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LOS ENCANTOS DE PAPI: Como empezó

Relato enviado por : thenderson el 28/11/2017. Lecturas: 2107

etiquetas relato LOS ENCANTOS DE PAPI: Como empezó   Amor filial .
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Resumen
Parecían años, pero apenas pasaron tres meses. El deseo y las locuras de padre e hija desde el momento que comenzaron con la declaración de ella.


Relato
Como película, a cada momento pasaban por la mente de Anne escenas de los tórridos encuentros de la incestuosa, pero ya irrenunciable relación con su propio padre en los lugares que los habían tenido ya en varias ocasiones.

Papi había sido un fogoso amante de su hija mayor. Todo había comenzado unos meses atrás, pero sentía como que habían pasado años siéndolo.

Anne era ya toda una señora madura, de muy buen ver, y si bien muchos perciben a un hombre mayor de 60 como sexualmente caduco, Tomás le había demostrado con hechos todo lo contrario.

Tomás era un verdadero toro, tanto por su tamaño como por la fogosidad con que se tiraba a Anne tras varios años de inactividad sexual.

Anne le consentía hasta el mínimo detalle y no tardó mucho en darse cuenta lo que le urgía a papi, tras haber probado infinidad de remedios para eliminar su lastimoso estado de ánimo: sexo, mucho sexo, la alternativa que siempre cura.

La justificación para ella misma fue que todo sucedió por compasión hacia su padre, claro, no sin antes provocarlo durante algunas semanas con su vestir y sus movimientos al andar o agacharse. Al viejón no le quedaba más remedio que observar los encantos que su hija le ofrecía “accidentalmente”, haciéndolo sentir con mucha frecuencia su pene endurecer.

Ella bien sabía que a su padre le vendría a las mil maravillas reactivar su vida sexual, pero le preocupaba que, dada su posición económica y edad, cayera en manos de alguna aprovechada de esas que abundan, aunque de vez en cuando se lo insinuaba. Le preocupaba que papi estuviera tan empolvado que no supiera ni que hacer, dado el momento.

Su relación con su esposo Raúl era normal, tras algo más de quince años de matrimonio. Llevaban una vida sexual normal y nunca le había habido infidelidad entre ellos, hasta que sucedió lo que tenía que suceder.

Para Anne era excitante notar que, especialmente en los últimos días, su padre presentaba erecciones muy evidentes y frecuentes cuando ella estaba con él. Durante las noches, Anne se masturbaba pensando en papi mientras se bañaba, acariciando la idea de ser su amante. Anne se portaba a veces como toda una zorra con él al curvearse de más, bajar un poco su pantalón para que se le viera el comienzo de sus blancas nalgas al agacharse frente a él, desbotonar un poco su blusa, incluso, andar sin sostén ni calzón.

Una tarde, con el pretexto de buscar algo en el ático de la casa paterna, Anne subió la escalera de madera mientras su padre la esperaba al pie de la misma. Anne traía puestos unos pantalones cortos, algo ajustados y sin calzón. Cuando volteó para pedirle la linterna de mano, vio cómo su padre se acomodaba el pene debajo del pantalón.

“¡Ay papi, pobre de ti!”, le dijo con voz de ternura Anne a don Tomás, ya, sin disimulo alguno de haber notado su engrandecido bulto.

Anne volteó de nuevo hacia enfrente y pensó si debería o no hacer lo que pensaba..., después de todo, ocurriría tarde o temprano.

Total, pensó, desabrochando su pantalón lo bajó de un rápido movimiento, y curveándose hacia atrás, mostro a su padre sus blancas y hermosas nalgas ante la atónita e incrédula mirada de Tomás, reactivando instantáneamente su erección. Su corazón latía apresuradamente por el atrevimiento.

Se subió el pantalón y bajó de la escalera. Se sentaron en el sofá de la estancia y le dio un beso en la mejilla al sonrojado señorón. “¿Te tendré que buscarte una novia, papi?”, preguntó, ya decidida a convertirse en amante de su padre si fuera necesario, ahí mismo. Saber y poder ver lo que su padre sentía la excitaba a ella también, y mucho., “¿o te gustaría que fuera... yo?”.

“¡Ay hija!, ¿Cómo se te ocurre eso, por Dios?”. “Son cosas que van y vienen”, contestó Tomás “pero es algo con lo que tengo que vivir, y no, no pienso de momento ponerme de novio a estas alturas del partido. Tienes unas nalgas muy lindas, a propósito, como las de tu mamá. ¿Por qué hiciste eso?”

