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MI TIA

dulces.placeres Relato enviado por : dulces.placeres el 06/07/2016. Lecturas: 5160

etiquetas relato MI TIA   eroticos .
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Resumen
...Bajó nuevamente a sentarse sobre mi verga, solo que ahora yo la tomaba por las nalgas y me movía desde abajo, llevando el ritmo a mi antojo. Ángela tomó una de mis manos y comenzó a lamer mis dedos, a llenarlos con su saliva, como si fuera una pija, me enloquecía. Volvió a correr la tanga que molestaba en el camino y llevó mis dedos mojados a su esfínter e hizo fuerza hacia adentro indicándome el camino...


Relato
MI TIA


La historia comienza con lo que me cuentan mis padres, cuando era muy pequeño. Ellos vinieron a San Antonio con mis tres hermanos mayores a cuesta, yo fui el primero en nacer acá y el cuarto de cinco hermanos, el único varón.
Mis remotos recuerdos me llevan a mi niñez, cuando teñía cuatro ó cinco años, nuestra casa era pequeña para tanta gente, era una casita interna, los tiempos eran difíciles y mis padres con mucho sacrificio fue lo único que habían podido conseguir, yo era chico para entender de esas cosas.
Atrás de nuestra casa había una segunda casa y tengo el recuerdo de cuando nuestros nuevos vecinos llegaron, tenían un niño de mi edad, Ronald, con el cual rápidamente hicimos amistad, su llegada fue un alivio para mi puesto que convivir con cuatro hermanas mujeres no era tarea sencilla, así fue que nos pasábamos el día jugando y si yo no estaba en su casa el estaba en la mía.

En esa época yo veía a los padres de mi amigo como gente mayor, recuerdo que su padre trabajaba mucho y a su madre como una mujer sonriente y alegre, siempre me llamaba la atención sus largos rulos pelirrojos que le llegaban a la cintura y me causaba gracia su forma de hablar porque arrastraba la s. Siempre tenía una sabrosa leche con chocolate con masitas de vainilla a mano. Cariñosamente yo los llamaba como ‘tía y tío’, aunque solo eran vecinos.
Todo parecía perfecto, recuerdo tardes que mi madre hablaba con ella a través del tapial, se pasaban horas y horas con los chimentos de turno.
A mis diez años, las cosas se pusieron mal, discutieron por una pavada, una cosa llevó a otra y todo llegó al extremo de no hablarse, al punto de no saludarse, esto evidentemente me distanció un tanto de Ronald aunque nada teníamos que ver en el entuerto.

A mis quince años las cosas se suavizaron, mi padre estaba demasiado enfermo, tuvo un ataque cardíaco, y Ángela, mi tía de cariño, fue quien le salvó la vida, ella era enfermera e hizo los primeros auxilios hasta que llegó la ayuda médica. Este hecho hizo que todo volviera a la normalidad entre ambas familias y se olvidaran rencillas del pasado, Ronald y yo mantuvimos nuestra amistad en todo momento, a propósito mi amigo ya había comprado una motocicleta, siempre me decía que se la debía a su madre, que siempre intercedía ante su padre para darle todos sus caprichosos gustos
Por otra parte recuerdo que me avergonzaba en silencio, es que ya veía a mi vecina, la madre de mi mejor amigo como una mujer y solía tener sueños eróticos con ella, solía masturbarme recordando su perfume, sus palabras, ó las diminutas prendas interiores que colgaba al sol después de lavarlas y que yo espiaba al otro lado del tapial.

Algo sucedería a mis veinte años que cambiaría para siempre mi vida y de todos los que nos rodeaban, cuanta la historia que Ronald volvía de una reunión con amigos de un pueblo vecino, un tanto alcoholizado, de noche y con pocos reflejos, un gran camión lo pasó tan cerca que mordió la banquina perdiendo el control de la moto tuvo un accidente, murió en el acto.
Ángela comenzó a vivir un calvario, había perdido a su único hijo, ella nunca pudo perdonarse haber influido para que se comprara la moto, la responsabilidad le pesaba demasiado, y su esposo la hizo blanco de sus acusaciones, deprimiéndola mas y mas cada día. Las discusiones eran constantes, yo escuchaba en silencio al otro lado del tapial, incluso se comentaba que él había empezado a beber y hasta llegaba a pegarle.

