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LA TRAMPA

dulces.placeres Relato enviado por : dulces.placeres el 10/09/2017. Lecturas: 1104

etiquetas relato LA TRAMPA   Lesbianas .
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Resumen
Esa noche había dormido mal, me levanté con un terrible dolor de cuello, salí de mi cama, solo estaba en tanga, así que ajusté mi largo camisón, pasé por el baño y bajé a desayunar, Diego roncaba plácidamente.
Mabel me vio llegar moviendo mi cuello de un lado a otro, molesta, me sirvió el desayuno, me senté, se acercó a mis espaldas y me susurró al oído:

Quieres que te de unos masajes?



Relato
LA TRAMPA


Cinco años atrás, María Julia se estaba jubilando, demasiados años para la pobre vieja que ya no soportaba seguir trabajando.
Diego, mi esposo y yo nos vimos en la tarea de seleccionar una nueva persona que oficiara de mucama, cama adentro. Así llegó Mabel a nuestro hogar, una joven que conocía hace un tiempo puesto que había servido en nuestra empresa.
A propósito, Diego y yo, además de ser marido y mujer somos socios, dueños de una empresa que empezó como un pequeño negocio familiar y que rápidamente creció como una flor de primavera.
Tenemos mucho peso sobre los hombros, hay que tomar muchas decisiones, a mano firme, suele ser muy agobiante, siempre dando órdenes, siempre resolviendo problemas, no había lugar para relajarse.

Mabel se amoldó a nuestras necesidades, como el chofer, como el jardinero, gente afín a nosotros, quienes hacían las cosas por nosotros. Era una chica mucho más joven que nosotros, de estatura mediana, tez morena y unas gruesas cejas que resaltaban en su rostro y le quedaban muy bonitas, haciendo de ellas un rasgo personal. Nuestra chica de servicios ostentaba unos grandes pechos y unas caderas salientes hacia los lados, era respetuosa, callada y trabajadora.
Diego le imponía usar esos uniformes típicos, negros a media pierna, con delantal blanco, para él era muy importante mantener la distancia con el personal y dejar en claro la diferencia de clases, decía que no debían mezclar las cosas y que el exceso de confianza era la puntada para iniciar conflictos, el tiempo le daría la razón…

Lo acompañaba en esta idea mientras él estaba presente, pero cuando no estaba, lo cierto es que empecé a intimar los diálogos con ella, a ceder mi espacio e invadir el suyo, éramos las únicas mujeres en un caserón impresionante, además, no hacía más de lo que había hecho en su momento con María Julia.
Siempre manteniendo las distancias, cada una en su rol, lo cierto es que inconscientemente noté lo bonita que se hacía a mis ojos, el traje me parecía sexi y las medias de nylon negras le daban un toque distintivo, sin darme cuenta me fui haciendo permeable a ella, a sus sentimientos, a sus problemas, a su forma de pensar, a su juventud, poco a poco Mabel se fue ganando mi confianza y fue tomando una posición central en la escena.

El primer llamado de atención llegaría tiempo después, había regresado a casa al atardecer, mi esposo había quedado en la empresa con algunas actividades pendientes, el silencio sepulcral del hogar me produjo escalofríos, encendí la luz, la soledad no era buena compañera, algunos leves ruidos provenían del piso superior, como agua cayendo. Subí con sigilo las escaleras, con los zapatos en la mano para no hacer ruido, la luz de nuestro cuarto estaba encendida, me acerqué casi tratando de no respirar, hasta llegar a la puerta de nuestro baño, el que era reservado solo para mi esposo y para mí, ella estaba de espaldas por lo que no podía verme, era un abuso de confianza, pero solo me quedé observando en silencio…

Nuestro jacuzzi estaba lleno de agua, Mabel sumergida en él, desde mi punto de observación veía su cabellera renegrida y mojada, la silueta de su cuerpo tapada por agua jabonosa, sus pechos sobresaliendo como dos montañas y su mano derecha acariciando con frenesí su clítoris, en medio de jadeos y gemidos, no supe que hacer, que decir, el cuadro me produjo una terrible excitación, sentí mis pezones duros bajo el sostén y mi entrepierna humedecerse, mi clítoris latía como una luz de emergencia enviándome señales a mi cerebro que parecían decir ‘tócame’ ‘tócame’.
No sé porque lo hice, sin tener total conciencia me había puesto en cuclillas, abriendo mis piernas, no podía dejar de observar, corrí mi bombacha y al tiempo que ella se masturbaba yo también lo hacía, sus gemidos lastimaban mis oídos y cuando ella se acababa yo también lo hacía, ella gritaba y yo me mordía para no hacerlo…

Mabel se dejó caer bajo el agua y yo recobrando el aliento bajé tan rápido como pude, encendí el equipo de música como para decirle ‘hola! estoy en casa’ y darle tiempo a que borrara sus huellas.
Me serví una copa de vino y me senté en el sillón a reflexionar, mis dedos tenían olor a mí, era una locura, sea como fuere estábamos cada vez más conectadas, no sabía porque, las mujeres nunca habían estado en mi universo, y no era cualquier mujer, solo era esa mujer…
Poco a poco nuestras miradas se hicieron cómplices, nuestras sonrisas nos conectaban en secreto, no había mucho más, no había palabras entre nosotras, no sabía cómo explicarlo, pero de alguna manera sabía que algo pasaba.

