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Violando a Cristina Torralbo

Relato enviado por : adlater el 30/08/2005. Lecturas: 5301

etiquetas relato Violando a Cristina Torralbo .
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Resumen
Violando a Cristina Torralbo.

Relato
Violando a Cristina Torralbo.


La vida seguía afuera, como si nada hubiera pasado. A través del cristal de la ventana, se veían circular los coches y caminar a las gentes, igual que siempre. Pero no todo era igual. No para mí, al menos. Pegué la nariz a la ventana cerrada y el vaho tiñó de niebla un círculo casi perfecto. No hacía frío, pero si cierto fresco. Menos mal que los cristales eran opacos, de esos que no permitían ver desde fuera para adentro. Una verdadera suerte. Porque yo estaba desnudo. Y detrás de mí, desnuda y atada boca abajo a una mesa, estaba Cristina Torralbo. Tenía las piernas separadas, firmemente apresadas por fuertes nudos a cada pata de la mesa, y las manos, atadas entre sí, estaban a la espalda. Y, como no quería que gimiese muy fuerte, le había metido sus propias bragas en la boca. Aún así, gemía. Tenía los ojos llorosos y algunos hilillos de saliva corrían por la comisura de sus labios. Las bragas, convertidas en una gran bola de tela, ocupaban toda su boca, obligándola a extender los labios al máximo…

No le había pegado. Prácticamente, ni siquiera la había tocado aún. Mi objetivo, naturalmente, era violarla, pero sin hacerle el más mínimo daño físico. Y en cuanto al daño mental, esperaba sinceramente que fuera el menor posible. Me había limitado a atraerla a aquella casa con la excusa de unos documentos que debía revisar por ella misma y, luego, una vez dentro, la amenacé con un cuchillo y le dije que se desnudara. Mientras se lo pensaba, pude admirar la belleza de aquella treintañera, delgada, pero no flaca, no muy alta, con un pelo corto teñido de color caoba. Y entonces lo hizo-creo que aterrada-con sus bellos y grandes ojos brillantes y llorosos. Se quitó la chaqueta y acto seguido la blusa. Sus pechos se bambolearon ligeramente bajo el sujetador cuándo se bajó los pantalones y se quitó los zapatos. Una vez en bragas y sujetador, se quedó quieta, como esperando que me conformase con verla en ropa interior. Le dije que se diera la vuelta, para poder verla por detrás. Obedeció. Llevaba unas bragas normales, nada de tangas. Tenía, como ya había adivinado las veces que la había visto por la calle, un culo bonito, no muy grande, pero tampoco pequeño, jugoso, en definitiva. Sus piernas eran perfectas, deliciosamente bien dibujadas, con todos los contornos maravillosamente definidos. Eran, sin lugar a dudas, las más bellas piernas que había visto jamás. Le dije que se volviera de frente de nuevo. Ella así lo hizo y pude fijarme en sus delicados y bellos pies, con uñas pintadas de blanco perla y deditos regulares y finos. Entonces, le pedí que terminara de desnudarse. Tras un comprensible titubeo, se quitó el sujetador y se quedó unos segundos con las manos tapándose los pechos desnudos. Luego, apartó las manos y las depositó sobre el borde superior de las bragas. Mi pene sintió un relámpago de pasión al contemplar sus tetas desnudas, no muy grandes, en realidad tirando a pequeñas, caídas hacia abajo, pero igualmente bellas, coronadas por un buen par de pezones que no estaban en erección, sonrosados y jugosos.
-Por favor…las bragas no…- me suplicó, mirándome con sus hermosos ojos. Pero yo no podía echarme atrás. Con un gesto, le indiqué que debía continuar. Y ella, lentamente, se bajó las bragas, hasta dejarlas arremolinadas en torno a sus perfectos tobillos. En un primer momento, Cristina se tapó la entrepierna pudorosamente con ambas manos, de tal modo que no pude verle nada, sólo un atisbo de un oscuro matorral en el momento fugaz de bajarse las bragas. Pero luego, metido en mi papel, blandí el cuchillo amenazadoramente y Cristina apartó las manos. Pude verle la entrepierna, tapizada por una capa de vello púbico negro y espeso, un poco enmarañado. Después de contemplarle a placer los pelos de la entrepierna, alcé la vista hacia su rostro. Tenía los bellos ojos llorosos y algunas lágrimas habían hecho acto de presencia. No me gustaba verla llorar, no era mi intención, pero no podía hacer nada. Después de todo, la estaba amenazando con un cuchillo y era evidente que mi intención era violarla. Lo lógico era que llorase.
