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Vacaciones en Cancún con el semental

Relato enviado por : Anonymous el 03/12/2007. Lecturas: 7729

etiquetas relato Vacaciones en Cancún con el semental .
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Resumen
Tras la ruptura con mi novio, me fui de vacaciones a Cancún con mi primo… el semental.


Relato
El viernes me desperté sobre las 9.00 de la mañana y caminé al salón. Raúl siempre se despertaba antes que yo, y me extrañó no verle, así que me dirigí a su dormitorio para avisarle. La puerta estaba entreabierta y me acerqué para ver si estaba dentro. Sin hacer ruido la abrí un poquito y lo que descubrí me dejó............ Estaba destapado con las sábanas reliadas en el brazo y en la pierna, dejando a la vista todo su cuerpazo desnudo. No me podía creer lo que estaba viendo. El corazón me latía deprisa, qué sorpresón…... Lo que mas me gustó sin duda fue su polla. Una polla dura y larguísima que me dejó boquiabierta. Recorrí su musculoso cuerpo con la mirada, y confieso que las bragas se me pusieron bien calientes. Tenía unos pectorales perfectos y unos abdominales marcados y preciosos. Los brazos y las piernas eran impresionantes. … Follarse a un bombón así tenía que ser todo un gustazo. Me quedé completamente atontada y mis bragas empezaron a empaparse; permanecí unos segunditos más mirándole … Recorriéndole, saboreándole con la vista. «Cómo…… está»……. Haciendo un gran esfuerzo de autocontrol, dejé de mirar y me marché sigilosamente. Aunque las piernas todavía me temblaban, conseguí vestirme y me fui sola a desayunar. Prefería dejarlo descansando entre sus afortunadas sábanas.
Mientras bajaba con nerviosismo las escaleras, me acordé de mi hermana Raquel. Ella tenía dieciséis años y todavía no había visto una polla de cerca. Si hubiera visto aquella, le hubiera dado un desmayo. Tras aquel espectáculo me quedaba la duda de si verdaderamente estaba dormido, o si aquello había sido intencionado. Hoy día creo que lo segundo.

Aquel viernes fue muy ameno y entretenido. Estuvimos todo el día de compras, montando a caballo, haciendo submarinismo… y por fin llegó el fin de semana. Yo estaba especialmente nerviosa porque por la noche tocaba irse de marcha. Me vestí con un traje violeta muy escotado que dejaba la espalda descubierta, y debajo un tanga blanco. El traje era uno de mis favoritos por dos motivos: porque me sentaba como un guante, y porque su tono vivo hacía resaltar mi bronceado.
Raúl terminó de cambiarse y salió de su dormitorio, también estaba guapísimo. Por arriba llevaba una camiseta celeste bastante ceñida. Por debajo unos pantalones de pinzas beige que le quedaban......Uuufff.
Al llegar su riquísimo olor inundó la habitación de notas cítricas frescas.
—¡Guau! ¿Quién es ese pedazo de tío? —comenté bromeando sin bromear.
—“Sí, ya”. ¿Y la otra mitad del vestido? —preguntaba mirándome el traje.
—¿Te gusta?
—¿Tu novio te dejaba vestirte así o te lo has comprado ahora?
Ni que decir tiene, que su machismo consiguió irritarme.
—Yo me pongo el vestido y mi novio se calla la puta boca. ¿Comprendes cómo funciona?
Una expresión de arrepentimiento cubrió su rostro, y corrigió:
—Si no lo digo por mí, a mí me da igual. Lo decía por saber si tu novio era celoso o no.
—Pues sí, era celoso. Pero de la ropa no me decía nunca nada.
Fui a echarme un vaso de agua para ayudar a relajarme.
—¿Por qué rompisteis?
—Mira, he venido aquí a olvidarme de él, ¿comprendes? No a hablar de él.
—Vale, lo siento.