Anne pensó un momento si la había regado, y feo.

“Lo hice para que te relajes un poco, papi”, contestó Anne. “¿Te gustaría que yo fuera tu novia?”, agregó con sensual entonación. Tomás no supo que contestar.

“Una novia te rescataría de ese estado en que te encuentras”, le aseguró, besándolo de nuevo en la mejilla y colocando su brazo alrededor de su nuca, “Sería una pena desperdiciar semejante hombre en el olvido. Tú dime como te puedo ayudar. A propósito, te me acabo de declarar”.

Anne comenzó a sentir preocupación por su inmoral atrevimiento. Algo temerosa y dudando de la respuesta de su padre, decidió proseguir.

“Estela y yo estamos preocupadas porque te vemos muy apagado”, continuó Anne. “Me llama todos los días para saber cómo estás”, agregó

Haciéndome una puñeta sería un buen principio pensó Tomás, nublado por el deseo, mientras Anne le daba un tercer beso en la mejilla y sobaba su espalda, como si fuera un bebé con gases.

“¿Quieres ser mi novio?”, insistió Anne.

Los dolores testiculares y del abdomen bajo después de estar con su hija habían sido frecuentes. Se masturbó algunas veces pensando en ella, imaginando haciéndole el amor. Su urgencia y deseo por su hija eran tales que no le importaba cualquier prejuicio social si ella fuera su amante. La tenía en su mano; ella se lo estaba pidiendo.

Ante las provocaciones de la mujer y su explosiva condición, se estaba formando la tormenta perfecta: el no aguantaba más y ella estaba con toda la disposición al sentir que su propio padre la deseaba. Su erección no cedía tras el atrevimiento de Anne.

Tomás continuó sin decir una palabra.

“Si no me quieres decir, tendré que deducir que… si te gustaría papi”, dijo melosamente Anne, apartándose un poco.

Anne desbotonó su blusa. Volteó hacia su padre, dejándolo contemplar sus hermosos, ligeramente caídos senos. Sus pezones estaban erguidos. Dejó pasar un momento para que Tomás se deleitara mirándolos, asegurándole con eso que por ella no habría problema alguno.

Luego, con ambas manos, Anne bajó la bragueta de Tomás sacó el moreno pene de del holgado y viejo pantalón de mezclilla, besando su mejilla mientras lo hacía, rozándola con la lengua, tranquilizándolo. Comenzó a acariciarlo y sentir su sólido contorno. Lo miró con una bella y a la vez erótica sonrisa y comenzó a masturbarlo lentamente, con firme y suave movimiento hacia arriba y abajo, viendo escurrir su lubricante natural en exceso. Anne no hizo comentario alguno sobre su gran tamaño.

La expresión de Tomás comenzó a cambiar. Volteó hacia Anne, quien suavemente le plantó un beso en la boca. Se separaron, pero papi tomó su cabeza por ambos lados y la volvió a besar, con toda la pasión reprimida que llevaba dentro. Anne respondió de igual manera.

Aunque Anne esperaba que papi se abalanzara sobre ella y quisiera desnudarla y sentir en sus dedos su húmeda vulva, él se mantuvo ajeno a cualquier intento. Dejo que fuera ella quién tomara toda iniciativa.

Cuando separaron sus bocas, Anne besó el gigantesco glande de Tomás, y lo arropó con su boca brevemente.

Lo miró desde abajo a la cara con expresión de lujuria, mientras seguía masturbándolo, subiendo el ritmo.

“¡Siéntate en mí, hija!”, imploró Tomás.

Anne se incorporó y mordisqueó su oreja, metiendo su lengua en el oído de papi.

“No estoy lista para eso, papi”, le dijo murmurando al oído. “Goza lo que te hago y no exijas”, agregó

Al sentir el cosquilleo y la respiración de Anne en su oído, Tomás echó su cabeza hacia atrás en el respaldo, sin poder ya contenerse gimiendo escandalosamente. Anne comenzó a masturbar a papi con ambas manos, acallando sus gemidos con su boca, entrelazando sus lenguas, al tiempo que Tomás comenzó a liberar con singular energía su abundante carga en las manos de su bella hija, quien no cesaba su suave movimiento, haciendo que su semen saliera como una manguera fuera de control mientras se deleitaba viéndolo casi contorsionarse con pícara mirada, volteando constantemente a la puerta de entrada, como temiendo que alguien llegara y los sorprendiera.

