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El lugar y el momento equivocado

Relato enviado por: atletl el 6/10/2013. Lecturas: 2027
Etiquetas:   Fantasías
Relato completo
Claudia se acurruco rápidamente tras la puerta. La vieja casona era conocida para ella, pero esta vez la habían seguido muy cerca, y si la vieron entrar perdería uno de sus mejores escondites. El corazón le saltaba en el pecho, tanto por la carrera como por el miedo. El truco de la torta no era nuevo, pedias una en cualquier puesto, y al recibirla, echabas a correr. No era algo muy correcto, pero cuando vives en la calle, no son muchas las opciones que tienes para procurarte comida.Pero esta ocasión había sido distinta, el chalan del tortero no parecía dispuesto a ser engañado fácilmente, y solo porque la chica conocía esas calles a la perfección, fue que pudo por fin escaparse. Permaneció sentada unos segundos, el oído presto, hasta que se convenció de que estaba segura. Solo entonces comenzó a desenvolver la torta con desesperación. Estaría asustada, si, pero tenía hambre, y ante esa necesidad, todo lo demás podía pasarse por alto.

La primera mordida fue grande y rápida, y masticaba con rapidez. El momento era disfrutable, casi suficiente como para hacerle bajar la guardia. Casi...

Escucho pasos dentro del edificio, y de inmediato se quedo quieta. Se escuchaba más de una persona, por lo que la primera idea en su mente fue que el tortero había buscado gente que lo ayudara, y ahora la estaban buscando en el lugar. Hace unos minutos temía ser entregada a la policía, mientras que ahora esa era la menor de sus preocupaciones.

Se asomo discretamente a través de uno de los agujeros de la pared, y entonces los vio. Eran cuatro hombres bien armados que arrojaron al suelo cuatro bolsas de lona y se sentaron en el suelo. Al parecer no buscaban a nadie. Siendo una casa abandonada y de buen tamaño, era solo cuestión de tiempo antes que alguien más descubriera que podría ser un buen escondite.

Uno de ellos, al parecer el jefe, se quito de golpe el pasamontañas, y con rapidez, comenzó a quitarse la ropa. Otro de los individuos saco varias prendas de una mochila y las repartió entre los demás. Era claro que buscaban pasar desapercibidos. Ladrones, no había duda.

-Muy bien, por lo pronto cada uno tome una bolsa y salgamos de aquí. Piérdanse un rato, háganse bueyes, pero no vayan juntos. Nos vemos por la noche en el escondite, pero acuérdense, no llamen la atención.

Todos asintieron, y sacaron de las bolsas de lona varios fajos de billetes que distribuyeron entre las mochilas de cada uno.

-Muy bien, sal tu primero Pepe, y luego uno cada diez minutos. No podemos decir que esto salió bien hasta que todos estemos en el escondite.

Claudia se quedo acurrucada en silencio, mientras veía como los individuos salían del lugar. Al final, el jefe se quedo solo, y tomando un desarmador, comenzó a desarmar las armas, escondiendo los pedazos entre los mismos escombros de la casa. Después, junto la ropa y las bolsas de lona, para después prenderle fuego. Al parecer, muchas de las prendas eran sintéticas, pues el fuego era acre y espeso. A pesar del riesgo, su cuerpo la traiciono y una fuerte tos delato su presencia.

Claudia solo sintió una mano que la sujeto fuertemente, jalándola hacia la habitación contigua. La torta se le escapo de las manos y fue desperdigándose por todo el piso. Ella estaba aterrorizada.

-¿Qué haces aquí chamaca?

Usualmente Claudia odiaba que la llamaran así, aunque a pesar de tener ya 19 cumplidos, se veía mucho más joven. Pero en este caso, estaba demasiado asustada para discutir.

-Yo vivo aquí señor, en serio, yo no... Este...

El hombre le abrió el suéter de golpe, y sus manos se movieron por su cuerpo, al principio buscando algún arma o micrófono. Sin embargo, Claudia noto como el toque cambio perceptiblemente, siendo ahora mucho menos inquisitivo.

