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Con la mamá de mis sobrinas

Relato enviado por : cangreburguito el 21/01/2014. Lecturas: 5407

etiquetas relato Con la mamá de mis sobrinas   Familiares   Lechita calentita   Semen   Corridas dentro .
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Resumen
Después de muchos años me volví a encontrar a la madre de mis sobrinas y ella me pidió un favor.


Relato

Alejandra y Jazmín cursan la preparatoria y secundaria respectivamente. Ellas son hijas de Federico, mi primo, con quien crecí de pequeño. Él tiene treinta y un años y yo veintiséis. Ambos fuimos hijos únicos y pasamos gran parte de nuestra infancia en casa de los abuelos, donde jugábamos juntos, por lo que crecimos como hermanos, por eso es que sus hijas han sido como mis sobrinas.

Lamentablemente, Adriana, pareja de Federico y madre de sus hijas, lo abandonó hace seis años para irse con otro y eso les afectó mucho a las niñas. Conforme han pasado de la infancia a la adolescencia se ha hecho cada vez más patente las consecuencias de la falta de su madre en su hogar y en sus vidas. La mayor, falta mucho a clases debido a que se va de fiesta con los amigos y está en riesgo de reprobar varias asignaturas, en cuanto a la más chica, se le ve muy callada y depresiva. En una ocasión me encontré a Adriana en el metro y aproveché para hablar con ella de sus hijas.

Durante la charla le mencioné de mis preocupaciones para con sus hijas y a la vez ella me dijo que si bien dejó a mi primo por otra persona, tuvo sus razones pues él nunca se hizo completamente responsable de su sustento ni el de sus hijas. Según me contó ni siquiera estuvo de acuerdo con ella en mudarse (pues él y sus hijas siguen viviendo en la casa de sus padres) pese a que le ofreció pagar el alquiler ella misma, pues Adriana, eso sí, siempre ha sido muy trabajadora. Incluso, me confesó, se ha encargado de las necesidades económicas de sus hijas pasándole cierta cantidad de dinero al mes a mi primo. Yo me quede de una pieza al enterarme que mi primo vivía a costa de la que había sido su mujer, era inaudito.

Días más tarde recibí una llamada de Adriana en la que me pedía vernos nuevamente, pues quería solicitarme un favor. Un favor importante según sus propias palabras.

Nos vimos en un restaurante y allí me dijo que Rogelio, el hombre con quien actualmente vivía, amenazaba con dejarla si no le daba un hijo. Me confesó que ella al principio se había cuidado de no embarazarse, pues ante todo estaban sus hijas y no quería tener otro hijo que las desplazara. Sin embargo, tras la solicitud, y posterior amenaza de abandono por parte de su pareja, ella había dejado de usar su método anticonceptivo pero sin resultado. Tras una revisión médica y exámenes de laboratorio todo indicaba que ella no tenía ningún impedimento en quedar embarazada por lo que concluyó que el problema provenía de Rogelio, quien no estaba de acuerdo en acudir al médico y realizarse un examen ni mucho menos llevar a cabo un tratamiento. Aquel le achacaba a Adriana ser la única responsable de no poder concebir. Por eso es que me pedía ese favor, si aquel se negaba a buscar una solución congruente ella la encontraría de cualquier modo, aunque fuera dejando que otro la preñara. Escucharla me dejó estupefacto. Nunca en mi vida había pensado en tener relaciones íntimas con aquella mujer. Para mí, desde que la conocí, siempre fue parte de la familia; imposible estar implicado en tales condiciones con ella. Pero y si…

—No, imposible —le dije.

Le traté de explicar que aquello era inadecuado y al final traería más problemas, especialmente para sus hijas. Qué pasaría si ellas llegaban a enterarse. Ella insistió persistente, esta vez acercándose a mí y llevando una de sus manos bajo la mesa y agarrándome de improviso la entrepierna. Casi al mismo tiempo me besó. La humedad de sus labios, junto al firme apretón con que Adriana sujetaba mi miembro, me excitó sobre manera de tal forma que pronto una erección dio la respuesta afirmativa que ella tanto ansiaba.

—Tú dices que no pero tu cuerpo dice otra cosa. La verdad es que sí quieres penetrarme —me susurro al oído.

Sin siquiera razonar, me dejé llevar y partimos rumbo a un hotel. Sabía que aquello era una insensatez por donde se le mirara pero ya estaba decidido, aquella tarde sostendría relaciones sexuales con la madre de mis sobrinas.

Como ninguno de los dos contábamos con auto nos fuimos en el metro y durante el trayecto, mientras la miraba, no dejé de imaginarme como se vería desnuda. ¿Qué secretos se ocultaban bajo su ropa? ¿Cómo serían sus senos? ¿De qué tamaño y color serían sus pezones? ¿Cómo se sentiría su piel al tacto? ¿Sería estrecha su vagina? Era la primera vez que pensaba en aquello de esta mujer.

Eyacular en el interior de una vagina, depositando mi esperma allí; jamás lo había hecho. Siempre había usado condón. «¡El riesgo es tan grande!» Y lo pienso no sólo por las posibles enfermedades, sino también por la responsabilidad de traer un hijo al mundo; nunca había querido cargar con tal compromiso y, sin embargo, ahora…

Llegamos por fin a la estación indicada. Ella tomo la iniciativa saliendo primero del, vagón y ofreciéndome su mano que yo dócilmente tome. Así, agarrados como una candorosa pareja de novios, salimos del subterráneo y caminamos hacia el hotel.

Adriana fue quien realizó el trámite y pago por la habitación. Momentos después nos encerrábamos en aquel cuarto que sería mudo testigo de nuestra mutua entrega.