—No es culpa tuya, es que estoy estresada, esta noche se me pasará. —Le di un trago largo al vaso de agua.
Me olvide de la discusión, me perfumé y me maquillé bien guapa. Ya estaba lista para romper la noche. Unas gotas de Milenia y tonos azul y plateados.
Primero fuimos a un restaurante en Kukulkán muy chulo donde picamos algo entre Coronita y Coronita. Botanas calientes, enchiladas y, por fin, miradas picantes reflejadas en el frío resbalar del empinado vidrio. Tras un postre de maracuyá y nata, compartido con coquetería, cogimos el coche y nos dirigimos a Coco Bongo, la macrodiscoteca por excelencia de Cancún. La entrada, bonita; la cola, interminable. Tuvimos que esperar mucho tiempo hasta que nos dejaron entrar, pero mereció la pena. La música animaba y la diversidad titilaba en las pupilas. Luces fluorescentes, turistas efervescidos por el Carpe Diem y sexo de saldo: Bikinis mal atados a juegos con el láser, chupitos al ombligo, presentaciones a empellón en Spanglish… A los laterales sobresalían bañeras elevadas donde el desenfreno juvenil emulaba al romano. Un cámara enfocaba una de ellas: Tres chicas en tanga abrazadas a un mulato con sombrero mariachi. Bailas, pirañas, tiburones.

Después de ir a la barra y bebernos un par de tequilas azucarados, me sentía eufórica; me contagié del carnavalesco ambiente: fumigación de papelillos de colores, chillidos entusiastas, pandillitas haciéndose fotos… así que cogí a Raúl de la mano y me lo llevé a la pista de baile. Allí era donde yo me sentía cómoda de verdad. Me encanta bailar. Bailando es cuando dejo que salga lo que llevo dentro. He recibido clases de flamenco, salsa, danza contemporánea, aeróbic… incluso me he atrevido con algún que otro striptease. Moviéndome sensualmente con la ropita que me pongo es habitual que en las discotecas se me acerquen los tíos, y eso me preocupaba yendo con Raúl. Tenía miedo de que alguno se propasara y tuviéramos problemas. Pero curiosamente cuando empezamos a bailar, noté que él se llevaba muchas más miradas que yo. No me importaba. Pero del miedo a una posible pelea, pasé al miedo a quedarme sola, y decidí que lo mejor era hablarlo antes.
—Esta noche ni se te ocurra ligarte a una tía y dejarme sola.
—¿Y para qué he venido hasta aquí entonces? —Se mantuvo serio unos segundos pero acabó torciendo una mueca de broma—. No, descuida. Y lo mismo te digo yo a ti. Que ni te vea mirando a otro. ¿Entendido?
—Entendido, guapo —respondí contenta y convencida.