-Date la vuelta – le dije y ella obedeció. Cuando lo hizo, pude admirar su hermoso culo desnudo, con aquellas dos maravillosas y blancas nalgas, jugosas y presumiblemente más blanditas que un flan.
-Vete hacia la mesa, si, esa mesa que está delante de ti.- ella, tras un primer titubeo, se dirigió hacia la mesa que yo le había indicado.
-Ahora, ponte de pie junto a la mesa, pegada a ella, siempre de espaldas a mí- Cristina volvió a obedecerme y se situó como yo le decía, con su bajo vientre pegado por completo a la mesa, de espaldas a mí.
-Y, ahora, dóblate hacia delante, aplasta tus pechos contra la mesa y pon las manos a tu espalda.- le dije. Y cuando me obedeció, cogí unas cuerdas que tenía a mano, preparadas para este momento y me puse a atarla. Primero le até las manos, que tenía a la espalda.
-No…no me ates, por favor…- decía ella, pero sin mucha convicción.
-Separa las piernas- le ordené.
-No…no…- gimió Cristina.
-Por favor – le repetí – Separa las piernas.
Y entonces si que me obedeció. Separó las piernas por completo y acto seguido yo se las até fuertemente a las patas de la mesa. Cada pierna, a la altura de los tobillos, y también a la altura de las rodillas, estaba atada firmemente a la pata de la mesa. De este modo, tenía a Cristina a mi merced, con su raja y su agujerito anal a la vista. Mientras ataba sus piernas, disfruté con la visión de sus pies desnudos, oliéndolos a placer durante excelsos minutos, regodeándome con su olor. Me gustaban mucho sus pies, eran bellos y perfectos, alargados y delicados, bien cuidados. Olían ligeramente a pies sucios, pero muy poco y eso me agradaba aún más. Completamente extasiado ante la belleza y el perfume que exhalaban sus pies, no perdí el tiempo y me puse a lamerlos. Sabían muy bien, sabían a pies, a pies un poco sudorosos pero eran los pies de Cristina y me excitaba lamérselos. Mi pene estaba palpitante y decidí terminar con esa sesión de adoración de pies. Así pues, fui a lo que había ido al fin, y los até a la altura de los tobillos. Luego, la até también a la altura de las rodillas. Antes de separarme de sus piernas, las acaricié largamente y las besé en varias partes, dejando constancia de mi admiración por ellas.
-Tienes las piernas más bellas del mundo – le dije, pero ella, evidentemente, no apreció mis palabras.
-Déjame ir, por favor…- me dijo. Y entonces, cogí sus bragas del suelo, hice una bola con ellas y se las metí en la boca , cuidando, por supuesto, que pudiera respirar.
-¡¡MMMppppffff…fff!!- gimió, llorosa. Y sin mirarla siquiera volví a situarme a su espalda. Sentí que tenía el pene a punto. En efecto, estaba erecto y palpitante. Necesitaba penetrarla. Y su raja y su culo estaban ante mí, indefensos, a mi entera disposición. Me pertenecían…

Si…hace cierto fresco, cierta brisa fría. Pero mi pene está duro y tieso, y yo estoy caliente. Miro hacia atrás y casi no puedo creerlo. Cristina Torralbo está desnuda, y atada, a mi merced. Y voy a violarla. No hay vuelta atrás. Doy media vuelta y, tras disfrutar durante unos segundos de la contemplación de su hermoso rostro y sobre todo, de sus grandes ojos, me sitúo detrás de ella .
