzó a examinar los conjuntos expuestos. Una vendedora joven se acercó para ayudarnos, pero fue el gerente, un hombre de unos cuarenta años, quien terminó atendiéndonos. No podía apartar la mirada de María. —¿Busca algo en particular, señora? —preguntó, con voz ligeramente ronca. —Algo sexy —respondió María con naturalidad—. Quiero sorprender a mi esposo. Me señaló y el hombre me dirigió una mirada de envidia apenas disimulada. —Tiene usted mucha suerte —dijo. —Lo sé —respondí con una sonrisa. María seleccionó varios conjuntos: un babydoll negro transparente, un conjunto de lencería roja con ligas, y un body de encaje blanco que dejaba poco a la imaginación. El gerente la guió hacia los probadores, ubicados en la parte trasera de la tienda. —¿Quiere que su esposo le dé su opinión? —preguntó—. Puede pasar con usted. María me miró con esa chispa traviesa en los ojos. —¿Qué dices, amor? ¿Me ayudas a decidir? Los probadores eran amplios, con cortinas gruesas pero que no llegaban hasta el suelo. Me senté en una pequeña silla mientras María comenzaba a probarse los conjuntos. Primero el babydoll negro. Cuando se dio vuelta para mostrármelo, mi respiración se detuvo. La tela transparente apenas cubría sus pezones, y el volante terminaba justo debajo de su trasero. —¿Te gusta? —preguntó, dándose la vuelta lentamente. —Es perfecto —logré decir. Escuché pasos del otro lado de la cortina. El gerente había encontrado una excusa para pasar cerca. —¿Cómo va todo? —preguntó. —Muy bien —respondió María, abriendo ligeramente la cortina para asomar la cabeza, pero posicionándose de manera que su cuerpo enfundado en el babydoll fuera visible si el hombre se esforzaba un poco por mirar. Vi cómo sus ojos se desviaban brevemente hacia abajo antes de volver a su rostro. —Si necesita otra talla o algún otro modelo, avíseme —dijo con voz tensa. —Lo haré —ronroneó María. Cuando se fue, ella cerró la cortina y me miró con una sonrisa traviesa. —¿Viste cómo me miraba? —Sí —dije, sintiendo mi excitación crecer—. Estaba a punto de babear. —Bien —dijo, comenzando a quitarse el babydoll—. Me gusta que los hombres me deseen, pero tú eres el único que puede tenerme. Esa distinción siempre había sido clara entre nosotros. María disfrutaba siendo admirada, deseada, pero nunca cruzaba la línea. Era un juego visual, una fantasía compartida que alimentaba nuestra vida sexual. Se probó el conjunto rojo siguiente. Las copas del sostén realzaban sus pechos, haciéndolos lucir aún más voluminosos. Las bragas de encaje se hundían entre sus nalgas, y las ligas negras contrastaban con su piel clara. —Este es mi favorito —dije, acercándome a ella. —¿Sí? —preguntó, presionando su trasero contra mi entrepierna, sintiendo mi erección—. Puedo notarlo. Mis manos comenzaron a recorrer sus caderas, pero ella se apartó juguetonamente. —Nada de eso aquí. Espera a llegar a casa. Se cambió de nuevo a su ropa y salimos del probador. María le dijo al gerente que se llevaría los tres conjuntos. Mientras él procesaba la compra, ella se inclinó