Cuando finalmente Anne sintió que el pene de papi cesó de palpitar, exprimió su blanca carga lo mejor que pudo.

“Hagamos el recuento de daños”, dijo Anne. Tomás se puso en sus manos, como un bebé que se había hecho en los pañales.

Anne se puso de pie, fue al baño, y tomó un rollo de papel sanitario. Se sentó de nuevo junto a Tomás y comenzó a limpiar la zona de desastre, mientras él seguía con la respiración algo agitada, sorprendido de su hazaña.

“¡Ah, hijita…!” por fin habló. “¡Gracias!”.

Cuando terminó de limpiar, Anne le dijo sensualmente, “papi, si quieres te puedo hacer esto cada vez que lo ocupes. ¡Que linda verga tienes, a propósito!”.

“A partir de hoy te recuperas porque… te recuperas”, continuó Anne.

“Tienes el pito mas largo y gordo que Raúl”, aseguró. “¡Que desperdicio, papi!”, dijo Anne.

Tomás se incorporó un poco. Anne limpió sus manos y las manchas de semen en el asiento.

“Nada me dará más gusto”, contestó Tomás con voz distinta, relajada, a la sugerencia de su hija.

“¿Qué tal mañana?”, propuso él.

“Mañana nos vamos a Guadalajara a visitar a mi suegrita, ¿te acuerdas?”, dijo Anne. “Pero te doy cinco días para reponerte”, agregó con sensual tono, y… no te masturbes”, ordenó. “Para eso estoy yo”

Como por arte de magia, Tomás dejó a un lado su estado de ánimo que lo había caracterizado por meses. Se notaba en su cara y hasta en su tono de voz. También en Anne se notaba otro estado de ánimo, como quien hace una buena obra. Se puso de pie sin esfuerzo alguno a pesar del vencido asiento. Se abrazaron y se dieron un breve beso más en la boca de despedida.

**************************

Mientras manejaba a casa de papi aquella otoñal mañana al regresar del viaje, Anne sintió su vagina humedecerse. Estaba excitada y algo desubicada. Se preguntaba que seguiría con papi. Ni siquiera lo llamó por teléfono como acostumbraba. Era sábado. Su marido e hijos no se levantarían temprano ni les extrañaría que mamá no estuviera en casa, ya que era su costumbre visitar a papi temprano todos los días. Se había puesto un atuendo deportivo azul, algo holgado.

Soy la amante de papi, pensaba una y otra vez.

Don Tomás sabía que su hija llegaría en cualquier momento. Ambos eran madrugadores. Tomás se llenó de emoción y deseo al ver la mini-van de su hija estacionarse frente a su casa, por la ventana de su estudio. Escuchó la puerta abrirse y el habitual “buenos días, papi”.

Cuando Anne entró al cuarto, Tomás se encontraba en su escritorio, dándole la espalda. “Hola guapo”, escuchó don Tomás la voz de su bella hija con sensual entonación. El siguió en silencio y de espaldas, como esperando para darle una sorpresa. Anne sabía que seguía un momento muy, muy especial, sin mucho preámbulo ni bienvenida, aunque también temía que papi reprobara lo que ocurrió días atrás, sintiéndose algo temerosa y desconcertada por su silencio.

Cuando Anne comenzó a caminar hacia él, don Tomás giró su silla y la saludó con su enorme pene de fuera, erecto al máximo y en la mano, dejándola por primera vez ver como se erguía aquel miembro de su velludo estómago. Anne confirmó que era una belleza viril, al tener Tomás la camisola abierta y la bermuda que usaba para dormir a medio muslo.

Anne se detuvo y retrocedió, talvez sorprendida o quizá solo para observar la belleza de la masculinidad de su propio padre, pero si él estaba en plan de ataque, ella respondería en proporción.

Iba preparada: no llevaba ropa interior.

De un rápido movimiento, Anne se desprendió de la sudadera, quedando desnuda de la cintura para arriba. Don Tomás quedó perplejo al observar los bellos y blancos senos de su hija mayor de nuevo, completamente al natural esta vez. Se puso de pie. Su tremenda erección atrajo la mirada de Anne, quien sin perder de vista lo que le esperaba, se quitó los tenis y el pantalón, quedando al final completamente desnuda por primera vez frente a don Tomás, haciéndolo saborear aquel bello cuerpo sin importarle que fuera su propia hija mayor. Se deshizo de la bermuda, quedando solo con la camisa abierta.