Me inclino sobre Cristina, acaricio sus hombros desnudos, acaricio sus brazos tensados hacia la espalda, beso ampliamente sus manos atadas, beso su culo, cubriendo de besos sus nalgas. Y cuándo termino de besar su hermoso trasero, me incorporo y empiezo a violarla. Sin prisas. Sin aspavientos, sin insultos. Simplemente, le introduzco mi pene lentamente en el coño, forzando la entrada de sus pliegues internos, sintiendo como las paredes de su vagina se aplastan contra mi miembro viril. Se lo meto todo adentro. Algunos gemidos escapan de la tapada boca de Cristina. No creo que sean gemidos de placer. Me gustaría, pero no lo creo. Afirmo mis manos en torno a sus nalgas y hundo por completo mi pene en su coño indefenso, que, por cierto, es bastante estrecho. Cristina no es virgen, pero intuyo que no folla con demasiada frecuencia. Mientras pienso en ello, retrocedo con mi pene casi hasta sacarlo del todo y luego se lo meto otra vez adentro, hasta el fondo. La estoy follando. La estoy violando. Me aplasto contra su espalda y huelo su piel, perfumada y maravillosa. Mantengo mi verga dentro de su vagina un par de minutos y luego la saco casi del todo, para volver a meterla. Repito la operación una y otra vez, cada vez más rápido. Gemidos ahogados surgen de la amordazada boca de Cristina. Su coño no está mojado, es evidente que no está cachonda. Pero yo si lo estoy. Siento como el placer domina mi cuerpo, siento como el maravilloso placer de la penetración se adueña de mi pene, mientras el roce con las paredes vaginales de Cristina me excita más y más.
-¡¡Aaahhh…!!- gimo, sin poder evitarlo, temblando de placer. Se que no está bien lo que estoy haciendo, pero sucumbo al deseo y continúo violando a aquella bella mujer. Se la meto y se la saco, se la meto y se la saco, se la meto y se la saco, se la meto…
Y a duras penas, se la saco. Intento contenerme, pero es inútil. Con un profundo gemido de placer, me corro sobre las nalgas de Cristina Torralbo, derramando mi semen sobre su delicada y blanca piel.
-¡Ahh…ahhh…ahhh!!- jadeo, mientras continúo corriéndome, ahora con menos potencia. Mi pene sigue eyaculando, borbotones de semen salen de su punta, dibujando en el culo de Cristina una tupida red de líneas blancuzcas, cremosas y brillantes. Al fin, termino de correrme. Sacudo las últimas gotas sobre las nalgas de la bella y me retiro unos pasos, hasta sentarme en un sillón. Desde el mismo puedo contemplar la hermosa estampa que compone Cristina, desnuda, con las piernas muy separadas- tan separadas que puedo verle la raja y el agujero del culo- atada e indefensa.

Me tomo mi tiempo. Descanso, pues necesito recuperarme y que mi pene se ponga tieso y duro de nuevo. Mientras lo hago, mientras contemplo a Cristina desnuda y atada frente a mí, siento que las ganas se me van, que estoy a punto de desatarla y dejarla ir en ese mismo momento. Para evitarlo, me levanto, me voy a la cocina y como algo. Vuelvo a la habitación, voy a la ventana y paso un rato contemplando el paisaje. Cuando deposito de nuevo mi vista sobre el cuerpo de la desnuda e indefensa Cristina, siento que mi pene reacciona. Lo he conseguido. Para acelerar el proceso, me masturbo durante unos minutos delante de Cristina, para que se me ponga dura más rápido. Ella intenta no mirar, cierra los ojos, pero yo le digo que los abra y que me mire. Lo hace y sigo frotándome la polla delante de ella un poco más. Cuando la tengo a punto, le digo, suavemente:
Ahora, quiero que me la chupes. Así que te voy a quitar las bragas de la boca. Cuando lo haga, mantén la boca abierta para que pueda metértela…¿entendido?-
Ella se queda con la mirada fija, llorosa, allí, quieta, con la boca abierta y llena con sus propias bragas apelotonadas. Yo, simplemente, le quito las bragas de la boca.
-No…por favor…eso nooo…- me pide, mirándome fijamente a los ojos. Yo , sin embargo, avanzo hacia ella y mi pene se queda a un escaso centímetro de sus labios maravillosos.
-Chúpamela , por favor – le digo, suave, pero firmemente. Ella hace un gesto de infinito asco y mueve la cabeza en dirección contraria a mi pene en erección , cerrando obstinadamente los labios.
