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Cogiéndome a Jacqueline, la hermana de mi novia

Relato enviado por : Alber el 04/10/2004. Lecturas: 10470

etiquetas relato Cogiéndome a Jacqueline, la hermana de mi novia .
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Resumen
La historia de un hombre que descarga su energía sexual a través de un polvo de película con la hermana de su novia virgen.



Relato
Hace un par de años estuve de novio de una joven a la que amé mucho. Era una muchacha de 22 años llamada Fernanda, muy hermosa, con un cuerpo muy apetecible y unas tetas divinas, grandes y duras, pero esta historia no trata exactamente sobre la que entonces era mi novia, en vista de un problema que teníamos: ella pretendía llegar virgen al matrimonio, como consecuencia, sin duda, de la rígida educación que ha recibido de su familia. Yo respeté su decisión durante el tiempo que estuvimos juntos, por supuesto, pero eso me trajo el obvio inconveniente de que me era imposible satisfacer de manera adecuada mis naturales instintos sexuales.


En fin, un día estábamos celebrando el cumpleaños de la mamá de Fernanda en su casa, ubicada en una urbanización muy exclusiva. La de los padres de Fernanda es muy amplia –tiene dos plantas- y lujosa, con un bellísimo jardín en la parte trasera.


El cumpleaños de la mamá de Fernanda cayó un día jueves y la señora Raquel –así se llama la madre de la que entonces era mi novia- decidió que en vista de que era un día laborable, haría una cena muy pequeña, a la que asistirían su esposo Luis –el papá de Fernanda-, Fernanda, Jacqueline –la hermana mayor de Fernanda-, Jorge –el novio de Jacqueline- y yo. Estaba planeado que viniera también la tía Paola, hermana de la señora Raquel, pero llamó esa tarde para avisar que no podría asistir porque se le había presentado un problema doméstico que tenía que resolver (algo así como una tubería rota, pero no lo recuerdo con toda precisión y de todas maneras no importa).

La que sí importa tener en cuenta en esta historia es a Jacqueline, la hermana de mi novia. A pesar de tener seis meses de relaciones con Fernanda, yo no conocía a Jacqueline, pues ella no vivía en casa de mi novia y tenía un apartamento propio en una zona que quedaba bastante lejos de la casa de su padre. Y digo la casa de su padre, pues Jacqueline es hija del primer matrimonio del señor Luis, quien quedó viudo de la mamá de Jacqueline pocos meses después de que ella nació y luego se casó con la señora Raquel, con quien tuvo a Fernanda.

Como venía diciendo, yo no conocía a Jacqueline y la verdad es que Fernanda y sus padres tenían opiniones encontradas sobre ella, puesto que su estilo de vida parecía chocar un poco con el de ellos. La familia de mi novia es, como lo señalé antes, bastante conservadora, mientras que de Jacqueline se decía, de una manera bastante escueta, que tenía una forma de ver la vida más liberal. Como yo conocía ya la forma de pensar de los padres de Fernanda, me imaginaba simplemente que Jacqueline llevaba la vida de una mujer normal y contemporánea, que vive sola, que tiene un novio y que es activa sexualmente, lo cual seguramente escandalizaría al puritano grupo familiar.

Siempre consideré que había sido un poco extraño no haber conocido a Jacqueline hasta ese momento. Creo que fue mera coincidencia que nosotros hayamos tardado tanto tiempo en encontrarnos. Lo que pasa es que cuando empecé con mi novia, Jacqueline estaba haciendo un curso en Italia que duró tres meses (ella es diseñadora gráfica), y después de su regreso solía visitar la casa de su padre en las tardes, cuando yo estaba en la oficina. De hecho, Jacqueline había convertido lo que antes era su habitación, ubicada en la planta alta de la vivienda, en una especie de estudio en el que a veces trabajaba.

La noche de la cena del cumpleaños de la señora Raquel yo había llegado temprano y estábamos conversando en la sala mi novia, sus padres y yo, esperando a Jacqueline y a Jorge. A eso de las ocho de la noche sonó el timbre y la muchacha de servicio abrió la puerta, haciendo pasar a la hermana de Fernanda y a su novio.