Recién había cumplido los veintidós y ella estaba cerca de los cincuenta, una tardecita llegaba a casa y ella estaba en la puerta de su domicilio, dándome la espalda, alta, delgada, con un vestido azulino que comenzaba en sus hombros y llegaba casi a sus pies, pegado a su fina silueta al punto de marcar los elásticos de su pequeña tanga, había dejado el pelirrojo de la juventud y ahora tenía un moreno corto a los hombros, más acorde a esta etapa de su vida. La sentí protestar porque no podía abrir la puerta, así que me ofrecí a ayudarle.
Subsané el problema rápidamente, haciendo un poco más de fuerza de lo que sus manos femeninas podían hacer, entonces me tomó de la mano y me invitó a pasar, como en las viejas épocas, decidí acompañarla, su mirada era triste y su alma estaba herida.

Nos sentamos frente a frente y comenzamos a recordar a Ronald, ella como madre, yo como amigo.
Todo se daría naturalmente y esa tarde aprendería la diferencia entre chiquillas teniendo sexo y una mujer haciendo el amor.
Los recuerdos hicieron que una lágrima rodara desde los ojos de esa mujer, a lo que traté de apartarla con mi dedo índice, ella respondería suspirando y posando su mejilla en la palma de mi mano, no sabía qué hacer, ni que decir, solo que mi corazón latía muy fuerte y sentía sudar mis manos.

Ángela no dijo palabra, se incorporó y acarició mi cabello, como una madre a un hijo, para luego bajar y acurrucarse entre mis piernas, cerca de mi pija, como para incomodarme lo suficiente. Ella entonces acarició mis prendas, recorriendo mi sexo, llevó las manos a mi cintura y bajó mi pantalón y mi calzoncillo hasta las rodillas dejando al descubierto mi carne endurecida, se acercó lo suficiente para que sintiera su aliento en mi cabeza, y apoyando sus manos en mis muslos comenzó a besarla lentamente, empezando por la cabeza y bajando sutilmente hasta lamer mis testículos.
Quería negarme, por todos los recuerdos, pero era imposible, sus delgados labios se apoyaron en la puntita de mi glande para luego ir empujando lentamente, me sentí morir en sus boca, su lengua jugando conmigo, la recorría en círculos, la lamía por abajo, con paciencia, jugando, divirtiéndose…

La veía inspirar y como sus cachetes se pegaban haciendo vacío, volvía a meterla hasta la mitad y volvía a inspirar, me succionaba, sentía que me iba a matar de placer…
Sus manos permanecían inmóviles en mis piernas y su boca era toda a fuente de placer, hacía maravillas en mi verga y la situación era incontrolable, otras chicas solo lo hacían frenéticamente para hacerme acabar, pero ella era toda una mujer y disfrutaba el momento, mi orgasmo sería una consecuencia y no un objetivo.
De repente me sentí hervir, me asusté porque soy de acabar en exagerada cantidad, de largar mucho semen y temí hacerlo en su boca, entonces le advertí:

- Tía! Tía!... basta… no sigas… no aguanto más…

Pero sus palabras surtieron el efecto inverso al que yo buscaba, en lugar de apartarse abrió mas su boca y bajó lentamente acomodando su garganta a mi miembro, lo vi desaparecer lentamente ante mis ojos hasta que su boca hizo tope en mi cuerpo, no hubo más nada que comer, entonces si se largó en una suave arremetida y la veía salir hasta la punta y volver a atacar hasta el fondo.
No pude retenerlo, mi leche caliente empezó a escupir en el fondo de su garganta mientras ella mantenía si perturbarse el ritmo, solo sus cejas fruncidas dejaban notar un leve cambio, sentía como si litros y litros de leche brotaran en el fondo de esa mujer que no dejaba de moverse.
Estaba enloquecido, nunca nadie se había bebido mi esperma hasta la última gota, ella no paraba, estaba entregada y solo tragaba a medida que yo explotaba, siguió hasta que ya no salió nada…
Cuando terminó con la tarea me miró a los ojos con una leve sonrisa, me tomó por la nuca y me besó profundamente metiendo su lengua bien adentro, percibí que aún tenía el sabor amargo de mis propios jugos, su aliento dejó en mi nariz olor a mí.