-Por favor…- le digo – No me obligues…- y dejo la frase en suspenso. De éste modo, pretendo conseguir un efecto de amenaza que la obligue a claudicar. Y, en efecto, Cristina se rinde. Tras volver a componer en su cara una máscara del más puro asco, abre lentamente la boca, separa sus dulces labios y , suavemente, toma mi pene entre ellos.
- Ahh…- jadeo, en éxtasis, al sentir el contacto de sus labios contra mi glande primero y contra el tronco de mi polla después. Porque Cristina continúa avanzando, engullendo mi miembro centímetro a centímetro, hasta metérselo todo bien adentro, hasta el fondo.
-Ahh…usa ….usa la lengua, por favor…ahhh…- le digo.
Y Cristina me obedece. Lentamente, como con miedo, su lengua comienza a menearse primero a un lado y luego a otro, mientras su saliva inunda mi pene de gloriosa y mojada humedad. Sin yo decirle nada, retira la boca casi del todo, para , acto seguido, volver a engullir mi enhiesto y mojado pene una vez más. Ahora, su lengua actúa más rápido que antes y mi polla palpita , henchida de deseo. Es evidente lo que quiere. Quiero terminar cuanto antes, hacer que me corra y terminar de una vez. Está claro. Pero yo no puedo evitarlo y, lo que es más, me agrada que intente llevar mi excitación al máximo. Como antes, retira su boca y vuelve a engullir mi polla por tercera vez. En ésta ocasión, su lengua dedica una atención especial a mi glande, lamiéndomelo suavemente, sobre todo por la punta, consiguiendo al fin Cristina su objetivo.
-¡Ahh!- exclamo , corriéndome explosivamente dentro de su boca. Cristina expulsa inmediatamente mi pene de su boca, pero no puede evitar que el primer chorro de semen le penetre hasta la garganta. Y luego, mientras ella intenta escupir con asco el semen derramado en el interior de su boca, mi polla lanza chorros y más chorros de esperma caliente que se estrellan en su cara, mojándola por completo , a pesar de los intentos de Cristina por evitar ser alcanzada.
Cuando al fin termino de correrme, admiro mi obra. Gruesos colgajos de semen penden de los labios de Cristina y su cara está cruzada por varios riachuelos de esperma que desgranan sus gotas por toda su cara. Uno de mis chorros alcanzó su frente de lleno y ahora, un arroyo de semen viscoso se desliza sobre sus párpados y sobre el puente de su pequeña y bella nariz. Otro alcanzó su mejilla derecha y su colorete de manzana brillante y fresca ha sido sustituido por una masa cremosa y lechosa que se desplaza hacia abajo. Un tercero, travieso, se estrelló directamente contra su oreja izquierda y ahora le cuelga , viscoso, de su lóbulo, como un pendiente natural y brillante.
-¿ Ya estás contento ¿ ¡Te la he chupado! ¿ Qué más quieres? ¡Déjame ir!- me dice, con una lágrima saliendo de cada uno de sus grandes ojos. A pesar de sus lágrimas, a pesar de tener los ojos enrojecidos por el llanto y por alguna que otra gota de semen que le ha caído dentro, y a pesar de tener la cara cubierta con abundantes restos de semen, Cristina Torralbo me sigue pareciendo la mujer más bella del mundo. Así, mientras la excitación se bate en retirada de mi cuerpo, me digo que debo resistir la tentación de terminar con todo y dejarla ir ahora, puesto que todavía no he terminado con ella. Todavía no. Y, consecuentemente, recojo del suelo las arrugadas bragas y se las vuelvo a meter en la boca.
-¡¡MMMPPPFFF!!- gime ella , mientras yo doy media vuelta y me siento en un sillón, más atrás, a descansar y a recuperarme.