Cuando entraron a la sala, creo que quedé con una cara de bobo al ver a Jacqueline. De una vez debo decirles que aunque no es una miss, es una de las tipas más ricas que he visto, porque exuda sensualidad por cada uno de los poros de su piel y da la idea de una tigresa en celo que espera ser poseída salvajemente. No es muy alta (mide 1,60 metros de estatura), pero tiene una piel morena y brillante que despide un suave aroma de hembra que estoy seguro enloquece a todos los hombres que se le acercan. Esa noche tenía puesta una falda negra, ni muy larga ni muy corta, que le llegaba un poco más arriba de las rodillas, dejando ver un par de piernas bien torneadas y de la contextura que a mí me resulta perfecta: ni demasiado flacas ni gruesas, simplemente en el punto justo en el que hay suficiente carne firme para admirar y, si hay suerte, tocar. La falda era de una tela delgada que caía suavemente sobre su cuerpo y resaltaba unas caderas insolentes, una cintura celestial y apretadita, y un culo de antología que se podía adivinar enfundado en una pantaleta tipo hilo dental. En la parte de arriba llevaba una blusa color verde oliva, manga corta y ceñida, que permitía gozar en todo su esplendor de la vista de un formidable par de tetas, también de un tamaño perfecto, pues si bien no eran excesivamente grandes, si eran lo suficientemente voluminosas como para llamar la atención y resaltar como unos pechos de una calidad superior al promedio. Por otra parte, venía calzada con unas sandalias de tacón alto que dejaban ver unos pies exquisitamente bien formados, con uñas primorosamente cuidadas, detalle que me excita sobremanera.

El rostro de Jacqueline no es una obra de arte (atención, tampoco es feo). De hecho, Fernanda es mucho más bonita de cara que su hermana. Pero Jacqueline posee un dejo de sensualidad animal que se refleja en la picardía de sus ojos oscuros y en su cabello negro y liso, que lleva un poco por encima de los hombros. La boca es quizás un tanto excesivamente grande, aunque de labios finos y siempre húmedos, y su nariz es hermosamente perfilada.

El novio, Jorge, me pareció un perfecto imbécil. Es bastante alto (quizás 1,85 metros, a lo mejor hasta un poco más), pero más allá de eso me pareció un tipo sin mayores méritos, no demasiado inteligente y sin duda uno de esos sujetos de los que uno se pregunta cuál es la atracción que pueden generar en una mujer tan volcánica como Jacqueline.


Vinieron las presentaciones de rigor y nos sentamos todos en el espacioso salón en el que la familia solía recibir a las visitas. Yo estaba sentado junto a Fernanda en un pequeño sofá de cuero, sus padres estaban cada uno en una butaca a la izquierda y a la derecha y Jacqueline y el novio se colocaron en una sofá más grande que quedaba justo al frente de mi vista. Es decir, que iba a poder disfrutar de la vista de tan rica hembra durante un buen rato.

Lo primero que me pasó por la cabeza al cabo de unos cuantos minutos, luego de ver sentados uno junto al otro a Jacqueline y a Jorge, fue la imagen de los dos tirando salvajemente en el mismo mueble en el que estaban en ese momento. En esta escena imaginaria, Jacqueline estaba sentada sobre Jorge, dándole la espalda, mientras éste le clavaba la verga en la concha y ella gemía como posesa, con las piernas abiertas y las nalgas rebotando sobre los muslos del novio.

Esta fantasía me perturbo bastante y me fue difícil concentrarme en las conversaciones banales que se fueron desarrollando a lo largo de la noche, pues no podía quitar mi vista de Jacqueline, especialmente cuando me di cuenta de que sus pezones estaban bastante erectos, al punto de que se podía imaginar no solamente la forma de aquéllos, sino también la de la areola, cosa que me puso como una moto. También comencé a observar que, no sé si por descuido o adrede (creo que fue más lo segundo, teniendo en cuenta lo que pasó después), en determinados momentos Jacqueline separaba las piernas lo suficiente como para dejarme entrever durante un par de segundos una pequeña fracción de sus pantaletas blancas y de sus muslos de diosa.