No quería que pensase que me iba a poner celosa si se ligaba a alguna tía, pero era eso, o verme sola en una ciudad desconocida. Por fin estaba despreocupada y lista para dejarme llevar por la música. Mientras sonaba «Smooth» de Carlos Santana, empecé a lucirme y a contonear mis curvas. Pronto atrapé la mirada de varios hombres, incluida la de Raúl. Pero a mí no sólo me gusta exhibirme, además como ya sabéis soy muy mirona; Raúl sin duda era el chico mas sexy de la discoteca y llevaba la ropa muy marcada, así que los ojitos se me iban solos. Primero me fijé con disimulo en sus pectorales, luego los brazos… y por último me detuve atenta en su paquete; quizás por saber lo que escondía debajo, ahora me llamaba mucho más la atención. Tras un par de canciones, no sé si era por el calor o por las copas que llevaba, pero empecé a ponerme a tono y a mirarlo de manera lasciva. Ver aquel cuerpo sensual en movimiento me estaba poniendo juguetona. En ese momento incluso su olor me resultaba afrodisiaco. Me propuse provocarle y hacerle sentir lo mismo a él; así que empecé a moverme como una gata en celo. Primero sola delante suya y luego arrimándome a su cuerpo. Me agarró de la espalda y yo crucé mis piernas con las de él. Mi muslo estaba bien pegado a su polla y comencé a moverlo lentamente. Tras unos cuantos movimientos, noté que aquello estaba funcionando, ya que su paquete adquirió un tamaño y una dureza muy considerable; pero no fue lo único que se puso duro, yo nunca me había rozado con un hombre tan musculoso y tan bien dotado, así que mis pezones se endurecieron al máximo. Él no tardó en darse cuenta, y su interés me dio ganas de hacer travesuras; así que lo abracé por el cuello con los brazos, y bailé muy pegado a él, rozando mi nariz con la suya. Un poco arriesgado quizás, pero sólo era un juego y a él el juego también le estaba gustando. Me hubiera encantado haberle comido la boca, pero no sabía si él lo deseaba tanto como yo; así que nos pusimos bien calientes, nos lo pasamos genial, y la cosa acabo ahí; en provocaciones sutiles y magreos consentidos. Nos fuimos al hotel y al llegar cada uno se metió en su dormitorio.

Fue luego, estando sola y desnuda en la cama, cuando me di cuenta de lo necesitada que estaba de echar un buen polvo, y de la intensa atracción sexual que sentía por Raúl. No podía quitármelo de la cabeza. Aquella noche mis hormonas estaban a mil por hora. Me apetecía muchísimo follarme a un chico sexy, musculoso y con una polla enorme. Ya sé que a todas vosotras también, pero yo lo tenía desnudo en la habitación de al lado, posiblemente deseándolo tanto como yo, y la idea me estaba torturando.
Ojalá se hubiera abierto la puerta y hubiera aparecido él, completamente desnudo, con un bote de aceite para masajes en la mano. Se me hacía el chocho agua sólo de pensarlo. ¿Qué habrá que hacer para que te ocurra una cosa así? Me hubiera dado un vuelco al corazón.
Aquella noche me hubiera dejado hacer de todo por ese hombre. Os juro que hasta me levanté y quité el pestillo de la puerta; pero por mucho que esperaba y deseaba, seguía estando sola y me tuve que conformar con autosatisfacerme. Me lleve la mano a la entrepierna para frotar mi clítoris. Si aquella noche y después del magreo no había pasado nada, no me quedaban muchas esperanzas, pero mi calentón me llevó a pensar que al día siguiente sí. Me lo propuse como un reto. Tenía que desplegar mis armas de mujer para conseguir llevarlo a mi terreno.
Mientras me acariciaba, pensaba en encontrar alguna manera de seducirle. De mi mente calenturienta empezaron a surgir ideas. Primero pensé en ducharme con la puerta abierta, o en cambiarme de ropa delante suya, pero se me ocurrió una mucha mejor. Me levanté de la cama, busqué la guía de viaje en la bolsa, y una vez encontrada, me tiré en la cama bocabajo para hojearla. Quería encontrar una playa nudista. Una que estuviera cerca y a ser posible que fuera pequeña, una especie de cala. Mi plan era llevármelo allí y pasar el día insinuándome y exhibiéndome ante él totalmente desnuda. «En cuanto me vea enseñando las tetas y el culo seguro que ni se lo piensa.» Además en la playa nudista ganaba mucho, ya que estaba muy morena (sólo tenía la marquita del tanga de la piscina), y estaba totalmente depilada, lo cual a los hombres les encanta porque les recuerda a las actrices porno. Quería despertar sus instintos más salvajes como hacen los animales: mostrándole mis encantos y haciéndole saber que era una hembra caliente, deseosa de ser montada por un buen macho. Quizá eso le terminaba de decidir, si es que tenía alguna duda.