Pasa el tiempo. Tardo en recuperar la excitación más de lo que pensaba. Y mientras, mi imaginación intenta inventar mil y un modos de terminar apoteósicamente la violación de Cristina. Sentado en aquel sillón, desnudo, con la bella y desnuda Cristina Torralbo delante de mí, atada a la mesa, indefensa, con las nalgas y la cara manchadas de semen- de MI semen – empiezo a mover las ruedecillas del cerebro. Y se me ocurre una idea. Si salía bien, sería perfecto, la digna culminación de la jornada. Así, pensando en aquella jugada, noto que el pene se me pone duro por momentos. La cosa prometía. Si, tenía que intentarlo. Pero antes…

Lo primero era lo primero. El agujero del culo de Cristina permanecía inviolado. Y eso no podía ser. Me acerco a ella por la espalda. Me inclino sobre aquella bella mujer, beso sus hombros desnudos y huelo su espalda. Acaricio sus brazos y sus manos , atadas juntas en la base de la espalda. Beso sus largos y delgados dedos, de uñas bien cuidadas y pintadas de blanco perla. Y continúo hacia abajo. Su culo aparece cubierto por restos de semen, recuerdo de mi asalto a su coño. Me concentro en su agujero anal, pequeño y oscuro. Le meto un dedo por el culo, lentamente, venciendo la resistencia del anillo elástico que protege su ano.
-¡¡MMMPFFFGG!!¡MMMPFF!!- gime y se agita Cristina, pero es inútil. Mi dedo se introduce por completo en su culo y allí lo dejo unos segundos, meneándolo suavemente a un lado y a otro. Luego, lo saco, tan lentamente como lo he metido , para volver a meterlo, acto seguido, ésta vez más rápido. Cristina gime y se agita, mientras mi dedo la penetra analmente sin complejos. No creo que la bella y desnuda dama esté disfrutando, pero en aquel momento, la cuestión no me importa en absoluto, pues estoy cada vez más excitado. Continúo con aquella lujuriosa actividad durante varios minutos, disfrutando de la vista que me proporciona el bello cuerpo de Cristina. Al fin, saco mi dedo de su culo y sonrío al comprobar que está ligeramente manchado de mierda por su parte superior. Eso me excita aún más y , tras limpiar mi dedo en uno de sus muslos, no demoro ni un segundo y , simplemente, le meto la polla por el culo.
-¡¡MMMPPPFFFGGG!!- gime Cristina, llorando. Es evidente que no le gusta que la enculen sin su permiso pero yo estoy disfrutando, así que sigo jodiéndola, sin piedad.
Le meto la verga hasta el fondo y luego, la saco casi del todo. Siento como las paredes de su conducto rectal se estrechan en torno a mi polla y siento como el placer que ello me proporciona me inunda sin remisión. Vuelvo a metérsela y vuelvo a sacarla. Repito la deliciosa operación una y otra vez, sin hacer caso de los gemidos de Cristina ni de la llorosa mirada de sus bellos y desesperados ojos. Aumento la rapidez de mis embestidas. Ahora, la estoy violando tan rápido que siento como si mi pene fuera a arder. Cristina gime sin cesar, y no son gemidos de placer, por desgracia.
-¡¡MMMPPPFFFGGLL!!¡¡NOOMMMPFFGG!!- gimotea ella, llorando copiosamente. La conciencia de que estoy violando a Cristina Torralbo por el culo es tan intensa que , combinada con el placer directo que siento al hacerlo, provoca que pronto esté a punto para correrme. No obstante, intento resistir y logro darle por el culo un par de veces más. Luego, la saco por completo y justo en ese momento, me viene el orgasmo.
-¡¡AAhhhh…ahhh…!!- exclamo, eyaculando, lanzando un poderoso chorro de semen que se estrella directamente contra la cara de Cristina , que en ese instante miraba hacia atrás. Luego continúo corriéndome, ahora sobre la espalda , los brazos , las manos y , sobre todo, sobre el maravilloso culo de mi adorada y violada Cristina.
Los chorros se acaban. Mi pene se bate en retirada y entonces, advierto que mi glande está sucio , manchado de mierda en su parte superior. Cristina tiene el culo más sucio de lo que había imaginado en un principio.
Me voy al baño y me lavo la polla, pensando que mi deseada musa no se limpia muy bien el culo después de defecar. Y saber eso , pensar en eso, hace que mi pene empiece a recuperarse, muy lentamente.
