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UN MASAJE DE PRIMERA.

Relato enviado por : FERNEY ACOSTA el 25/04/2011. Lecturas: 2600

etiquetas relato UN MASAJE DE PRIMERA.   Infidelidades   Masajes   Pollones y vergones .
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Resumen
UN MASAJE MUY ESPECIAL QUE ME CAMBIA EL PARADIGMA.


Relato
UN MASAJE DE PRIMERA. A lo largo de la historia, el masaje, ha jugado un papel importantísimo en la vida del ser humano. Se ponían en práctica para preparar a los guerreros que librarían batallas cuerpo a cuerpo, así como después para aliviar el dolor producido por las heridas y golpes recibidos. Esto no ha cambiado mucho, los actuales deportistas lo siguen haciendo. Para los orientales el masaje tiene una connotación un poco diferente. Ellos encuentran en el masaje, aparte de sus propiedades físicas, un gran alimento y relajante espiritual, pero lo más interesante de esta dualidad soma y alma, es cuando entra, en el ámbito de lo sexual, es bien frecuente encontrar que emplean diferentes sustancias tanto para tonificar, relajar, o excitar; o cómo utilizan diversos tipos de instrumentos, entre los cuales encontramos piedras finas, palos pulidos y bolas, a los cuales les dan formas o les dibujan figuras relacionadas con el erotismo.

Adquirir información acerca de todo esto, es algo que siempre me ha atraído. Cuál fue mi alegría cuando un día en un consultorio médico, encontré un viejo amigo al que no veía hacia mucho tiempo. Entre las muchas cosas que hablamos, tanto del pasado como del presente, me contó acerca de un viaje que iba a realizar y por el cual perdería un curso práctico de masaje oriental, al cual se había inscrito hacia algún tiempo. No dude ni un solo instante en preguntarle si el curso se podía transferir a otra persona, a lo que inmediatamente respondió que sí. Sin pensarlo mucho me fue indicando fechas, lugares y las cosas a las que tenía derecho entre las cuales se encontraba un manual de “masajoterapia oriental” y tres boletos que me hacían acreedor a tres masajes corporales de primera calidad. Su última recomendación no me agradó mucho: el “manual”, se lo tendría que entregar a su regreso.

Por fin llegó el anhelado día. Se dio inicio al curso al cual asistíamos más de sesenta personas, todas igualmente interesadas, algunas por motivos profesionales, otras como yo, por motivos personales. La satisfacción no se hizo esperar, aunque no eran orientales quienes nos dictaban el curso, sí eran personas muy bien preparadas en el tema y además físicamente bastante atractivas. Durante la primera sesión se aprendieron aspectos técnicos del masaje, por lo cual, la parte práctica fue similar, así que el masaje que recibí no fue tan agradable, y si, un poco doloroso. Para el día siguiente se pusieron sobre el tapete otro tipo de técnicas, entre las cuales se proponían unos juegos eróticos, bastante agradables, durante los cuales siempre recordaba a mi esposa, para la cual, los masajes juegan un papel bastante importante a la hora de una relación sexual y por lo tanto decidí hacer uso de los dos boletos restantes en compañía de ella.

Aquella noche, de viernes novembrino, había bastante concurrencia al salón, afortunadamente para mi, no tuve que esperar mucho tiempo pues una de las hermosas masajistas que había participado en el curso me reconoció como alumno y me llamo a tomar el masaje. Mi esposa se quedó haciendo caritas tristes, no sé si porque se quedaba sola o por celos de la preciosa masajista que me llevaba. Recorrimos un corto pasillo el cual conducía a un pequeño salón de forma circular en el cual se podían contar seis puertas, cada una de las cuales conducía a un recinto triangular, tenuemente iluminado, en el cual se encontraba un biombo junto a la puerta, un escaparate esquinero donde se podían hallar toallas, aceites, jabones e implementos para la aplicación de masajes; en una de las paredes se observaba un precioso cuadro con una pareja desnuda que parecía hacer el amor, en el centro había una semicamilla, más baja y ancha que las convencionales, la cual estaba impecablemente tendida con lencería blanca, a su lado yacía un cómodo sillón. Había también una cortina casi tranparente, tras la cual había un baño pequeño, pero elegantemente decorado.


Viviana, mi linda masajista, lucía una especie de kimono rosado, bajo el cual sin ninguna dificultad pude notar que no llevaba brassier ni pantys puestos. Eso no lo habían dicho en el curso!. Tan pronto como me retiré las ropas, dio comienzo a su tarea: una y otra vez sus manos untadas con aceite de almendras recorrieron mi cuerpo. Tocaron palparon y hasta golpearon de mil maneras diferentes; unas veces permanecía a mi lado, otras acaballada sobre mi, me producía cualquier cantidad de sensaciones, entre las cuales no estaban ausentes las sexuales, pero cuando quise tocarla yo a ella me recordó que aquello no estaba dentro del masaje de cortesía lo cual apagó con mis ansias y pensando para mis adentros que luego estaría gozando a mi esposa. Una vez terminado el masaje, tomé un refrescante baño con agua fría, cuando salí, Viviana ya se había ido. Me vestí y justo cuando abrí la puerta para salir, alcancé a ver a mi esposa que apenas entraba al cubículo contiguo.