-Pues no, no traes nada, pero no me arriesgare- dijo sonriendo de manera maliciosa -quítate todo.

Claudia podía ser joven, pero cuando se vive en la calle, se aprenden ciertas cosas. Por la mirada del hombre, era obvio que su interés no era realmente buscar algo sospechoso, pero para ella, fue un atisbo de esperanza. Su cuerpo, a fin de cuentas, le había servido en algunas ocasiones para conseguir asilo o comida, y si en esta ocasión le podía salvar la vida, se daría por satisfecha.

Intento desnudarse de la forma más sexy posible, pero no era precisamente una experta. Por otro lado, estaba genuinamente asustada y las manos le temblaban mientras iba quitándose la ropa. Una vez que estuvo completamente desnuda, se quedo viéndolo a los ojos, sonriendo nerviosa.

-¿Te gusto?- dijo con voz temblorosa, tenía pensado dar el primer paso, pues en ese momento, no tenía nada que perder y se jugaría el todo por el todo -adelante, pídeme lo que quieras.

El hombre alzo la ceja, con algo de desconfianza, pero sin dejar de ver los pechos pequeños y bien formados, o el pequeño triangulo de vello enmarcado por las finas caderas.

-Acuéstate- dijo secamente.

Claudia le obedeció casi de inmediato, viendo al techo, respirando agitadamente. Curiosamente, ella deseaba que la poseyera, pero no por una autentica necesidad sexual, sino porque en su interior, estaba segura que de hacerlo, ello le permitiría seguir viviendo.

Su vista estaba fija al techo, por lo que apenas pudo ver de reojo al hombre cuando bajo el cierre de su pantalón de un solo golpe y sin gran ceremonia la penetro de un solo golpe. Ella sintió un poco de dolor, pero nada a lo que no estuviera acostumbrada. Lo tomo fuertemente de las caderas, parte por reflejo, parte por jugar el papel. Mientras más placer pudiera darle, razono, más probabilidades tendría de salvar el pellejo.

-¡¡Si, así, mas rápido por favor, se siente tan bien!!

Levanto las caderas, moviéndolas al ritmo de sus embates. Cerrando los ojos, comenzó a gemir ruidosamente, mientras sus manos recorrían la espalda y las caderas en un perfecto simulacro de pasión. Ella disfrutaba mucho del sexo, pero era más bien de naturaleza más bien serena, por lo que incluso estando excitada, una exhibición de ese tipo era improbable. Sin embargo, resultaba tan real.

-Rápido corazón, rápido, estoy cerca, termina junto conmigo, ¿sí?

En realidad, no tenía la menor intención de llegar al orgasmo, pero bueno, si estaba representando un papel era necesario ser lo más realista posible. Cerrando los ojos, arqueo la espalda, y apretando con las manos la espalda del individuo, gimió de forma ruidosa. Incluso se dio el lujo de convulsionar el cuerpo ligeramente. Si bien no había sentido el más mínimo placer, incluso la persona más experimentada habría pensado lo contrario. Simplemente fue un orgasmo perfecto.

Al parecer, su pequeña farsa dio resultado, pues casi en ese mismo instante, pudo sentir como el cuerpo del asaltante se tensaba, y la sensación de un líquido tibio y espeso lleno sus entrañas lentamente. Ella no pudo contener una sonrisa, esta vez legitima. La pesadilla parecía haber terminado.

El hombre se separo lentamente con un gesto de indudable satisfacción. Sin decir nada, deslizo la mano dentro de una de las bolsas y arrojo un paquete al regazo de Claudia, que aun se recuperaba.

-Toma y lárgate antes de que me arrepienta.

No tuvieron que decírselo dos veces. Se vistió apresuradamente y salió dando traspiés. Solo al estar lejos del edificio se atrevió a ver el paquete con cuidado, billetes de cien pesos, y no podía cerrar la mano alrededor de ellos. El miedo, el no haber podido terminar su torta, le había dado bastante hambre, por lo que quizá, por una sola ocasión, podría tomar una comida como Dios manda.