Esa noche había dormido mal, me levanté con un terrible dolor de cuello, salí de mi cama, solo estaba en tanga, así que ajusté mi largo camisón, pasé por el baño y bajé a desayunar, Diego roncaba plácidamente.
Mabel me vio llegar moviendo mi cuello de un lado a otro, molesta, me sirvió el desayuno, me senté, se acercó a mis espaldas y me susurró al oído:

Quieres que te de unos masajes?

Sentí un escalofrío recorriendo mi piel, era la primera vez que me tuteaba, y este sería el último obstáculo a vencer, asentí con una sonrisa.
Pronto las tibias manos de Mabel acariciaban mi cuello, dulcemente, suavemente, alternando entre sus manos, sus dedos, o presionando con sus pulgares, dejé caer levemente el camisón desnudando un poco mi espalda, cerré los ojos, me dejé llevar, sus manos pasaron por mi nuca, por mis hombros, estaba entregada, siguieron por mi garganta, por la parte superior de mi pecho, la dejé hacer, fue bajando lentamente, coló la mano bajo el camisón, aspiré profundo, deseaba que no parara pero no sabía si realmente lo haría, siguió bajando, al fin sus yemas llegaron a mis senos, me relajé, me gustaba, su tacto femenino acariciaba con esmero mis tetas, mis pezones, uno a cada lado, su voz dulce llegó a mi oído:

Te gusta? quieres que siga?

El silencio y mi respiración agitada fue la única respuesta, su mano derecha siguió bajando lentamente, por mi vientre, por mi ombligo, al fin tocó el elástico de mi bombacha, abrí mis piernas, siguió avanzando, sus dedos índice y mayor aprisionaron mi clítoris, era una locura, me masturbaba con violencia, apretaba mi pezón izquierdo, me encantaba, pero de repente los zapatos de mi esposo retumbaron en el piso superior, en la escalera!, nos separamos al instante, me repuse rápidamente, acomodé el camisón, guardé mis pechos desnudos, crucé mis piernas y recuperé la pausa en mi respiración, el no notó nada, pero me sentía una braza encendida…

Luego de esa mañana nos hicimos más y más confidentes, ante Diego y el resto de las personas nos seguíamos tratando de ‘usted’, pero era cuestión de tiempo para que pasara lo que tenía que pasar…

Mi marido había salido por viajes de negocios, temas de expansión del mercado, por unos días todo quedó sobre mis hombros, se hizo demasiado pesado, demasiadas obligaciones, demasiado stress, estaba a punto de quebrarme por la presión, al tercer día, al llegar a casa solo quería que el mundo me sepultara, Mabel me miró como nunca me había mirado y preguntó:

Sonia, alguna vez, no desearías dejar esa armadura de lado? pasas tu vida tomando decisiones y dando órdenes, y si todo fuera diferente? y si solo dejaras hacer?

Me encogí de hombros, resignada, que alguien tomará el timón barco y solamente poder disfrutar del viaje, imposible…

Mabel parecía haber calculado todo, me tomó de la mano y me dijo:

Vení, déjame hacer, por una vez déjame tener las riendas…

Me dejé llevar, subimos las escaleras tomadas de la mano, me sentía perturbada, fuimos a su cuarto, hacía tiempo que no entraba en él, me pidió que me relajara, tomó un gran pañuelo y vendó mis ojos, sacó mi trajecito italiano, mi pollera, mis zapatos, mis medias, mi camisa, mi sostén y por último mi bombacha, me sentí desnuda e indefensa, intrigada y nerviosa, sus manos soltaron mi cabello

Así, así estás hermosa…

Sus labios me sorprendieron cuando chocaron con los míos, reaccioné a la defensiva, lógico, nunca había estado con otra mujer, pero volvió a carga, me entregué nos besamos, nos acariciamos, sentí mi corazón latir con fuerza, mi clítoris pareció explotar entre mis piernas, mi vagina se inundó con jugos, la excitación corrió por mis venas…
Me hizo recostar sobre su lecho, sentí el ruido de sus tacos alejarse unos metros y volver a mí, luego un frasco abrirse y una aroma mentolado invadir el ambiente, sus manos humectadas con un exquisito aceite comenzaron entonces a masajear mi cuerpo, a lo largo, a lo ancho, mis pies, mis manos, mis piernas, mis brazos, mi espalda, mi pecho, mi cola, mi cintura, centímetro a centímetro me entregué a ella, me aflojé, perdí mi voluntad, sus dedos ponían especial empeños en solo rodear mis zonas más sensibles, bordeando mis pezones, pero sin tocarlos, bordeando mi vagina, pero sin tocarla, bordeando mi esfínter, pero sin tocarlo…

Pero no podía con mi genio, a pesar de sentirme plácidamente aceitada y masajeada como una diosa, las ansias de control volvieron a mí, saqué la venda, no podía someterme así como así, por lo que Mabel redobló la apuesta, fue hasta el placar y trajo un delgado cinto de moda, pasó la hebilla y me enlazó por el cuello, tirando más allá de lo aconsejable

Basta perra! Ya me tiene cansada con tus órdenes!