Ella pasó al baño y, mientras, encendí el televisor. Comencé un zapping sin encontrar nada interesante y al poco tiempo escuché correr el agua del inodoro para después ver salir a Adriana más bella que antes, quizás se retocó el maquillaje o quizás sólo era el deseo ferviente que yo sentía por ella en ese momento. De cualquier forma ella se sentó junto a mí y comenzamos a besarnos. Sentí su lengua introduciéndose en mi boca y recorriéndome el paladar; aquello fue un verdadero placer. Acto seguido, bajé el cierre de su vestido descubriendo partes de su cuerpo que contemplaba por primera ocasión. En poco tiempo ella quedó sólo en ropa interior y yo hice lo mismo quedando sólo en calzón, bajo el cual resaltaba mi dura erección. Al ver aquello, ella profirió unas palabras en tono sarcástico.

—Y no que no querías.

Yo sólo sonreí en respuesta y ella destapó mi miembro dejándolo al aire libre, tan sólo unos segundos antes de introducírselo en su boca. Adriana aplicó tal succión que mi falo creció aún más estando en su interior. En ese momento, al subir la mirada tomé conciencia del espejo que estaba frente a nosotros y que nos reflejaba a ambos. Era una escena perversa, yo recibiendo una felación de la una vez esposa de mi primo. La madre de mis sobrinas. De repente vinieron a mi mente recuerdos de fiestas y reuniones familiares, cenas y cumpleaños.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —le pregunté.

Ella se incorporó y, poniéndose en pie, se quitó el brasier y dejó que sus pantaletas cayeran al suelo. Por primera vez la vi desnuda; sus tetas grandes y en buena forma, su sexo cubierto por una fina mata de vello oscuro. Pero lo que más me excitó fue su mirada penetrante, decidida; aquellos ojos negros proyectaban todo su deseo y necesidad de ser penetrada y fecundada.

—Quiero que me hagas un hijo y lo quiero ya. No me hagas rogarte. No te preocupes que no te pediré que te responsabilices por él. Yo seré la única responsable de esto que vamos a hacer pues yo así lo decidí.

Sentado a la orilla de la cama, quedé inerte mientras la veía acercarse y sentarse sobre mí. Quedamos frente a frente mientras ella misma asía mi pene y lo introducía en su velluda vagina. Sentir por primera vez la tibieza de los pliegues vaginales sin látex de por medio fue una sensación muy rica. Cuando nuestros pelambres se hubieron unido, entrelazándose cual si fueran velcro, ambos proferimos un par de leves gemidos de satisfacción. Automáticamente comenzamos con movimientos de vaivén, siendo ella quien asumía pleno control de la penetración. La tomé de las nalgas y agarrado a esas tremendas carnes aceleré nuestra fricción tratando de entrar lo más profundo en tan jugosa gruta.

Después de besarnos apasionadamente por varios minutos cambiamos de posición. Esta vez la coloqué de a perrito, me afiance de ese par de nalgas, que en esa posición se veían enormes, y la penetré hasta el fondo. Comencé el mete y saca con ritmo lento, suave. A decir verdad a mí eso me gusta pues así gozo del momento, además de permitirme durar más. De hecho, tras varios minutos ella me preguntó:

—Todavía te falta mucho amor.

—Sí, ¿por? —le respondí.

—Es que duras mucho, más que mi actual marido.

—Es que lo hago con amor.

No sé de donde salió aquello pero creo que se lo dije sinceramente. Dicho lo anterior le pedí que se recostara boca abajo y la seguí penetrando. De esta forma los chasquidos al chocar nuestras carnes eran muy marcados. Su piel comenzaba a transpirar y yo mismo dejé caer algunas gotas de sudor desde mi frente, las cuales terminaron en su cuello y espalda.

El paso siguiente fue estar de a cucharas. Esta posición, al estar pegado a su espalda, me permitió hablarle al oído; fue ahí cuando le pregunté por qué no se había llevado a sus hijas a vivir con ella y Adriana me dijo que temía por su seguridad pues, conociendo a Rogelio, existía la posibilidad de que aquel abusara de ellas. En ese momento no pude entender cómo es que Adriana hubiese terminado con un tipo como aquel. Posiblemente era más responsable que mi primo, pero aún así, por lo que sabía de Rogelio hasta el momento, no era la persona más adecuada para ella.

Cuando se recostó sobre su espalda yo la penetré viéndonos fijamente, decidí que era el momento. Empecé a bombearla más duro sin dejar de verla a los ojos y al parecer a ella le gustó pues emitió cada vez más variados y profundos gemidos.

—Sí, así, dame esa lechita calientita que aquí guardas. —me dijo al mismo tiempo que apretaba mis testículos— Deposita en mí tu semilla. Déjame preñada de tu vástago.

Era la primera vez que escuchaba algo semejante, una mujer rogando por mi esperma. No pude más y me dejé ir. Eyaculé profusamente, pues hacía tiempo que no lo hacía por lo que tenía acumulado bastante semen.

Mientras aún seguía vaciándome en su interior tuve el atrevimiento de pedirle que fuéramos pareja. No quería que mi hijo o hija creciera bajo los cuidados de Rogelio, quería demostrarme a mí mismo que, a diferencia de mi primo, yo si podría ser un padre responsable. Me haría cargo no sólo del cuidado de mi propio hijo, sino también de mis sobrinas.

Ella quedó aturdida y dijo que lo pensaría. Por lo pronto tras un breve descanso, y una vez que mi pene volvió a adquirir dureza, continué penetrándola ayudándome de mi propio esperma como lubricante. Ese día dejé bien llenita de semen a quien aún deseo sea mi compañera de vida.

FIN

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Comentarios enviados para este relato
Asdc (22 de January de 2014 a las 05:50) dice: Buenisimo te envido


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