Cuándo salgo del baño, han pasado ya varios minutos, no sé exactamente cuantos. Cristina está debatiéndose inútilmente contra sus ataduras, meneando eróticamente todo su esbelto y desnudo cuerpo. Me acerco a ella y empiezo a desatarla. Primero, las ataduras que aprietan sus bellos tobillos, lo cual me permite oler de nuevo a fondo sus hermosos pies. Luego, las ataduras de sus rodillas. Y, por fin, las cuerdas que ataban sus manos caen al suelo. Me retiro un poco y Cristina se derrumba, casi sin fuerzas. Luego, se incorpora torpemente, sin dejar de mirarme. Me acerco a ella y le quito las bragas de la boca, lanzándolas al suelo , a mis pies.
-Siéntate en el sofá – le digo. Ella , lentamente , obedece, haciendo todo lo posible por ocultar a mi vista sus partes más íntimas. Es maravilloso verla así, desnuda, pero cubriéndose los pechos y la entrepierna con las manos, tan púdica, tan virtuosa.
- Ahora, ábrete de piernas – le ordeno. Y ella abre los ojos al máximo y se pone a suplicar.
- No…no…por favor…otra vez no…no me violes más…por favor…- gime Cristina Torralbo , asustada, pensando que voy a violarla de nuevo. Pero no es así. Estoy ligeramente cachondo y lo que quiero es otra cosa, más…sutil.
-Ábrete de piernas, por favor…- le vuelvo a repetir. Cristina me obedece, con lágrimas en los ojos. Se abre de piernas lentamente, con suma resistencia, dejándome ver poco a poco su delicioso coño indefenso.
-Más – le digo – Ábrete más, las piernas más separadas…- y ella me obedece. Se abre de piernas totalmente, permitiéndome ver la totalidad de su coño, sonrosado y magnífico.
-Más…te quiero más abierta de piernas…totalmente abierta de piernas…vamos- le digo.
-¿M…más…todavía…?- balbucea Cristina. Ante mi asentimiento, se abre de piernas del todo, hasta el límite del descoyuntamiento. Ahora puedo verle claramente los pliegues del coño, el clítoris pequeño y también el agujero del culo. Está tan abierta, tiene las piernas tan separadas, está tan despatarrada, que ya no parece una chica virtuosa y púdica. Parece una puta. Pero sólo lo parece. Porque no lo es.
-Ahora, quiero que te masturbes.- le digo.
-¿Masturbarme?...¡No…ni pensarlo!...¡No voy a …masturbarme delante de ti!¡Ni lo sueñes!- me chilla a la cara, con decisión.
- Y no sólo vas a masturbarte – continúo yo, como si no la hubiera oído.- Quiero que te corras y quiero ver como te corres…quiero ver como derramas tus jugos…quiero oírte gemir de placer.
-No…por favor…no- gime de nuevo, pero ya sin convicción. Sabe que tiene que obedecerme.
-Vamos…vamos, puedes hacerlo…seguro que ya lo has hecho muchas veces…no es difícil….- le digo suavemente.
Y la hermosa y desnuda Cristina Torralbo , abierta de piernas hasta el máximo, empieza a acariciarse el coño lentamente, con delicados movimientos circulares de su mano derecha. Sus ojos están llenos de lágrimas, lo cual me apena, pero no puedo hacer nada por impedirlo. Me concentro en su mano, en sus dedos, que describen sensuales círculos sobre la abertura de su conejo, presionando débilmente sobre los labios vulvares.
-Por favor….no puedo hacerlo…- me dice, casi llorando.
-Si que puedes…y lo harás…vamos…adelante.
Contemplo como los labios exteriores de su rajita se hinchan ostensiblemente, reaccionando a las caricias que ella misma se procura. Luego, lentamente, como en un sueño, veo como Cristina se mete un dedo en el coño. Hasta el fondo. Me esfuerzo en no perder detalle, en retener en mi memoria cada milímetro que avanza aquel maravilloso dedo, penetrando a través de los labios inferiores, rozando intencionadamente el clítoris. El dedo se hunde en las profundidades vaginales de Cristina, para luego volver a salir casi del todo y volver a entrar, esta vez más rápido. Cristina Torralbo, desnuda y con la cara y el culo manchados con mi semen, se masturba delante de mí. ¿Qué más podía pedir?