El corazón me dio un salto y la curiosidad me invadió. Con el sigilo de un gato, salí y acercándome al cubículo del lado, abrí la puerta: escuche murmullos de voces inentendibles, no podía ver nada porque el biombo todo lo tapaba. Entré, cerré, y permanecí casi sin respirar detrás del biombo. Nadie me había visto ni oído. Luego de unos segundos logré más tranquilidad y empecé a escuchar lo que hablaban. Aunque ya había advertido a mi esposa de lo relacionado con los masajes, ella se mostraba renuente a desnudarse, ya bastante esfuerzo había hecho para llevarla, pues argumentaba que eran muy diferentes los masajes que yo le daba, a los de un desconocido. Evidentemente no era la primera vez, que esto le ocurría al masajista, quien se tomaba su tiempo para convencerla. No me conformaba con oír; quería ver. Agachado asomé la cabeza: sorpresa la que me llevé cuando vi a Mario, el coordinador del curso. También llevaba un kimono similar al de Viviana, tampoco me costó mucho deducir, que debajo no llevaba nada. Era un trigueño acuerpado, alto, de cabello ensortijado, aunque hablaba bajo, su voz era sonora, sus ojos eran claros, y recordaba las palabras de una de las cursillistas: “Tiene un trasero hermoso”.

Ambos estaban sentados en la camilla, pero mi mujer le daba la espalda a él, quien hacia masaje circular sobre sus hombros. De repente se puso de pie y fue hasta el escaparate, de donde tomó aceite. Se lo unto en las manos y metiendo las manos entre el cuello de la blusa-saco, continuó con el masaje, ella ahora empezaba a desabotonarse, lo hacia con un afán que parecía que los botones iban a saltar; una vez se quito la blusa, él soltó los ganchillos del brassier y se lo retiró, ella buscó recostarse bocabajo sobre la camilla tratando de taparse. Las manos de Mario recorrían sus espaldas brazos y cuello, de vez en cuando y de manera calculada, llegaban hasta las axilas profundizando hasta tocar sus senos. Ella parecía extasiada. Así permanecieron unos minutos al cabo de los cuales procedió a bajar el cierre de la falda, pero ante una delicada negativa de nuevo se puso de pie y alcanzó una pequeña toalla con la cual cubrió su trasero, y ahora si bajó su falda, con la cual arrastró la media velada y el panty. Para mi era totalmente increíble lo que estaba viendo, mi mujer desnudada por otro hombre. Simultáneamente pensé que era parte del rigor de un masaje, el cual definitivamente no se puede aplicar con ropa puesta..

Ahora sus manos masajeaban sus muslos y piernas; lo hacía con profesionalismo, pero también podía ver cómo sus ojos se deleitaban con lo que estaban viendo y tocando, si, ante él tenía una hermosa mujer, que ahora permanecía sumisa, sintiendo el acecho de las manos que cada vez más se perdían debajo de la toalla, hasta que llegó un momento en que ya, no querían salir de allí, ante el manjar que habían hallado. Con disimulo se soltó los cordones del kimono dejando descubierto su pene, el cual era grande, grueso y tenia una gran erección. Se sentó sobre la toalla que cubría su trasero y con masajes cubrió todo su cuerpo. Aún puedo recordar el rostro de satisfacción de los dos! Parecían embriagados de pasión. Pronto las manos, que hasta entonces habían estado quietas, comenzaron a explorar cerca de los muslos de Mario, hasta que los encontraron, tacaban con agrado las musculosas y velludas piernas acercándose tímidamente a la región genital.

De pronto, la pequeña toalla cayó al piso; estaban cuerpo a cuerpo, no en un masaje tan convencional como el mío. Mi esposa ansiosa levantaba su hermoso trasero para facilitar ser penetrada. Efectivamente, al emitir los dos, simultáneamente un gemido, comprendí que aquella gran verga estaba dentro del recinto que únicamente había sido mío. Luego cambiaron una y otra vez de posición, verlos hacer el amor era extraordinariamente excitante, parecía que se conocieran de mucho tiempo atrás, y a propósito de atrás ahora el pequeño orificio también era de él. Los movimientos se hicieron más rápidos y se me antoja a mi, más profundos puesto que el orgasmo de ella no se hizo esperar: sus uñas, al igual que sus dientes se clavaban contra las sábanas y almohadas. Casi simultáneamente, Mario alcanzó el clímax. Permanecieron él acostado sobre las espaldas de ella; la besaba continuamente y sus grandes manos no dejaban de recorrerla. Fueron luego al baño y por la sombra formada por la luz sobre la cortina pude ver como ella de rodillas mamaba aquel miembro que se veía de nuevo erecto; se escuchaban nuevos gemidos y las llaves de la ducha se abrían. Ella estaba feliz, había sido una experiencia deliciosa, la cual hasta yo había disfrutado. Ella estaría pensando que yo sabía de cuanto iba a ocurrir, pero no era así, pues, siempre había pensado y ya se lo había dicho, que cuando ella estaba caliente, ardiendo en deseos de verga, a ella no le importaría de quien fuera el pene, lo importante era que la clavaran y no la dejaran con ganas. Mi premisa se había cumplido y yo estaba orgulloso de mi mujer!

Salí presuroso, antes que terminaran de bañarse, y esperé que ella saliera. La recibí amoroso como siempre, salimos al parqueadero. Durante el viaje de regreso a casa solo comentó lo bonito del lugar y lo agradable del masaje. Esa noche le repetí la dosis que tanto le había gustado, la disfruté al máximo! Nunca me habló de lo ocurrido en el masaje, pareciera que ella supiera que yo estaba allí, viéndola disfrutar de la aventura de “Un masaje de primera”.

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Comentarios enviados para este relato
Oscar Verica (25 de April de 2011 a las 23:56) dice: Me gusta tu comentario y también tu fabulosa generosidad, la verdad te felicito ojalá tuviera la oportunidad de ofrecerle un masajito a tu mujer.

nanri27 (13 de July de 2011 a las 15:21) dice: que buen relato deberias pasarme el lugar en donde se aplican estos masajes mi correo es nanri_2708@yahoo.com.mx


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