“¿Te gusta lo que ves, papacito? ¿Te gusto así, casi cuarentona y algo gordis?”, preguntó Anne con sensual voz, mostrando su muy escaso y claro vello púbico, girando para que papi la conociera al natural.

“¿Aguantará tu silla, papi?”, preguntó melosamente Anne, y caminó lentamente hacia su padre, empujándolo suavemente haciéndolo sentarse de nuevo, y montándose en sus muslos lo besó en la boca, metiéndole la lengua para eliminar cualquier espera y el correspondió con sobrada pasión.

Se abrazaron mientras ella abría los muslos de su padre con el suave movimiento de sus nalgas. “Mmmm… “, gimió suavemente Anna, “siénteme papi. Ahora si vengo dispuesta a que me hagas toda tuya”, le dijo al oído mientras mordisqueaba su oreja, metiendo en la su lengua. Sabía que a Tomás le había encantado eso, como a Raúl.

Don Tomás recorría con sus ásperas y enormes manos el suave y terso cuerpo de su hija, besando y lamiendo sus erectos pezones.

Anne levantó la cabeza de papi y lo besó de nuevo.

“Quédate quietecito”, le ordenó, el momento en que comenzó a deslizarse hacia abajo, quedando de rodillas frente al desafiante miembro de Tomás.

Anne acercó su cabeza y besó el moreno tronco, y comenzó a lamerlo por debajo, avanzando poco a poco hasta tomarlo por completo en su boca. Tomás estaba extasiado, incrédulo. No sabía si aquello era un sueño erótico de los tantos que había tenido, al sentir lo que su hermosa hija hacía. Anne se sentó sobre sus muslos en el tapete y se trajo a Tomás tras ella al no soltar por un segundo aquel salado y gigantesco deleite. “¡Mmmmh...! ¡que rico, papi!”

“¿Vas a aguantar más esta vez, papi?”, preguntó Anne, al incorporarse y montarse de nuevo en los grandes muslos de Tomás, después de deleitarlo con su boca algunos minutos.

Cruzó sus brazos alrededor de la cabeza de Tomás y unió de nuevo su boca a la de su padre, sin importarle que sentiría o pensaría al besarlo después de habérsela mamado, mientras entre sus nalgas atrapaba las 8 pulgadas de palpitante carne, deseosa de que la penetrara. Tomás puso sus gigantescas manos sobre las caderas de Anne, mientras ella se levantaba un poco. Con sus manos, Anne guio la babeante erección de papi y e introdujo su glande en su vagina. La lubricación de ambos era excesiva.

Al sentir Tomás haberla penetrado, tiró de las caderas de Anne, ensartándola por completo, hasta el fondo, arrancándole un escandaloso gemido del tremendo placer: tenía a su padre donde desde hace meses lo quería. Ya era suya. Se había consumado el acto. “¡Ooohhh papi…, estás dentro de mí por fin!”, gimió ella.

Anne comenzó a frotar con energía su cadera contra la de su padre, sin permitir que saliera un milímetro de su vagina. Los gemidos de ambos se podían escuchar por toda la casa sin recato ni precaución alguna.

Anne comenzó a gemir aceleradamente, experimentando en unos segundos mas el primer orgasmo provocado por el pene de papi, el primero de muchos, seguramente.

Lentamente, Anne comenzó a levantarse ante la incógnita de Tomás. Se dio la vuelta y puso sus bellas nalgas frente a él.

“¿Te has tirado a alguna mujer por detrás, papi?, ¿por el culo?”, preguntó sensualmente, sin saber ni importarle cuál sería su respuesta, segura de que a su padre le encantaría penetrarla por el ano. “¿Nunca lo hiciste con mami?”, agregó, queriendo ignorar el desconcierto de su padre.

“No hija. Esta será mi primera vez, si es que me lo estás ofreciendo”, contestó pausadamente Tomás, excitado como un adolescente que le había perdido el temor a la primera vez. “Lo supuse”, dijo Anne.

Aunque sabía que estaba bien lubricada y lista para recibir el pene de papi en su trasero, Anne se arrodilló y lo arropó con su boca, ensalivándolo lo más que pudo. Cuando se separó, Tomás vio su pene impregnado con la saliva de su hija. “Yo creo que es suficiente”, comentó.