-No…por favor…- vuelve a suplicarme, pero ahora ya más como una letanía que como una verdadera petición. Su dedo, sin esperar mi respuesta, se mueve veloz y penetra en el coño de su propietaria una y otra vez. Noto que el clítoris se le está poniendo duro. Y noto también, que sus pezones se están hinchando.
Cristina se masturba ferozmente, metiéndose y sacándose el dedo del coño una y otra vez, a velocidad de vértigo. Sus pezones son ahora dos erectas piedras y su clítoris está tieso y listo. Veo que se muerde los labios para no gemir de placer. Aún así, se le escapan uno o dos deliciosos gemidos.
-Ahh…ahhh…- la oigo gemir. Ella , al comprender que la he oído gemir, se muerde los labios con fuerza , a riesgo de hacerse daño. Su respiración es cada vez más entrecortada, sus tetas suben y bajan rápidamente, coronadas por aquellos bellos pezones en erección. Su dedo entra y sale, entra y sale, una vez y otra, de aquel coño maravilloso. Veo que los jugos comienzan a fluir, veo que tiene el coño mojado. Su dedo está bañado en los jugos del placer. Cristina arrecia sus embates y , de pronto, exhala un profundo gemido, inequívocamente de placer.
-¡Aaahhhh!- y , extasiado, contemplo como la bella Cristina Torralbo se corre. Sus jugos mojan su coño y se vierten lánguidamente hacia abajo, mojando el agujero del culo y sus muslos. Cristina tiembla en medio del orgasmo, durante unos magníficos instantes. Luego, nada.
Tengo la polla dura y a punto, pero no sé que hacer. Cristina ha cerrado las piernas y se tapa la cara con ambas manos, sollozando.
La dejo descansar unos minutos, pero no muchos. Estoy excitado y necesito correrme. Avanzo hacia ella, con la polla tiesa y se la pongo delante de la cara. Ella me mira, con sus bellos ojos arrasados en lágrimas…y sin necesidad de que le diga nada, se pone de rodillas delante de mí, abre la boca y empieza a chuparme la polla. Me la chupa maravillosamente bien ,mejor que la primera vez. Sus labios presionan lo justo y su lengua se enrosca como una serpiente libidinosa en mi glande . Su saliva inunda mi miembro , su boca es un lago de placer en el que me pierdo fácilmente. Pronto, le doy de beber. Me corro sin gritos y en silencio, dentro de su boca , mientras tiro con fuerza de su pelo. Ella no abre la boca , no expulsa mi pene de s deliciosa prisión. Deja que me corra por completo y luego, simplemente, se lo traga todo. Todo.
-Estarás contento…¿no?- me dice, dedicándome una helada mirada de odio.
Me retiro hacia atrás. No le contesto, estoy muy satisfecho. Cristina continúa allí, de rodillas, con un hilillo de semen cayéndole por la comisura de los labios. Sin decir nada, le alcanzo toda su ropa, a excepción de las bragas. Quiero quedarme sus bragas como recuerdo. Ella se incorpora, se pone el sujetador y luego los pantalones. Mientras lo hace, me mira con desprecio, a través de sus llorosos ojos. Se detiene un momento para limpiarse la cara de los restos de semen que la cubren. Lo hace con elegancia, con el dorso de una mano. Luego, se pone la blusa . Busca los zapatos con la mirada. Yo los encuentro, los huelo a placer unos segundos, incluso los lamo por dentro…qué maravilla…huelen a pies, a sus hermosos y deliciosos pies… Ella , al ver mi comportamiento con sus zapatos, opta por ponerse la chaqueta y, descalza, se dirige hacia la puerta. No está cerrada con llave, así que simplemente, la abre, me mira un instante y luego, simplemente, se va.
Acudo al balcón, y la veo salir por la puerta principal. Va descalza, pero creo que eso no le importa. Sus bellos pies se ensuciarán, pero incluso así estarán apetecibles.

Bien, todo ha terminado. Ahora estoy lejos, muy lejos de aquel lugar. Pero de cuando en cuando, recuerdo, y cuándo lo hago, cojo sus zapatos, los huelo a fondo , los lamo y me masturbo, acariciando sus bragas arrugadas. Cierro los ojos y vuelvo , en mi imaginación, a violar a Cristina Torralbo.


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