Noté al mismo tiempo que Jacqueline mostraba una conducta excesivamente amable hacia mí y me ofrecía con bastante frecuencia toda su atención, pero no quise darle demasiada importancia a ese hecho, a pesar de que, repito, su sola presencia me tenía embobado y sentía unas ganas locas de que todos los demás desaparecieran, para poder follármela como loco en cada uno de los rincones de la casa, cosa que, por otro lado, me lucía como una fantasía inalcanzable.

Al cabo de un rato pasamos a la mesa y sirvieron la cena, la cual, como era costumbre en esa casa, estaba deliciosa. Mientras comíamos, Jacqueline comentó, con una extraña mezcla de preocupación y picardía, que la computadora que tenía en su estudio le estaba dando problemas y que no había podido resolverlos. Acto seguido, dijo que Fernanda le había mencionado que yo tenía una habilidad especial en cuestiones informáticas y que quizás podría subir con ella a la habitación, una vez terminada la cena, para que la ayudara a solucionar el asunto. Al señor Luis le pareció una idea excelente y me pidió que una vez que nos levantáramos de la mesa acompañara a su hija a la planta alta de la casa para que yo revisara cuál era el desperfecto que presentaba la máquina.

Después de terminado el postre, pasamos todos a un pequeño salón que tiene una amplia puerta corrediza que permite acceder al jardín de la casa. Jorge y el señor Luis estaban hablando aparte de un posible negocio que podían llegar a concretar juntos, y durante unos escasos minutos las tres mujeres y yo estuvimos intercambiando nimiedades hasta que Jacqueline dijo, con una voz entre seria y seductora: "Alberto, creo que es mejor que me acompañes arriba para que veamos lo de la compu, pues luego se hace tarde y nos olvidamos del asunto". A mí todavía la situación no me había parecido sospechosa (como a ninguno de los presentes), pero mi güevo sí pareció intuir lo que venía, pues se irguió como un asta de bandera, al punto que tuve que hacer un esfuerzo para disimular mi erección mientras caminaba.

Mi erección continuó en aumento mientras subíamos las estrechas escaleras, puesto que Jacqueline iba delante de mí y sus nalgas portentosas quedaban casi a la altura de mis ojos, mientras se movían cadenciosamente conforme ella iba superando cada peldaño, dejando adivinar nuevamente la forma de sus panties hilo dental.

La habitación que había sido de Jacqueline y que ahora fungía como su estudio estaba al final de un pasillo a lo largo del cual se distribuían las puertas de los demás cuartos. Justo al lado de la entrada de la pieza de Jacqueline estaba ubicado un baño auxiliar que yo había utilizado muchas veces cuando había ido a la casa a visitar Fernanda. Atravesamos todo ese pasillo con Jacqueline manteniéndose delante de mí, avanzando lentamente mientras balanceaba sus caderas de forma exageradamente sensual; sin embargo, había en su actitud un dejo de distancia y frialdad calculada. Cuando pasó junto a la puerta del baño auxiliar, se detuvo junto a ella, la abrió, encendió la luz, oprimió el botón en la perilla interna que sirve para asegurar la puerta y la cerró. Como yo le dirigí una mirada que parecía decirle que no estaba entendiendo nada de lo que sucedía, ella esbozó una media sonrisa bastante enigmática y siguió caminado sin inmutarse, hasta entrar en su estudio.

Yo me quedé parado, inmóvil, justo en la puerta, con la mente concentrada en descifrar la extraña actitud de Jacqueline y con la picha a punto de reventar. No me fijé demasiado en cómo era el estudio. Simplemente pude apreciar que era una habitación bastante grande, con una enorme mesa de dibujo en el medio, un escritorio con una computadora al fondo y una puerta que daba a un baño, cuya entrada estaba ubicada en la pared que estaba a mi derecha.

