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FOLLANDO CON CAMIONEROS

Relato enviado por : Anonymous el 16/06/2007. Lecturas: 13305

etiquetas relato FOLLANDO CON CAMIONEROS .
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Resumen
De como una habitual acampada de verano se convirtió en una aventura inolvidable para un feliz matrimonio.


Relato
Como todos los años, mi marido y yo emprendíamos el viaje de vacaciones en nuestra potente moto. Aguardábamos ilusionados la llegada del verano para practicar uno de nuestros hobbys preferidos, el campismo. Esta afición nos ha permitido conocer toda la geografía de nuestro país, hacer nuevas amistades y disfrutar de la naturaleza. Alberto tiene 28 años, es moreno, alto y muy guapo. Desde hace unos años es promotor inmobiliario y yo le ayudo como secretaria. Yo me llamo Karla , tengo 25 años y me considero una mujer muy atractiva, que hace volver la cabeza a los que pasan a mi lado. A Alberto y a mí nos unen muchas cosas pero sobre todo nuestra pasión por las motos y la velocidad.

Aquel fin de semana, como muchos otros, nos dispusimos a montar nuestra tienda de campaña en un lugar solitario del bosque que rodea la sierra. Nos dirigimos a buena velocidad a nuestro destino pues deseábamos llegar cuanto antes. Cerca de la sierra repostamos en un pueblecito y almorzamos en un restaurante frecuentado por camioneros. Nos situamos en una mesa lateral y fue entonces cuando noté la mirada fulminante de aquellos dos hombres. Eran extranjeros, sin duda, choferes de uno de los muchos camiones de mercancías europeos que tanto frecuentan nuestras carreteras. Uno rubio, tipo nórdico, alto y atlético como su compañero que, por el contrario era casi negro, seguramente norteafricano, ambos con un mirar lascivo e insolente. Hablaban sonriendo con picardía mientras me desnudaban con la mirada. Alberto estaba ajeno a lo que ocurría repasando el mapa de carreteras.

De nuevo en ruta, surgió un gran contratiempo: la moto se detuvo. Estaba anocheciendo y por más que lo intentó, Alberto no logró arreglar la avería. La carretera era poco frecuentada por vehículos así que nos hicimos a la idea de que tendríamos que pasar allí la noche. De repente vislumbramos a lo lejos un camión. Alberto salió a la mitad de la carretera y le pidió que se detuviese. Del trailer holandés descendieron los dos hombres que había visto en el restaurante. De cerca aún me parecieron mejores mozos. En un mal español se interesaron por nuestro problema e intentaron arreglar la avería , aunque parecían más interesados en mis formidables tetas y apetitoso culo ceñido por un pantalón de cuero negro que en la moto. Nos comunicaron que se había estropeado una pieza importante y que había que cambiarla por otra. Como ya era tarde nos dispusimos a montar la tienda y pasar allí la noche.
Los camioneros también pues se ofrecieron a llevarnos al día siguiente al pueblo en su camión para comprar la pieza. Tras compartir unos bocadillos y refrescos que llevábamos en la mochila, Alberto les pidió que le ayudasen a montar nuestra tienda. Empecé a sentir frío mientras los hombres se afanaban en su tarea y los camioneros, al percatarse, me dijeron que me metiese en el camión, lo que hice de inmediato. En la cabina había una confortable litera y me tumbé sobre ella para descansar un rato, echando la cortinilla que la separaba de la parte delantera. Al poco rato quedé dormida ...

De repente, noté que una mano se deslizaba entre mis piernas y que corrían la cremallera del pantalón. Unos hábiles dedos se metían entre mis bragas para alcanzar mi concha, mientras me estremecía de gusto. Me imaginé que sería Alberto con una de sus habituales sorpresas, así que me dejé llevar y empecé a mojarme cuando empezó a masajearme con fuerza el clítoris , llegando a tener un orgasmo. De pronto, la cortinilla se corrió y unos ojos brillaron en la oscuridad: no era mi marido sino el árabe. Tenía el pantalón y los calzoncillos bajados y enarbolaba un gigantesco cipote negro de casi treinta centímetros rematado por un gordo capullo despellejado. Me llevó su ruda mano a la boca pidiéndome silencio. Estaba desconcertada pero empezaba a sentir un morbo infinito, así que dejé que se colocara sobre mí y me sacara los pantalones y las bragas. Empezó a masajearme el coño con su polla desde el culo hasta el clítoris mientras yo creía volverme loca. Por fin la metió dentro y sentí como me atravesaba el útero hasta los ovarios. Empezó un vaivén rápido y acompasado, yo sentía como sus huevos me golpeaban cuando conseguía meter su verga hasta el fondo, aún así levanté mis piernas para atenazar su culo y sentirlo más adentro , al tiempo que él me chupaba y mordisqueaba las tetas . Me corrí otra vez mientras él seguía bombeando como una bestia. Tal era su excitación que eyaculó dentro de mí , y yo al notar aquella ráfaga caliente en mis entrañas volví a correrme. Al retirar la pija, la lechada empezó a salir de mi chocho a borbotones y tuve que limpiarla con mi bombacha. Así empapada de semen, guardé la braguita en un bolsillo de mi pantalón, mientras el moro abandonaba sigilosamente el camión.