Cuando encontré la playa en el mapa, me volví a la cama y me seguí masturbando. Me imaginaba en aquella playa, de rodillas comiéndome con dulzura su deliciosa polla. Como ya la había visto en la realidad, supuse que no me cabía entera, así que sólo podía recorrerla de arriba a abajo con la puntita de la lengua. Mis labios la engullían hasta que me llegaba a la garganta. La fui succionando hasta que se le cerraron los ojos de placer. Cuando ya tenía a mi hombre a tope, me puse a cuatro patas con el culo bien arriba, ansiosa de que aquel potrazo me metiera el tranco hasta el fondo. Me la metió de un tirón y empezó a moverla, suavemente, pero la suavidad duro poco y en seguida aceleró. “NnnmooohhhhhhhhhHHH”
Me puse a sudar como una guarra, tanto en la ficción como en la realidad. Me estuvo dando lo que yo tanto reclamaba, una y otra vez. Su polla bailaba dentro de mí y mi placer no paraba. Era demasiado y estaba a punto de correrme, así que me separé y le tumbé para colocarme encima. Me agarré a sus pectorales y comencé a botar y a chillar. Él me metía su cara entre las tetas y yo se las restregaba por la boca. Su polla me estaba taladrando duramente, y cada vez más. Me tenía bañada en sudor y a punto del orgasmo. Su velocidad calurosa fue acelerando hasta que en pocos segundos me provocó un cosquilleo…… éste afortunadamente bajó y me otorgó unos minutos más de disfrute. Pero pasados éstos, me dio una serie de pollazos continuos y fuertes que fui incapaz de soportar “¡Aahhhh! Aaahhh¡ Aaah AAaaaaaaaaHHhhh!!!” Una gran explosión de energía brotó de mi cuerpo emitiendo calor y llevándose por delante mi ansiedad, mi inseguridad, mis males... “Mnnnnnnoooooooooh!!!” Me agarré a las sábanas y eché todos los fluidos en contracciones pélvicas rítmicas. Si aquello era una delicia imaginarlo, vivirlo tenía que ser una gozada. Me quedé muy relajada y pronto caí en brazos de Morfeo. Había que descansar para el gran día.

Me desperté a las 10 de la mañana. Era sábado y para mi desgracia Raúl ya estaba despierto. Teníamos pensado pasar el día en la piscina del hotel bebiendo margaritas y escuchando música; pero le convencí de que las piscinas eran todas iguales y que debíamos ir a la playa, a lo cual él accedió sin poner impedimentos.
A las doce pasadas, nos vestimos para salir del hotel. Yo llevaba una faldita corta y un top abotonado. Él llevaba un bañador largo por abajo y por arriba… no me acuerdo.
Bajamos por la escalinata del recibidor. Hacía un sol abrasador, prácticamente nada de viento.
Por el camino en el coche ya fui calentándome. Recuerdo que mientras él conducía y yo me comía un helado, me quede tonta mirándole sus brazos….. sus impresionantes muslos… su abultadísimo paquete. Me estaba poniendo muy muy nerviosa….... Estaba deseando llegar para volver a verle desnudito.
Tras veinte minutos y sin muchas dificultades, por fin llegamos y aparcamos el coche en una explanada. Era una playa pequeña, apartada de la carretera por unos árboles y un caminito de piedra. Tras recorrer el caminito, y mientras andábamos por la arena, noté cómo se daba cuenta de que aquella playa era nudista. La adrenalina fluyó ruborizándome y conteniendo mi risa. Habría treinta personas, casi todas mujeres y todas completamente desnudas. Así que, sin dejar de caminar, me miraba preguntando:
—¿Tú sabías que era una playa nudista?
—Pues no —dije haciéndome la despistada—. ¿Quieres que vayamos a otro sitio?
—No, si lo digo por ti. ¿A ti no te importa?
Qué inocente era.
—“Qué va”. Además fíjate: si casi no hay hombres.
Él lo comprobó de un vistazo y sonrió.