Jacqueline se movió con gracia hasta el ordenador y lo encendió. Luego se dio la vuelta, caminó hacia donde yo estaba, me indicó con la mano que entrara y apenas me acerqué a ella su conducta sufrió una extraordinaria mutación, pues me fue empujando con algo de violencia hasta la pared izquierda de la pieza. Una vez que me tuvo acorralado, me dio un beso en la boca, al que yo correspondí introduciéndole la lengua casi hasta la garganta, apretando mis labios con fruición contra los suyos. Después de unos segundos, me dijo, con voz de diabla:


- Maldito degenerado, ¿crees que no te pillé desnudándome con los ojos desde que llegué?. ¿No te da vergüenza con mi pobre hermanita?. Pues te diré que gracias a ti ahora yo estoy caliente y vas a tener que solucionarlo cogiéndome aquí mismo...

Como yo la miré sin decir palabra pero haciéndole ver que estaba entre sorprendido y nervioso, me increpó:


- ¿Qué, acaso eres marico, o no quieres hacerme el amor?.

A esa pregunta estúpida le respondí acorralándola yo contra la pared y propinándole un beso más apasionado que el anterior, mientras le sobaba las tetas por encima de la blusa. Como ella se dio cuenta entonces de que yo estaba dispuesto a llegar hasta el final y que lo que tenía eran reservas de que nos descubrieran, aclaró todas mis dudas al decir sonriendo:


- No te preocupes... Lo tengo todo planificado. No creo que alguien vaya a subir, pero por si acaso, prendí la computadora para que crean que estamos trabajando, cerré la puerta del baño de afuera y dejé la luz prendida para que si alguien sube piense que tú estás en ese baño y yo en el mío... ¡Porque me vas a follar en mi baño y me vas a tomar como un macho toma a su hembra en celo!.

Ante palabras tan crudas y directas no tardé en empujarla hacia el baño de la habitación. Una vez adentro y calculando que con suerte dispondríamos, a lo sumo, de veinte minutos de faena, cerré la puerta rápidamente (aunque cuidando de no hacer mucho ruido).

El baño era, afortunadamente, bastante espacioso. En el extremo izquierdo estaba la bañera, inmediatamente después la poceta y el bidet y justo frente a la puerta había un enorme tope de granito rosado (que me sería de gran utilidad en esta jornada), en el cual estaba incrustado, hacia el centro, el lavamanos, pero con muchísimo espacio a los lados.

Apenas hube cerrado la puerta y luego de besar una vez más a Jacqueline y de apretar sus tetas y de meter mis manos por debajo de su falda para acariciarle el culo, coloque una toalla sobre el tope de granito para evitar que la frialdad del mismo apaciguara tan siquiera un poco el volcán en el que se había convertido esta mujer y la senté allí con las piernas bien abiertas.

Le quite la blusa e inmediatamente le desabroché el sostén, con lo cual sus tetas quedaron en libertad plena. Les digo sin temor a equivocarme que las tetas de Jacqueline son las más increíbles que he visto en mi vida, pues son grandes, pero del tamaño perfecto, con una forma exquisitamente redondeada, y aunque la piel es suave al tacto, los pechos son de una firmeza extraordinaria, duros como rocas. Los pezones, oscuros, estaban erectos y a punto de reventar. Una vez que esas dos bellezas estuvieron a mi disposición, las masajee a placer y acto seguido procedí a chupar y mordisquear suavemente uno de los pezones, sintiendo el celestial aroma que desprendía su piel, que recordaba el suave olor de los melocotones maduros. Apenas sintió el contacto de mi boca y de mi lengua con su hinchadísimo botón , emitió un gemido apagado, se crispó toda e inmediatamente dirigió una de sus manos hacia mi paquete, apretándolo con lujuria.