Se paró exultante, llevando las manos a su espalda aflojó el cierre para luego dejar caer su vestido al piso, su delgadez hacía marcar sus costillas y sus pequeños pechos apenas si se notaban, su estilizada figura resaltaba en la habitación que ya estaba en penumbras por el ocaso del sol.
‘Desvestite y seguime’ fueron sus palabras, lo hice prontamente, mi verga seguía tan dura como al principio, fui tras sus pasos, aun descalza era más alta que yo, casi desnuda, solo una pequeña tanga roja se perdía entre sus glúteos, tenía el cuerpo de una modelo.
Ya en la habitación matrimonial me tiró sobre la cama, quedé mirando al techo y sin perder tiempo se sentó sobre mí, con una pierna a cada lado, corrió su delicada ropa interior, tomó mi verga con su mano y la condujo directo a su concha, se sentó sobre ella hasta comerla toda. Luego empezó a moverse rítmicamente logrando la mejor penetración, a veces la sacaba lo suficiente como para que solo mi glande jugara en su puerta, esto me enloquecía y me hacía desear para sentarse de golpe y hacer la penetración bien profunda.

Mientras tanto había llevado mis manos a sus pechos, y con las suyas presionando las mías las tenía cautivas en ese lugar, yo jugaba con sus pequeños pezones que estaban duros como piedritas, y me deleitaba viendo la expresión de su rostro, con los ojos entrecerrados, con una boca jadeante, con el flequillo cayendo por un costado, largando un suave quejido de placer.
De repente ella avanzó sobre mi cuerpo, sorprendiéndome se había sentado sobre mi cara, apretando su clítoris en mi boca al tiempo que se acariciaba sus pechos. La tomé por las caderas, trataba de recorrerla con mi lengua pero ella apretaba demasiado, tomó mis manos y las llevó contra la almohada, ella movía su sexo a voluntad, a su manera, sentía asfixiarme, sus enrulados bellos inundaron mi boca, me sofocaba, pero me encantaba su sabor.

Bajó nuevamente a sentarse sobre mi verga, solo que ahora yo la tomaba por las nalgas y me movía desde abajo, llevando el ritmo a mi antojo. Ángela tomó una de mis manos y comenzó a lamer mis dedos, a llenarlos con su saliva, como si fuera una pija, me enloquecía. Volvió a correr la tanga que molestaba en el camino y llevó mis dedos mojados a su esfínter e hizo fuerza hacia adentro indicándome el camino.
Así fue que mientras la cogía sin parar disfruté a medida que su orificio se abría ante dos dedos que enterré bien profundo, al punto de acariciar la pija que se movía al otro lado.
Sus gestos de placer aumentaron y comenzó a masturbarse, al dedo índice y mayor agregué el anular, ella pedía más y más, así que por último agregué el menique, sentí que mis cuatro dedos se perdían en su culo, ella la no gemía, gritaba, seguía masturbándose e inclinándose hacia adelante puso sus tetas en mi boca, sentía sus movimientos como espasmos, como estando en trance, gritando como una leona acabó entre mis brazos al tiempo que yo también le llenaba la concha de leche en un mar de placer.

Aún tenía un cartucho en el arma, seguía duro, su culo era mi próximo objetivo, y así hubiera sucedido de no ser por notar que las lágrimas corrían nuevamente por su rostro, en realidad, eran las primeras gotas de una fuerte tormenta que se aproximaba, Ángela rompió en llanto, perdí la erección y no supe que hacer, era una mujer con el alma partida, mis palabras no eran suficientes y me sentí impotente, era muy joven para ayudarla, todo terminó, nos vestimos y me despidió con un beso en la cabeza, como cuando era un niño inocente, juramos que sería un secreto entre ambos.

Habían pasado dos meses, una tarde como todas llegaba a mi casa, solo que a la distancia las rojas luces de una ambulancia me llamaron la atención, mis sospechas se confirmarían minutos después, esa hermosa mujer, sumida en la más profunda depresión había decidido quitarse la vida tomando un coctel de tranquilizantes, no hubo nada que hacer.
Poco tiempo después el que era mi tío ponía la casa en venta y desaparecía para comenzar una nueva vida. Vinieron nuevos vecinos, nuevas historias, vuelta de página, pero en mi quedaría grabada la historia de mi tía Ángela.



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