Nos fuimos dirigiendo al costado de un acantilado, a la izquierda del todo, quedándonos apartados unos metros del resto de nudistas. Un halo de brisa tibia contravenía nuestros pasos y amansaba la caldeada arena, no así a sus ocupantes, curiosos y muy curiosas. Al llegar, mientras yo situaba el bolso y extendía mi toalla, él se quitaba la ropa con prontitud sentado ya en la suya. ¿Vergüenza o que quería verme? Daba igual, le ayudé, tardando un poquito más, para así ofrecerle un buen striptease improvisado. Estaba tumbado boca arriba con los codos apoyados, y sosteniendo unas oportunas gafas de sol sobre su “desentendido” rostro. Con toda naturalidad me adelanté un poquito, posicionándome justo delante suya, y me empecé a desnudar. Primero me desabroché el top negro botón a botón, sin ninguna prisa, percibiendo en diagonal otro chico sumándose a la ojeada, quité el último abriendo hacia afuera y derritiendo las miradas con mis bronceadas tetas. Me pone una barbaridad desnudarme delante de tíos. Me lo saqué y alargué el brazo para depositarlo en mi bolsa. Retomé posición y bajé la cremallerita de la falda, dejándola resbalar hasta caer a mis pies, quedándome tapada tan sólo por un diminuto tanga negro. «Ahora veréis» —pensaba traviesa—. Me di la vuelta para darles la espalda, y agarrando los tirantes del tanga me lo fui bajando muy lentamente, la braguita se enrollaba en mis sudorosos muslos a su paso. Mis rodillas apenas se doblaron; ofreciendo la redondez mi moreno culo y la jugosidad de mi depilada vagina. Al llegar a los tobillos y quitármela de los pies, comprobé de reojo que las pollas crecían descontroladas. Presté especial atención a mi chico. El incipiente sudor de su frente revelaba algo, que su giro transversal corroboró.
Me dieron ganas de decirle que fuera al agua a hacerse una paja, pero no soy tan mala, en lugar de eso le pedí que me acompañase a bañarme, a lo cual él se negó por motivos obvios. Me fui sola a darme un chapuzón, con la felicidad de saber que, como poco, lo había empalmado.
Caminé hasta la orilla del mar, que no estaba muy lejos. Tras cálidos pasos de aventuranza recibí en mis pies el frío frescor del agua. Contorneé sintiendo su ternura y su aplacable condición. A pesar de su gelidez, invitaba a bañarse por su color azul cristalino y limpio. Me quedé de pie dejándome erotizar por una brisa………. que no lograba despeinarme pero sí me hacía sentir desnuda. Decidí adentrarme en aquel mundo zafiro que a mis pies todavía era espuma..…………….Tobillos…….. Rodillas….… ¡Ay, qué frío! Cintura y de un giro entregué mi espalda a su acogimiento, impulsándome plácidamente a través de su líquida presión. Era maravilloso bañarse allí desnuda. Sintiendo el amansamiento gradual de mi caldeada piel. Disfrutando del vaivén de la marea. Tras aclimatarme reposadamente en mi nuevo refugio, mis ojos curiosearon la transparencia de su mar. Me quedé prendada del cromatismo exótico: Figuras relucientes y sus sombras dinámicas, tonos tropicales de ensueño. Tomé aire para acudir a satisfacer a Neptuno, para regalarle mi cariño. Más aire y adentro. Mi pelo ondulaba en mi aventura de conocer la profundidad, de fisgonear con deseo la pradera imántica que persigue lunas y convoca sirenas, provocando con mi buceo la concavidad de un mundo que ahora era mío. Deslicé mi mirada a un lado. La multicolor danza de una nube de peces dorados me cautivó, el murmullo de su suave empuje. Se fueron con vehemencia y su huida descubrió el destello de los granos de arena, ¿qué mayor hechizo? Se avecinaba un castillo de erizos y algas, dándome la bienvenida con ensordecidos rumores. Un coral de sueños de princesas marinas postrado ante mí. Miré a otro lado, otro coral protegido por un verdor de ramas trémulas, ocultando tras de sí ramificaciones inexpugnables de tonos parduzcos. Mis pulmones, exhaustos, pidieron regreso. Tomé vertical y tras un leve aleteo… choqué con el aire. Medio cuerpo se despedía y el otro medio se resistía. Como mi impregnada alma. Sentí más ganas de satisfacerla, pero mi naturaleza lo impedía. Las exhalaciones superaban en ritmo a las inspiraciones. Mi naturaleza lo permitía. Floté virando en el destelleante océano que me hizo diosa, sostenida de mis caprichos por ella. Tras el paseo de gracia salada, volví a mi realidad. Retorné pausada pero azuzada de saber que sólo fue un instante, no rencorosa de mi limitación, pero sí envidiosa de su poder. Un chico de formas escultóricas se abría camino en mi visión desafiándome.