Tuve que hacer un esfuerzo para no venirme con ese solo contacto de la mano de Jacqueline con mi güevo y mis bolas a través de la tela del pantalón. Retiré gentilmente su mano, le separé bien las piernas, le subí bien la falda e introduje mi cabeza en su entrepierna, con lo cual pude sentir el olor a hembra en celo que emanaba de su gruta. Con mi mano izquierda aparté el delgado trozo de tela que tapaba su cuquita y cuál fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que la tenía toda afeitadita, sin un solo pelito alrededor. Aquello fue como si hubiesen puesto un manjar de los dioses frente a mí, porque sin piedad alguna comencé a meterle la lengua en la concha y a masajear su clítoris con el dedo índice de mi mano derecha. La mujer se puso como una posesa y de su vagina salían cantidades impresionantes de líquido que iban chorreando por su entrepierna, a pesar de que yo procuraba beber una gran parte de ese néctar divino.

Una vez que ella tuvo su primer orgasmo y sin darle tregua, me quité los zapatos, me bajé los pantalones y los interiores, con lo cual mi pene a punto de explotar fue liberado de su ya insoportable prisión. Bajé a Jacqueline del tope de granito y ella, como hipnotizada, agarró mi pene como si fuera una empuñadura y lo masajeó varias veces hacia arriba y hacia abajo, a raíz de lo cual la cabeza de mi güevo se humedeció con una buena cantidad de líquido preseminal.

Pero no había mucho tiempo que perder, así que le dije que me diera un segundo, que iba a buscar los condones que tenía guardados en la billetera que cargaba en uno de los bolsillos de mi pantalón. Ella me dijo que no hacía falta, que ella tomaba pastillas anticonceptivas y que quería gozar "al natural".

Así que le bajé la falda a Jacqueline, dejándola únicamente con las sandalias puestas y la pantie hilo dental. Hice que se parara frente al tope de granito y la doblé tumbándole la mitad superior del cuerpo sobre el tope, con lo cual su culo y su concha quedaron totalmente expuestos y a mi merced. Estuve unos segundos admirando cómo la tirita del hilo dental se insertaba deliciosamente en la raja que separaba aquellas dos nalgas perfectas y firmes, en las cuales no había ni un solo de gramo de celulitis. Luego le saqué el hilo dental y esa hembra quedó totalmente desnuda frente a mí, solamente provista de sus sandalias ultra sensuales, lista para recibir una follada de las buenas.

Tomé mi pene, que ya no aguantaba más, se lo acerqué a la entrada de la chucha y comencé a introducírselo lentamente, hasta que finalmente llegó al fondo, lo cual le arrancó un gemido de perra. Cuando mi güevo se encontró prácticamente con las paredes de su matriz, lo dejé unos segundos inmóvil para disfrutar de lo estrecha y caliente que estaba aquella cuquita divina, que chorreaba unos jugos de aroma incomparable y que parecía el interior del mismísimo infierno. Comencé a bombearla lentamente, disfrutando cada segundo para prolongar el placer hasta el límite. Ella comenzó a respirar de manera cada vez más agitada y yo iba incrementando la velocidad del mete-saca, alternándolo con atrevidos movimientos de cadera que la volvían loca de lujuria. Jacqueline se había introducido en la boca un trozo de la toalla que yo había colocado arriba del tope y sobre la cual estaba tumbada, para ahogar sus cada vez más intensos gritos de perra en celo. Aunque yo estaba detrás de ella, podía ver su cara a través del espejo que estaba justo frente a nosotros y me puse aún más excitado cuando contemplé su expresión de puta viciosa. Transcurridos unos minutos, se sacó la toalla de la boca y me ordenó:


- Ahora sí, desgraciado, dame bien duro, como a una puta barata, pues estoy a punto de venirme y si paras te mato...

Apenas hubo pronunciado estas palabras empecé a moverme frenéticamente, al límite de mis fuerzas, y al cabo de pocos momentos ella se volvió a insertar la toalla en la boca, pues empezó a gritar como una demente, lo cual me indicó sin lugar a dudas que había alcanzado un orgasmo de película y me hizo acabar a mí también, provocando una explosión en mi pene, que inundó de leche todo el interior de su vagina.