Al poco rato, mi marido y yo ya estábamos dentro de la tienda y los camioneros se fueron para su vehículo. Alberto me propuso follar pero yo alegué que los dos hombres estaban muy cerca y podían oirnos. El verdadero motivo de mi negativa era que no llevaba las bragas puestas y además mi esposo podía notar que mi almeja aún estaba llena de la leche del árabe. Una hora después, cuando ya Alberto dormía profundamente, cogí una linterna y salí de la tienda para limpiarme con una toallita húmeda los jugos que aún salían de mi coño y ponerme otras bragas que llevaba en la mochila. Busqué un lugar entre los árboles algo alejado. De repente oí un ruido de pisadas, enfoqué con mi linterna y pude ver como el apuesto holandés se dirigía hacia mí con paso seguro. Enfoqué su entrepierna y observé como su polla estaba a punto de reventar su pantalón. Entonces con su mejor español me dijo:
- Mi compañero me lo ha contado todo, así que yo también voy a follarte.
Y bajando el pantalón y el slip me mostró una soberbia verga, que salía de entre una pelambrera rubia como su cabello; era grande, venosa, gruesa y sonrosada, con un glande como una seta. Dirigí mi boca hacia aquel nabo, besándolo primero, engulléndolo después; él me empujaba la cabeza para que lo metiera hasta el fondo. Una vez satisfecho,me tumbó sobre la hierba y empezó a lamerme el chocho; creí enloquecer cuando su lengua jugueteaba con mi clítoris, erecto como una pijita. A continuación me puso a cuatro patas y me penetró la vagina aún mojada por el polvo anterior. Yo empecé a gemir como una perra en celo sin importarme que alguien me oyera. Fue entonces cuando al levantar la cabeza me encontré con la tranca del negro. Se arrodillo delante de mí y sin mediar palabra me la metió hasta la garganta. Al poco rato el holandés decidió cambiar de postura. El moro se tumbó en el suelo con el pene tieso como un palo y con sus robustos brazos me cogió por las caderas y me introdujo toda su tranca en el culo. El rubio procedió a completar en sandwiche metiéndomela por la concha. Fue el delirio. Los hombres se movían a un ritmo desenfrenado diciendo frases en su idioma que yo no comprendía, sentía las dos vergas dentro de mí como si se juntaran en el mismo sitio. El placer que me embargaba era tanto que empecé a gritar perdiendo la noción de la realidad, sintiendo un éxtasis jamás imaginado. Fue entonces cuando una luz cegadora iluminó el lugar de la escena. Era mi marido que nos enfocaba con los faros de la moto. Se acercó a nosotros en silencio y ante la sorpresa de todos, se bajó el short que llevaba puesto, dejó a la vista su bien dotado miembro y me lo introdujo en la boca. Los cuatro mantuvimos la compenetración hasta que la polla del moro estalló en mi orto vertiendo su leche ; al poco rato mi marido se corrió en mi boca, tragandome su lefa hasta la última gota. Su rostro mostraba una satisfacción y placer como nunca había visto en él. El holandés también remató su faena: tras unas fuertes embestidas que hacían sonar sus huevos como campanas golpeando mi vulva y los cojones de su compañero, sacó su verga y en varias ráfagas me regó de abundante y espesa leche desde el chochito hasta las tetas.

............................................................

De vuelta a la tienda, para al fin dormir un poco, Alberto me dijo:
- Eres una reputa, pero tenemos que repetir acampadas como ésta.

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Comentarios enviados para este relato
CIROJVR (3 de April de 2010 a las 15:53) dice: jajajajajajajajaj que si que es reputa y volvieron a repetir?


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