«Si la naturaleza no me deja ser delfín, voy a ser tigresa.»
Salí caminando a suaves contoneos que hacían resbalar las gotas, contemplando el cuerpo desnudo de mi deseado e indirectamente el de mis deseantes, perturbados por el brillo de mi carnosidad. Me acerqué de nuevo a las toallas. Allí estaba él todavía bocabajo, con un culito… precioso. Me tumbé boca arriba sobre mi sonrosada toalla, dispuesta a ponerme bien morenita para irradiar salud y belleza. Al cabo de media hora de sueños de sirena y fantasías eróticas, levanté la cabeza y miré a mi Raúl. Esta vez estaba colocado boca arriba pero con los ojos cerrados; así que no pude evitar recrear mi ardiente mirada en su provocativo cuerpo. Tener a un hombre así tan cerca era de lo más estimulante, y no tardé en ponerme totalmente cachonda. Mi libido tocaba cielo y decidí que era hora de hacer mis fantasías realidad. Cogí el bolso, saqué el aceite bronceador, y se lo alcancé con el brazo, simulando espontaneidad.
—Raúl, ¿te importa ponerme un poco de aceite por la espalda?
Pestañeó varias veces seguidas y se apoyó para incorporarse.
—Sí, espera.
Yo me gire y me tumbé boca abajo, dejando los codos apoyados para que pudiera verme bien las tetas. Apartó mi ondulado pelo hacia un lado, vertió el aceite sobre la espalda y empezó a acariciarme. En cuanto sentí su mano derecha recorriendo mi cuerpo,…... la humedad comenzó a bañar. Las piernas a bailar. No sólo me extendía el aceite, si no que además comprimía mis músculos proporcionándome un fuerte y sensual masaje. Me encanta que los hombres me den masajes, sobre todo si están así de buenos.
—Qué bien lo haces. No sabía que supieras dar masajes —comenté agradablemente.
—Laura me dio clases avanzadas —respondió. (Laura era su ex-novia, me habló de ella en el avión.)
Cerré los ojos y murmuré con voz insinuante:
—A partir de ahora serás mi masajista personal. Últimamente tengo mucha tensión en el cuerpo y necesito un hombre que sepa relajarme.
—Cuando tú quieras. Sólo pídemelo —respondió caluroso.
«Lo que yo hubiera dado por haberlo sabido un día antes.»