Con cierta rapidez, aunque también con cuidado, retiré mi herramienta del interior de su cuca. Pero ninguno de los dos estaba saciado, a pesar de que ambos habíamos experimentado orgasmos sumamente intensos. Ella me dirigió una mirada de absoluta depravación y con lenta sensualidad tomó la toalla y me limpió el mástil, el cual apenas si había perdido un poquitín de su rigidez.

Acto seguido me tomó de la mano y me condujo hacia el inodoro, el cual tenía la tapa abajo. Allí me sentó y ella se arrodilló entre mis piernas abiertas. Ya yo sabía lo que venía y no lo podía creer. Abrió la boca y capturó mi glande entre sus labios, moviendo con lentitud la lengua a su alrededor. Esto me provocó una especie de choque eléctrico que me dejó la mirada en blanco. Cuando pasados unos pocos segundos me recuperé y volví a abrir los ojos, me percaté de que Jacqueline me estaba propinando una mamada sensacional, metiéndose mi güevo completo en su boca de animal salvaje y engulléndolo prácticamente hasta las bolas. A veces subía y bajaba los labios rápidamente a lo largo del mástil y otras veces lo recorría muy despacio con la lengua, concentrándose de vez en cuando en mis testículos, los cuales mordisqueaba muy suavemente.

Yo estaba a punto de venirme de nuevo, así que decidí no perder más tiempo, le saqué mi pene de su boca con cierta violencia, la levanté bruscamente, permaneciendo yo sentado, la coloqué dándome la espalda y la senté sobre mi pene con las piernas bien abiertas. En otras palabras, la tenía en la misma posición en la que la había imaginado un par de horas antes con su novio Jorge, pero esta vez era real y el que le estaba enterrando la polla era yo.

De manera alternativa, mientras ella rebotaba una y otra vez con mayor rapidez sobre mi falo erecto, incrustándoselo con violencia hasta el mismísimo fondo, yo le apretaba las tetas y se las sobaba bruscamente, y la masturbaba estimulándole el clítoris y hasta le pellizcaba y arañaba sus depilados labios mayores, todo lo cual hizo que finalmente se desencadenara en los dos un orgasmo arrollador que, una vez iniciado, provocó en ella unos chillidos agudos que tuvo que acallar mordiéndome el brazo, a la vez que de sus ojos salían lágrimas, producto de una mezcla de placer y algo de dolor, en tanto que de mi güevo salían borbotones de semen caliente que se desparramaron en el interior de su cuquita.

Ella permaneció un par de minutos sentada sobre mi pene, el cual comenzó a perder su erección, mientras ambos tratábamos de recuperarnos de esa intensa aventura. De pronto, apenas pudo recuperar las fuerzas, me dijo que me vistiera rápidamente y que saliera mientras ella se lavaba y se arreglaba de nuevo. Me lavé la cara, sequé el sudor que corría por todo mi cuerpo y me puse la ropa, luego de lo cual salí del baño, cuidando que nadie me viera. No había moros en la costa, así que me senté frente a la computadora para simular que estaba trabajando en ella si alguien subía.

Transcurridos unos cinco minutos ella salió perfectamente arreglada, con una cara de satisfacción increíble. Yo la miré una vez más, admirando su belleza, y le pregunté:


- ¿Y qué le vamos a decir a los demás sobre la computadora? Porque creo que ya tenemos que bajar. Ha pasado algo de tiempo...


- No te preocupes, nene... Lo tengo todo fríamente calculado. Diremos que no has podido detectar el problema y que necesitas venir mañana al mediodía para arreglarlo. Estaremos solos tú y yo, pues papá estará trabajando y Raquel y Fernanda van a hacerse un chequeo médico. Mira que aún te falta un agujero por explorar...

Dicho esto me guiñó un ojo, sonrió seductoramente y luego bajamos a la planta inferior de la casa, donde nos reunimos de nuevo con el resto de la familia, como si nada hubiese pasado.

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