Anne comenzó a sentarse en los muslos de su padre, frotando entre sus nalgas su babeante y duro tronco. Don Tomás tomó de nuevo las caderas de Anne con sus manazas y la levantó un poco. Cuando sintió tenerla encañonada, y con suavidad, empezó a penetrar con bastante facilidad su ya bien lubricado ano, lentamente, con cuidado de no lastimarla, haciéndola gemir y exigirle que no se detuviera. Don Tomás quedó inmóvil al tener a su hija completamente penetrada, sintiendo su intestino amoldarse a la perfección a contorno de su grueso y largo pene, como guante a la medida.

Rodeó el estómago de Anne cruzando sus velludos brazos, afianzándola contra sí mismo. Ella puso ambos pies sobre los muslos de papi.

“Haz lo tuyo, hija. Sácame toda lo que puedas, princesita”, comandó el viejón.

Mientras Tomás besaba la nuca de su hija y acariciaba sus senos, Anne se movía hacia arriba y abajo y en forma circular, haciendo que Tomás sintiera la familiar sensación de la inminente vaciada por vez primera dentro nueva novia.

Solo se escucharon los gemidos de papi, al comenzar a verter su vital líquido dentro del culo de Anne, quien no dejó de moverse hasta que dejó de sentir el corazón de papi en las paredes de su intestino grueso.

Anne se recargó sobre su gigantesco padre, mientras él metía su enrome dedo en la babeante vagina, llegando a sentir su propio pene aún insertado en ella.

Se quedaron en silencio durante varios minutos, exhaustos.

Anne se incorporó al sentir que el pene de papi comenzaba a encogerse. Se levantó y le salió un pequeño chorro de la blanca esperma que pudo luego contener, cayendo sobre el muslo de Tomás.

“¡Ups!, perdón”, dijo riéndose.

“Me llenaste hasta el tope”, dijo ella. “Eres un toro. Nunca me habían llenado así”, agregó.

“¿Lo haces mucho por detrás?”, preguntó intrigado Tomás.

Anne quedó en silencio unos segundos, sonriendo

“Si, algo. A Raúl le gusta mucho”, contestó, “pero es algo muy personal, viejo intruso”.

“No lo culpo”, replicó Tomás.

“Pero… ¿Cómo es que les dio por ahí, hijita?”, insistió, “no es muy común que digamos”.

“Papi”, contestó Anne, “¿Cómo crees que salvamos la honra de nuestro noviazgo?”, le dijo con pícara voz.

“¡Noooo!”, replicó Tomás, con incrédula voz.

“Si papi. Comenzamos a coger al mes de novios. Casi todas las noches me la metía por atrás, aquí, en esta misma casa, cuando tú, mami y Estela estaban ya dormidos”.

“Y es más común de lo que te imaginas. Si mami y tu no lo hacían, ustedes eran los raros”, continuó.

“Cochina tramposa”, replicó Tomás, riéndose de la confesión de Anne.

“Y pues nos gustó a los dos y así seguimos y evitamos embarazos- Si nos asustamos una vez que se vino en mi vagina, como a los tres meses de novios. Raúl estaba preparado para hablar con ustedes, pero me bajó”, relató Anne ante la sorprendida mirada de su padre.

“Con tu permiso, voy al baño. Ya me tengo que ir”, dijo Anne, mientras Tomás observaba como sus nalgas habían quedado un poco manchadas con su semen mientras recogía su ropa y caminar hacia el baño.

Contento y relajado por la hazaña que no creía posible, se limpió y se vistió. Estaba feliz de tener una amante, aunque fuera su hija.

Había pasado más tiempo de la habitual visita diaria a papi. Anne salió vestida del baño. Tomás la acompañó a la entrada. Antes de abrir la puerta, se besaron apasionadamente.

“Hasta la próxima, guapachón. Cuídame bien a esta”, dijo, al sobar su flácido pene sobre la bermuda.

“¡Ah! Y quiero que te dejes la barba”, dijo Anne. “Me encantan los machos barbudos y como sales en algunas fotos viejas. Yo te la mantendré bien cortadita”.

Tomás se sentó de nuevo frente a su escritorio. Se estiró. Sintió como una corriente de nueva vida circular por sus venas.

Por primera vez en 5 años, se puso su conjunto deportivo y salió a caminar.


CONTINUARA...

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