De repente cambió de postura, para sentarse sobre mis piernas y aplicarme el masaje con ambas manos. Prestó especial atención a los hombros, y luego bajó a los lumbares, deslizando pausado, erótico e insinuante. En apenas un minuto, acabó con la espalda, y sus manos se acercaron tímidas al contorno de mis senos, llegaron, y acariciaron con suavidad. Mi corazón se desbocaba. Comprobó de un leve roce que mis pezones estaban duros, y siguió amasando con descaro. Yo callaba, gozaba y consentía. Él apretaba y acariciaba lento, muy delicioso. Me estaba mojando todo lo que me podía mojar. Mi pulso frenético. Mi respiración entrecortada. Cuanto más me tocaba, más se dilataba mi deseoso sexo. Deseaba fervorosamente que me rozara, que me follara, que me siguiera metiendo mano. Instintivamente giré para vérsela, y comprobé que la tenía durísima. Hacía calor; estábamos desnudos; me estaba manoseando; y nuestros genitales no podían estar más calientes. Mi coño resbalaba. Su polla ya sabéis. Cuando pensé que la tentación iba a ser insoportable, no hubiese sido capaz de imaginar esto.
Al retornar la cara al frente, me percaté de que era la envidia de todas las mujeres de la playa. Un tío buenísimo desnudo y empalmado masajeando a una chica: Irresistible de mirar. Todas lo hacían, incluso las que iban acompañadas de sus maridos. Estaba claro que no era la única que fantaseaba con ser masajeada por un chulazo así.
—¿Te pongo también por las piernas? —preguntó con voz temblosa.
—Claro, soy toda tuya.
Sus fuertes manos empezaron a recorrer la parte posterior de mis muslos y a tantear mi culo. No sé si lo hizo queriendo, pero al pasar por el interior de mi muslo, acabó rozando con un dedo por toda mi raja. Tuve que cerrar los ojos y morderme el labio para contener. Mi pierna se levantó rozando su culo y sus huevos. La dejé ahí unos segundos y bajé suspirando. Seguidamente posó sus manos en mis glúteos y comenzó a acariciarlos, primero lentamente y luego apretándolos, con firmeza. Yo estaba muriéndome del gusto. Y a juzgar por sus caricias, seguro que a él le estaba gustando más que a mí. Siguió manoseándome por todo el cuerpo, durante un buen rato. Pero desgraciadamente el masaje se acabó, dejándome muy relajada y también bastante caliente. Ese fuego que había encendido iba a tener que apagarlo después, si no se iba a enterar.
Más tarde se marchó solo, a bañarse. Yo me quedé mirando con atención el fuerte movimiento de su culo mientras caminaba. Me quede hipnotizada. Al llegar a la orilla, pasó por detrás de dos rubias que estaban jugando a las palas y riéndose como dos colegialas. Una de ellas lanzó la pelota fuerte a propósito, cayendo al lado de Raúl. La rubia que estaba más cerca se le acercó sonriente y le dijo algo. Caminaron hablando juntos y se pusieron en posición de jugar. La muy guarra le invitó a jugar a las palas con ella. La otra rubia se sentó en la orilla y se puso a mirarlo con todo el descaro. La que estaba en el suelo era fea y poco agraciada, en cambio la que estaba de pie era muy guapa y tenía las tetas como melones. Aquello me jodía mucho, ya que si conseguía ligárselo, el plan se me iba a la mierda. «Seguro que no es la primera vez que lo hacen las muy putas.» «¿Qué pasa, no ven que está conmigo?»
Al principio tenía mis dudas sobre si acostarme o no con Raúl, pero cuando me entraron los celos, se me despejaron completamente. Tras un rato largo de darle a la pelotita, se despidió de la rubia y se acercó de nuevo a mí. Tenía el cuerpo brillante, con todos sus músculos empapados en sudor. La polla inmensa le colgaba y pendulaba de un lado a otro al caminar. Parecía sacado de una película erótica para chicas. «¡Madre mía, qué bueno estaba! ¿Cómo iba a resistirme a eso?» «Con ese cuerpo tan potente seguro que es un bestia en la cama y me pone a chillar durante horas.» Todas las hembras le estaban mirando, y él parecía disfrutar mucho excitándolas a su paso. Estaba claro que yo no iba a perder la oportunidad de tener una sesión de sexo con aquel semental, de sexo duro. «Seguro que él también lo desea.»….

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