Era demasiado loco, los roles habían cambiado, me hizo arrodillar en el piso, volvió al placar, buscó entre sus cosas, sacó un enorme vibrador doble, con dos penes gigantes, me miró en forma perversa, con una gran base adhesiva que se encargó de ajustar a la pared, el peso del juguete hizo que se desprendiera un par de veces, así que se esmeró en sujetarlo, cuando al fin ambas vergas de juguete quedaron suspendidas se dedicó a mí, que aún permanecía arrodillada, volvió con el aceite afrodisíaco, solo que ahora empezaba a jugar con sus dedos en mi concha y en mi culo, entendía que se proponía, la idea me enloquecía…

Mabel me hizo recular lentamente hasta donde me aguardaba el juguete doble, entonces apuntó uno en cada agujero, el de la concha entró sin resistencia pero el otro patinaba hacia afuera, por lo que se tomó unos minutos más para dilatar mi trasero. Al fin sentí entrar ambos, que locura, no podía dejar de gemir, me hizo retroceder más y más hasta comérmelos casi por completo, hasta el fondo.
La combinación de sentir uno acariciarme la puerta del útero, y el otro dilatando mi esfínter me enloqueció, ella me ordenó:

Dale zorra, quiero gozar viéndote gozar!

Mi empleada soltó su camisa, sacó sus medias y su tanga dejando sus pechos casi desnudos y su vagina limpia a mis ojos, se sentó al borde de la cama, abrió bien sus piernas dándome un primer plano de su hermoso sexo y comenzó a acariciar sus grandiosos pechos y su argolla al mismo tiempo.
Estaba tan caliente, comencé a moverme con furia, hacia atrás, hacia adelante, una y otra vez, no era adicta a este tipo de juguetes, pero esto iba más allá de mis conceptos, Mabel me miraba y se masturbaba conmigo, hice lo mismo llevando una mano a mi clítoris, los anchos juguetes dislocaban mis agujeros y endemoniados orgasmos comenzaron a fluir de mi ser…
Mabel tomó entonces una silla para sentarse cerca de mi rostro, levantó una pierna apoyándola sobre la cama y la otra sobre la pared, toda abierta ante mis ojos, tomó el cinto que aún estaba en mi cuello para arrastrarme hacia ella, al avanzar los juguetes salieron de mis agujeros dejándome toda dilatada, me acercó más, y más, sentí su fuerte aroma a mujer.

Dale! chupámela toda!

Pasé mi lengua por su sexo, era mi primera vez, su humedad sació mi sed, lamí sus labios, me sentía hervir, ella acariciaba dulcemente sus pezones que escapaban por su camisa, su sexo se abría para mí, me detuve en su clítoris, su vagina parecía amplia y profunda, al tiempo que la lamía también me masturbaba, era tan sexi…
Mis rodillas comenzaron a acalambrarse, subí un poco, lamí sus pezones, un poco más, crucé mis piernas con las suyas, vagina contra vagina, humedad contra humedad, clítoris contra clítoris, concha contra concha, el anochecer nos tomó por sorpresa, gimiendo, gritando, acallando nuestros gritos, besos contra besos, orgasmos contra orgasmos hasta caer rendidas, exhaustas…

Sería la primera de muchas relaciones más en la me iba descubriendo como una mujer bisexual, puesto que seguía adorando el buen sexo que me daba mi esposo.

Pero lamentablemente lo bueno no era tan bueno, poco a poco empezamos a notar faltantes en el hogar, cosas de valor, dinero, objetos que permanecían ocultos y que la confianza que daba Mabel hacía que hablara más de la cuenta.
Qué tonta fui! tardé más de la cuenta en ver la realidad, ella había encontrado un punto débil en mí y solo me estaba usando, sacaba ventaja de una situación que no había sido capaz de evitar, y tenía un as en la manga, que podría decir yo? Como la acusaría? Simplemente le diría a Diego que no pude mantener la boca cerrada en mis tardes de sexo con ella? Evidentemente la jugada era perfecta, era un laberinto sin salida.
Optamos por darle un buen dinero como indemnización, ahora tenemos otra empleada, mis locuras lésbicas se fueron con ella, la mujer que jugó con mis sentimientos…


Si eres mayor de edad y te gustó la historia, puedes escribirme con título ‘LA TRMPA’ a dulces.placeres@live.com


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